22 UN POCO DE VERDAD
Llegamos a casa y nos sacudimos la nieve de los pies, aunque también nos cambiamos las zapatillas; Gaspar nos lo ha recordado antes de desviarse a su casa, que está al lado de la de los padres de Deva.
Julián y yo subimos al primer piso directos a la ducha.
Tengo en mente hablar con mi madre porque ya no puedo postergarlo más, y cuando me paro en la puerta de la habitación de Deva, Julián lo hace a mi lado.
—¿Todo bien? No parece que seas del equipo ganador.
—Sí, sí. —Sopeso qué contar; en un segundo decido que la verdad, porque es de las pocas veces que voy a poder hacerlo—. Tengo que llamar a mi madre y decirle que mañana no podré ir a comer a casa.
Ya no estoy tan alterado como ayer, ni enfadado, y la tristeza aparece cuando soy consciente de que no voy a estar estos días con ellos; aunque la situación real que iba a vivir allí no fuera a ser, en absoluto, agradable.
—Quizá haya suerte y esté despejado. Ya están trabajando en nuestra carretera.
Para mi sorpresa, entro en un debate emocional entre la sensación de melancolía resuelta y la decepción.
—Y si no es posible, espero que aquí te hagamos sentir como en tu casa. —Palmea mi espalda y camina hacia su habitación.
Como en mi casa seguro que no.
«Joder, Nil».
Entro en el cuarto y, sin demorarme más, marco el teléfono de mamá. Descuelga al segundo tono, lo que indica que la preocupación por mí está en un nivel bastante alto.
—Guidet… —Ese nombre en su boca tiene diferentes significados según el tono empleado, es su superpoder.
En este caso, engloba un «estoy preocupadísima, el mensaje de ayer es muy pobre, necesito saber si estás bien».
Así que empiezo a largar… Y, de momento, no voy a mentir, a pesar de que tengo una coartada.
—Estoy atrapado en un pueblo de la montaña, mamá. Y no sé cuánto tardarán en limpiarlo. —¿Mi respuesta es para que no se haga ilusiones o para mantener mi coartada? No lo tengo nada claro.
—¿Esto tiene que ver con todo lo de Nil?
—Esto tiene que ver con el temporal. —Trato de ser asertivo, pero ella es abogada.
—¿Y qué estás haciendo en ese pueblo de montaña tan convenientemente sepultado por la nieve?
Resoplo.
—¿Quieres que te mande una foto de la altura que ha alcanzado para que mis pruebas sean consistentes? —La impertinencia envuelve mi pregunta, y no debería, mi madre es una fiera detectando mentiras.
—Mándamela si te hace ilusión, cariño, pero entiendes que tiene la misma fuerza legal que un dibujo a carboncillo, ¿verdad? No es una prueba «concluyente». —Corrige el adjetivo con esa elegancia tajante que tiene. Chasqueo la lengua—. Estoy preocupada, hijo. Nil nos ha contado lo que pasó…
—Dame tiempo, ¿vale? Y, por otro lado, no te estoy mintiendo. —Le digo el nombre del pueblo y de la zona donde estoy para que lo verifique.
Lo va a hacer, y no es porque no confíe en mí, es que va en su naturaleza.
—Tienes el tiempo que necesites, vida. Pero quisiera tenerte en fiestas. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, mamá. —Claro que lo sé, y es lo único que me machaca cuando lo pienso, no estar con ellos.
—No tengo la solución para que esto pase sin que duela, pero sé que los dos sois buenas personas.
No iba a pasar por alto «el problema», lo tengo clarísimo.
—Está bien tener en mente ese dato, porque ayer me fui del despacho pensando que uno de nosotros no lo era.
—Echo hacia atrás la cabeza y mi cuello cruje a la vez que cierro los ojos.
Recuerdo que, durante mi camino hacia la montaña en la furgo de Isma, tuve ratos en los que no tenía claro quién de los dos era el malo, pero eso no se lo digo.
—Infórmame de cómo avanza la situación, espero que en Nochevieja y Año Nuevo estés con nosotros.
Por las voces que he escuchado, entiendo que está ocupada, si no, mi madre no me habría cortado así. Aunque quizá su sexto sentido le esté informando de que no le voy a confiar más información.
