Bésame por logística 17 SUSPENSO EN «NOVIA DEL AÑO»
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17 SUSPENSO EN «NOVIA DEL AÑO»

Siempre queda peor cuando lo cuento que cuando lo pienso. La cara de Guido me dice que, o bien no lo entiende, o bien le parece fatal. Tomo buena posición en el sofá para contarlo y todavía no abro el cuaderno. Él me imita y se recuesta sobre los cojines.

—Tenían una relación abierta, a mí él me atraía y yo a él también: cuando nos apetecía…

—¿Y tu compañera estaba en casa?

—No, qué va. Debía ser una norma que tenían, supongo, solo lo hacíamos cuando nos encontrábamos solos. Pero teniendo en cuenta que fueron los primeros años de residencia… Apenas coincidía con ella.

—Y es lo más parecido a una relación que has tenido —sopesa y no sé si me está juzgando.

—Sí. Todo lo demás fueron rollos esporádicos, porque el par de meses que estuve con un chico del pueblo no puede contar, tenía dieciocho años. —Fue quien me dio mi primer beso y con el que solo llegamos a tocarnos un poco—. ¿Tú sí has tenido parejas duraderas?

Se rasca la comisura de la boca mientras su lengua hace presión en ese punto. ¿Está pensando porque hace mucho? Pasan varios segundos y por fin me mira. Vaya expectación.

—Estuve un tiempo con una chica…

—Vale —lo corto; si ha necesitado este lapso para contarlo, no voy a pedirle más—.

De los dos tú eres el experto. Entre Martina y tu experiencia nos tenéis que guiar.

Por cierto, has dicho que a veces ves el fútbol.

—Recuerdo el partido de mañana y decido ponerlo en antecedentes, tengo la cabeza tan hecha puré que me cuesta centrarme y esto es importante—.

Pero, ¿juegas? Porque mañana a las doce hay una pachanga que los del pueblo se toman muy en serio.

—Se extraña tanto que la mueca que hace me parece adorable—. Solteros contra casados.

—¿Me estás diciendo que voy a tener que jugar?

—Te estoy diciendo que es tu elección.

—Sé jugar —dice muy convencido.

—Tú decides. Ahora no tengo el cerebro para seguir inventando en este sector, voy a guardarme mentiras para el cursillo acelerado con Martina.

—Cierro los ojos—. Pero te advierto: mi hermano va a tratar de llevarte y ni mi padre ni Gaspar van a ser aliados tuyos si decides no ir. Les encanta ese partido.

—Pero si está nevando muchísimo. ¿Se juega a cubierto? —Se levanta y se asoma por la ventana.

—El campo de fútbol va a estar impecable. Te lo aseguro.

Entrelaza los dedos detrás de su nuca y se queda estático dándome la espalda. Los toques en la puerta, aunque suaves, son reconocibles. Es mi hermana quien asoma la cabeza en cuanto abre.

—¿A qué esperáis? —dice en voz baja.

Guido se ha dado la vuelta y tiene un gesto inocente que me hace gracia.

—A que se duerman todos —le contesto.

—Tenéis a los astros de vuestra parte. —No puedo evitar poner los ojos en blanco—. Martina os espera abajo.

Se queda mirando a Guido, que ladea la cabeza y baja un poco la vista mientras la mira; tuerce la sonrisa y no habla, pero yo intuyo un «pillados» en su lenguaje corporal.

Mi hermana no abandona su sonrisa pícara; sé que esto que vamos a hacer le parece excitante a muchos niveles, la conozco demasiado.

—¿Tú también vas a estar? —No sé para qué pregunto si ya sé la respuesta.

—Claro, soy la carabina perfecta. Y si hubieras contado conmigo para esta locura, habría favorecido todo para que «tu novio» —se ríe por la nariz al pronunciarlo— encajara.

—No había tiempo —susurro a regañadientes.

—Está claro que os habéis elegido por azar. Sagi y capri son un choque frontal. —Nos mira a uno y a otro alternativamente; yo me levanto y vuelvo a meter el cuaderno en el cajón. Guido se aparta lo justo para dejarme espacio.

—Y tú ya debes de tener su carta astral hecha, ¿me equivoco? —Cabeceo hacia Guido sin dejar de mirarla. Al final, en la cena, le ha sacado su hora de nacimiento y lugar.

—Puede ser… Y una sinastría también. —Aprieta una sonrisa satisfecha.

En el salón las luces indirectas iluminan la estancia; Martina está sentada en el sofá leyendo un libro cuya portada tiene colores rosas y una especie de silueta de mujer. Leo el título: «Una luciérnaga en la oscuridad». No deja de tomar notas en una libreta mientras nos saluda.

—No tenéis que parecer enamorados, ¿vale? —dice a la vez que mete el boli en la espiral del cuadernillo cerrado—. Solo cómodos con vuestra mentira.

