Bésame por logística 18 TOCARNOS NO SE NOS DA TAN MAL
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18 TOCARNOS NO SE NOS DA TAN MAL

Esto no va a llegar a ningún lado, yo también me hago la misma pregunta que mi hermana. ¿Cómo es posible que hayamos dado el pego?

Martina chista e Ileana se calla en el acto.

—Vale… —digo.

—Venga… —susurra él a la vez que yo.

Soplamos y él adelanta la mano derecha con la palma hacia arriba, entonces pongo la mía encima y tocar su mano me hace pensar en Gaspar.

—Gaspar se está dando cuenta —digo en voz alta mientras entrelazamos los dedos.

—Miraros a los ojos. —Martina desestima mi queja miedosa recordándonos lo que debemos hacer con cierta demanda.

Había olvidado esa instrucción…, estaba fijándome con precisión cirujana en los movimientos de nuestros dedos. Alzo la cabeza y los ojos de Guido son tan bestialmente azules que me sorprendo, es verdad que los he visto a lo largo de la tarde, pero no así tan de frente.

Él suelta una sonrisita por la nariz.

—Eres muy guapa —dice.

—¿Qué? —Noto el calor en la cara y abro la boca, sorprendida.

—Que lo eres.

—Vaya… —No sé qué decir.

—Continuad hablando —susurra Martina—. Moved los dedos y sentíos.

—Si fuerais una cita de Tinder, seguro que terminabais en la cama —dice Ile y su mujer le chista otra vez, pero parece arrepentirse.

—Es verdad, pensadlo así. A ti te parece guapo, ¿no? —Se dirige a mí, pero contesta su mujer.

—Claro que se lo parece.

Lleva razón y concuerdo con un movimiento de cabeza ante el que Guido sonríe, pero mi mano está algo sudada y no, esto no fluye. Quiero meterme de lleno en los nervios de acero que me atrapan en el quirófano, aunque ahora mismo me sentiría más cómoda abriendo un abdomen por capas, dónde va a parar.

—Si fuéramos una cita… —empieza Guido.

—Habla en presente, no en condicional —dice Martina—. Deva, deja de concentrarte en las manos, mira a Guido a los ojos.

Es que no me doy ni cuenta.

Alzo la vista otra vez. Frunzo el ceño, Guido sonríe, parece algo cortado, pero me da la sensación de que lo está llevando mejor que yo.

—Me gusta la forma en la que te mueves, es muy… efectiva. —Guido termina su frase subiendo las cejas.

—¿Eso es un piropo? —Ileana habla y Martina vuelve a reprenderla—. Bueno, para una capricornio puede que lo sea —susurra frunciendo el ceño.

Guido ríe.

—Sí. Y también me gusta cómo hueles —añade.

Nunca he tenido una cita, así que no sé si esto es… normal.

—¿La has olido? —Mi hermana no sabe callarse y se gana otra mirada de Martina.

A él se le escapa otra carcajada y le brillan los ojos, sé que está hablando del rato que ha pasado debajo de mi jersey.

Ostras… No sé qué me ha pasado en la habitación.

Podría haberle sacado la cabeza una vez que mi madre nos ha visto, pero no lo he hecho.

Me entra una vergüenza retroactiva y empiezo a sudar más todavía.

—Tócale el brazo con tu otra mano, Deva.

—Me están sudando…

—Levantaos del sofá —ordena Martina y le falta dar una palmada para parecerse a una profesora en clase poniendo orden.

—No puedes ser así de brusca con los actores, Marti —interviene mi hermana.

—No lo soy, pero es que me están poniendo nerviosa, no tenemos mucho tiempo y… Deva, necesito que pongas de tu parte.

—Y yo un café —digo.

He salido de la guardia nocturna esta mañana y me he venido al pueblo después de hacer los recados navideños. Ni siquiera he dormido la siesta.

—¿Alguien más? —Ile se levanta, parece que tiene un muelle en el trasero, y va hacia la cocina.

