25 UNO MÁS UNO SON TRES
Sé que son casi las ocho de la tarde y llevo un rato despierto, pero…
no voy a levantarme porque tengo a Deva encima de mí y estoy…
Estoy bien. No me apetece que este momento termine, para no pensar, para no actuar…
Tengo medio cerebro apagado, una de sus piernas está sobre las mías y mi pecho es su almohada.
Por la humedad que noto es muy fácil que esté babeando sobre mi camiseta, pero no me voy a quejar.
Al final decidí meterme en la cama con ella, y no lo hice porque me cansara de jugar, fue una rendición al Guido que he prometido ser en esta casa. Me dolía la cabeza de pensar en Nora y decidí centrarme en el dato más importante de su llamada.
«Fue después, Guido». Sus palabras se han soldado a mi mente y podría parecer una tontería, pero me tranquilizan. El adverbio es la clave, aunque el contexto duela. Joder si duele.
No tardé mucho en dormirme, lo sé porque apenas le di vueltas a mi situación, estaba agotado.
Las pocas horas de sueño nocturno, el partido, el desgaste que supone fingir…
Todo colaboró para que mi cerebro desconectara antes de lo que pensaba.
Y ahora estoy aquí, enredado en la cama con mi supuesta novia.
Mi novia…
Deva actuó tal cual, como alguien que me conoce y que sabía lo que necesitaba. No preguntó nada sobre la llamada; se encargó de darme un refugio donde guarecerme después de que Guido Lanau Ayala colapsara sobre su realidad.
Hay algo en lo que tendré que pensar más tarde, supongo: me gusta fingir que el Guido que soy en realidad no existe.
Deva hace un ruidito y se apoya todavía más sobre mí.
El recuerdo de su apasionado discurso sobre la masturbación en un campo estéril consigue que se me escape una risita.
Pero se me corta cuando varios toques sutiles se escuchan contra la madera de la puerta, que se abre sin esperar respuesta.
Cierro los ojos de forma instintiva, no seré yo quien afronte despierto la pillada de cualquier familiar que entre aquí.
—Oh… —O mucho me equivoco o es su madre, aunque también suena a Luisa.
Escucho su suspiro y creo que hasta su sonrisa. Casi me sale sonreír, pero no debo delatarme. Estoy amparado por la penumbra de la habitación; solo entran las luces externas de la casa: la farola de la calle y las de los adornos navideños de la copa del pino que está justo frente a la ventana.
No hay que ser muy listo para darse cuenta de que son felices al ver a su hija compartiendo amor y todo lo que conlleva.
Vuelvo a pensar en la nota que han colado en la habitación antes de que Deva se durmiera y me encuentro aguantándome la risa.
Es una familia peculiar, sin duda, o muy obsesionada con el placer romántico.
Escucho los pasos acercándose a la cama.
—Deva, cariño… —susurra a la vez que balancea un poco el cuerpo de Deva y, con ese movimiento, también el mío.
Su hija se empieza a desperezar y levanta la cabeza de mi pecho con un movimiento brusco.
—Mamá… —murmura con la voz tomada—. ¿Qué hora es?
—Las ocho, cariño, las ocho de la tarde.
—¡Ostras!
Se incorpora y, simulando que sigo dormido, aprovecho para darme la vuelta. Puestos a fingir, hago el combo completo.
—Que no digo nada, ¿eh? Que tenemos todo listo y no necesitamos manos, pero igual deberíais pensar en levantaros ya.
—Sí, sí, voy a despertarlo.
Escucho que se cierra la puerta y abro los ojos, me tumbo boca arriba y, mientras ella estira los brazos por encima de su cabeza con un bostezo largo y profundo, me incorporo.
—Vaya siesta —me dice mientras se limpia los labios y la mejilla—. Te he llenado la camiseta de babas.
Enciende la luz de la mesilla y, de un vistazo, observo la sombra más oscura sobre mi pecho. Con un movimiento, le quito importancia; no es que tenga más ropa, pero no creo que haya problema y ella lo corrobora.
