13 HACÉIS UNA PAREJA GENIAL
Guido se aleja por el pasillo y me quedo traspuesta. ¿Nos hemos abrazado? ¿Sin fingir? ¿Qué acaba de pasar?
Nada, que estoy más agotada que si acabara de hacer una guardia en luna llena. Sé que no hay una explicación científica de por qué aumentan las visitas a urgencias esas noches, y yo soy muy científica, de hecho, pero la experiencia me ha hecho preguntarme si tendrá algo que ver.
Quiero que termine el día y queda una cena por delante que no tengo muy claro que pueda salir bien.
Por un segundo, pienso en ir a la habitación, esperar a mi supuesto novio y seguir trabajando en nuestra relación; como bien ha dicho él, tenemos que hacer algo con la cercanía y la intimidad.
No voy a confiar en la espontaneidad que acabamos de vivir hace unos segundos.
Ojalá no hubiera dicho nada. Ni hecho.
Ojalá Guido no hubiera aceptado.
El alud podría haber dejado a mi supuesto novio al otro lado de la nieve y… «¡Oh, qué lástima! Otra vez que no vais a conocerlo».
Fingir esa escena habría sido pan comido.
Antes de bajar, paso por el baño de la habitación de mis padres y me lavo las manos; hay que darle una ducha urgente a Odín, aunque será mejor hacerlo mañana, después de que se empape jugando en la nieve.
Ya en la planta baja, el trajín festivo ha descendido bastante.
Me dejo caer en el sofá con Ana, mi cuñada, que está haciendo un jersey de lana gordita y amorosa que me tiene encandilada; el color mostaza viejo que predomina y ese cuello con patrón nórdico, de colores teja y verde musgo, me atrae tanto que cada vez que la veo tejer me dan ganas de pedírselo,
pero la talla no parece muy acorde con la mía: es bastante pequeño.
Se la ve relajada a pesar del estrés que mostraba antes; Ana se abstrae de su trabajo con facilidad y envidio esa capacidad.
Me gusta ser testigo de cómo habla con mi madre sin perder el punto.
Y me permito cerrar los ojos y recostarme en el sofá mientras las escucho.
Inspiro y huelo las castañas que mi abuela ha debido de poner al fuego, dice que los postres navideños siempre tienen que tener castañas asadas; cualquier excusa es buena para que esta mujer haga lo que le da la gana con la comida.
Yo ya he renunciado a que se cuide, parezco la Sargento Azucarillo; y desde el último verano, cuando tuve una discusión grande con ella por pedirle que no comiera tanto hidrato, decidí que se terminó, que a la doctora que soy la dejaba en el hospital.
Y lo intento, pero me cuesta porque un mes después le amputaron la pierna a la altura de la rodilla.
Lo que me dio la razón de lo poco que se cuida.
No presto mucha atención a la conversación entre mi madre y mi cuñada Ana, es sobre las nuevas empleadas de la panadería de mis padres.
Ahora ellos solo la dirigen, han contratado a gente para trabajar allí, porque decidieron, hace un par de años, que iban a vivir la vida.
Y no es que ignoren el negocio. Ellos controlan todo, están pendientes de los pedidos de materias primas y de las máquinas, pero el trabajo duro, el de horno y madrugar para tener el pan listo, lo han delegado, y me parece lo más acertado, sobre todo porque su situación se lo permite.
No pasan más de diez minutos cuando me entero de que Guido ha entrado en el salón. No necesito abrir los ojos porque mi cuñada me susurra al oído:
—Es guapísimo.
Parpadeo y tomo aire dispuesta a seguir con el papelón de mi vida.
Lo miro, asiento y parezco lela, porque Ana lleva razón.
Y eso que él viste una camisa vaquera oscura bastante arrugada, la mochila no es el lugar correcto para transportar camisas.
Aunque los vaqueros oscuros le quedan perfectos, no porque sean ajustadísimos, sino porque…
vaya cuerpo tiene, ¿no? Completan el modelo las zapatillas de casa que le he pedido que se ponga.
Tengo que aguantarme la risa, deslucen un poco.
Lo miro en conjunto y la incredulidad toma el mando de mi mente.
¿Cómo es posible que haya accedido a esto? ¿Y por qué parece estar cómodo?
—Hacéis una pareja genial —vuelve a susurrarme Ana; me obligo a mirarla.
