27 SORPRESA(S)
Su respuesta queda natural, tanto que ya no sé si es que a él también le gusta o que se ha acordado de lo que le dije ayer; pero con ella deja patente ante mi familia que somos muy compatibles en la cama. Admito que no esperaba que fuera mi abuela quien abriera la espita concediendo ese permiso.
—¿Alguien está controlando el alcohol que estás tomando, yaya? —pregunto al aire; mi familia estalla en carcajadas.
Maldito juego el de aquel año. Aún no se sabe quién mezcló las cartas de hitos familiares con secretos de pareja, pero me hago una idea por todas las veces que Luisa y mi madre han sacado a relucir los resultados.
A veces alucino con la libertad que tienen para hablar del placer, pero no me quejo ni de esta forma de ser ni de su relación con Gaspar y Luisa. A mí verlos felices me parece perfecto.
Las risas van menguando, mi madre habla de que la hermana de su empleada está embarazada, lo que aligera la presión de tenerlos a todos pendientes de mi pareja y sus hábitos en la cama.
Ana, Martina y yo nos llevamos los platos sucios de la mesa y Gaspar, junto a mi padre, se encarga de sacar el postre y la bandeja de turrones.
—¿Solo hay una botella de champán en la nevera? —pregunta mi padre mientras mis cuñadas y yo terminamos de cargar el lavavajillas.
—Creo que tengo alguna fría. —Gaspar sale por la pequeña terraza de la cocina para acceder a su casa por la parte de atrás.
Ya en el salón, mi padre sirve el champán en las copas aflautadas y la mirada de extrañeza que le lanza a mi hermana, cuando ella tapa la suya, me saca una sonrisa.
No hay diálogo aclaratorio entre ellos, y por eso mi padre no le quita ojo ni un solo segundo mientras se sienta en su sitio.
Mi madre termina de servir el postre: mascarpone con frutos rojos.
Para mí le falta un poco de chocolate, pero no voy a quejarme.
Guido come despacio, paladeando la crema de queso e interviniendo en alguna conversación; parece que llevara tiempo integrado en esta familia de locos.
Sonrío, bajo la guardia y me permito beber un trago de vino antes de dar cuenta de mi postre…
, hasta que los ojos inquisidores de Martina me alteran con su asentimiento sutil.
Vaya, solo tres segundos de dicha.
Entiendo que toca tener uno de esos gestos con Guido, uno de los que «nadie» ve. Y me encuentro en la tesitura de que no sé ser cariñosa y llamar la atención de alguien a quien acabo de conocer. Sé reaccionar a los gestos de Guido, pero hacerlo yo es otra historia diferente.
Barajo la opción de beber más vino y olvidarme de mi cuñada, pero su carraspeo me lo impide y se gana una de mis miradas soslayadas.
Bueno…
‹‹Devita, eres una tía consecuente››.
Mi mano parece un proyectil con ruta errática y aterriza en el antebrazo de Guido. Él la mira, me mira, sonríe y frunce el ceño a la vez que su otra mano alcanza mi muñeca y busca mi piel entre el jersey de lana para acariciarme con su pulgar.
Consigue que sienta que puedo volver a beber vino sin preocupaciones.
Es curioso, que detecte tan claramente que estoy forzada me da que pensar, pero lo voy a dejar para otro momento, porque su gesto provoca mi sonrisa.
Y, sin saber cómo, mi mano se entrelaza con la suya, me aprieta, nos soltamos y seguimos comiendo.
Ni siquiera miro a Martina para que lo apruebe.
Parecemos una pareja real, así, sin darle importancia a tocarnos. Bueno, como si no se la diéramos. Y, sin querer, desde mi Excel se genera una gráfica comparativa; la cena de hoy no tiene nada que ver con la de ayer, solo ha pasado un día, pero parece haber pasado una vida.
Roque pregunta por qué no se ha metido más champán a enfriar y justo Gaspar aparece con dos botellas en sus manos.