Todos niegan. Guido y yo acatamos la orden de Martina; él no me suelta la mano.

—Abrazaos. —Lo hacemos de inmediato, de forma tan brusca que nos quedamos pegados—.

Un poco más de espacio, para poder miraros.

Deva, tócale el cuello, la cara, y no apartéis los ojos el uno del otro.

—Tira órdenes sin esperar a que las ejecutemos, lo da por hecho—.

Cuanto más cerca tengáis las caras, mejor.

En esta familia quieren que os beséis, lo sabéis, ya habéis visto los numeritos con el muérdago.

—Hago lo que me pide y parezco una imbécil con los ojos demasiado abiertos—.

Guido, lleva tus manos a su cintura, a su espalda…

No las dejes quietas: roza, busca el calor a través de las capas…

Dejad que vuestros cuerpos creen esa memoria.

—Hace un rato tenía mi cabeza pegada a sus pechos —dice Guido—. Creo que he superado el primer módulo de «piel con piel».

—Ay. —Se me escapa una carcajada espontánea que trata de atajar el nuevo conato de vergüenza.

Recuerdo su aliento en mi escote y de inmediato lo bloqueo aportando frialdad y corteza prefrontal a lo que tengo entre manos.

En otro contexto podría atraerme, eso debería bastar para entender lo que me está pidiendo Marti.

No es difícil franquear la barrera física con él y aparentar que…

hacemos esto a menudo. Así que cuando él toca mi cintura sin ninguna tela de por medio, me permito sentirlo sin tensarme.

—Genial, genial, vais genial —susurra mi cuñada y parece satisfecha—.

Acercad la cara, si sois capaces de que vuestras narices estén unidas mientras hacéis esto, vamos a dar un paso de gigante.

Deva, mueve las manos hacia su pelo, el cuello, anímate a tocarle la cara.

No te quedes fija. Guido, acaricia su espalda despacio; ya has estado dentro de su jersey, esto es pan comido.

Trago saliva y aprieto los labios, su frase sobre lo bonito que le ha parecido mi sujetador me hace reír.

—Bien, Deva: ríe, distiende, te hace cosquillas y reaccionas. —Guido sonríe también—. Pero no dejes de tocar, por favor.

‹‹De acuerdo››. Lo hago, estamos tan pegados que ese olor que tiene me rodea, y cuando su nariz toca la mía, cierro los ojos y se me escapa la risa. Mis dedos se meten en su pelo.

—Oye, no se os da nada mal…

El chis de Martina vuelve a hacer callar a mi hermana, que no sé si ha vuelto o es que no se ha ido.

—No es el roce lo que canta, ¿sabéis? —dice mi cuñada con un tono de voz que no interfiere en lo que estamos haciendo—. Es evitar tocaros.

—¿Es que nunca habéis tenido pareja? —Ileana consigue que la mire.

Guido se tensa.

—Porfa, Ile… —murmura su mujer, acto seguido fija sus ojos en nosotros—. Debéis invadir el espacio personal del otro siempre, un lugar en el que solo entráis vosotros. —Intenta reconducirlo—. ¿Lo entendéis?

Guido respira de forma audible y, al expulsar el aire, se relaja.

La caricia recíproca vuelve a sentirse bien. Hace tiempo que no me tocan así, reconozco que sentir sus dedos sobre mi piel me… ¿gusta?

—Lo estáis haciendo genial, chicos. Dejaos llevar, ¿vale?

Una de las manos de Guido sube por mi espalda y se ancla a mi cuello, acaricia mi nuca y la abraza con sus dedos.

—¿Esto va de intimidad o de que acaben follando? —susurra mi hermana y abro los ojos, tomo una bocanada de aire y me separo de él.

Guido también abre los ojos y parpadea sorprendido.

—Perdón, los había cerrado —se disculpa.

—No me importa, los dos los teníais cerrados, pero lo estabais haciendo genial. Ile, cariño, ahórrate tus apreciaciones.

