Bésame por logística 28 RECOMPENSAS TRAS LA MISA DEL GALLO
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28 RECOMPENSAS TRAS LA MISA DEL GALLO

La aparición de Luisa en el salón, cual despertador, consigue que retire mi mano de la de Deva como si estuviera haciendo algo que no debo.

Y no es así, o sí.

Pero es una actuación contraproducente para nuestra pareja falsa.

Las llamadas de hoy me han hecho aterrizar en mi vida real y por momentos flojeo en mi papel de novio. He agarrado la mano de Deva no solo porque me ha ofrecido el ancla, sino porque ser consciente de mi respuesta sobre la paternidad me ha llevado a Nora. No es mi lugar, y mucho menos ahora.

Deva no quiere niños. Sus hermanos están a punto de ser padres, ella lo dice alto y claro y…

no pasa nada. Me choca porque, de la misma manera que todos quieren que tenga pareja, nadie le da importancia a que no necesite ser mamá.

En mi casa parece ser al revés. A Nil no le han dicho nunca nada sobre echarse novia, pero a mí sobre la decisión de no ser padre sí: «Ya se te pasará», me dijo una vez mi madre.

Lo peor es que deseé que se me pasara, pero no ha sido así.

Y Nil tiene novia.

—Vamos antes de que se pongan histéricos. —Deva se incorpora y vuelve a frotarse los ojos—. Jolín… —Se mira las manos—. Voy a subir a quitármelo todo, paso de parecer un mapache toda la noche.

Entiendo que no es de las que está acostumbrada a maquillarse y me descubro añadiendo ese dato sobre su naturalidad a una lista absurda e innecesaria que no sé por qué no dejo de hacer.

Sube las escaleras y se acaba agarrando a la barandilla dando credibilidad a la merluza que ha mencionado su abuela.

Yo no he bebido mucho. Un poco más que en la cena de ayer, pero tengo que mantener un control y, si se me va el alcohol de las manos, lo mismo no lo consigo.

Me apetece ir a lo que sea que hagan en la plaza entre cero y menos cien, y pasarme una hora en misa alcanza el menos mil, pero es lo que hay.

Viene en el pack de «novio navideño». El año que viene no incluyo la Misa del Gallo en mis servicios.

Suena mi móvil, lo silencio, pero el «mamá» de la pantalla es un reclamo que sé que no voy a poder ignorar, no una noche como esta.

Decido levantarme y alejarme de la familia, que ya se ha puesto en movimiento para salir a la calle.

Me coloco en lo que parece ser un rincón de lectura del salón, donde hay un sillón orejero, y controlo las posiciones de todos.

Descuelgo.

—Hola, vida… —murmura y puedo ver su sonrisa sin tenerla delante.

—Mamá… —advierto en voz baja—. Por favor, disfruta de la noche. Te prometo que estoy bien.

—¿Seguro que estás bien? —No se lo cree.

—No soy el único en la pensión que está atrapado y… —Miro a mi alrededor. Julián y Lupe son los últimos en salir de casa; Deva baja las escaleras despacio, buscando algo o a alguien—. Nos vamos a la plaza del pueblo, que van a cantar villancicos o algo así.

Voy a omitir lo de la Misa del Gallo, porque nos hemos negado cada Nochebuena desde que somos mayores de edad y no estaría bien que se enterara de que voy a ir.

—Vale, pero los dos sabemos que no estaba preguntando por eso. —Noto, por su tono, un interés mayor que esta tarde y me extraña; si ha tomado algo de champán, suelen suavizarse sus habilidades jurídicas.

Deva me localiza y me hace un gesto para indicarme que va a entrar en la cocina; estoy seguro de que trata de darme intimidad.

—Y los dos sabemos que necesito más tiempo que dos días.

—Lo sabemos. —Hace una pausa—. Tengo ganas de verte, Guido. Y tu padre también.

