Bésame por logística 21 UN PARTIDO, UN BESO, UN ENEMIGO
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21 UN PARTIDO, UN BESO, UN ENEMIGO

Es de locos, hemos limpiado el campo de fútbol por completo, y sé, por los comentarios de algunos de los chavales que han estado ayudando, que no soy el único que ha pensado en la carretera.

—No solo es la nevada, chaval —le ha dicho a un chico un señor de la edad de Julián.

—No vamos a conseguir despejarla, la avalancha ya es demasiado alta —ha añadido otro—. Hay que dejar trabajar a los profesionales, han dicho que, como muy tarde, mañana por la noche estará despejado.

—Dejemos el campo libre y divirtámonos. —Julián se ha sumado a los comentarios a favor y ya no se ha escuchado nada más al respecto.

Alucino cómo se toman la situación, porque tener el pueblo aislado para emergencias, por ejemplo, no me parece algo a obviar.

Por lo demás, no tengo nada que objetar, aprovecharé circunstancialmente la oportunidad de seguir atascado aquí por tiempo indefinido.

Las mentiras que tengo que contarles a ellos son directamente proporcionales a las «verdades a medias» que puedo contar en mi casa como excusa.

Así que… tampoco voy a quejarme. Lo que no puedo posponer mucho más es la llamada a mi madre. Con un mensaje no es suficiente.

Echo un vistazo a la equipación que me han dejado para jugar; voy con los solteros, es decir, contra los hombres de la familia de Deva.

El requisito para estar con los casados es claro; lo que implica que yo esté con la chavalada.

Y no sé cómo no se dan cuenta de que aquí hay un equipo ganador sin haber empezado, aunque solo sea porque la juventud a la hora de correr es un plus y hay chicos con dieciocho años favoreciendo al equipo de solteros. Pero voy a esperar a juzgarlos en alto.

Salimos al campo y casi todos empiezan a subir por las gradas y a besar a sus parejas. Entiendo que son los casados.

—Vamos, tienes que dar el beso de la victoria, aunque preferiría que no ganaras —dice Roque, palmeando mi hombro.

—Pero si no soy «casado» —respondo; esperaba que pudiera librarme de la demostración pública.

—Estás en el limbo, cuñado, tienes lo mejor de cada equipo: la novia y los compañeros eficaces.

Lejos de reírse, está muy serio, más que ayer cuando contó lo del alud.

Excepto ese «cuñado», todo lo demás rezuma hostilidad.

Sin llegar a entenderlo, emprendo mi camino hacia donde está Deva, porque creo que es lo que toca.

Cuando llego a donde están, me encuentro con su madre, que besa a su marido abrazándolo de lado; vamos, que perderme de vista no está contemplado.

A su izquierda están Ileana y Martina, que sonríen a la expectativa.

Recuerdo lo de anoche como una clase magistral intensiva que no olvidaré en mi vida y con la que me sentí mucho más cómodo de lo que esperaba.

Porque soy así: dame directrices, ponme a trabajar bajo presión, seguiré el raíl y haré lo que se espera de mí.

De hecho, hoy veo todo inmensamente más sencillo que ayer.

—No te esperaba por aquí —le digo a Ileana con una sonrisa mientras paso por delante hasta llegar a Deva.

—¿Y perderme «Crónica del Heteropatriarcado en Bermudas»?

Se ríe hasta Martina, que me observa y parece una profesora en una oposición. Soy capaz de escucharla en mi mente con su fabulosa premisa: «tomáoslo como un juego».

—Además, el año que viene seré yo quien suba a besarte —le dice Ile a su chica.

—Siempre y cuando estés recuperada —contesta Martina.

—¿Cuatro meses después? —Hay un «¿en serio?» implícito en esa pregunta que no entiendo.

—¿De qué? —Lupe se vuelve hacia su hija pequeña y yo aprovecho para acercarme a Deva, que ha sonreído con cierta complicidad, pero no a mí.

—Soy de los solteros, aunque parece ser que tengo el privilegio de besar a mi novia —susurro cuando Deva se levanta y se sube a su asiento para estar más arriba y dejarme sitio para ponerme delante de ella.

No debería, porque todo esto es de mentira, pero me inunda una anticipación interesante.

Admito que son los resquicios de anoche, ni soy de piedra ni la puesta en escena de ayer fue estéril.

Podría haberlo intuido después de haber estado debajo de su jersey, pero una cosa es que reaccione excitándome con una chica y otra cómo sentí cada contacto con ella.

Fue suave, cómodo, como si mi cuerpo confiara en ella.

—Y tu novia tiene que devolverte el beso, si no, traerá mala suerte —dice decidida a sacar un sobresaliente.

Controlo la carcajada.

—No tenía ni idea de esa superstición.

El carraspeo de Martina interrumpe nuestra charla.

Echo un vistazo y veo a algunos jugadores bajando ya hacia el campo.

Así que no pierdo más el tiempo. Creo que no voy a necesitar calentar mucho, entre retirar la nieve a paladas y el calor que me provoca la preparación para el beso falso estoy listo para jugar.

No sé por qué, pero darle un beso a Deva es la misma sensación que cuando alguien te rasca en esa zona de la espalda a la que no llegas.

Un alivio absurdo e inesperado. Y es raro —rarísimo— porque hace menos de veinticuatro horas que descubrí que la última persona que me hizo sentir algo parecido está en otra historia.