Mis manos siguen fijas en los hombros de él, las suyas extendidas en zonas que no computo del todo entre mi cintura y mi cuello. Vaya calor… Trago saliva y los ojos de Guido me indican que es muy posible que él también lo esté sintiendo.

—Está claro que se respira cierta… atracción —murmura Martina.

Estoy empezando a sudar otra vez.

¿Dónde está ese café?

—¿Te atraigo? —susurra Guido; seguimos demasiado cerca, creo que ninguno de los dos quiere contrariar a la profesional.

—Soy humana —contesto con obviedad.

—Si os dejáis llevar, lo tenéis chupado —interviene Martina—. Ahora bien, vamos a seguir ajustando. Tenéis que trabajar en cómo os comportáis cuando se supone que nadie mira; en esta casa siempre hay un ojo de halcón, ¿lo entendéis?

—¿Puedo? —Señalo el café que veo encima de la mesa cual salvavidas.

Lo necesito tanto como separarme de Guido.

—Claro. —Mi cuñada me concede el permiso.

«Gracias». Guido aparta sus manos de mí y yo hago lo mismo.

—A nosotras nos cacharon desde la ventana —apunta Ileana.

Me acerco a la mesita para beberme la taza del tirón. Es un café solo, no es mi favorito, pero esto ahora es por necesidad, como en esas guardias interminables.

—Poneos uno a cada lado de la chimenea, caminad y cruzaos, no os juntéis, ¿me explico? No paréis de andar.

Asentimos. Lo hacemos, nos cruzamos y ya está. Y no digo nada, pero no lo entiendo. De las otras lecciones a esta me parece que hemos dado un paso atrás.

—Vale, esto es lo que no tenéis que hacer.

Mira mi cuñada qué buena es.

—Cuando una pareja se cruza no se ignora sin más. Ven aquí, Ile.

Hacen el mismo recorrido y, cuando se cruzan, mi hermana agarra los dedos de Martina, se miran, se sonríen y se separan. Martina le hace el gesto de volver y, en ese cruce, ella pasa su mano a lo largo del brazo de Ileana en un roce sutil, y mi hermana le sonríe un segundo. Hay complicidad.

Vale, lección teórica aprendida.

—¿Lo veis? Una pareja se cruza y se siente.

—Esto es muy difícil —digo con convencimiento—, porque me parece tan…

—¿Poco intencionado? —termina Martina por mí—. Pero marca la diferencia. Tú eres Deva, la cirujana obstetra, y él es Guido, el enfermero de…

—Urgencias —digo, y cuando miro a mi supuesto novio lo veo dudoso, incómodo… Lo miro interrogante con un «¿todo bien?» mudo, y él asiente sin más.

—Si os cruzáis por el pasillo del hospital —dice Martina tras un carraspeo—, ¿cómo deberíais actuar? Vamos, hacedlo.

Las correcciones de Martina se suceden sin parar y nos pasamos media hora, no exagero, hasta encontrar un par de gestos que demuestran confianza.

Al final, el que gana es un pequeño empujoncito con el hombro y la mirada.

Martina dice que es nuestro fuerte, que nos enganchamos con facilidad en cuanto nos miramos, siempre que nos lo permitimos.

No le voy a quitar razón, porque mirarlo me despierta ese deseo que genera un tío bueno en la barra de un bar con el que flirteas sin querer.

Martina lo detecta y me deja alucinada. Si no se dedicara a lo que se dedica, podría ser un arco policial en First Dates para asegurar a los concursantes si hay química.

—Y no nos olvidemos de que tenéis que inventar recuerdos, pero un poco más certeros, lo de esta tarde en la cocina…

—Cierra los ojos y se queda así unos segundos—.

Ese primer beso en el cuarto de limpieza…

Ha sido un desastre. Si Luisa no estuviera enamorada del amor y tu madre no estuviera obnubilada con que tu novio esté aquí…

—Ya… —Levanto las manos y trato de frenarla—. Estamos trabajando en ello.

