Bésame por logística 24 ¿UNA CARRERA?
23%

24 ¿UNA CARRERA?

—¿Así os escapabais de casa? —Guido cierra la puerta de la habitación y yo echo un vistazo a mi alrededor.

—A veces. Ohh, adoro a Ile —digo mirando el plato de jamón y croquetas que hay encima del escritorio—.

Y a mi hermano también lo adoro. —Porque está la tele y su consola.

Y aunque es verdad que esta petición ha sido directa, sé que sin Roque no habría sido posible, es él quien custodia los juegos.

Tendré que hablar con mi hermana y enterarme de la excusa que ha puesto.

—No nos hemos quitado las botas.

—No pasa nada, déjalas al lado de la puerta, entre subir la escalera y pasear por el desván hemos limpiado las suelas.

—Mientras dejo mis botas en la puerta, no puedo evitar sonreír: Gaspar ha calado en su mente con el tema de no ensuciar el suelo—.

Y no, no me he escapado nunca por ese acceso, he sido demasiado responsable.

Pero mis hermanos sí y, a veces, por diversión, entrábamos por ahí.

El acceso por el que hemos entrado es una ventana del desván que cierra mal.

Mi padre siempre tiene una escalera en el jardín con la altura justa.

Hoy estaba enterrada en la nieve y, gracias al rato que hemos invertido en sacarla, hemos dado tiempo a mis hermanos para preparar el refugio que necesitamos.

Se quita el abrigo y lo veo más perdido de lo que lo he visto antes.

Entonces, esperando que me imite de alguna manera, me desnudo y me pongo el pijama.

Estoy demasiado acostumbrada a compartir vestuarios como para taparme.

A mí ponerme ropa de estar por casa cuando necesito desconectar me ayuda, es mi ropa que abraza.

Pero él solo se quita la sudadera y se queda con una camiseta de manga larga verde musgo con unos botones en el pecho.

Sube las mangas por los antebrazos y luego enreda sus dedos en el pelo en un movimiento hacia atrás hasta dejarlos entrelazados en la nuca.

—¿Te apetece echar una partida al Burnout Paradise? —Allá vamos con el plan, a ver si es efectivo y lo saca de donde sea que está, o lo distrae o…, no sé, le viene bien.

—¿En serio?

Soy testigo de cómo todo en él cambia: gesto, postura…, y me felicito mentalmente.

—¿Me vas a decir que no sabes conducir y que solo controlas en los simuladores de señores serios? —Intento picarle, él juega al GT7, y sé que lo consigo cuando esa mirada de picardía aparece.

—Te voy a hacer morder el asfalto. —Asiente despacio mientras sonríe—. No tienes ni idea.

Me dan ganas de reírme, creo que haber conseguido el propósito de sacarlo de donde estuviera me hace sentir…

muy bien. Lo que hago, sin embargo, es acercarme al sofá, donde han establecido nuestra zona de juegos, y preparo todo.

Cojo mi Nintendo Switch, que siempre viaja conmigo junto a mis juegos de Resident Evil y varios más.

—No te olvides del plato de croquetas, después de tragarte el humo de mi coche vas a necesitar tragar algo más —dice y me gusta que se haya puesto en modo competitivo.

No soy demasiado buena en este juego, pero como él no lo sabe…

—Uhhh… Casualmente tengo pulso de cirujana y no puedes verme temblar —bromeo y le enseño mi mano extendida.

Configuro el modo online y le doy los mandos de la consola de mi hermano. Nos pasamos un rato eligiendo coches, picoteando del plato —más yo— y, cuando ambos estamos preparados, él, con un Dodge Charger, me lanza una mirada soberbia y juguetona que me resulta de lo más atrayente.

—¿En serio? ¿Con esa cafetera vas a jugar? —pregunta y alza ambas cejas.

—Que no te escuche mi hermano —advierto, he elegido el modelo más parecido a su coche en la vida real.

No sé muy bien por qué lo he hecho, soy bastante competitiva, pero supongo que en el fondo quería provocar este comentario, que me retara, que sacara a su jugador…

Ya que siento el regodeo de quien ha ganado algo.