—Lo sé —susurro; claro que me hago cargo de que ellos necesitan verme y saber cómo estoy. Puedo intuir, por lo poco que he hablado con ella, cómo se lo está tomando, pero mi padre… Él es muy visceral.

—También me he enterado de que mañana estarán todas las carreteras de la montaña despejadas, lo ha dicho protección civil.

La sensación es extraña, por un lado, es la noticia que estaba esperando y, por otro… es la amenaza al bienestar que he estado sintiendo representando al Guido-novio-de-Deva.

—Espero que sea así —susurro.

Que me agrade la posibilidad de que en este pueblo ese avance no sea tan rápido es para plantearse mi situación. No sé si es porque no quiero volver a mi realidad o porque la ficción está empezando a gustarme demasiado.

—En Nochevieja estarás, ¿verdad? Dime que sí, que ayer me cortaste muy rápido.

—Sí —respondo con convicción—. Estaré, mamá. —Y antes de que se me ocurra empezar a poner excusas, decido cortar—. Te tengo que dejar, que van a hacer algo aquí y empieza a haber mucha gente.

—Te quiero, vida.

—Y yo.

En la plaza de la iglesia hay un portal de Belén y casi la misma gente que en el partido de fútbol.

Deva me ha enganchado del brazo nada más salir de casa sin hacer preguntas sobre la llamada; si no le cuento nada, es porque me he quedado con un humor incómodo que no quiero transmitir y porque me apetece hacer inmersión en mi papel y olvidarme del drama de casa.

No nos azota el aire, pero hace bastante frío y el crujir del suelo, en cada paso que nos ha traído hasta aquí, nos dice que está cayendo una buena helada.

Quien creo que es el párroco empieza a pedir silencio.

—¿Qué vamos a hacer? Yo no conozco muchos villancicos —le susurro a Deva.

—Pues mueves la boca un poco y listo, no te preocupes —dice encogiéndose de hombros—, yo tampoco me los sé todos.

Una chica con melena corta y las puntas de color fucsia, que viste un abrigo de pelo largo —a lo yeti— en marrón claro, se pone a mi lado y me sonríe. Se inclina hacia delante y empieza a murmurar:

—La doctora no me ha llamado —canturrea—. Está claro, tiene a alguien mucho más guapo con quien invertir su tiempo limitado de adicta al trabajo.

—¡Beca! —susurra Deva con energía y la cara se le expande en una sonrisa—. Te prometo que tenía pensado llamaros. —Cruza sus dedos enguantados delante de su boca y asiente.

—Ya…, ya. —Me mira de refilón—. Y este chico se ha pensado que soy la Loca Tigüiski. —Se ríe bajito.

Parpadeo muy deprisa a la vez que se escuchan varios «chis» pidiendo silencio. No puedo negar lo que ha dicho con asertividad porque, aunque no sé quién es esa loca, sí he pensado que era la típica tía de pueblo que habla con confianza de colega a todos los forasteros.

—Él es Guido —susurra Deva.

—Y yo Rebeca —me dice sin perder la sonrisa de apreciación—. Y sé que no es tu primo, a un primo no se le besa en el partido de los solteros contra casados —le dice a ella con guasa.

Deva se acerca más a ella, pero no desenhebra su brazo del mío.

—Te juro que te lo contaré en algún momento de mi vida.

—Jamás me habría esperado esto de ti. —Rebeca se ríe por lo bajo y alguien vuelve a pedir silencio.

Me siento un poco estúpido en medio de las dos amigas.

Así que, en cuanto Deva le pregunta por «las demás» en un alarde de rebeldía contra los que quieren escuchar lo que parece ser un discurso sobre el nacimiento de Jesús por parte del cura, hago el cambio de forma sutil y me coloco a su izquierda, cojo su brazo y lo engancho al mío.

Y creo que ya no es por la farsa, es porque necesito su freno de mano para seguir aquí.

Me agradece con los ojos mi cambio de posición.

