23 NO TENGO TU NÚMERO DE TELÉFONO
Seco el pelo de Odín con una toalla antes de que entre en el garaje. No puedo dejar de analizar lo que acaba de pasar.
—¿Puedo quedarme un rato a solas? —ha preguntado Guido.
Que haya pedido permiso, como si fuera su jefa en esta obra de teatro, ha sido extraño.
He intuido sus preguntas no formuladas: «¿puedo ausentarme de lo que tú estás creando en tu casa? ¿Será creíble?»
Y por primera vez lo he visto fuera de sí mismo.
De pronto, el Guido que se presentó en la puerta de casa ha dejado de existir.
Ya no es ese personaje al servicio de la escena y se ha convertido en un chico del que no sé nada.
—Por supuesto. —No quería que quedase ninguna duda.
Porque él también tiene que atender su vida.
Porque él tiene una vida.
Llevo un día entero a su lado y no me he preocupado mucho más allá de lo que nos servía para crear esta farsa.
No se dedica a la paquetería, trabaja en una empresa de cartonajes.
¿En calidad de qué? ¿Debería importarme?
No, ¿no? Es que ¿hasta qué punto tengo yo que inmiscuirme en su realidad?
Lo que es indudable es que la tal Nora es su novia.
La foto que he visto no da lugar a ninguna duda: él con una chica frente a frente, sonriendo con los labios casi unidos, rodeados de azul, de mucho azul y mucho sol.
Entro en casa con un concepto muy diferente sobre mi novio falso.
Ahora mismo siento que lo desconozco todavía más, o peor aún…
que se ha convertido en una persona real y no es un actor que me he encontrado para que sea mi novio en vacaciones.
Quizá debería preocuparme por cómo la efectividad me convierte en alguien con la empatía de un bisturí.
Agradezco que el alboroto que crea mi familia cada vez que nos juntamos me rodee; dejo que entre en mi cerebro y lo inunde todo. A ver si así apago las luces del quirófano virtual en el que tengo a Guido abierto en canal sobre una superficie quirúrgica para saber quién es en realidad.
La mesa está puesta y el olor que llega desde la cocina, cada vez que alguien sale o entra, deja claro que estamos a punto de comer. Sonrío, porque me encanta estar con ellos, aunque su forma de ver la vida me haya metido en un lío.
—¿Y Guido? —A mi madre le falta tiempo para preguntar.
—Se ha quedado…
—¿Dónde tiene el coche? —Roque se acerca y su cuestión me revuelve el estómago.
No movimos la furgo porque era imposible, y no existe un coche en el que haya venido.
—¿Ya se te ha pasado el enfado? —Ile se acerca a nosotros—. Este cenutrio ha cargado contra Guido por haber marcado tres goles.
La cara de disculpa de mi hermano y el cable que me echa mi hermana me rescatan.
—Tienes muy mal perder —le digo, y debo de haberlo hecho demasiado seria porque…
—¿Está molesto?
Niego. Creo que la llamada ha desviado el foco de preocupación por haberse enemistado con Roque.
—No, no te preocupes, ser un campeón consigue que se le olviden los picajosos —respondo y él suelta un «ñiñiñiñi» que nos hace reír a todos.
Bueno, yo lo finjo un poco. Me gustaría saber cómo está Guido de verdad; esa llamada, que ha teñido su rostro de una alarma extraña, me preocupa mucho más allá de si la otra persona es o no su novia.
Aunque quizá sí que debería preocuparme, nos hemos besado, me ha visto casi las tetas… Y tiene novia.
—Que Guido no se entretenga mucho, que vamos a comer enseguida —dice Luisa en confidencia a mi lado; lleva una bandeja llena de croquetas que desprenden calor y un olor que me hace la boca agua.
—Dale un toque al móvil —propone Ana.
Martina asiente y yo lo hago por imitación, pero la cara que debo poner la horroriza.
No tengo su número.