—Bueno, somos un poco distintos. —No sé por qué lo digo si no lo conozco, con lo fácil que hubiera sido asentir.
—¿En serio? —Se interesa.
Me meto en unos líos más tontos…
Guido me salva de que mi cuñada me ponga en un brete; me sonríe al llegar al sofá donde estoy sentada, y me aparto un poco para hacerle sitio.
Ignoro a Ana amparada por la impunidad que confiere tener al novio presente.
No me ha pasado nunca, pero entiendo que hablar de nuestras diferencias delante de él es de mala educación.
El manual de las relaciones de pareja se va escribiendo en mi libreta mental, un anexo a mi Excel; al final, seré una experta en el tema.
El olor a recién duchado y a un perfume amaderado me hace inspirar hasta el tope de mi capacidad. Se recuesta en el respaldo y pasa un brazo por encima de mis hombros, y… no sé si finge su comodidad o de verdad la siente.
«Ostras».
Demasiado cerca.
La tensión agarrota mi postura y aguanto la respiración; estamos muy pegados.
Mucho.
Tomo aire y… El caso es que la colonia me resulta familiar. Sí, mejor me centro en su olor y dejo de plantearme si al final mi trapecio saldrá disparado, se desanclará de su inserción y se me partirá el cuello.
—¿Está bien así? —susurra y miro a mi alrededor.
Martina, que no sabía que estuviera tan cerca, no nos quita ojo. Podría cortarse, ni Luisa nos examina tanto.
«¡No!», pero afirmo con la cabeza por inercia.
—Igual si te relajas cuela más —murmura apretando su brazo sobre mis hombros.
Suelto el aire y me apoyo en su costado, miro su mano en mi brazo; me da la sensación de que su cuerpo me ha engullido. Aunque creo que parezco una muñeca no articulada de lo tiesa que estoy.
Su calor me está empezando a sofocar.
Carraspea.
—No estás bien —susurra, y para el resto del mundo podría parecer que estamos de confidencias, pero para mí está resultando de lo más oprimente. Necesito reestructurar nuestra dinámica y no sé si esto que está haciendo Guido es necesario.
—Es que esto… No… No pega mucho… —murmuro mirando al cuello de su camisa; estamos demasiado cerca, tanto que podría alzar la cara y rozar su mentón o algo.
—¿No?
—No.
Todo el elenco masculino familiar sale de la cocina con la cena en las manos. Quedan inauguradas las fiestas de morir por empacho. Mi familia es temible.
—Pues las castañas están, las dejo aquí para tomarlas calentitas —dice mi abuela.
Nosotros seguimos encajados en una suerte de Tetris amorfo.
—Guido, deberías estar echando una mano —dice mi hermano con todo el morro.
—Ha hecho las croquetas —contesto e intento moverme un poco lejos de él.
—Vale, entonces me callo —se disculpa.
—Mi suegra es una lianta. —Se ríe mi padre.
Guido toma aire, me mira de refilón y sube las cejas.
Se levanta y nos libera. Suelto el aire.
Cierro los ojos, agradecida, y porque no quiero ponerlos en blanco y que lo vean, y cuando los abro me encuentro con la mirada de Martina.
Sonrío, y se diría que acabo de firmar algo sin leer la letra pequeña; ella levanta las cejas y sale de algún trance que no entiendo, mira a su alrededor y se encamina hacia la mesa.
Y ya, sin la mirada de nadie pesando sobre mi mentira, muevo mis hombros, tomando conciencia de que nada me tiene atrapada, excepto mis malas decisiones.
No sé cómo lo vamos a hacer tantos días, me parece imposible.
Mi hermano le dice algo a Guido que no alcanzo a escuchar y su risa resuena entre otras que sí me resultan familiares.
—Es buen tipo el enfermero, ¿eh? Tiene buenas manos. —Gaspar se acerca a mí y lo mira con interés.
—¿Lo dices por las croquetas?
Se encoge de hombros y no puedo evitarlo. Me da miedo, porque va de discreto, pero el análisis que hace de la gente es para someterlo a estudio. Acierta siempre, y no me pasa desapercibido cómo mira las manos de Guido. Oh, oh… Yo no he computado ese detalle. Los enfermeros y sus manos.
Y este chico es repartidor.