Bésame por logística 20 UN BESO EN LA FRENTE EL PISTOLETAZO DE SALIDA
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20 UN BESO EN LA FRENTE EL PISTOLETAZO DE SALIDA

Trago saliva con dificultad.

—Le estaba preguntando a mi hermana si te apetece jugar al fútbol, hay partido… —La voz de Roque, desde el pie de la escalera, me devuelve al salón.

—Algo dijo anoche —dice Guido hablando muy suave—. Y claro que sí, ya que van a limpiar el campo y no la carretera… —Se encoge de hombros—. ¿Puedo servirme café? —Señala la mesa.

Se le da bien jugar a esto.

A lo nuestro, quiero decir, al fútbol no tengo ni idea.

—Claro —murmuro sin entonación.

«Claro». Creo que ahora mismo soy un cactus, no soy capaz de reaccionar.

Admiro a este chico, ya lo he dicho, y lo haría en voz alta si no nos delatara. Parece… Parece mi novio recién levantado. Qué lástima que solo esté mi hermano, que es el que menos está apreciando su puesta en escena.

—Voy a prepararme para ir al campo. Deberías hacer lo mismo, hay que despejarlo —le advierte Roque con guasa antes de subir las escaleras de dos en dos.

—¿Quieres uno? —pregunta Guido antes de sentarse a mi lado.

Niego con la cabeza, pero no soy muy consciente de si lo quiero o no; cuando termina de servirse el suyo, se echa hacia atrás masticando una galleta. No aparta la vista de la mía y su mano acaricia mi brazo, el calor de sus dedos recorre el camino hasta rozar el interior de mi muñeca.

—¿Has dormido bien, Dev? —Vuelve a presionar en esa misma zona.

«¡Vale!». Es la señal, debo de parecer una idiota, pero no hay nadie alrededor.

—Estás… ida —susurra.

—Y tú, muy entregado. —Sube las cejas a la velocidad de un tiro—.

Gracias, gracias por salvarme el culo —me apresuro a aclarar, no quiero ser una borde, para nada—.

Y no solo lo digo por ahora, por lo de ayer, por…

quedarte y levantarte siendo mi novio… Cuando está claro que yo no sé ni dónde ubicarme —susurro y miro la mesa, perdida o agobiada sin apenas haber empezado.

—Quedamos en que iba a ser así —formula con un tono de obviedad absoluta.

—¿Eres actor en tu tiempo libre? —pregunto y él se ríe.

—¿No crees que en estos minutos que tenemos deberíamos repasar un poco lo que nos dijo Martina? —En vez de responderme, me lanza mi realidad a la cara.

—¿Lo eres? —insisto, es por necesidad de entenderlo.

Y porque me intriga su vida real.

—No. Quedó bastante claro anoche con tu cuñada —dice con ligereza mientras se acaricia la barba.

Puedo entender su mirada de extrañeza, incluso puede que empiece a caerle mal por mi comportamiento, pero no sé ser de otra manera.

—Supongo que los horarios de los repartidores son bastante esclavos —sopeso, soy igualita a un perro de presa, cuando me aferro a algo no lo suelto. Pero es que ¿por qué parece más implicado que yo?

—En realidad…

—Buenos días, parejita. —Mi hermana toma asiento en uno de los sofás y prepara su café—.

Casi no queda, voy a hacer para cuando baje Marti.

Por cierto, se le olvidó deciros que no podéis dejar de fingir delante de nosotras.

Así que… —sonríe con la boca torcida y las cejas alzadas—, quiero ver acción.

Os shippeo. —Señala sus ojos y luego a nosotros varias veces.

Pongo los ojos en blanco.

—Para ser una profesora de literatura, eres demasiado chismosa, ¿lo sabías? Y ni hablemos de esos términos adolescentes…

Me ignora y estrecha la mirada en dirección a Guido.