Una que, además, voy a tener que ver de cerca, quiera o no.

Dejo de lado las comparaciones, también las sensaciones por las que no voy a dejarme llevar, y tomo aire para unir mi nariz a la suya.

Agarro sus costados y noto cómo el abrigo se deprime bajo la presión de mis manos.

Es la toma de contacto; reconozco que sería más rápido dejar un pico en sus labios y bajar al trote al campo, pero puede que no sea lo más correcto ni lo que esperan, ya que celebran con silbidos y jaleos los besos prolongados.

¿Voy a seguir dejando de lado que no quiero hacerlo rápido?

Por supuesto. No es el momento de analizar nada.

Sus manos se agarran a mis antebrazos con algo de fuerza y sonríe con esa cautela que ya conozco en ella. Se muerde los labios.

Me gustan sus labios.

—¿Un beso para el falso soltero? —le pido y mi juego de palabras la hace reír.

Mira a los lados solo moviendo los ojos.

—Claro, por logística —susurra sin perder la sonrisa y activa otra en mí.

«Claro, Guido, por logística».

Adelanta su boca y unimos los labios, deja un beso suave y… yo vuelvo a pegarme a ella para darle otro, que uno siempre me ha parecido muy pobre en estos casos.

—Vamos, hijo —escucho a Julián.

Pero Deva deja un tercero, con el que tengo que reprimir hacer una incursión en su boca y convertir el numerito en un espectáculo que el pueblo iba a tener que censurar.

No lo hago, pero sí la estrecho un poco más y no dejo que se despegue tan rápido.

Entonces los silbidos teatrales seguidos de esos típicos «uhhh» de cotillas satisfechos estallan a nuestro alrededor.

—¡Deja que los chicos se explayen! —salta Luisa; la emoción de esta mujer consigue que hasta aplaudan a nuestro alrededor.

Deva sonríe y niega mientras nos separamos; ya no hay beso, ya no hay contacto.

Yo solo la miro a ella, que parece satisfecha con esta puesta en escena.

Me separo del todo y, de reojo, veo a Ileana aplaudir y a Martina con una sonrisa orgullosa.

Hemos aprobado, y… dejo de tildar este momento de raro; lo he disfrutado.

—Voy a terminar llevándome un Oscar en mi categoría —dice nuestra institutriz.

Deva suelta una carcajada y se baja del sitio. Si hubiera sido mi novia de verdad, la habría vuelto a besar; pero no lo es, así que me limito a asentir sin perder la sonrisa y a lamerme los labios porque me los he pringado de cacao, que, ahora sí puedo confirmar, sabe a piruleta.

Desde el principio del partido está claro quiénes son superiores; mi intuición ha sido acertada, los solteros están en mucha mejor forma que los casados.

Los cambios en el banquillo son continuos para que todos participen.

A ratos yo no puedo evitar reírme cuando nuestros contrincantes, que casi siempre son los mismos, llaman paquetes a algunos de sus compañeros de equipo.

—No tendría que haberme casado este año —dice uno de ellos corriendo detrás de otro, que ha pasado con el balón por delante.

El gesto de uno de mis compañeros me incita a desmarcarme, a alcanzar el área, y el balón llega a mis pies. Está despejado y disparo a puerta. Los gritos del público y de mi equipo me llegan a la vez que el esférico pasa el límite de la portería.

Recibo felicitaciones, palmadas en la espalda…

Al dar media vuelta y mirar hacia la grada, veo la sonrisa de Deva y su pulgar enfundado en una manopla blanca.

En la otra mano lleva un vaso, seguro que es un líquido caliente, estar allí parada no debe de ser nada agradable con la temperatura que hay; la confirma el vaho visible de mi aliento.

—Pero…, joder, mi hermana no me había dicho que supieras jugar bien. —Roque se acerca con el ceño muy fruncido—. Pensaba que el enfermero iba a ser un paquete que solo ve partidos potentes —dice con burla.

Este tío es competitivo, no hay ninguna intención de broma; lo corrobora Julián cuando se acerca a él y se lo lleva agarrado por el brazo.

¿Me he cargado a un aliado de la familia? Si antes lo dudaba, ahora lo sé.

El partido termina cuatro a uno, los solteros hemos ganado y la chavalada que compone mi equipo decide salir a celebrarlo.

No me uno, por mucho que insisten y jalean que he sido el Pichichi del partido.

Pero una cosa es ser el novio de Deva en su casa, y otra ya es fingir en el pueblo; además, estoy pendiente de la reacción de Roque, que estoy en su punto de mira.

Salgo de los vestuarios riendo por las bromas que hacen de las jugadas del partido y, sobre todo, de los insultos que los casados han lanzado a los solteros; pero corto las carcajadas de raíz en cuanto me encuentro en la entrada con Gaspar y Julián.

—Debería dormir con el perro —dice Gaspar muy serio.

—No sé si Odín va a admitirlo —responde Julián con un semblante similar.

Entonces, tras unos segundos en los que yo no sé qué decir y me planteo ir a sacar la nieve del alud con mis propias manos, estallan los dos en risas.

—Enhorabuena, chaval. —Gaspar palmea mi espalda.

—A mí lo único que me tranquiliza es que espero que el año que viene estés en nuestro equipo. A ver si clavas la rodilla —sugiere Julián.

—O que la clave Deva, tanto da —aporta Gaspar.

Si estos hombres supieran que lo que proponen es del todo imposible…