15 VAYA PILLADA
Ya sentado en la cama, suelto el aire despacio mientras Deva cierra la puerta y se apoya en ella bajando los párpados; ese pequeño movimiento ya le cuesta muchísimo. Estamos a salvo entre estas paredes, creo que ya puedo relajarme, aunque…
—Tienen muy claro que vamos a follar, ni a tu abuela se le ha meneado el pelo cuando lo han insinuado —comento y le doy un tono bromista, espero distender el ambiente que siento enrarecido entre los dos.
Desde que ha salido de la cocina, con la fuente de natillas, está distante; bueno, no sé si esa es la palabra. Ha pasado tanto tiempo allí dentro con su hermana que, si no supiera que su madre ha hecho el postre esta tarde, habría pensado que lo estaban cocinando ellas.
—Sí, y no vamos a hacerles pensar lo contrario.
—Sois… —No sé cómo seguir.
—¿Unos cachondos? ¿Unos libidinosos? —Asiente sin vergüenza ninguna y se separa de la puerta—. Todo lo que pienses en ese sentido es poco. Dan por hecho que lo llevamos en la sangre.
La miro fijamente, puede que yo no tenga el cerebro en mi mejor momento, pero estoy valorando hasta qué punto ella también lo es. Algo que no le voy a preguntar, porque no debería interesarme. Aparto esas cuestiones de mi mente.
—¿Gaspar, Luisa y tus padres…? —pregunto dejándolo un poco en el aire, luego espero con los ojos muy abiertos.
—Son pareja entre ellos y más que amigos de mis padres —aclara con prisa, incidiendo en el «más», y se sienta en la cama, a mi lado.
—Admito que cuando tu padre le ha tocado el culo a Luisa me ha dejado un poco fuera de juego. —Se masajea el cuello dejando caer la cabeza hacia delante y emite un ronroneo que me hace sonreír—. ¿Te duele la cabeza?
Ahora tiene las manos en la frente y la presiona.
—Creo que me va a estallar el lóbulo frontal de tanto mentir. Jamás lo había sentido recalentado.
Le entra una risa tonta y me encojo de hombros.
—Es mi primera vez. —Doblo el cuello hacia los lados, ella se ríe.
—Yo nunca la he montado tan grande. —Me cuesta encajar a esta chica mentirosa con la controladora—. Mis mentiras son mi modus vivendi, pero nunca he tenido que escenificar, solo los protejo con ellas.
—Para ser tu debut en escena es muy completa. —Y una locura, pero eso no se lo digo porque seguro que ya lo sabe.
Nos reímos y nos dejamos caer sobre la cama a la vez.
—¿Te gusta el fútbol? —pregunta y se me arruga el gesto.
—¿Qué? —La miro con el ceño fruncido—. Veo algún partido importante con Ismael, porque a él sí… ¿A qué viene esto?
—No sé, tengo que hablarte del partido de mañana. —Suelta un manotazo al aire—. Tengo la mente hecha un nudo. La estamos pifiando. —Se lleva las manos a la cara con un gesto demasiado dramático, y no lo entiendo, hemos superado el día—. Mi hermana y Martina lo saben.
O no…
Me incorporo.
—¿En serio? ¿Nos han pillado? —No me lo creo, mi actuación ha sido… ¿cercana? Joder, me he esforzado—. ¿Me he pasado cuando he bajado al salón?
—¿Pasado? No hemos ni llegado. Y eso que… Estabas siendo… —Eleva las manos otra vez—. ¿Qué te ha pasado?
—Nada, solo me he intentado comportar como si fuera tu novio, supongo. —Resoplo.
He practicado un autoconvencimiento sin fisuras en la ducha, tenía que salir bien; me ha impactado bastante su derrota mientras la abrazaba al final de las escaleras.
Quería implicarme en serio porque, una vez a solas, me he dado cuenta del embolado real que tenemos entre manos, de que esto no es una comedia romántica y de que si nos pillan hay gente que va a terminar dolida. Además, ella necesita que salga bien.
—Martina trabaja coreografiando escenas íntimas entre parejas.
«Hostia…».
