Bésame por logística 14 NECESITO QUE TERMINE LA CENA
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14 NECESITO QUE TERMINE LA CENA

Si me hubieran puesto un petardo en el culo no me habría levantado tan deprisa. Llego hasta Guido y lo agarro del brazo para retirarlo del campo de visión de Gaspar.

—Abusan de que eres nuevo, y tú ya has hecho las croquetas —reitero—. Ellos se encargan de servir, ¡que les toca! —Alzo la voz para que quede clara la razón.

Me sigue la corriente y sonríe, de hecho, no ha parado de hacerlo desde que ha bajado.

Está… cómodo, y yo no consigo relajarme.

Porque tenemos que hablar en serio, asentar más nuestras bases; van a ser demasiadas horas dando el pego.

Es urgente, necesito que termine la cena, inventarme una excusa para subir a la habitación y completar un esquema que se parece a los presupuestos de sanidad de este país de la pobreza que desprende.

Y ya que mi familia piense lo que quiera, total, lo van a pensar igual.

Estamos sentados a la mesa, Guido está situado entre mi cuñada Ana y yo, con Gaspar y Martina justo enfrente nuestra; esto es algo que no debería importarme, pero lo hace.

El marido de Luisa no deja de mirar a mi supuesto novio, y Martina…

, no sé, ella nos mira demasiado. Tendría que haber hablado con mi hermana para tenerlas de aliadas.

Mi cuñada me sonríe con ternura y sube las cejas; luego desvía la vista a las fuentes a la vez que responde a alguna pregunta que le han hecho.

Guido me pasa la bandeja de patatas fritas y luego llega el pescado al horno, la enorme ensalada y, al final, un trozo de quiche, que no puede faltar porque a mi padre le encanta.

Esta noche es de verduras, y es un pastel que, en sus diferentes e infinitas variables, es inamovible, día sí, día también, en los días alrededor de las festividades de Navidad.

Roque dice una barbaridad sobre pasar con su coche por encima del alud y todos se ríen. Es tan bruto a veces…

—Así que esa bestia de Land Rover es tuya. —Guido habla… ¿Por qué?—. Es el 110, ¿verdad?

Vale, parece que sabe de coches. Ese número que ha lanzado no es al azar. Tengo que relajarme. No sé cómo, pero debo confiar en que no va a meter la pata.

—Verdad. —Mi hermano lo mira con admiración—. Del 2007. Me lo compré hace nueve años. Lo fui adaptando para montaña y travesías largas… Le añadí suspensión reforzada, cabestrante, cubiertas mixtas… Va donde quiero. —El orgullo lo baña entero.

Cuando mi hermano habla de coches, aburre muchísimo. A ver cómo saco a Guido de aquí.

—Vaya, no se ven muchos así. Ese chasis es una declaración de intenciones. —Mi novio falso se ríe y come. Quizá no tenga que rescatarlo.

—Así que te gusta mi Brutus.

—¿Brutus? —Guido pregunta, yo pongo los ojos en blanco.

—Se lo puso Ana. —Roque se ríe y Ana asiente mientras se limpia los labios con la servilleta.

—Lo aprecio —admite Guido y bebe de su vaso de agua. No ha tocado el vino y me parece de lo más prudente—. Yo soy más de suspensiones duras, dirección precisa, respuesta rápida… Pero sé ver la honestidad y la crudeza del Defender.

No puedo evitar mirarlo con… ¿admiración?

Confieso que me resulta atractivo. Porque es un hecho consumado que me atraen los tíos que controlan de lo que hablan, y si mi hermano no ha puesto cara rara —con lo que le delatan los gestos—, significa que Guido no ha dicho ninguna barbaridad en plan cuñado.

«Relájate, Devita».

Lo hago; miro al frente tratando de dejar de sobrepensar, y me encuentro con Martina que…

nos observa. La ignoro deliberadamente, mientras las conversaciones siguen y a mí no me implican.

Gracias, familia, así puedo poner mi cerebro a descansar.

Se habla del temporal, recordamos el anterior, surgen varias anécdotas y entonces observo de nuevo las manos de Guido, quiero ver si lo de Gaspar era una simple metonimia o es que se ha dado cuenta de algo.

Parecen suaves, de uñas limpias y cuidadas…

Levanto la cara y me está mirando con interés, parece que estuviera formulando una pregunta muda con sus ojos. Sonrío y me encojo de hombros.

—¿Cómo lleva tu familia que apenas puedas pasar estas fiestas con ellos? —Mi madre rompe la conversación del tiempo y dirige la atención a mi novio.

Mi novio; que no es enfermero, pero sus manos podrían hacerle pasar por uno de ellos. Me sube un calor incómodo y me cierra el estómago. Van a pillarnos, me juego la vida.

Por un momento, en el que él se traga la comida y me lanza un vistazo con ojos preocupados, pienso en responder, pero no debo.

Miro a mi izquierda y mi hermana detiene el movimiento del tenedor hacia su boca, espera la respuesta.

Martina no nos quita ojo y me está incomodando.

No sé si podremos sostener esto tanto tiempo.

—Bueno, están acostumbrados. —Guido deja la servilleta en la mesa y coge la copa de vino blanco, da su primer sorbo y es bastante largo.

No lo ha hecho mal, podría ser verdad.

