19 SOLO UNOS MINUTOS DE SOLTERA
He colado las sugerencias que Martina nos dio anoche por esa trampilla de misión secundaria, donde mando lo que no me convence, y he dejado dormir a Guido.
No sé si lo he hecho por cortesía hacia él o por deferencia hacia mí; tengo la necesidad de dejar de fingir, aunque solo sea durante el desayuno.
Ayer nos acostamos muy tarde, el día fue eterno y, cuando me he despertado, su respiración indicaba que estaba en un sueño profundo; lo de despertarlo me ha parecido hasta de mal gusto, esto también forma parte de mi verdad esta mañana.
Bajo el último escalón y no veo a nadie en el salón.
La luz que entra por los ventanales tiene ese brillo de nieve y cielo encapotado.
Es fácil que hoy todos remoloneen en la cama; mi abuela es de las que dice que, si amanece nublado, es cuando mejor se duerme.
Inspiro y lleno mis pulmones del aire cargado de olor a leña quemada, a los resquicios fríos de las castañas asadas y a abeto; hay ramas decorándolo todo.
Entonces, con los ojos cerrados, sonrío y agradezco a la nevada por colaborar con mis intereses, aunque sea tarde.
Cuando el cielo está nublado, los Morel Collado duermen más de la cuenta.
Si no estuviera metida en el lío en el que estoy, podría regodearme en la comodidad que esperaba tener estos días de descanso. Nunca me la habían jugado tanto las expectativas. Intuyo que este rato va a ser el único momento de tranquilidad y mío de verdad.
Enciendo la chimenea, mi padre nos enseñó a hacerlo en cuanto pisamos esta casa dos años antes de que yo terminara el instituto.
No somos oriundos del pueblo; mis padres decidieron mudarse aquí buscando una vida más tranquila.
Vieron un anuncio del traspaso de la panadería del pueblo y no se lo pensaron mucho.
Ni siquiera la rabieta de Ile, que dejó de hablarles durante semanas, les hizo desistir.
Mi madre es panadera, herencia profesional de mis abuelos, que tenían una propia.
Mi padre era el proveedor de productos lácteos y terminaba el reparto en el establecimiento de mi familia materna.
Una mañana, mi abuelo le invitó a un café y ese descanso, que se convirtió en rutina, acabó siendo la cita deseada con mi madre al acabar su ruta.
Porque fue ella quien pronto sustituyó al yayo.
Ahora, después de saber retazos de su historia, creo que cuando llegaron aquí estaban pasando por una crisis matrimonial.
Y, en un intento final de cambiar su situación, apostaron por un lugar apartado de la ciudad y medio perdido en las montañas; había sido un sueño conjunto desde siempre, así que lo encontraron y no lo desaprovecharon.
Conocieron a Luisa y Gaspar al poco de llegar, y una cosa llevó a la otra, supongo.
La crisis pareció terminarse, porque ahora todos se quieren, aunque cada pareja viva en su casa.
Tienen un rollo swinger poliamoroso en el que ni mis hermanos ni yo nos metemos.
Tampoco mi abuela, a la que cualquier habladuría le da igual porque como ella vino al pueblo tres años después con mi abuelo —que murió un año más tarde de una embolia pulmonar—, dice que no tiene que rendir cuentas a nadie.
Ahora que…, si esto llega a pasar en su barrio, se habría muerto de vergüenza.
Tampoco vamos a pedirle más; tras pillarlos «mezclados» —así lo cuenta ella— una tarde de marzo, que se le ocurrió entrar con sus propias llaves, no les retiró la palabra.
Podemos considerar que mis padres fueron afortunados.
Esa es una de las razones por las que mi abuela no quiere vivir en la casa grande, dice que sus ojos son demasiado anticuados para tantas modernidades. Suficiente que los tolera.
Me sirvo otro café en la cocina y cojo un plato con pastas de té, de las que hace mi madre y Luisa decora con motivos navideños.
Desde la puerta veo que Roque ya está sentado frente al fuego.
—Buenos días —susurro, le doy mi taza de café y dejo las galletas en la mesa.
Su mirada de refilón ya informa que no va a decir nada hasta que no se lo beba; así que vuelvo a la cocina a preparar otro y decido que voy a llevar unas cuantas tazas, la cafetera y una jarra de leche para que la gente se sirva.
No quiero dar más paseos. Porque a mi hermano le he cedido el café, pero sé que el resto, si no ha desayunado, me lo puede quitar de las manos.
Dejo la bandeja en la mesa baja, me sirvo y doy vueltas a mi café, al que le echo un chorrito pequeño de leche y un poco de canela. Lo acerco a mi boca y lo huelo con deleite.