—Están frías —anuncia.
A mí me parece demasiado alcohol, y con el Ribera habiendo regado toda mi cena no voy a abusar, que luego me quedo dormida en misa.
—Creo que es el momento de contarlo —susurra Ileana a Marti con una sonrisa cómplice.
Guido vuelve la cara hacia mí y le dedico una sonrisa apretada. Sus ojos se centran en mi boca, con una intensidad que…
«¿Qué, Devita?».
Aguanto la respiración y no entiendo por qué me genera esta reacción. Aunque si pienso que, bajo el muérdago, he decidido por mi cuenta que quería probar su boca sin haber hablado nada…
Él se lame el labio inferior; que me muestre su lengua, otra vez, no debería despertar en mí las ganas de tener más muérdago sobre nosotros, aunque puede que sea mi sistema nervioso autónomo, claro… Un movimiento muscular sin validación cortical.
A lo lejos, escucho un carraspeo por parte de mi hermana; y no, no soy capaz de prestarles atención porque Guido alza su mano y, con el dedo índice, roza la comisura de mi labio.
Me obligo a permanecer estática. ¡Me obligo a hacerlo!
Tengo el neocórtex sumergido en un Ribera delicioso.
Trago saliva; Guido sube las cejas y no entiendo la razón, supongo que mi cara debe de estar mostrando algo, quizá terror.
Entonces él me muestra un poco de mascarpone y abro la boca de forma automática, convencida de que su siguiente paso va a ser meterme ese dedo con restos de postre en mi boca.
La cierro de golpe al caer en ello.
«¡Maldito cerebro reptiliano!».
—Tenemos una noticia que daros. —Ileana pronuncia sus palabras en voz alta y, justo antes de mirarla y de salir de esta niebla densa, Guido se mete el dedo en la boca.
En su boca.
Casi se me atraganta la saliva; el calor de todo el cuerpo me sube al cuello y de ahí a las mejillas.
—Ay… —El eco de mi madre emocionada me hace nadar hacia la superficie y por fin aterrizo en el aquí y ahora, en la mesa de la cena.
Por favor, que lo que está contando Ile haya conseguido eclipsar mi momento en Venus.
—Vamos a tener un bebé —dice mi hermana con una sonrisa radiante y agarrando la mano de Martina.
Sí, toda la mesa está pendiente de ellas.
—¡Hija! —Mi padre se emociona, sus ojos lo muestran.
Mi mente me manda la imagen de la lengua de Guido lamiendo el resto de mis labios y suma el recuerdo de la mía saliendo a su encuentro. Parpadeo con velocidad y procedo con el aislamiento; guantes, mascarilla, bata y gel hidroalcohólico aquí, por favor y gracias.
—¿Y quién está embarazada? —pregunta mi abuela.
—¡Nosotras, yaya! —contesta Ile.
Nos reímos todos, yo también.
—Ya hija, ya, pero no vais a tener un hijo a trozos, ¿no?
Porque ya sé que… —hace gestos con las manos que disparan más de un ceño fruncido— habéis usado a un chico para esto.
—Roque se tapa la boca para evitar la carcajada y yo observo al resto: las caras muestran expresiones diferentes—.
Pero ¿quién de las dos lo lleva dentro? —formula con una obviedad aplastante.
Ileana se levanta y se señala la barriga, una en la que no hay ningún indicio externo visible de lo que han anunciado; porque apenas está de seis semanas, yo misma lo corroboré.
Sabía que iba a decirlo estos días y, aunque soy de las que piensa que hay que esperar por lo menos a pasar el primer trimestre, mi hermana y yo no somos iguales.
Ile piensa que, si va mal, tendrá que contarlo porque necesitará soporte para superarlo.
No seré yo quien le quite la razón, cada uno afronta sus baches como puede y necesita.
—Va a ser Virgo —dice con los ojos cargados de lágrimas mientras mamá la abraza.
