29 NO TE CASES
Igual la interpretación se me está yendo de las manos; es muy posible. Ese «espero que sí» está al margen de nuestra interpretación, y ha reverberado en mis entrañas. Habrá sido el frío, que ha provocado una bradicardia en mi pensamiento racional, porque los ecos que ha desatado carecen de lógica.
Aunque no se van.
No consigo deshacerme de la buena sensación que me genera tenerlo pegado a mi cuerpo.
Nos reunimos con todos cerca de la barra. Guido sigue adherido a mí, por la gente, por el momento, porque quiere…
—¿Es que esta noche va a haber orgía? —Beca, enfundada en un mono negro de manga larga, con una hebilla dorada enorme en su cintura, se pone delante de nosotros.
Parpadeo y tomo aire, su voz y su presencia son el impulso eléctrico que necesito y que me devuelve el ritmo sinusal para dejar de pensar en lo que no tengo que pensar.
—¿Qué? —No entiendo a qué viene esa pregunta.
—Gaspar nos acaba de decir que nos invita a una copa, está… muy contento, ¿no?
Aprieto los ojos con fuerza y al abrirlos me doy cuenta de que Raúl está con ella, con esa sonrisa sosegada que es el contrapunto de mi amiga.
—Acordamos que no hablaríamos de esto —la regaño.
—No específicamente, pero en general… —Le quita importancia mientras mueve la cabeza y sus enormes aros dorados destellan con el movimiento—.
Por cierto, el jersey de este año es una declaración de intenciones; entre el beso en las gradas y el mensajito bordado, el pueblo tiene comidilla para rato.
—Niega y sonríe y me hace poner los ojos en blanco.
—¡Raúl! Que ni te he saludado. —Me acerco a su novio sin soltar la mano de Guido, tampoco me planteo la razón por la que no lo hago—. Él es Guido.
—Os esperamos en la barra —dice mi hermano al pasar mientras palmea la espalda del novio de Beca.
—Os seguimos —dice esta—, a ver si aflojamos los secretos.
—Me señala con un golpe de mentón—. Que me tienes que contar, tía.
—Se pone a mi lado mientras nos abrimos paso detrás de mi hermano y Ana—.
Que tienes novio —dice en mi oído elevando la voz por encima de la música, pero con cierta intimidad—.
Que lo has traído a casa de tus padres y ni has llamado. Fuera de coñas, ¿eh?
—Ostras, Beca… Es que cuando te lo cuente… —Muestro mi incredulidad y ella frunce el ceño un segundo.
—¿Estás embarazada? —Mira hacia atrás y luego a un lado, se ha dado cuenta de que igual se le ha ido el volumen de madre. Fija su vista en Guido, como si él fuera a aclararle algo.
—¿Qué dices? —reacciono.
—¡Y yo qué sé! —Reanuda el paso y se abre paso entre la gente.
—¡No! —Voy detrás de ella y Guido me aprieta la mano; se está riendo.
Beca resopla.
Niego.
Decido que lo mejor es seguir fingiendo delante de mi amiga que Guido y yo somos pareja. Está mi familia, porque mi madre y Luisa también se han unido a la fiesta. Y ni Roque ni Ana se irán a casa antes que yo, bien lo sé. Además, no me la puedo jugar a que algún vecino cotilla destape el pastel.
—¿Tan raro es que tenga novio? —le pregunto a mi amiga.
—Te diré —afirma con rotundidad.
Y lleva razón, pero lo de estar embarazada es algo que no tiene sentido.
La música rock, que siempre ponen en este garito, algo desfasada porque al dueño le flipan los setenta y ochenta, me hace sonreír. Nos pasan las copas y le doy un sorbo largo al gin-tonic.
—¿Poison? —pregunta Guido y capto una chispa de emoción.
Alrededor todo el mundo canta, Raúl se la sabe y se la grita a Beca en la cara, ella le saca la lengua.
—¿Conoces a este grupo? —Seguimos muy cerca, pero ya no nos tocamos.
—Sí, a mi padre le encanta esta música; Van Halen, Dire Straits, tiene varios discos de rock de esa época. No le pega, de verdad, si lo vieras… —Sonríe con la boca cerrada y niega.
Y de repente me invade una curiosidad extrema por conocer más sobre su familia: su padre, su madre, su hermano, su… Ostras. Se me está yendo de las manos ¿no?
—¿Te pasa algo? —pregunta acercándose a mi oído.
Miro alrededor. O quizá no sea así, está claro que llegados a este punto tengo más confianza con este chico que con compañeros de trabajo. ¿Qué pasaría por conocernos más y de verdad? Y… ¿por tener sexo con él?
‹‹Frena, Devita››.
—No —respondo.
Porque estaría mal, ¿no?
¿Lo estaría?
El objetivo entre nosotros, además de dar el pego, es… ¿ser amigos? No lo tengo claro, no sé siquiera por qué lo pienso si tampoco lo hemos hablado. Aparta su mirada de la mía, pero le cuesta, no sé si se ha creído mi respuesta.
—No sé si es el momento de sobrepensar —me dice y me entra la risa.
—Tengo un Excel aquí. —Señalo mi cabeza y él, tras abrir mucho los ojos, lanza una carcajada.