Guido me mira y yo me encojo de hombros mientras se sienta en uno de los sillones de una plaza. Nunca había tratado con la Martina profesional, no sé qué esperar de ella, pero la veo resolutiva. Me dejo caer sobre el sofá de cuatro.

—No, poneos juntos. —Martina se levanta y nos observa mientras Guido cambia de lugar y toma asiento a mi lado.

Mi hermana sonríe a su mujer con un gesto de admiración máxima.

—Se nos nota a la legua, ¿no? —pregunta Guido—. Por cierto, me cuesta moverme en esta situación, no voy a ocultarlo, estar al descubierto me da un poco de vergüenza. Soy un desconocido que se ha metido en vuestra casa.

Lo observo anonadada.

—No te has metido tú —susurro.

—Te ha absorbido mi hermana y su incapacidad de defender su soltería delante de la Santa Inquisición del Amor. —¿Es reproche lo que desprende la cara de Ileana?—. No me mires así, no estoy de acuerdo con tus mentiras.

—Vaya… —murmura Guido.

—En la presentación me la habéis colado.

—Martina me corta y está claro que no nos va a dar pábulo a ninguno.

Me gusta; perder el tiempo cuando no lo tenemos es uno de mis límites infranqueables—.

Pero con las croquetas… Esos cuerpos que tenéis eran imanes del mismo polo forzándose a…

No sé, ha sido dantesco. El abrazo antes de la cena —enumera con una condescendencia pedagógica que…

, porque la quiero, si no, no se la consentiría—, tus brazos de alambre alrededor de Deva.

Y tú —me señala— encogida bajo su cuerpo. Ha sido un desastre.

—Yo no lo he visto así, que conste —aporta mi hermana y cojo aire, casi me asfixio entre tanta mediocridad por mi parte—.

Es que… Martina, entiendo tu profesión. Pero, si sigues por ese camino, Deva va a morirse aquí en el acto pensando que ha suspendido la oposición a «novia del año››.

Yo solo veía cierta incomodidad que podía explicar.

—Me mira con cariño—. Nunca has traído a nadie, este hombre se presenta para un rato y tiene que quedarse toda la vida…

—Señala a Guido y luego nos mira a los dos—.

He entendido a la perfección tu tensión, de hecho, esperaba que te sangrara la nariz en algún momento —dice sorprendida porque no pasara.

—¿En serio? A mí no me sangra la nariz nunca —protesto.

—Nunca habías traído a un novio a casa —pronuncia con una lógica aplastante.

—No hay mucho tiempo. —Martina vuelve a intervenir.

—Sí, vamos a centrarnos —añade Guido.

—¿Por qué has accedido? —pregunta Ile, curiosa.

—No tenemos tiempo —zanja su mujer.

Mi hermana hace el gesto de la cremallera y se queda en el sofá más cercano de las escaleras.

—Vamos a empezar por lo básico. Con tocar.

El cuerpo tiene memoria, así que esto es sencillo si lo repetís cuanto más mejor, ¿vale?

Trabajo con personas que se aprenden un papel y tratan de entender los sentimientos de su personaje y leer los del compañero; meteos en esta ficción romántica amateur lo antes posible.

—Ileana carraspea y Martina la mira de reojo—.

Llamémoslo experimento de pareja improvisada de «somos novios».

—Hace las comillas con los dedos—. Todo lo que os habéis aprendido para soltarlo por aquí tiene que formar parte de la realidad que vais a mostrar en cada toque.

Guido se yergue y coge aire con fuerza. Está nervioso, yo también.

—¿Qué hacemos? —pregunta, ansioso por obtener directrices para entenderlo cuanto antes.

Martina nos mueve para quedar muy cerca, vueltos el uno hacia el otro, las rodillas dobladas sobre el sofá, los codos en el respaldo.

—Tenéis que hacer como que os queréis tocar, no daros miedo, ¿vale?

Acabamos en una postura… cercana, pegados. La verdad, no lo sé, pero no estoy cómoda.

—Ahora vais a entrelazar las manos, sin dejar de miraos a los ojos, aunque os dé vergüenza. —Toma aire—. Que está claro que os da muchísima, y esto no pasaría ni un casting de un corto universitario, porque casi no lo habéis hecho y canta a mil kilómetros de distancia.

—Marti… —Ile susurra.

—Perdón, perdón. Entiendo que delante de nosotras os cuesta, pero, si no vais superando obstáculos, no vais a llegar ni a la comida de mañana.

Estamos tan descompaginados que mientras él busca mi mano izquierda con su derecha yo busco su izquierda con mi derecha.

Al final hacemos una serie de movimientos ortopédicos que terminan con nuestras manos unidas en una especie de corro de la patata.

Ile empieza a reírse, y Martina… también. Creo que ha perdido la seriedad.

—¿Cómo es posible que nos la hayáis colado? —Mi hermana se tapa la boca porque no puede parar de reír.