Todos nos echamos a reír, aunque yo no sé a qué se puede referir, pero estoy segura de que ella lo tiene claro y por eso hay cierto pánico en esa confesión.
—Lo de tu hermana con el Horóscopo es… —murmura Guido a mi lado, en confidencia.
Elevo las cejas y bebo de mi copa; él hace lo mismo.
—Tiene un cuaderno con todas nuestras cartas astrales, cuenta con la tuya.
Las preguntas sobre desde cuándo lo saben se suceden y dan paso a otras cuyas respuestas me señalan a mí.
—Es que soy obstetra, familia —digo con retintín.
—Por supuesto, Logi —se mofa mi hermano; yo le saco la lengua con la madurez de una niña de cinco años.
Abren otra botella de champán y es Roque quien se encarga de rellenar las copas; digo que no, pero él insiste. Acto seguido, coge la suya y la golpea con una cucharilla.
—Oh…, más nietos, Julián —dice mi madre rebosante de emoción.
—Más o menos, mami —responde Roque emocionado.
En el lapsus en el que mi hermano se hace el interesante, miro a Ileana, que se encoge de hombros y parece decirme con su gesto: «es el hermano del medio, dejémosle ser protagonista».
—Vamos a acoger a un niño de siete años —anuncia él.
El salón estalla en exclamaciones y más sonrisas exultantes.
—¿En serio? —pregunto emocionada.
Ana asiente parpadeando mucho, creo que está al borde de las lágrimas.
—Ahora sí podéis comprar esos columpios de los que hablabais el otro día. —La abuela se dirige a mi madre y a Luisa, que se miran entre ellas tratando de ubicar el dato—. Aunque, lo de ponerlos en una habitación no creo que sea práctico, mejor en el jardín.
Es Gaspar quien, además de atragantarse con el agua que estaba bebiendo, es el primero en caer en lo que se refiere la yaya.
El resto nos quedamos en silencio unos segundos más, y estoy segura, por la risa que le da a Martina, de que no soy la única que entiende el tipo de columpio al que se refiere.
A Guido se le abre la boca justo en el momento en que se une a la comprensión.
—Hostia… —susurra mi hermano y se tapa los ojos.
—Muchachos…, es una noticia muy bonita. —Mi abuela, ajena a todo, mira emocionada a Ana y a Roque, que sale del estupor apretando los labios por la risa que se está aguantando.
Todos asentimos e Ileana es la primera en levantarse hacia mi hermano, dejando atrás el lapsus de los columpios.
—Esto es tan altruista, chicos, tan bonito —dice mientras lo abraza.
Porque sabemos que Roque tiene ese puntazo de llamar la atención, pero también, un corazón de oro.
Nos cuentan que el ocho de enero empezarán con la fase de adaptación en la que conocerán a Bastián, que es como se llama el niño.
Será su primer hogar de acogida; están nerviosos pero muy emocionados.
Se me ocurren unas cien preguntas sobre la historia que puede arrastrar ese pequeño, pero ellos cuentan poco y dejan claro que no les informan de todo.
Echo un vistazo a mi hermana, quiero saber si compartir protagonismo le ha sentado mal, pero no es así, está feliz.
Todo el mundo está feliz. Y es perfecto.
Mi abuela se dirige a Guido:
—Es el momento para que claves la rodilla, muchacho.
Guido se queda paralizado.
A mí se me sale el champán por la nariz y me abrasa las mucosas. Me quiero morir. Y es que además duele, ostras… Duele un montón.
—¡Yaya! Que Logi les tiene alergia a las rodillas —suelta Roque y empieza a reírse—. Va a estornudar y todo.
Consigue que toda la familia se ría, menos nosotros.
—Sois unos abusones, no os vale con las buenas noticias que ya os han dado —consigo hablar cuando dejo de llorar—. Deja de beber, yaya. —Me ignora de una forma tan flagrante que hasta se termina la copa de champán de un trago.
—Te vamos a hacer bisabuela y todavía quieres más —dice Ileana carcajeándose.