—Y eso la convierte en experta, claro. —Puedo entenderlo, porque si algo maneja esa chica es el lenguaje corporal.
Mi ex está obsesionada con la coordinadora de intimidad de una serie… ¿Normal People? No me acuerdo y eso que suele dar una brasa interesante con ella. O solía.
—Nos ha pillado y se lo ha dicho a mi hermana. Ile dice que la necesitamos si no queremos que se enteren todos. —Se tapa la cara—. Cantamos más que La traviata.
Noto cómo sube un calor, que no es otra cosa que vergüenza, desde la punta de mis pies y se expande por todo el cuerpo. Me levanto y camino por la habitación.
Deva se incorpora despacio, me mira y se acerca a la ventana.
—¿La necesitamos? —pregunto.
La vergüenza de exponerme ante ellas crece a toda velocidad. Y seguro que debo de parecer un gilipollas, pero de verdad que no me rige bien el cerebro ahora mismo, se me ha caído toda esta pantomima encima.
—Ile ha dicho que bajemos al salón cuando todos estén dormidos, que Martina nos dará «unos tips simples, físicos y creíbles».
Resoplo y me siento en el sofá.
—¿Estás pensando en huir? —pregunta en un hilo de voz—. Lo entendería.
Parece asustada, y es algo que no le pega. Por lo poco que la he conocido, es una tía resuelta, de acción. No puedo decirle que no lo estoy pensando porque me parece una idea muy atractiva. Si tuviera un lugar al que ir a las doce de la noche.
Niego y ella cierra los ojos con alivio.
—Está bien, vamos a ello. No creo que vaya a dormir, de todas formas —confirmo, apaciguando mi mente. Tampoco tengo muchas más opciones.
Cruzo los brazos por delante del pecho y me agarro de los hombros, tirando con cierta fuerza, a ver si se me va esa sensación de espalda agarrotada.
Si lo pienso bien, no ha sido una cena difícil; hablar con Roque de coches me ha gustado, y usar el comodín de las guardias y del trabajo en el hospital, para decir que mi familia está acostumbrada a que no esté en las fiestas, no me ha resultado complicado.
Lo de los horóscopos ha sido algo tan ajeno a mí que dejarlos hablar y escuchar ha sido fácil.
Claro que esto de fingir ser otra persona sin saber cuándo voy a poder irme de aquí…
¿Qué revoltijo mental tengo para no darme cuenta de que esto no tiene sentido y de que no es nada sencillo?
Y ahora… resulta que nos han pillado.
¿Desde cuándo esto se ha convertido en una ratonera sin salida más que en una coartada? ¿Cómo es posible que haya llegado a pensar en que podía ser una buena idea?
De locos…
De locos, joder…
A pesar de que le he confirmado a Deva que sigo, ella me mira a la expectativa, mi lenguaje corporal no debe decir lo mismo.
No. No voy a dejarla, no tiene sentido.
—Vamos a ello. —Quiero sonar convencido. Así que sí, necesitamos que Martina nos ayude, contar con una profesional para mentir es la mejor opción.
Escuchamos ruidos en el pasillo y me tenso; Deva se lleva el dedo a los labios y me pide silencio con cara de psicosis; de hecho, podría ser nuestra banda sonora en este momento.
Soy muy consciente de que están susurrando al otro lado de la puerta y no me da tiempo a entender lo que hace Deva hasta que la tengo sentada a horcajadas sobre mí.
Entro en pánico, la posibilidad de que hayan cazado la mentira es todo lo que puedo contemplar cuando me doy cuenta de que la manilla de la puerta se está moviendo.
«¿¡No van a llamar!?».
Dejo de ver la habitación.
Una luz roja lo inunda todo.
Estoy dentro de Deva…
A ver, no dentro dentro.
Joder…, frente a mi cara tengo un sujetador de encaje oscuro que abraza sus tetas.
Con esta luz que entra a través de la lana de su jersey rojo no puedo afinar, pero…
, vaya, es una pasada de sexi. Parpadeo deprisa y aguanto las ganas de dar un grito.
¿Qué está pasando? Me quedo embobado con el escote que muestra, con la forma que tienen…
¿Tendría que cerrar los ojos?