Es Navidad.
Solo se escucha el crepitar del fuego y se siente cómo el calor va lamiendo cada superficie de este salón en el que ayer hicimos unos ejercicios de pareja que jamás olvidaré.
El recuerdo de la mentira que estoy perpetrando y el teatrillo que estoy obligada a interpretar con un extraño altera mis nervios.
Pero todavía no tengo que pensarlo, ahora soy Deva a secas, no Deva y su novio.
Miro por la ventana y la enorme nevada acompaña al pensamiento bucólico, de hecho, la zona lateral del cristal está cubierta de nieve por un ventisquero.
—Tengo que ir a limpiar el campo de fútbol. —Roque no da ni los buenos días ni tampoco las gracias por el café, ya lo hará.
—Y no estás de buen humor.
—Preferiría seguir durmiendo. —Toma aire y lo suelta con desgana—.
O, en su defecto, ir a limpiar la carretera.
—Mi hermano por las mañanas es un tío un poco desagradable; ni él se esconde ni yo lo niego—.
La gente de este pueblo está girada. No sé por qué papá y Gaspar están tan implicados, ni que fueran hijos de aquí.
—Gaspar lo es.
—Debe ser eso, su «lealtad» a la Villa. Pero no me jodas, Deva…
—Chasca la lengua—. Está la carretera imposible, y no por el temporal; si vieras la que ha caído en la curva de La matada, alucinas.
No exagero cuando te digo que tu novio ya puede informar de que no hará guardias hasta pasado mañana por lo menos.
«Mi novio… Guido…».
Me va a empezar a doler la cabeza, con lo bien que estaba siendo solo Deva.
Recostada en el sofá con la taza en una mano y los pies encogidos bajo mi cuerpo, me tapo con la manta roja de motivos navideños que, junto con los cojines, forma un combo completamente mimetizado con la época en la que estamos y me acurruco contra mi hermano.
Él da sorbos cortos a su café al igual que yo, sin decir nada.
Los dos miramos el fuego y no sé qué ve él, pero yo lo tengo claro; sus últimas palabras han dibujado mi farsa entre las llamas y han quemado mi momento tranquilo.
Solo espero que después de los consejos de ayer seamos más convincentes, aunque me siento en hipoglucemia emocional.
Ahora mismo, quisiera jugar un rato al Last y olvidarme de todo.
Cierro los ojos y doy otro trago al café, no quiero entrar en pánico, algo que podría pasar si no fuera una mente analítica que se agarra a todos los recursos posibles.
—¿Guido va a venir al partido? ¿Lo has avisado? —Roque coge mi taza vacía y la deja junto a la suya en la mesa.
—Se lo dije ayer de pasada, pero, con lo bestias que sois, no sé si es bueno que se apunte. A ver si se va a lesionar. —Y es lo que me faltaba, con lo bien que se está portando.
—Que no te extrañe… ¿Pero le da al fútbol?
Ostras, ya estamos poniendo a prueba mi vida. Hago memoria e intento rescatar esa conversación.
—Le gusta ver partidos potentes. —Lo dijo él, no estoy mintiendo.
—Jugar, Deva, jugar. Que a lo mejor a él le apetece y no le importa pasar un frío del carajo y llevarse unas patadas en la espinilla.
—También juega. —También lo dijo.
Se separa de mi lado lo justo para mirarme mal.
—Pero, ¿qué te pasa?
—Que ni me has dado los buenos días ni las gracias por el café. —Mi derivación argumental me hace sentir orgullosa, aunque esto indica que mi córtex prefrontal se ha rendido, y el día acaba de empezar.
—Ayyy, mi Logi. —Se tira con desgana encima de mí, me aplasta con un abrazo y el humor habitual de Roque hace aparición.
—Buenos días. —Guido baja los dos últimos escalones.
Roque y yo nos sentamos bien. Con solo echarle un vistazo me agoto; las mentiras de las que tengo que ser protagonista pesan toneladas. No puedo creer que haya sido yo la que lo haya metido en esta situación.
Nuestros ojos se enganchan.
Roque se levanta y dice algo de que tiene que ponerse en marcha, pero yo no me doy cuenta porque veo acercarse a Guido.
—Esperaba que estuvieras en la habitación —murmura—. Estaba un poco desubicado al despertar.
Que en mi cabeza suene una especie de «clac», al igual que si hubiera un chasqueador cerca al que no consigo ver, es preocupante; estoy aterrorizada con cagarla, pero él toma el mando y… se agacha, pone la cara a mi altura, roza mi nariz, como anoche, y deja un beso en mi frente.