—Allí estaré —confirmo, porque hay situaciones que tengo que afrontar.
Bajo al salón recién duchado y la casa está extrañamente vacía. Meto dos troncos en la chimenea y, cuando doy media vuelta, la abuela sale de la cocina.
—Gracias, muchacho. —Hace un gesto con la barbilla hacia el fuego y camina despacio apoyándose en la muleta—.
Qué partido, ¿eh? Si mi Avelino te hubiera visto jugar…
—Su sonrisa le arruga más las comisuras de los ojos tras las gafas.
Se acerca y acorto el espacio entre nosotros, me da dos palmadas con una fuerza que no parece suya.
—Gracias —digo cohibido; muy consciente de que soy un papel ficticio en esta casa.
—Gracias a ti, por venir y quedarte. —Sonríe y no aparta la mirada de mí.
Responda lo que responda, voy a sentirme mal. La puerta principal se abre y aparecen Roque, su mujer, Ileana y Martina. Agradecido, dejo de hacer contacto visual con la abuela.
—Si es que tendríamos que haber limpiado la carretera primero —bufa Roque—, y que el cuñado se hubiera largado a trabajar.
—Mira que eres competitivo, hijo. —Julián está bajando las escaleras.
—Es que sois unos paquetes, papá, además de que se os va la fuerza por la boca.
—Hace dos años ganamos —se queja su padre.
—Claro, porque nos habíamos casado tres jugadores del equipo de solteros. ¿Dónde queda eso?
Su mujer se le acerca con una sonrisa afable y lo abraza; a Roque le cuesta relajar los brazos, pero poco a poco la cercanía de Ana lo consigue y él rodea su cuerpo para dejar un beso en su coronilla, menos tenso.
—Es Aries —me dice Ileana señalando a su hermano—. Se le pasará en un rato, pero hasta que eso ocurra, vas a ser su enemigo.
—Pues que no te joda perder, Roque. Ser de los casados siempre es ganar. —Gaspar, al que no había visto llegar, habla.
¿Por dónde ha entrado? ¿Desde cuándo está con nosotros?
Luisa y Lupe entran ya calzadas con las zapatillas de casa.
—Deva va a pasear con Odín, Guido. —Lupe se dirige a mí—. Dice que, si te apetece, te espera fuera.
Julián le coge a su mujer las bolsas de tela llenas de pan y se mete en la cocina. Sin decir nada, no voy a intervenir en la conversación, camino hacia la salida.
—Acuérdate de que nunca estáis solos —susurra Ileana cuando paso por su lado, y el carraspeo de advertencia de Martina activa el recuerdo de la madrugada.
Mi despedida se reduce a un levantamiento de cejas hacia estas dos mujeres.
Ya en la calle, observo a Deva jugar con ese enorme perro.
Parece tranquilo. No hace aire, se respira esa calma amortiguada por el más de medio metro de nieve que cubre todo excepto los caminos que los vecinos se han encargado de abrir.
En esta casa ha sido Gaspar. Deva se agacha para atarle la correa y el perro pone su pata sobre la pierna de ella.
No escucho qué le dice, pero le habla tranquila, con un tono cariñoso que me hace sonreír.
Parece que Odín es de los pocos que recibe el afecto directo y sin filtros de esta mujer.
—¿Ha sido un rescate? —pregunto al llegar a su altura; se yergue y Odín se sienta a su lado.
—Sí, ¿se ha notado mucho? He pensado que si era mi madre quien lo proponía, tu salida iba a ser más rápida. Cada vez que tú y yo interactuamos, la familia crea una red que nos atrapa.
—Buena jugada.
Deva mira de reojo al ventanal del salón. Yo miro su boca y me acuerdo del beso en las gradas.
—Hay mirones —susurra.
—Estaba advertido, me lo han recordado antes de salir. ¿Te parece bien si te beso en la frente? —se me ocurre, porque no creo que sea adecuado volver a repetir el del partido; quizá ahora, sin público real, la tentación no tenga freno.
—Bien —dice y alza la cara—. ¿Unimos la nariz?
Elevo las cejas y aprieto los labios; puedo vernos desde fuera en este intercambio de palabras, espero que Martina apruebe esto a lo que estamos jugando.