—Seguro que ya te han propuesto jugar al clásico y casposo enfrentamiento entre la virilidad domesticada y la virilidad en disputa.

Él me mira con el ceño fruncido.

—Ile está en contra del partido de fútbol —le explico.

—Pero el año que viene va a cambiar, Gaspar es concejal de participación vecinal —advierte y sonríe.

—Y lo que es un partido simple se va a convertir en un torneo interminable —protesta Martina, que acaba de llegar al salón.

—No creo que salga tanta gente como para que una pachanga se convierta en torneo —digo.

—Lo importante es que podremos decidir si queremos jugar o no y dejará de ser el torneo navideño de la testosterona. —Ileana finaliza su frase dándole un beso a su mujer. Se da la vuelta y dirige sus pasos a la cocina.

—¿Cómo os habéis saludado? —pregunta Martina bajando la voz.

—La he besado en la frente. —Guido está superaplicado.

—Deva, te veo dispersa.

«No me digas».

—¿Y yo a ti muy institutriz? —Mi tono impertinente me provoca un poco de vergüenza.

—Es por ayudar, pero, si quieres, me retiro —responde molesta y lo entiendo.

—No… —suelto al aire arrepentida—. Perdón…, perdón. Si es todo por mí, pero es que afrontar el día se me está haciendo bola —confieso, resoplo y los miro a los dos—. Nos van a pillar.

—No si lo hacéis bien —resuelve mi cuñada, que adopta esa pose profesional que no había conocido hasta anoche—. Dale los buenos días y remolonea con él un poco, aunque estéis solos, aunque nadie os mire. Ya sabéis: intimidad.

Se va a la cocina.

Una mitad cortical me susurra «esto es absurdo»; la otra, en pánico ante el posible escenario de error, la apaga de un golpe.

Escucho ruido en la parte de arriba y Guido vuelve a tocarme la muñeca para traerme al salón, al sofá, a nosotros…

«Venga, Devita, no es tan difícil». Me incorporo y acerco mi cara a la suya; lleva una camiseta de mi hermano y huelo el suavizante de mi casa mezclado con su perfume, además del sudor tibio del descanso.

Las voces están cada vez más cerca y la puerta de la calle se abre.

Rozo la nariz de Guido, él se acerca un poco más y, despacio, dejo la frente sobre sus labios. Él vuelve a besarla, pero esta vez nos quedamos más tiempo pegados, respiro y me dejo caer en él.

—Creo que puede salir bien —susurra.

Y yo creo que he tenido mucha suerte de que sea este chico y no otro quien esté fingiendo ser mi novio, porque no me imagino este contacto con nadie más.

Algo que carece de sentido, ya que fue una elección de lo más random y podría haber sido cualquiera, pero, como dice mi yaya: «el que no se consuela es porque no quiere».

Levanto la cara y nos quedamos muy cerca.

—Buenos días, chicos. —Es mi padre quien rompe nuestra intimidad—. Guido, ¿nos ayudas a despejar el campo de fútbol?

Él se separa de mí.

—Buenos días, Julián —responde—. Claro, contad conmigo.

Se bebe el café de un trago y, tras dirigirme una pequeña sonrisa que podría haber sido un guiño, se da la vuelta y desaparece escaleras arriba.

Me pregunto si habremos pasado la prueba de Martina.

La casa se convierte en menos de un minuto en ese pequeño tornado que somos los Morel Collado y allegados; Ana ya se sirve un café y mi madre y Luisa se sacuden la nieve de las botas en la entrada.

No voy a plantearme por qué mis padres no han dormido en casa, hace ya tiempo que dejé de escandalizarme.

Recojo las tazas vacías de la mesita y me cruzo con Marti.

—Lo habéis clavado —aprueba en un susurro.

Mi ego se hincha y me empuja hacia una postura orgullosa.

—A mí me parece que hasta os gustáis —añade Ileana.

Entonces pongo los ojos en blanco.