—Pareces cierto expresidente del gobierno. —Ileana empieza a reírse.

—Nos hemos liado con los videojuegos, ¿vale? —La miro mal, para que se calle—. Y se nos ha olvidado un poco lo de la coartada.

—¿Tú también eres un gamer en tu tiempo libre? —le pregunta Ileana a Guido.

—Tanto como gamer… ¿Tú lo eres? ¿Así de bestia? —Se dirige a mí.

—Es una exagerada. He estudiado medicina, no puedo ser una gamer así de bestia —repito su apreciación—. Soy una jugona —resuelvo.

—Logi, o estudiabas o jugabas a los zombis esos.

—Vale, ya está, os estáis enterando de lo importante que es esto de los recuerdos juntos. Guido, ¿qué serie ves tú que a Deva no le guste? Deva ¿qué hace Guido cuando te pones en plan tía efectiva que no entiende de sentimientos?

Abro la boca consternada.

—Yo no me pongo así.

—Sí, Deva, sí lo haces.

¿Por qué hemos dejado que Ile se quede en el salón?

—Le doy espacio —dice Guido—. Guardo silencio.

—¿Silencio? —pregunto horripilada.

—Sí, y te sienta fatal, pero cuando vuelvo de la calle o de donde me haya ido, estás más tranquila y podemos hablar.

—Y acabáis teniendo sexo, que tú eres muy visceral —aporta Ileana.

Guido la mira y sus gestos me muestran una justificación resignada.

—A mí me viene bien —susurra él.

Abro la boca para quejarme, pero…

—A mí me viene bien también. —Estamos aquí para centrar la pareja, para hacerlo creíble—. Pero… ¿para qué necesitamos esto? No es una conversación que vaya a salir —me quejo.

—Yo no estaría tan segura —dice Ile.

—Así tal cual no, pero esa norma no escrita que habéis creado os proporciona una evolución de pareja, os da peso, y desde ahí podéis manejar otras muchas situaciones o respuestas —aporta Martina—.

Ahora vamos con el último punto, ¿vale? Cuando mejor se engaña es cuando te estás divirtiendo, cuando te lo tomas como un juego.

—Nos mira a los dos—. Podéis hacerlo. Y deberíais tener una señal, por si os desconectáis del juego.

—No lo pillo. —Debo de tener al neocórtex luchando contra el hipotálamo en plena batalla del cansancio.

—Deva está a punto de quedarse dormida —avisa mi hermana—. ¿Otro café?

Niego e inspiro con fuerza.

—¿Un guiño? —propone Guido.

—No, demasiado usado, puede salirte sin querer y crear un conflicto extraño —contesta Martina.

—Un apretón en el brazo —sugiere Ileana.

—Un toque sutil —añade Martina.

—¿Y si… ? —Guido se acerca a mí, que no estoy aportando nada porque de verdad que estoy concentrada en no bostezar—. ¿Hacemos esto?

Pasa sus dedos por mi antebrazo…

«Ostras…». Aprieto los dientes.

A la altura de la muñeca me presiona.

—Genial, me parece genial. —Martina lo aprueba de inmediato—. No todo el recorrido del brazo —«gracias»—, es demasiado largo, pero buscaos las muñecas, y presionad de forma leve. Eso atrae la atención, os miráis y reconectáis.

—¡Pues qué bien todo! —dice Ileana.

—Deberes para mañana antes de salir de vuestra habitación: tocaos, miraos, haced el gesto de la muñeca e inventad algún recuerdo más.

—Sí, estaría bien. —Ahogo un bostezo con la mano.

—Anda, Logi, tira para la cama antes de que te desplomes.

—No soy así.

Pero cuando entro en la habitación, y apenas soy capaz de hacer nada más que ponerme el pijama y meterme bajo el edredón, sé que mi hermana llevaba razón.

—Dormimos juntos —escucho a Guido.

—No hay más opciones —murmuro y… fundido a negro.