Entonces hago lo que corresponde: me agacho y rozo la punta de su nariz un poco, ella baja la cara y yo dejo que su frente se pose en mis labios.
Qué loco es que Deva, contra todo pronóstico, me atraiga como lo hace.
Reconozco, aquí y ahora, pegado a ella en un gesto que rezuma intimidad, que no me quiero ir de aquí; obviar la seguridad que siento con esta película sería una tontería.
Quizá debería darle un pensamiento a esto y no tanto a que ella me atraiga.
—Creo que tenemos un control muy preciso de este movimiento —murmura y después suelta una carcajada.
—Lo hemos ejecutado con éxito.
Nos reímos juntos.
—¿Vamos?
Salimos por el camino libre despejado. Tengo que ir detrás de ella y por ello hacemos en silencio una parte del trayecto que nos lleva a las afueras del pueblo, donde la nieve virgen acapara todas las superficies.
Subimos una pequeña cuesta y, cuando llegamos a una explanada delimitada a un lado por lo que debe ser el río y al otro por una montaña que asciende imponente, Deva suelta a Odín.
El tranquilo oso negro que es su perro olfatea y lame la nieve, nos mira con sus vivaces ojos oscuros y fija su vista en el movimiento que hace Deva con la mano enguantada.
—¡Mira lo que tengo, Odín!
Lanza una especie de tubo rojo que no le había visto y que cae con un ruido sordo y leve a lo lejos. Odín lo sigue con la mirada.
—¡A por él!
Entonces el perro inicia un trote poderoso y se mete en la nieve hasta dar con el cacharro.
Es un pedazo de manguera gruesa y sellada.
Con la misma velocidad, lo trae en su boca para devolvérselo a su dueña.
Deva vuelve a lanzárselo, esta vez sin orden, y Odín corre en su búsqueda disfrutando de rebozarse con la nieve en el proceso.
—He conseguido enemistarme con tu hermano, y eso que pensaba que anoche lo tenía de mi parte —digo en la quietud de este silencio nevado.
—Roque es… —ríe—. Es muy competitivo, pero se le pasa y luego sigue siendo el de siempre, es explosivo en el momento, pero le dura poco. Volverá a hablar de coches contigo, si es lo que te preocupa.
Odín tira al suelo su juguete y se sienta a nuestro lado.
Está tan tranquilo y sin preocupaciones que lo envidio.
Tal cual suena: patético. Entonces pienso en todo lo que Deva y yo tenemos por delante, que no tiene nada que ver con la apacible vida de un perro querido, y estoy agotado.
Y no es esta farsa, ya tengo claro que estar aquí me parece un refugio casi perfecto; es mi casa, las festividades allí, mi familia afrontando el giro de los acontecimientos…
—¿Estás bien? —me pregunta mientras acaricia la cabeza de Odín a la vez que le sacude la nieve.
Durante unas décimas de segundo dudo si contarle la realidad de mi vida, pero el agotamiento se interpone; opto por otra verdad que creo que se merece.
—No trabajo en paquetería —aclaro.
Deva frunce el ceño, estrecha los ojos hasta cerrarlos y se queda así durante unos segundos.
—Pero tiene explicación —continúo—. Mi amigo Ismael es el repartidor y le pedí que me dejara hacer las entregas de la tarde de ayer. Le vino bien porque se acaba de enterar de que su novia está embarazada y lleva unas semanas bastante revuelta…
—¿En qué trabajas? —Sus ojos azules claros miran fijamente mis manos enguantadas.
—Soy… Trabajo en la empresa de cartonajes de la familia. —Podría decir que soy director adjunto, pero no me apetece desmigar esa parte tampoco. Hablar de la vida real no está entre mis prioridades ahora mismo, y vuelvo a pensar que es preocupante estar cómodo dentro de esta mentira.
—Vaya —dice despacio, procesando la información—. No soy la única mentirosilla aquí.
No pregunta nada, y eso que espero que lo haga, porque la cuestión sobre mi aceptación en esta pantomima no la he resuelto en ningún momento. Yo lo sé y ella lo sabe, pero lo deja aquí.
El Tokyo Drift empieza a sonar y llevo mi mano al bolsillo. Deva coge el tubo de goma del suelo y lo tira lejos.
Miro la pantalla del móvil.
NORA.