Si supiera que de repente ese Excel se ha desmoronado… Porque ¿en qué celda entraría un ‹‹aquí te pillo, aquí te mato››?
Ahora sí: « FRENA, DEVITA».
—¿Y tienes impresora? Me muero de curiosidad —dice muy cerca de mi cara.
—¡Def Leppard! —grita mi hermano en cuanto empieza el siguiente tema y se pone muy ganso a hacer el guitarreo, a sacar morritos y a bailar con Ana, que le sigue el ritmo sin problema.
Están contentos, es contagioso y yo quiero dejar de pensar, o mejor, quiero no darle alas al alcohol que corre por mis venas y que parece haberse reactivado con mi gin-tonic.
Nos tomamos las copas entre risas, bailes y poca charla porque la música ha subido de volumen según ha ido llegando más gente. Mis padres se van con Luisa y Gaspar cuando se terminan su consumición, y mi padre nos deja pagada la ronda prometida; una que no tardamos en cobrarnos.
—¡Ese Pichichi! —le gritan por enésima vez a Guido.
Lo reconozco enseguida; es Sergio, uno de los jugadores del equipo de solteros que, además, trabaja en la panadería de mis padres.
Guido le choca los cinco y, cuando Sergio empieza a cantarle que se merece una ola, mira de reojo a Roque, que no se está enterando de nada.
Me da la risa, Guido no quiere enemistarse con su supuesto cuñado y me parece tierno.
Es verdad que a mí el alcohol me suaviza, y puede que esa sea la razón de lo que está despertando en mí este chico.
—El año que viene revalidas el título —le dice Sergio entre risas—, pero no te cases, tío, que te perdemos.
Guido, sin dejar la guasa del momento, pasa su brazo por mis hombros para atraerme.
—Tengo al pueblo dividido por esa petición; igual deberíais convencerla a ella para que me diga que no.
—¿¡Qué!? —Beca me grita al oído.
La miro con una sensación rara; mi sistema simpático está apretando botones sin control, parece un novato jugando al Tekken. Porque…, ¿por qué Guido está hablando de pedirme matrimonio?
—Ni caso —le digo a mi amiga y a mí misma.
Pero… ‹‹¿Qué tontería es esta, Devita?››.
Es el alcohol y el calor; está claro, porque me he visto… Pero ¿cómo he pasado de querer sexo a verme en una pedida de mano?
—La negativa podría ser un hecho, Deva es muy dura. —Sergio habla con conocimiento.
Durante unas fiestas del pueblo trató de enrollarse conmigo. No se dio, no me gustaba y…, aunque hablaba con él de vez en cuando, no significó nada.
—Puedo creérmelo —me dice Guido al oído, y escarba con su nariz entre mi pelo para dejar un beso ahí… Justo debajo del lóbulo de mi oreja.
«Ufff…››. Se me ponen los ojos en blanco, y esta vez no es por reprobación. Hace mucho que nadie me besa ahí, o me lame…
Empiezan a sonar las primeras notas de una canción superconocida de Bon Jovi con la que los hermanos Morel hacemos mucho el ganso.
Mi siguiente movimiento es supervivencia pura, no puedo dejarme llevar por esta interpretación magistral de novios.
Me deshago del abrazo de Guido y de su atrayente forma de estimular uno de mis receptores táctiles en hibernación.
Dejo el vaso vacío en la barra a la vez que escucho a Roque llamarme, pero mi amiga me intercepta.
—Has sido la comidilla de este mediodía en la pelu, Deva —dice acercándose mucho—.
Que te has pegado un morreo en el campo de fútbol y yo, que soy tu amiga, no tenía ni idea de que eso iba a suceder.
¿Qué clase de colegas somos? ¿No me puedes contar nada?
—La noto desesperada y alucinada, aunque no sé si tanto como yo.
—No hoy —aclaro—, pero te prometo que antes de que me vaya quedamos y hablamos—. Me llevo los dos dedos cruzados a la boca y los beso, y espero cumplir, porque Beca es persistente.
Si hablara con ella ahora… No, no voy a hacerlo porque tengo que seguir interpretando.
Si alucina con cada escena que ve ahora, alucinaría mucho más si supiera que es una farsa.
Que tampoco pasaría nada porque lo hiciera, así ya somos dos.
Decido desviar el tema y le pregunto por sus planes en Nochevieja, porque me ha dicho que Olaya y Laura la pasarán aquí.
Es infalible, me cuenta que van a ir al cotillón del Carol y cómo va a ser su vestido; entre risas y bailoteos nos bebemos otra copa más.
Con una de las canciones nos ponemos a bailar todos, hacemos el tonto levantando los brazos y gritando el estribillo.
Entonces Guido, que estaba hablando con algunos chavales del equipo, se acerca a nosotros.
Lo he visto reír con Luisito, el mecánico, quien me ha señalado mientras negaba; supongo que han vuelto a pedirle que no se case.
Entre miradas, juegos, vaciles entre todos, risas y una botella de agua a medias entre Guido y yo, mi cerebro se da a la fuga hacia esa posibilidad que antes me ha hecho saltar las alarmas.
Novio.
Guido…
Guido parece formar parte de nosotros sin querer.
Y me gusta… ¿Me gusta? Para tener sexo sí.