—Negaré haberlo dicho, pero… no tienes nada que hacer.

Lo miro de lado.

—A ver cómo te manejas en Big Surf —lo reto.

—Te vas a comer mi rebufo, Dev.

En otro momento me plantearé por qué me gusta que haga de mi nombre un diminutivo y, sobre todo, por qué no lo he frenado; jamás he permitido que nadie lo acorte.

—Siempre y cuando consigas adelantarme. —Continúo con ese pique tonto mientras completo la selección del circuito.

La carrera comienza. Guido no dice ni una palabra y me impresiona cómo se maneja, no es que me esté tragando su aire sucio, es que lo he perdido de vista. No hay mofas y su ceño se frunce con fuerza en algunos momentos. Me distraigo observándolo y acabo estampando el coche contra una valla.

Él completa el circuito mucho antes que yo, cómo no, y deja el mando en el sofá. Sé que no está mirando la pantalla y sí a mí.

—¿Es el coche o es que no eres tan buena?

Me encojo de hombros y aprieto una sonrisa. Quiere seguir bromeando y a mí me parece bien.

—Ni lo uno ni lo otro. —Soy sincera, porque podría haberlo hecho mucho mejor—. O las dos cosas… —decido seguir con la guasa, y casi me choco de nuevo. Me río, lo miro durante un segundo y me repongo.

Adquiero el modo competidora y mejoro mi carrera, pero antes de llegar a la meta me entretengo haciendo giros con la intención de no mirarlo directamente.

No dejo de sentir lo extraño que es compartir este momento; uno que no sé cómo recordaré con el paso del tiempo, algo que me hace plantearme nuestro futuro.

¿Seguiremos en contacto después de esto?

¿Nos haremos amigos? ¿Me enteraré de lo que le está pasando? ¿Confesaré algún día ante mi familia?

Llevo divagando y haciendo el tonto con el coche demasiado rato y en un sprint final atravieso la línea de meta.

—¿Has dejado que te gane? —duda.

—¡No! —grito y suelto el mando—. En serio, no lo he hecho. Solo que… —Subo las cejas y él asiente.

—Gracias por… esto. —Señala con la mano la pantalla.

—De nada. —Me recuesto en el sofá y le ofrezco la última croqueta del plato; niega y me la como yo, tengo hambre.

—Por muy retorcida que sea esta situación entre nosotros y ante tu familia… —Mira al frente y deja caer la cabeza hacia delante—. Es más fácil ser tu novio falso que enfrentarme a mi realidad.

—¿Tienes novia? ¿Esto te está dando problemas? —Lo digo sin pensarlo mucho, porque desde que tengo la duda, necesito saberlo.

—Si tuviera pareja, jamás me habría ofrecido a esto —dice asertivo.

Una cuerda tensa en mi interior se relaja.

—Exploremos un poco —dice, alzando el mando, y estoy segura de que su intención es cortar la conversación.

—¿Explorar?

—Sígueme.

Lo hago. Y ya no hay competición, solo conduzco detrás de él por las autopistas, carreteras secundarias y caminos que nunca había descubierto sola.

No lo veo con muchas ganas de hablar más de lo que ya lo ha hecho, por eso no pregunto; me centro en la pequeña pantalla de mi Nintendo y jugamos a chocarnos y a rozarnos el uno contra el otro —con los coches, se entiende—, y a veces nos bloqueamos el camino.

Él se ríe, yo lo acompaño y en unos minutos nos plantamos en una carretera con palmeras a los lados desde la que se ve la playa.

Creo que es la primera vez que me fijo tanto en este juego, creo que también es la primera vez que juego sin competir, supongo.

—Controlas mucho, ¿eh?

—Sí… —Traga saliva—. Sí.

Configura un reto y me mira.

—Vamos. Sígueme.

En menos de un minuto, ambos estamos tirándonos por un salto espectacular. Los coches aterrizan y Guido sigue conduciendo, lo hace por placer o quizá por no reconectar con la realidad. Me quedo parada y mis ojos empiezan a cerrarse sin permiso.

