26 UNA CENA REGADA DE TINTO
Ile se ríe de forma escandalosa y es lo que de verdad me saca de ese beso. Inspiro y dejo de apretar cual cepo a Deva contra mí, que no me había dado cuenta.
Carraspeo.
—Pues ya está —murmura Deva.
Lo hace tan cerca de mí que me apetece volver a besarla, pero no lo hago.
Ella se da la vuelta sin alejarse de mí.
Aprieto mis labios… ¿como si pudiera guardarme el toque de su lengua para mí solo?
Levanto la vista y Ana nos sonríe.
Tardo uno segundos en volver al presente. Da la impresión que he arrancado el coche en tercera. Tenemos a todo el mundo dando el visto bueno a cada avance, dando por aprobado el examen, y me ayuda a poner los pies en la tierra.
—Muchacha, muchacha. —El canturreo de la abuela corrobora la sensación de aprobación—. Has tardado, pero le has cogido el gusto, ¿eh? —Se ríe al pasar por nuestro lado y camina, despacio y con sus muletas, hasta el sofá.
Deva da un paso lejos de mí y se separa. Menos mal que es ella la que lo hace, yo no dejo de pensar en que, si no hubiéramos estado rodeados de su familia, ese beso…
—Vamos sentándonos. —Julián sale de la cocina con una bandeja entre las manos.
La actividad a mi alrededor se vuelve caótica, las conversaciones, las risas, los «huele de maravilla», las preguntas sobre el menú…
Y yo sigo sin moverme de los pies de la escalera.
Debo hacer una cruz en mi mapa mental de esta casa; hay muérdago.
¿Cómo no me había dado cuenta antes? Me respondo solo: creo que no me he vuelto a fijar en ello.
Gaspar mete más leña en la chimenea y el resto de la familia se va situando en sus lugares de la misma manera que anoche.
—¿Para cuándo una tradición de Janucá? —Roque se sienta en su silla y yo camino hacia la que hay al lado, es lo que me corresponde.
Me fijo en las velas y pienso en que podrían hacer del encendido un rito más, no les costaría demasiado.
—Hijo, estamos haciéndonos a la idea del muérdago, danos tregua —dice Julián con sorna.
—¿Qué podría ser? ¿Se te ocurre algo? —Luisa, desoyendo al padre de Deva, formula las preguntas mientras deja sobre el mantel una tabla de verduras cortadas en bastones y lo que parece ser hummus en el centro.
Lupe, a su vez y muy interesada en la conversación, coloca otra de minitartaletas con lo que creo que podría ser una brandada.
Deva se sienta a mi lado y ya puedo decir que el beso y esa sorpresa final me han dejado aturdido.
—¿No tienes hambre? —pregunta poniendo una mano sobre mi brazo.
No me había dado cuenta de que todos han empezado a comer y de que sigo dándole vueltas a algo que solo forma parte del teatro que estamos haciendo.
—Sí —digo saliendo del estupor.
—¿Quizá hemos sido demasiado efusivos? —susurra, amparada por el jaleo de las conversaciones de los demás.
Y decido ser sincero.
—El giro final ha sido una sorpresa —confieso y me lamo despacio el labio inferior.
Se sonroja y aprieta los párpados. Después me mira tan sorprendida como yo y supongo que, al ver mi sonrisa, ella se tapa la boca con la servilleta para reírse. Me alegra saber que no soy el único y decido cambiar de tema.
—Entonces… Misa del Gallo —rescato los planes de después de esta cena.
—Sí, y luego nos iremos al Terrence a tomar unas copas. Es tradición.
—¿Todos?
—La abuela no, los mayores igual se quedan a tomar una, depende.
Pero nosotros sí. —Se sirve salsa y verduras crudas y coge una tartaleta.
Yo hago lo mismo—. Si a ti te apetece, claro; si no, podemos venirnos después a casa.
O como si no quieres ir a misa. —Abre mucho los ojos—.
No quiero obligarte, ¿eh? Que no es una tradición inamovible.
Me río, no puedo evitarlo. Se ha puesto tan nerviosa como si acabara de descubrir que soy seguidor del anticristo o algo así.
—No me importa, de verdad. No soy un creyente practicante, pero, si te quedas más tranquila, he hecho hasta la confirmación. Así que no me va a caer un rayo por entrar en la iglesia.
—Nosotros tampoco vamos habitualmente. Es por acompañar a la yaya, ya sabes, y porque…
—Es tradición —completo y ella asiente.
Traen la sopera con una crema de marisco deliciosa, y después aparece en la mesa una lasaña de verduras; a cada cocinero que se le atribuye el plato le hacemos saber lo rico que está.
El vino tinto, del que hoy sí que me animo a tomar un poco más que anoche, llena las copas a la misma velocidad que este desaparece y las risas aumentan.
—El año de ese juego de cartas fue de los mejores, deberían inventar un trivial de preguntas personales y nosotros deberíamos volver a jugar. —Lupe se adhiere a la propuesta de Luisa para jugar a algo mañana después de comer.
—No echar la siesta del día de Navidad nos pasó factura —se pronuncia Ileana.
—A nosotros no. Además, al día siguiente os vais y se acaba la juerga —dice Julián.
—Lo del día siguiente está por ver. ¿Se sabe algo del estado de las carreteras? —pregunta Deva y me dirige una mirada de soslayo.
Me doy cuenta de que apenas he pensado en ello.
—Han coordinado los trabajos de limpieza y seguramente mañana empiecen por esta zona. —Gaspar aporta el dato y no me pasa desapercibido que varias miradas se posan sobre mí.
—En cuanto esté todo despejado, liberaremos a Guido. —Deva responde y me mira con satisfacción; mientras, yo soy muy consciente de que no me apetece que la nieve desaparezca. Y es preocupante.
No quiero irme de aquí, estoy cogiéndole demasiado cariño a este Guido con una vida más fácil. Si no fuera porque desempeña labores de enfermero en su horario laboral…
Un «ohhh» generalizado se escucha en la mayoría; Ileana está dentro de ese grupo, Martina no, solo se limpia los labios con la servilleta y disimula su sonrisa.
—No nos adelantemos, todavía no sabemos cuándo podrá irse, lo que sí sabemos es que mañana nos divertiremos con algún juego jugoso y quizá podremos averiguar si Guido es la pareja de cama perfecta para Deva. —Lupe sonríe encantada con lo que está por venir, yo no entiendo nada.
—¡Ostras! —se queja la aludida.
Echo un vistazo en derredor y todos se ríen, hasta Gaspar. ¡Gaspar! Ese hombre ha participado en el supuesto chiste. La abuela se me queda mirando.
—Van a tardar poco en averiguarlo, muchacho —dice mientras su mirada intensa atraviesa los cristales de muchas dioptrías de sus gafas.
—¿Qué postura es la que más te gusta practicar en la cama? —La voz de Luisa no genera silencio, al revés, las risitas se le suceden.
Trago el bocado de lasaña y, mientras me limpio los labios con la servilleta, miro a Deva, a mi izquierda, que se muerde los labios y no parpadea.
No es la primera vez que lo hace, se diría que quiere transmitirme alguna idea de cerebro a cerebro.
No hace falta, contesto sin dudar y sin notar ni un ápice de bochorno:
—El sesenta y nueve.