Bésame por logística 16 UNA CÁRCEL CALIENTE Y ROJA
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16 UNA CÁRCEL CALIENTE Y ROJA

—Oh, cariño… —Su madre habla y claro que cierro los ojos, esto debe ser sacrilegio—. Os dejo una jarra de agua y vasos, que os habéis subido sin nada.

Intento salir de su jersey bajando la cabeza, pero ella me sujeta, no quiere que lo haga.

«¿¡Por qué!?».

—Mamá, por favor… —Se le da de miedo fingir que le ha molestado la pillada.

Inspiro con fuerza. Entonces su olor, ese que ya he detectado antes en el abrazo, entra en mí.

Y me encuentro olfateándola otra vez y analizando que lleva un perfume que va con ella, pero que yo también me pondría.

Me tenso porque por un segundo casi pego la nariz a sus pechos, buscando más matices.

Joder, tengo sus tetas demasiado cerca. Esto es un mal plan.

¿Por qué no saca mi cabeza de aquí? Cierro los ojos y el pensamiento de que huele a un sitio en el que quedarse me golpea, porque este sitio no es mío, aunque lo que me apetece en estos momentos es pasar la lengua por el escote que delimita el encaje.

Siento un hormigueo en la piel que viaja hacia… No, no debo sentir.

Esto es de locos, y estaría tan, pero tan fuera de lugar… ¡Su madre está al otro lado del jersey!

—Bueno, hija… —Se ríe—. No estáis haciendo nada que no hayamos hecho los demás.

No necesito que Lupe diga eso, porque no me cuesta imaginarme que estaba comiéndole las tetas. Cierro los ojos, me estoy excitando.

—Por favor… —ruega Deva,

Algo roza mi nariz, los ojos se me abren solos, que no es que quiera, y me doy cuenta de que es su piel.

Su pecho sube y baja, con la respiración algo agitada; da hasta el pego.

A mí se me escapa el aliento en una bocanada y su piel se pone de gallina.

Me agarro a su cintura, para sujetarla y evitar que mi nariz o mis labios toquen algo más que no corresponde.

—Os dejo, os dejo. —La risa que le sale a su madre alberga tanta pillería que tengo que aguantar la mía—. Buenas noches, Guido —eleva la voz, debe de pensar que el jersey es una pared insonorizada y voy a tener problemas para escucharla.

Aprieto los párpados, no voy a mirarle las tetas a su hija mientras hablo con ella.

—Gracias, Lupe —contesto.

«¿Gracias?». Jodeer… ¿No corresponde un «buenas noches»? ¿A qué le he dado las gracias?

Derrotado, entre la carcajada, la vergüenza y la calentura porque no soy de piedra, apoyo mi frente entre su cuello y sus pechos, en esa porción de piel caliente que me excita de una forma que no tengo ningún derecho.

Me separo lo justo para no tocarla.

Pero, ¿qué me pasa?

Deva no retira el jersey y yo no sé si he escuchado la puerta cerrarse, así que me quedo quieto.

Pero si sigo aquí más rato, el tema de no empalmarme va a ser complicado; ya me cosquillea, ya está despertando…

Y encima sus manos continúan jugando con mi nuca y mi pelo de esa forma distraída mientras su madre dice algo más que no entiendo, porque su tacto ayuda entre cero y menos cien a mi situación particular.

—Mamá, por favor, cierra.

«Por favor, Lupe…», ruego con los ojos cerrados y visualizando el dossier que ayudé a crear sobre los tipos de cartón y su porcentaje de reciclaje. Jamás pensé que mi memoria fotográfica podría ser tan útil en una circunstancia sí.

—¿Tú sigues con la píldora?

—¡Mamá!

—Sin parar siempre es mejor y…

«Joder… Cartón microcanal: 65% reciclado. Canal doble: 72%. Triple: 81%, pero solo si es de proveedor alemán. Ecolabel: sí. Compostable: depende del barniz…».

—Cierra la puerta, por favor. —La súplica que le sale es un reflejo de la mía.

Por fin se va y me libera la cabeza de la cárcel caliente de su jersey. Estaba empezando a sudar, y no era del calor de la lana, asegurado.

—Perdón, de verdad. —Se lleva las manos a la boca, abochornada—. No sé lo que me está pasando, no sé cómo estoy llevando tan al límite esta farsa.

Trago saliva y miro la jarra de agua con ganas de beber y echarme por encima lo que sobre.

Deva no se levanta, yo sigo teniendo mis manos en su cintura.

Me centro en su pensamiento desesperado y formulado en voz alta, porque eso es lo que ha sido, y me pongo en su lugar.

No me cuesta mucho hacerlo, he sido testigo de cómo es su familia.