—¿Te importa si me echo una siesta? Estoy agotada, pero tú puedes seguir jugando todo lo que quieras —digo y ahogo un bostezo; se me va a desconectar el cerebro en segundos, lo sé.

—Puede que, dentro de un rato, si consigo apagar esto —se señala la cabeza—, te acompañe.

—Esta noche será intensa —le advierto.

Voy hacia la cama y escucho ruido al otro lado de la puerta, creo que es Ileana…

Y mamá. Me espabilo de golpe. No sé cuál es la excusa que han puesto, igual tendría que volver a mirar el móvil, pero dejo de pensar en eso y recuerdo que necesito que Guido y yo tengamos los teléfonos el uno del otro.

Entonces un papelito se cuela por debajo de la puerta.

Escucho un susurro enérgico y reconozco la voz de mi hermana; acto seguido, la inconfundible risa de mi madre.

—¿Qué pasa? —Guido se levanta del sofá.

—Nada —respondo y me acerco a coger el papel.

«Si vais a usar tus juguetes, espero que los hayas limpiado bien. Disfrutad, cariño».

—Pero… ¿Mi madre? —No me lo puedo creer.

Guido se me acerca y debe de leer la nota.

—Sois otro nivel con el tema del sexo. —Aprieta los labios para no reírse.

—Lo que no entiendo es cómo se le ocurre que voy a masturbarme, o voy a dejar que lo hagas tú, sin limpiarlos. —El asombro por la desconfianza de mi madre no me abandona y a Guido se le escapa una risa.

—¿En serio acabas de decir…? —Se tapa la cara.

—¿Tú sabes el protocolo que sigo antes de entrar en el quirófano para lavarme las manos?

—Ehhh… —Está algo confundido.

—Es el mismo que sigo, casi, para lavar mis juguetes antes de usarlos.

No me valdría que te lo metieras en la boca o que me los metieras en la mía.

Si van a rozarme, si me voy a penetrar, o vas a hacerlo tú, van a estar impecables.

—A Guido se le abren mucho los ojos y me doy cuenta de que puede que durante mi discurso se me haya llevado por delante la indignación—.

Es que me molesta que ni siquiera me conozcan en este sentido —me justifico agotada.

—Quizá ellos no sepan que te tomas este tema… como si fueras a operar —dice, duda, y los colores de sus mejillas aumentan; frunzo el ceño, no lo entiendo.

—Bueno, no es exactamente así, pero saben cómo soy en general con la limpieza… —susurro la última parte, no sé por qué me he exaltado tanto. O sí… A veces pienso que no le dan importancia al trabajo que tengo—. Estoy muy cansada —suspiro.

—De locos, tío… Y luego no dice follar —farfulla y se da la vuelta, se sienta en el sofá y yo arrugo mi entrecejo y también el papel, que tiro a la papelera.

Aprovecho y cojo el teléfono. Mi hermana les ha dicho que necesitábamos tiempo a solas, que Guido está un poco sobrepasado y que el sexo nos iba a ayudar a liberar estrés navideño.

No, tampoco entiendo por qué hay que dar tantas explicaciones y me hace pensar en por qué Roque ha traído la tele y su consola si se supone que íbamos a tener un encuentro sexual.

—Dime tu número de teléfono —digo en alto negando para mí—. Siento infringir tan a lo bestia tu derecho a la protección de datos, pero es que, si surge que tengo que contactar contigo, va a ser rarísimo que no lo tenga.

Me lo dicta sin apartar la atención de la pantalla y le hago una llamada perdida.

—Ahora sí, a dormir —susurro—. Ojalá puedas descansar algo. —Me acomodo y cierro los ojos con placer.

—Guido el enfermero estará listo para la noche, te lo prometo.

—Gracias por eso —murmuro y abro un ojo.

—De nada —me devuelve en el mismo tono y soy consciente de cómo el volumen del juego baja considerablemente.

Después: fundido a negro.