—¿Tienes hermanos? —le pregunta Luisa.

Carraspea, se limpia con la servilleta en un gesto educado, la deja de nuevo en su regazo y asiente. Tiene modales muy… estudiados.

—Uno menor que yo. —Aprieta la mandíbula.

Me doy cuenta de que lo estoy observando con demasiado ojo crítico y, si fuera su novia, no debería hacerlo. Desvío la vista y me encuentro con la mirada de Gaspar. Subo las cejas, sonrío con los labios apretados, quiero que se crea que me emociona estar con mi chico aquí, o algo así…

—No tienes pinta de ser capricornio. —Ile se sale por la tangente y empieza con su tema favorito—. Aunque para estar con mi hermana, no sé si puedo valorar otra opción.

—Soy Sagitario… Creo —responde Guido.

—¿Crees?

—Nací el 7 de diciembre…

—¡Eres! ¡Claro que eres! —Ileana se echa a reír y el resto lo hace con ella.

—Cuenta con tu carta astral mañana por la mañana, hijo —le dice mi padre.

—Si me dices año, hora y lugar… —pide Ileana al descuido.

Entonces el alboroto en la mesa, cargado de risas y anécdotas con el tema del horóscopo y la obsesión de mi hermana, sube de volumen mientras Gaspar continua su escrutinio silencioso. Él es así; no debería ponerme nerviosa, pero lo hago.

En un intento torpe de seguir dando munición amorosa a nuestra farsa, acaricio el brazo de Guido, y no parece que entre nosotros tengamos mucha confianza, eso es imposible.

En realidad, froto su camisa como si tuviera una mancha; lo que consigue que él observe mi mano con detenimiento y luego sus ojos lleguen a los míos.

Sonrío y no me cabe duda de que para el resto soy una psicótica, seguro, y me encojo de hombros.

Él pone la mano encima de la mía y me da un apretón.

Que sea él quien me tranquilice y le dé credibilidad a nuestra actuación es preocupante.

Necesito afinar mi interpretación.

Quiero irme de este comedor.

—Deva y yo nos encargamos del postre. —Ileana se levanta de la mesa arrastrando la silla con un ruido que altera los sonidos apacibles de la cena. Su mirada me dice que pasa algo y mi preocupación por su salud es inmediata.

Me levanto a la vez que Roque y mi padre empiezan a retirar platos.

—Hija, no has cenado nada. —Escucho a mi padre, que lleva toda la razón, pero mi hermana me arrastra hacia la cocina y de ahí a la terraza cerrada que utilizamos de fresquera en invierno, donde están las natillas.

Cierra la puerta.

—¿Estás bien? —pregunto alarmada y la miro de arriba abajo.

Ella niega y me manda callar con un dedo en sus labios.

—No he sido yo quien se ha dado cuenta. —Ileana no responde a mi pregunta. ¿De qué habla?—. Pero te digo desde ya que, en cuanto Martina me lo ha dicho y os he observado, no me cabe duda de que no sois pareja ni de coña.

Lo sabe…

Creo que mis ojos van a caerse al suelo de la impresión.

¡Ostras!

Claro que lo sabe.

Podría ponerme como una loca a desmentirlo, pero analizo la situación: no me ha delatado.

—Soy tan mentirosa… —lloriqueo.

Mi hermana abre la boca.

—Pero… ¿de dónde lo has sacado? —No levanta la voz, pero su energía podría abrir las ventanas—. ¿Has hecho venir a un compañero del hospital para hacerse pasar por tu novio?

Cojo aire, me tapo la boca a punto de perder los nervios, y lo suelto despacio entre los dedos. Escucho a mi padre y a mi hermano en la cocina, no me pueden pillar, así que hablo bajito.

—Es peor…

—¿Peor?

—Es el repartidor.

—¿De qué?

—¡¿De qué?! —Me tapo la boca otra vez y susurro, agitada—: ¡Traía un paquete a casa y…!

Se lo cuento; apenas parpadea. Nos estamos quedando heladas porque por algo llamamos a esta terracita la fresquera, pero me doy cuenta de que no quiero volver al salón.

—Ile… Dime algo, por favor —ruego, asustada.

—Dábamos por hecho que no existía tu novio, Deva. Lo llamabas «mi chico, mi novio…». Nunca tuvo nombre —dice con obviedad.

—Ya. —Y yo pensando que había sido una táctica perfecta—. ¿Y lo habéis hablado entre todos? —Esto no me hace sentir nada bien.

—No hemos hecho un quórum familiar, si es lo que te preocupa.

—Pero si un grupo aparte.

Chasca la lengua, eso es un sí.

—Que tuvieras a la abuela de tu parte, nos insultó varias veces por pensar que te lo estabas inventando, fue tu baza. No nos atrevimos ni a preguntarte el nombre, que era lo que Roque quería hacer para ver cuántas veces te equivocabas al hablar de él.

—Soy lo peor, Ile —resoplo, me siento tan cansada que podría donar ya mismo mi cuerpo a la ciencia.

—No es para tanto, solo te has descompensado. Ya lo solucionaremos. De momento, si quieres que esto cuele, necesitáis a Martina —dice resolutiva—. Se os ve a la legua que no sois pareja. Y Gaspar sospecha, ya lo sabes. Siempre sospecha de todo el mundo, pero en este caso no le falta razón.