—Esto a mí me hace viejísima, ¿no? —se queja la yaya intentando fruncir el ceño, pero la sonrisa gana la partida.
—Lo que te hace vieja son los ochenta y dos años —dice Roque mientras le llena la copa.
Pongo los ojos en blanco, es increíble lo poco que colabora mi familia con la salud de la abuela.
—Tú eres el que me haces vieja, que no dejas de recordarme la edad que tengo —contesta levantando la mano con intención de darle; que podría hacerlo, porque mi hermano la tiene sentada a su derecha.
—Voy recogiendo. —Me levanto con la intención de pasar de todo esto, y Guido hace el amago conmigo.
—Os perdonamos. —Mi madre nos intercepta—. Sentaos con tu hermana un poco. —La mira con un amor infinito, se acerca a ella y la abraza.
Se dicen cosas al oído y mientras tanto Gaspar, mi padre y Luisa empiezan a recoger. La abuela le da un codazo a Roque y le señala la bandeja de turrones para que la lleve a la mesa baja del salón, alrededor de la que todos vamos cogiendo posiciones.
—Abuela, por favor… —le pido en cuanto su mano sobrevuela los dulces navideños, la médica que llevo dentro me obliga a hablar.
—Con la merlucita que llevas encima, muchacha, ¿me vas a decir a mí lo que puedo o no comer? Hoy me he puesto más insulina.
Pongo los ojos en blanco y niego; la gestión de la insulina de esta mujer… Me froto la cara pensando en la merlucita. Puede que lleve algo de razón.
—¿Sabes que se te está esparciendo el maquillaje de los ojos por la cara? —me dice Guido antes de terminarse la copa de un trago.
Paso las yemas de mis dedos por la zona de las ojeras, se me ha corrido todo el rímel. Esto es la nula costumbre.
—Y tú, Guido, ¿quieres tener hijos?
—¡Abuela! —grito.
Se me olvidan los rastros negros que ha dejado mi maquillaje, resoplo y sueño con un veto cautelar inmediato para esta mujer a la que adoro, pero es indiscreta como pocas.
—La verdad es que… —Él niega despacio y me mira—. Es algo que… —Verlo dudar consigue que su respuesta me resulte interesante—. Lo he tenido bastante claro, siempre. —Su negación gestual contesta por él y me sorprende, para bien. Aunque no debería porque este chico no es mi pareja real.
Yo no quiero una pareja.
—Claro, estás con Deva y son cosas que se hablan —interviene Ileana—. Tenéis la misma opinión.
Entonces su mirada no disimula ni un poquito la sorpresa cuando se encuentra con la mía.
—¡Así es! —Martina habla alzando la voz más de la cuenta, y estoy segura de que lo ha hecho porque la reacción de Guido ha mostrado un punto débil en nuestra farsa—. Hoy en día no se puede dar por hecho lo contrario.
La siguiente pregunta es de Ana a mi hermana, sobre cómo se encuentra.
Guido está algo desubicado, y yo, que ya sé la respuesta de Ile, hago algo que todavía no he hecho: llevo mi mano a su muñeca y la rozo, trayendo a mi supuesto novio al aquí y al ahora.
Lo consigo; parpadea y asiente. Noto cómo destensa la postura y se recuesta en el sofá sin abandonar el punto de contacto que yo he creado.
Miro al frente y escucho a Ile contar cómo se sintió en la betaespera y a Martina asentir con una sonrisa enorme; entonces los dedos de Guido se entrelazan con los míos y aguanto la respiración.
Lo estamos haciendo bien.
Cuando sea capaz de sobrellevar estos gestos con estoicidad, iré a una universidad de Artes Escénicas a que me convaliden un par de cursos.
—¡No os pongáis muy cómodos! Nos vamos a la plaza de la iglesia, que empiezan los villancicos. —Luisa interrumpe todo, hasta la sensación de cosquilleo que me ha subido desde las puntas de mis dedos hasta la axila.