30 EUFORIA ALCOHÓLICA
Jamás he tenido pareja, la considero una distracción y una debilidad para mi independencia; una grieta que, si se abre mucho, puede romper mi identidad.
Entonces…, ¿qué me está pasando? No comprendo bien de dónde sale el bienestar que me provoca las ganas de compartir estos momentos nuestros, de hermanos, amigos y familia con Guido.
—¿Una copa más o nos vamos al Carol? —escucho a Beca y miro cómo mi cuñada asiente de forma dramática.
Resoplo, me ubico. Pero… ¿qué tonterías estoy pensando? Que Guido no puede ser, no… No quiero que sea. Además, me está haciendo un favor, uno que tendré que pagarle.
Quiero volver al objetivo inicial. Y ahora, lo que le ofrecí el primer día me parece poco.
—¡Por favor, vamos al Carol! —Ana le ruega a mi hermano, que baila haciendo ver que no la está escuchando; Roque odia la música pop comercial y es la alternativa que están pidiendo. Aunque luego sea el más bailón de todos.
Finalmente se acerca haciendo el bobo y moviendo las caderas, atrae a su mujer, la morrea con descaro y ella se aparta riendo.
—No trates de convencerme, llevo dos horas bailando esta música tan poco bailable —se queja con un puchero.
Es la primera vez que me quedo colgada de la intimidad que desprende una pareja y que, además, la anhelo.
Igual tengo que dejar de beber alcohol.
—Venga, vamos al Carol —intercedo, o más bien trato de conectarme a mi corteza prefrontal.
No puedo estar pensando estas cosas.
Pero entonces Guido se acerca por detrás y me abraza.
—¿Nos vamos? —me dice al oído.
«Ostras… ».
INXS empieza a sonar y él se balancea al ritmo de Never tear us apart.
No me haría falta reconocerla porque mi hermano y Ana gritan, se besan, se sonríen y se hacen alguna confesión; Ana se emociona y ríe sin separarse ni un ápice del cuerpo de mi hermano.
La bailaron el día de su boda y nos han machacado tanto con esta canción que hasta yo la siento como un himno al amor con significado real.
No avanzamos.
Guido, detrás de mí, me abraza y la canta bajito en mi oreja. Es invasivo, pero me resulta de todo menos incómodo. Me dejo llevar por su ritmo, el calor de su abrazo y… ¿La canción se está riendo de mí? Pero… ¿qué estoy pensando? No puede ser, estoy bebida y todo es circunstancial.
«Ya».
Me separo de Guido para poder caminar, pero no del todo. Quiero abandonar la sala, pero no a él… ¿No a él?
«Estoy fatal».
En la salida están Beca y Raúl, enrollándose cual adolescentes. ¿Es la noche del amor y no me he enterado?
—¿Qué os pasa? ¿O es que han echado algo en las bebidas? —rezongo y, al poner los pies más allá de la salida del bar, el suelo se mueve.
No es el suelo, es que hay una capa de hielo que me hace perder el equilibrio y caer en los brazos de Guido.
—Lleve usted cuidado, doctora —escucho a Raúl reír.
—¿Estás bien? —pregunta Guido, me ha agarrado como ha podido, una de sus manos me ha aplastado mi teta izquierda y le he dado con la cabeza en la barbilla.
—¿Y tú? —Llevo mis dedos a su mentón.
—Todo bien. —Sonríe, tiene los ojos brillantes, este tío es un imán para mis hormonas o algo.
—Vamos despacito hasta el Carol, que además hace un frío… —advierte mi amiga y encabeza la marcha.
—Deeespaaacito —canta mi hermano a la vez que sale del bar y hace reír a su mujer.
—Y luego dices que no te gusta esa música.
—A mí me gustas tú.
Entramos en el Carol y nos damos cuenta de que el rango de edad ha descendido, somos los adultos del pub.
Guido suelta un taco cuando empieza a sonar un tema de Rosalía que vuelve loco a todo el mundo.