—Quítatela, la echaremos a lavar. Le pediremos a Roque una. —Abre y cierra los ojos varias veces, le cuesta despegarse del sueño.
Su actitud me dice que no va a indagar en nada de mi vida real, y aunque me gusta la deferencia, hay una parte de mí que quiere contarle lo que está pasando. Estrecho los ojos en su dirección y, cuando se da cuenta, ni siquiera parpadea.
—Bueno… tú… —duda—-. ¿Quieres seguir con esto? Si quieres irte…
—¿Irme a dónde? Ya te he dicho que prefiero estar aquí.
—Quizá he sido un poco brusco, ya que su postura cambia tras mi frase—.
Perdona, no estoy mal, en serio. Estoy… bien.
—Me sale una risita que no tiene nada de felicidad intrínseca y chasco la lengua—.
¿Sabes? Siento que eres una persona a quien podría contarle el drama que estoy viviendo, pero…
Lo dejo en el aire. No creo que sea el momento.
—Cuando tú quieras y si quieres. —Hace gestos con las manos, dejándome a mí la elección.
Ileana entra en la habitación, y creo que sí ha dado tres toques rápidos, pero han debido de ser a la vez que ha empujado la puerta.
—Vaya —me mira el pecho desnudo y termina en mi cara—, ¿estáis llevándolo a otro nivel? No seré yo quien se oponga. Dejo aquí los jerséis. —Posa encima de la cama dos prendas de lana en las que los colores rojo y verde predominan—. Este año son la leche. —Las señala.
Sale con tanta rapidez como ha entrado.
Deva desdobla el primero y pone los ojos en blanco. Repite el gesto en cuanto desdobla el otro.
—Esto es una tradición que impusieron hace… ¿Dos años? —duda—. Nos tejen a cada uno nuestro propio jersey, y yo anuncié con tiempo que mi novio, o sea tú, ibas a venir. Así que… —Vuelve la prenda para que vea lo que está escrito.
«Mi único caso urgente es Deva».
Tras la sorpresa, la carcajada me sale sola.
—¿Qué pone en el tuyo?
Lo despliega delante de mí:
«No me han robado el bisturí, solo el corazón».
—Es bastante menos específico que el mío —subrayo la obviedad.
—Esto es una forma de hacerte pipí encima —dice «pipí» y «coito»; no voy a reírme, pero podría—, de ponerte una correa con mi nombre, no te vayas a escapar.
Pone cara de terror fingido y acabamos riéndonos.
—Voy a darme una ducha —dice moviéndose de una forma eficaz por la habitación—. Cenamos muy pronto porque hay… eventos navideños ineludibles.
Frunzo el ceño.
—¿No nos limitaremos a cenar?
—Apunta en la agenda: villancicos en la plaza, Misa del Gallo y salida nocturna —enumera y levanta los dedos—. Te prometo que será divertido y liberador, mi familia no estará vigilando y eso es un plus. —Cruza los dedos y los pega a sus labios, supongo que sellando esa promesa.
Abre la puerta de la habitación y los villancicos se escuchan por toda la casa.
Bajo las escaleras, creo que nadie se percata de que entro en el salón y me gusta lo integrado que me hace sentir no ser la novedad.
Deva, junto a Ana, está colocando velas en la mesa.
La miro y no puedo evitarlo, es muy sexy; y considerando que lo que lleva puesto son unas mallas negras y ese jersey navideño que le cubre la mitad del trasero, debería analizar lo que me despierta con calma.
No es su culo, porque ni siquiera lo veo: es Deva en general.
Levanta la cara en cuanto coloca la última vela en un vaso rodeado de acebo y me ve. Sonrío, me señalo el atuendo y sus pulgares hacia arriba lo aprueban. Se acerca con pasos lentos. Se agarra las manos, las separa, da una palmada y vuelve a unirlas.