Aunque no tienen ni dos minutos para seguir hablando, porque las voces de toda la gente que se ha congregado en la plaza se elevan, alzadas y subrayadas por quienes, como los padres de Deva, controlan de entonaciones.

Tengo muy claro que en este pueblo se preparan más este recital que el partido de fútbol.

Después de unos cuantos villancicos, entramos en la iglesia y la familia de Deva se coloca en unos bancos del lateral.

Su amiga se ha quedado atrás mientras nos situábamos.

El templo está a reventar y noto cómo el cuerpo deja de estar en tensión; me dan ganas de dar saltitos para terminar de entrar en calor.

Deva frota mi brazo.

—¿Cuánto dura esto? —murmuro.

—Una hora o así, creo…

—¿Crees? Hostia. —Cierro los ojos.

—Shhh. —Se lleva la mano enguantada a la boca a la vez que sonríe y tres señoras de delante se vuelven.

Roque me lanza una mirada sesgada con el morro torcido y asiente con desgana. Está igual de a gusto que yo.

Conforme pasan los minutos, el chispazo que llevaba de la cena me está bajando y me está dando un sueño que me destroza.

Noto la resistencia hasta para ponerme de pie cuando toca.

Admito que la ceremonia es bastante amena con los cánticos en los que vuelven a participar casi todos.

Si llegan a tener coreografía, no me hubiera sorprendido y me habría unido gustoso, aunque solo fuera para entrar en calor.

—No noto los pies —dice Deva y se abraza a mí, metiéndose por debajo de mi brazo, que la acoge de muy buena gana.

Por fin la misa termina.

—¿Unas copichuelas, jóvenes? —pregunta Gaspar, que me da la sensación de que desde el partido de fútbol le caigo mejor, o por lo menos de que no nos observa tanto.

Tenemos todos una cara de empanados que es para hacernos una foto. A mí me ha dado tal bajón que solo pienso en meterme en la cama. Estoy convencido de que el resto va a decir que…

—Faltaría más. —Roque renace, le cambia hasta la cara, y su mujer hace un pequeño baile—. Este es el precio por salir de fiesta en Nochebuena y ya está pagado. —Me guiña un ojo y yo tengo que taparme la boca y disimular un bostezo.

—Venga, la primera ronda invito yo —continúa Gaspar.

—La segunda os la dejo pagada yo —añade Julián.

—He aquí la indulgencia que compensa la penitencia. —Deva lo pronuncia con voz teatral muy consciente de que ha rimado—. Te apetece, ¿no?

No.

—Claro.

El año que viene tampoco incluyo en el pack las copas postmisa. Envidio profundamente a Ileana, a la que casi igualo con los bostezos, solo que ella no lo disimula: ella y Martina se van con la abuela a casa.

La gente abandona la plaza despacio, pero la gran mayoría se adentra en los bares de alrededor entre charlas animadas y risas. Los hay de todas las edades, entre los que veo compañeros del equipo de fútbol que me saludan a la voz de «Pichichi».

—Hay que joderse, Pichichi. —Roque me señala con una inquina falsa y se ríe.

Deva, sujeta a mi brazo para ir caminando sobre la nieve helada, le chista y luego se aprieta contra mí.

—No te van a olvidar jamás —susurra.

—Yo tampoco. —Nos paramos en la entrada de un bar llamado Terrance. Ella me mira; a mí me dan ganas de besarla. De locos, y antes de procesar de dónde viene ese anhelo, hablo—: A ninguno de vosotros.

—¿Crees que nos volveremos a ver después de todo este lío? —pregunta muy bajito; avanzamos hasta la entrada.

Me sigue apeteciendo besarla.

Ella se coloca delante de mí después de buscar mi mano y enlazarla con la suya, que ya no lleva la manopla puesta. Acerco mi boca a su oído para que me escuche.

—Espero que sí —digo con sinceridad.