Podría decirle que no tendría por qué haber mantenido mi cabeza bajo el jersey todo el rato, que habría sido más fácil que yo mirara a su madre a los ojos, aunque tuviera que hacerlo fingiendo la vergüenza de una pillada, pero Deva no necesita saber algo que ya no puede cambiar.

—Supongo que te encanta verlos felices. —Trato de sacarla de su miseria—. Es bonito cómo te miran…

No quiero apretar mi trasero, quiero que mi entrepierna se vaya relajando.

—Sí —asiente—, parece que han encontrado la fuente de la felicidad.

Ella no se baja de mi regazo, así que decido recostarme en el respaldo del sofá a ver si así se da por aludida sin que esto sea violento.

—Como si hubieras completado una fase. Y no te lo niego, me siento querido hasta yo, que soy el mayor impostor en esta casa —añado con otro repunte de vergüenza, que podría ayudarme a que se me bajara el medio calentón tan tonto que tengo encima, pero no lo hace.

Baja los hombros, derrotada.

—¿Sabes? No solo me gusta que me dejen en paz con el tema de la pareja.

Que no piensen que soy una infeliz es casi más importante.

—Resopla y sigue confesándose con un tono monocorde.

Y se acomoda un poco mejor sobre mí, buscando una estabilidad que nos acerca demasiado—.

Sé que se preocupan por mí, dicen que he supeditado mi vida a mi profesión, y no sé por qué no entienden que esto también es válido, que yo soy feliz así.

Que no niego que compartir tu vida con alguien te pueda proporcionar felicidad.

—Su mirada directa me muestra que lo entiende, pero que no va con ella.

Me obligo a disociar mi cuerpo. Mi pensamiento está en su disertación, no en la presión que ejercen sus caderas—.

Claro que es válido, si lo encuentras, pues genial.

Pero es que no entienden que yo ni siquiera lo busco.

Lo que está diciendo es profundo y amerita una respuesta similar, porque está mostrándome su forma de ver la vida y la frustración que siente con su familia.

Pero, por otro lado, está claro que no ha contemplado la posibilidad de levantarse de mi regazo, y ahora mismo, su ingle, por decirlo supersuave, está encima de mi…

polla. Y así no se puede. Aquí no hay medias tintas.

No puedo sacarme ni la imagen de sus pechos ni el olor de su piel. Y encima no se aleja.

Resopla y mira al techo.

Cierro los ojos intentando que mi mente retire sus conexiones, o lo que sea, con la parte más sexual de mi cuerpo y elabore una respuesta válida a lo que está diciendo, porque la entiendo, joder.

—¿No se lo has dicho nunca? —La voz me sale un poco extraña.

—Llevo años haciéndolo, pero me miran con la lástima de quien sabe que no has conocido la felicidad real. Y me cabrea, ¿sabes? Con lo difícil que me resulta enfadarme con ellos.

Niega con vehemencia y balancea todo su cuerpo sobre mí, sobre mi… Joder…

«Barniz base agua: aprobado. Barniz acrílico: no compostable. Gramaje mínimo para embalaje alimentario… ».

—¿Estás bien? —me pregunta.

«¿Qué?»

—¿Qué?

Inspira y se le atasca un poco el aire cuando entiende la posición que seguimos manteniendo y…

—¡Perdón! Perdona. —Se baja y se tapa la boca—. Perdona, estoy agotada y no soy capaz de medir ni mis movimientos. —Resopla y cierra los ojos.

—Está bien… No te preocupes —El alivio de no tenerla encima me provoca ganas de darle las gracias.

—Si quieres irte, vete; en serio. Se me está yendo de las manos tanto… —pronuncia desapasionada—. Miramos aquí la pensión de Marga, que seguro tiene sitio y yo me encargo de desmentir esto. —Hace un gesto entre nosotros—. Podemos hablar con ella ahora, esa mujer no duerme.

—¿Qué? ¡No! —No sé por qué me propone esto ahora y tampoco entiendo mucho mi interés en mantener este papelón.

Pero aquí estoy, luchando porque esta chica no se derrumbe y no tire por tierra esa felicidad que ha creado para su familia—.

Y sí hay una pensión, ¿eh? —bromeo; hace unas horas esa posibilidad no existía.

—Soy lo peor —afirma—. Me siento fatal. —Resopla y se desmorona.

—No te fustigues, ya hemos llegado demasiado lejos.

—Pero no puedo abusar así de ti. —Se mira el jersey y niega—. Casi te ahogo… —Abre los ojos con incredulidad—. Lo siento, de verdad.

—¿Casi me ahogas? —Mis ojos se abren mucho y no he podido evitar ni el canturreo de la última sílaba ni la mirada canalla que se me ha escapado pensando en esas tetas y ese sujetador que me han dado ganas de morder.