—O ve a buscarlo —sugiere la mujer de Ile—. Vamos a comer ya y sabes cómo se ponen en esta casa cuando se les hace esperar por la comida.
Los horarios son sagrados.
No espero a que nadie más me sugiera cómo localizarlo, así que salgo en su busca; no creo que se haya ido muy lejos. Como mucho, se habrá quedado en las eras de las cabras, donde hemos estado con Odín.
Efectivamente, así es. En cuanto subo la pequeña loma, lo encuentro de espaldas a mí.
—¿Qué quieres que te diga, Nora? ¿Que me alegro? ¿Que lo entiendo? ¿Que iré a comer el veinticinco y celebraré…?
Se calla y yo me siento una intrusa. Se le escucha dolido, y descubro que a este Guido no he sido presentada, pero, claro, no hace ni veinticuatro horas que lo conozco.
—Mira… —habla—, solo quería entender… —Resopla mirando hacia el cielo, su aliento es visible, debemos de estar a menos quince grados—. Da igual.
Supongo que recibe contestación.
—Pues menos mal. Feliz Navidad, Nora.
Se aparta el teléfono de la oreja y desliza el dedo por la pantalla con velocidad.
Levanta el rostro y se encuentra conmigo, que me muero de vergüenza, no he sido capaz ni de interrumpir ni de darle espacio.
Me ha podido la curiosidad, supongo, porque ahora este chico y su drama personal es todo un misterio para mí que…
Pero ¿qué me pasa? No tengo derecho a saber.
Odio esta vena cotilla que me posee en situaciones que no debería.
—Perdona… Mira, vamos a comer ya —digo dudando—.
No tengo tu número de teléfono y quizá deberíamos intercambiarlos por si surge…
—No voy a pensar en lo egoísta que parezco, preocupada solo por nuestra puesta en escena; porque lo he dicho sin pensar, para hablar de algo, para no asumir que he sido una tía de lo más indiscreta escuchando su conversación.
No hace ningún gesto, solo me mira. No está llorando, pero hay algo en sus ojos que duele y que no sé interpretar… porque, me repito por enésima vez, no lo conozco.
—Si pudieras irte del pueblo, te irías, ¿verdad? —le digo. Quiero entender sus necesidades—. Ha pasado algo y necesitas volver a casa…
Y lo veo tan devastado que, aún sin entender nada, me dan ganas de ir yo misma a quitar la nieve de la carretera para que este chico, que me ha ayudado tanto, pueda salir de esta ratonera en la que se ha convertido el pueblo.
—¿Qué? —Sale de su trance—. No, no. —Niega y mira al suelo, a su alrededor, pero no me convence—. Está… bien. Todo. Ya… está bien. —Levanta la cabeza—. ¿A comer has dicho?
Asiento despacio sin quitarle la vista de encima.
—Dime la verdad: ¿tienes hambre?
Durante unos segundos no parpadea, no se mueve, solo me mira a los ojos, hasta que niega sin decir nada más.
No nos conocemos, pero tengo la sensación de que lo último que necesita este chico ahora mismo es fingir durante una comida en familia que es mi novio.
—De acuerdo, yo tampoco tengo mucha —miento, pero después de lo que Guido ha hecho por mí, ¿qué son un par de horas sin comer?
Mando un mensaje a mi hermana porque se me ocurre un plan rápido; al fin y al cabo, esta comida no es de las protocolarias, nos la podemos saltar.
—Necesitamos un descanso de la función; nos vamos a refugiar en mi habitación sin pasar por la casilla de salida —le informo, si se parece un poco a mí, necesita controlar lo que va a pasar a continuación; si no…, da igual.
Sus ojos se abren sorprendidos; creo que le parece bien el plan.
—Vamos a dar un rodeo para llegar. ¿Tienes miedo a las alturas? —Es importante este dato, porque se nos puede complicar el acceso y uno de los objetivos esenciales es evitar pasar por delante de mi familia y sus preguntas.
—No —responde y sus ojos se arrugan un poco, está intrigado.
—Sígueme.