—Cada año han tenido la esperanza de poder encargar este jersey. —Tira un poco de un costado—. Te queda un poco grande.
—No me importa. —Elevo las cejas—. Pensaban que tu novio iba a ser un Hulk de gimnasio. —Me río.
—Eso parece. —Mira hacia atrás, donde el resto sigue con su jaleo y actividad sin parar.
—Unos arrumacos no estarían de más. —Ile nos habla y no sé de dónde ha salido; parece el apuntador en una obra de teatro.
Volviendo a ser ese Guido de nuestra clase exprés de intimidad, rodeo los hombros de Deva y la atraigo hacia mí; ella cae un poco desacompasada sobre mi pecho y disimulo la risa que me provoca su torpeza besando el tope de su cabeza.
—Muy bien —aprueba Ileana sin alejarse y hablando en confidencia.
—Gracias por cubrirnos —le dice Deva.
—Faltaría más.
—¿Cómo has conseguido que Roque nos deje la consola y la tele? —le pregunta con mucho interés y disimulo.
—Se ha sentido muy culpable con él. —Me señala.
—¡Cuñado! —La voz del mencionado me hace levantar la cabeza, todavía no he soltado a Deva y ella ha colocado sus brazos alrededor de mi cintura.
Podría ser de verdad, porque yo he sido este Guido.
¿Podría? Frunzo el ceño.
—Dime. —Me centro en Roque y aparto la otra realidad que he sentido por un segundo.
—Perdona, tío. Me vuelvo un poco loco cuando compito. —Cabecea mientras alterna su vista entre mis ojos y el suelo.
—Un poco —susurra Deva y deja escapar una risita por la nariz sin separarse de mí.
—Pero reconozco mis errores. —Se dirige a ella.
—Cuando te empujamos un poquito —apuntilla Ileana.
—¡Pero bueno! Que estoy pidiendo perdón. —Se vuelve a su hermana pequeña.
—Y no tienes por qué —le digo quitándole importancia.
—Podemos echar unas partidas al GT y sellamos la paz —propone de inmediato con una sonrisa enorme.
—Siempre y cuando no vuelvas a ganarle —me dice Deva alzando la cabeza.
Y la sensación de que de verdad somos pareja se apodera de mí, más intensa que hace un momento. Su confidencia, la broma entre todos, nuestra cercanía…
—Estoy hablando con mi cuñado, no contigo. —Y la respuesta de Roque suena más a «ñiñiñii» que a palabras.
—¿¡Alguien va a decirle a esa pareja de moda que está bajo el muérdago!? —grita Luisa desde la puerta de la cocina y a mí se me salen los ojos de las órbitas.
He bajado la guardia y me han vuelto a pillar. Deva se envara.
—Qué obsesión tiene esa mujer con los besos. —Roque se ríe y se da la vuelta—. Ven aquí, Anita, que… te voy a comer la boca —canta a la vez que camina hacia su mujer.
—De esta no os libráis —susurra Ileana y da varios pasos atrás, dejándonos espacio.
Luisa no nos quita ojo y sonríe.
—Vamos allá —susurra Deva y alza la cara—. Con un pico se dará por satisfecha —me indica, mira mis labios y su boca se abre un poco, tomando aire. No sé, pero me parece muy sexi, y es la segunda vez en muy poco rato.
Hago lo que me dice. El calor de sus labios sobre los míos y el olor a piruleta, que me provoca el antojo de lamer una de inmediato, me atrapan en una niebla de ganas que siento que no me corresponden.
Es extraño.
Solo es un pico, pero no puedo darle solo un beso.
Nunca había sido tan consciente porque nunca he contado los besos que he dado, hasta ahora, o los que no debería dar.
Entonces dejo otro, como en las gradas esta mañana; ella no se aparta, y en el tercero, pillándome por sorpresa, su punta de la lengua roza la mía.
Nos separamos a la vez y nuestros ojos se encuentran desconcertados.
—Sois monísimos —aplaude Luisa.