Me abraza desde atrás, otra vez… Le ha cogido gusto a tenerme así y yo…
Yo también. Quizá lo piense mejor mañana.
Somos novios, todo el mundo tiene que verlo.
—¡Vamos a la barra! —grita mi hermano—. Buscad sitio.
Encontramos hueco en una esquina a un lado de la barra, donde también podemos bailar.
Roque y Raúl nos dan las copas y le doy un necesario y largo trago.
La dejo posada y me vuelvo para bailar el Bam bam de Camila Cabello.
Beca me acompaña y me grita que le gusta cómo se mueve mi novio —«toma, y a mí».
¿Sí?—, y además opina que hacemos una pareja genial.
Cuando le diga que no lo es, va a necesitar un manual para digerirlo.
Pero ahora no debo pensarlo, así que… Me dejo llevar…
Por la música, por los brazos de Guido, que a veces me rodean, por su cercanía y por nuestras caderas, demasiado unidas al ritmo de una nueva canción, la de un chico al que apenas se le entiende nada, excepto que las palabras con erre las pronuncia con ele.
—Qué fácil es bailar contigo —dice Guido en un momento de cercanía.
—¿Tú crees? —No soy muy diestra.
Asiente, nos separa y, cuando intenta darme una vuelta, somos tan torpes que acabo chocándome contra su pecho.
Nos reímos, me abraza y…
‹‹¿Acaba de besarme en la cabeza?››.
—Vamos a limitarnos a lo sencillo. —Ríe.
—Bailar no es nuestro fuerte —digo, ignorando lo que acaba de pasar.
—A este paso nos vamos a conocer más en dos días que muchas de las parejas después de meses saliendo. —Coloca sus manos en mis caderas.
—¿Nosotros salimos? —pregunto y… ¿estoy coqueteando? ¡Estoy coqueteando!
—Nosotros estamos pensando en boda —dice con una cara completamente expandida de felicidad y guasa.
—Y yo en decirte que no, ¿no?
Nos echamos a reír.
«Vaya merlucita llevas››. Es la voz de mi abuela la que escucho, y no le quito la razón.
Con la canción terminada, damos un trago a las copas.
Una pareja que tenemos al lado, enrollándose como si el mundo fuera a terminarse ahora mismo, se aproxima peligrosamente a nosotros y nos apartamos.
No parecen darse cuenta de que son una especie de tifón; de hecho, ella se separa un milímetro y le dice algo que suena a ‹‹chupete de caramelo››.
Me quedo petrificada por el mote y me tapo la boca.
—¿He escuchado bien? —Guido se aproxima a mi cuello.
Estoy apoyada contra la pared, dejo la copa en la esquina de la barra y asiento sin evitar la risita que me produce.
—Chupete de caramelo —repito.
—En plan… —Con su lengua marcada en el moflete hace movimientos insinuantes y a mí se me salen los ojos de las órbitas.
Las carcajadas me salen solas, y eso que ha sido de lo más soez del mundo, pero… ¡No puedo parar de reír! Lo que acelera mis ganas de ir al baño.
—Caramelito —me río—, tengo la vejiga a punto de explotar.
—Piruleta… Me tienes loco con tu verborrea —dice, y a mí me vuelve a dar la risa, tanto que tengo que cruzar las piernas y esforzarme con un ejercicio de Kegel profundo.
Miro a mi alrededor, no estamos solos, pero estamos en un punto de la noche en el que las parejas entre nosotros se han definido y… aislado. Y parece ser que Guido y yo somos una de ellas.
Y me gusta, la euforia alcohólica ayuda.
Me encamino hacia el baño sin mirar atrás y, al salir, escucho una canción de Melendi e India Martínez, aunque no me da tiempo a analizar bien la letra, porque alguien me coge y me arrastra a un rincón entre la máquina de tabaco y el acceso a los baños.
—Helado de chocolate… —Es Guido susurrando muy cerca de mí—. Tengo mucho calor.
Sus labios sobre los míos, sin un público claro a nuestro alrededor, son el previo de un beso que no rechazo.
Y no es por logística.