A ver, que no estoy castrado y además conocer a esta chica es… No sé qué es, pero me gusta.

Empieza a reírse y se sienta en el sofá con las manos en la cara. Como ella no para, me contagia.

—Te he metido la cabeza dentro del jersey, jolín, esto es grave. —Se carcajea con suavidad.

—Llevas un sujetador precioso —respondo; en mi mente de verdad que suena a «no te preocupes en absoluto», pero igual estoy pareciendo un pervertido.

Toma aire y lo retiene; mi cara de inocente no debe de ser muy convincente. Y ella vuelve a reírse, esta vez más alto.

—Van a pillarnos y seré la peor hija del siglo, porque encima voy a fastidiarles las navidades. —La risa se convierte en un lloriqueo.

—O podemos ponernos de verdad al día, dejar que Martina nos ayude y hacer una interpretación magistral.

Para, y creo que no solo de reír, también deja de respirar.

—¿Hasta el veintiséis? —susurra y niega despacio. Aprieta los labios—. Son muchas horas, Guido. —Hay un atisbo esperanzador en su mirada, y luego está su sonrisa, esa que quiere dejar salir, que retiene a duras penas y que me anima a darle forma a lo que he propuesto.

Una vez comprometido voy hasta el final, ¿por qué no? Es curioso que con lo que me ha caído encima, solo piense en salir de esta. Ya me llegará la hostia, lo sé. Todavía no he aterrizado mi situación, sigo bastante volado al respecto, y lo que tengo entre manos me tiene demasiado ocupado.

—Hasta el veintiséis. No hay miedo. —Le tiendo una mano para cerrar el pacto, ella la coge y su pose se vuelve algo más… profesional, fría, aunque sus ojos estén cansados y su sonrisa por fin tome su boca.

—Gracias. —Se muerde el labio inferior y asiente varias veces, todo parece encajar de nuevo en su mente.

Ese gesto, de tía que se rearma me… pone un poco tonto. Después de pasar un rato entre sus pechos y de su baile sobre mi regazo, tengo más razones para alcanzar ese nivel, pero no va a pasar porque esto va de fingir.

—Tenemos que esperar para bajar al salón, ¿verdad? —pregunto para volver al plan.

—Sí, todavía andan por ahí, y hay que darles tiempo para que se duerman.

—Pues vamos a ponernos al día de lo que somos, para que no tengamos que improvisar tanto. No te enroques con los videojuegos —advierto.

Asiente y hace un gesto con el que admite su culpabilidad, me mira a los ojos y nos echamos a reír. Estoy nervioso, no voy a ir de gallito, lo que se nos viene encima no es fácil.

—¿Cómo lo hacemos? —susurra—. ¿Cómo llegamos a ese punto para parecer que somos pareja desde hace meses? —Está perdida y lo admite.

No es que yo sea un experto, pero alguien tiene que coger las riendas ahora.

—Saca tu esquema, ahora no van a volver a entrar y arriesgarse a pillarnos follando.

—Acostándonos. Y no conoces a mi familia… —Pone los ojos en blanco.

—No te gusta que llame a las cosas por su nombre —digo tomando nota mental. Jamás lo ha dicho tal cual, y eso que ha habido ocasiones.

—A las cosas en general sí, solo es que tenemos la opción de escoger otros nombres —dice con obviedad y gestualizando con sus manos. Se levanta y abre un cajón del escritorio, de donde saca el cuaderno.

—¿Ves? Este tipo de información tengo que saberla, y respetar tu forma de decirlas.

—¿Voy apuntando? —Coge un boli.

Me parece hasta bonito cómo lo dice, su tono, la intención inocente cargada de efectividad…

—Esto creo que me ha quedado claro.

—Con lo fácil que parecía el plan inicial. —Resopla.

—¿El de los quince minutos?

—Estamos a años luz de ese maldito momento. —Pone los ojos en blanco y se sienta a mi lado otra vez—. No me lo puedo creer.

—La verdad es que es descabellado, pero original, eso no te lo voy a negar. Si no lo hubiera sido, no me habría prestado.

—No sé quién de los dos está peor… —Su acusación velada me hace elevar las cejas.

—Ya… —No voy a hablar de cómo tengo la cabeza en este momento, porque ni viene al caso ni va a facilitarnos la situación—. ¿Has tenido pareja? —Mejor nos centramos en solucionar lo que está en nuestras manos.

—¿De compartir la vida?

¿Qué clase de pregunta es esa?

—Mmm, ¿qué otras cosas se comparten con una pareja?

—Yo qué sé, sexo y ya.

—Vale, no has tenido parejas.

—Cuando era MIR me acostaba de forma regular con un chico… —Se queda pensativa—. Era el novio de una compañera de piso.

«¿Qué?».