12 ODÍN TAMBIÉN LO SABE
Deva se deja caer sobre el perro, que es más grande que ella, y lo abraza sin decir nada, incluso cierra los ojos; tiene que estar agotada de mantener esta farsa.
¿Le merece la pena?
No sé ni por qué me lo planteo; no debería ni criticar ni juzgar cuando yo tampoco tengo ni idea de lo que estoy haciendo.
Deva me muestra el refugio del perro; está tremendamente acomodado. Tiene incluso una trampilla para salir a la calle, aunque hoy está cerrada porque, según me cuenta, con tanta nieve el perro se moja muchísimo y uno de los placeres del animal es rebozarse en nieve en cuanto puede.
Acabamos sentados en el suelo y Odín se tumba casi encima de ella, parece una enorme manta de pelo negro.
—¿Por qué Odín? Tiene dos ojos.
Deva se ríe.
—Y así quiero que siga. —Suelta un suspiro—. Es un dios nórdico, ¿no crees? Impone presencia y no se queja. Además, parece tener esa sabiduría anciana. ¿No te parece? —No deja de sobarlo y el perro acompaña sus caricias con empellones suaves de su cabeza enorme.
Lo observo y… no soy capaz de ver más allá de su mirada bonachona y sosegada. Hago un movimiento de sí y no, dudoso, con la cabeza.
—Vale, también fue la época en la que me vi las pelis de Thor y ponerle el nombre del dios del martillo no me cuadraba. Preferí el de su padre, le pegaba más.
—Casi me la cuelas, tanta profundidad y origen.
Nos reímos los dos y el silencio vuelve a rodearnos y a cubrirme con una sensación extraña.
«No debería estar aquí». Sin embargo…, ¿por qué me encuentro a gusto?
Pero ella habla y reconecto con esta realidad paralela en la que estoy inmerso.
—No sé cuánto tiempo llevaría atado a la farola de aquel callejón.
Tampoco cómo lo trataron, pero intuyo que no del todo mal.
Me siguió, tranquilo y sin ladrar, en cuanto lo desaté, y me miró con sus ojazos oscuros de una forma que…
—Sonríe perdida en ese recuerdo—. Fue imposible dejarlo.
Llamé a Roque y le dije que tenía que quedarse con él.
—¿Por qué tú no?
—Yo no podía; mi vida en el hospital no le iba a sentar bien —dice con obviedad.
Me río.
—¿A él?
—Odín necesita vivir en un sitio en el que pueda salir; Roque y Ana tienen una casa con jardín y patio a las afueras de la ciudad.
—Pero lo trajo aquí.
—Lo trajimos aquí —corrige—. Mi cuñada y él se iban unos días de vacaciones y decidimos dejarlo con mis padres hasta entonces.
—Se ríe y vuelve a acercarse a él, lo frota con brío en un gesto cariñoso—.
Papá no consintió que Roque se lo llevara cuando volvió.
«Odín es el equilibrio que necesitamos» —dice engolando un poco la voz e, intuyo, imitando a su padre.
Acto seguido, resopla y se apoya contra la pared—.
Luego no quiero creer en las chorradas del horóscopo de Ile, pero mi padre es libra.
—Se ríe, y suelta un suspiro final, cansada—.
Estoy agotada y todavía nos queda una última performance antes de volver a la habitación.
El sonido en el interior de la casa consigue que Deva vuelva a ponerse en alerta; este rato con Odín ha sido su descanso, el de los dos, en realidad, porque admito que la tranquilidad que he experimentado aquí con esta pareja extraña ha sido una suerte de paz en este día de locos.
—Tenemos que entrar; el jaleo es porque vamos a cenar en breve.
—Me gustaría ducharme, prometo ser muy rápido. —Creo que necesito tiempo a solas antes de, como dice ella, la última performance.
—Es verdad, no te has duchado.
Odín se queda tumbado en su enorme cama. Me cuelgo la mochila del hombro y salimos a la calle en vez de entrar directamente en el salón, no entiendo la razón, pero me viene bien respirar un poco de aire frío antes de enfrentarme al otro Guido: el novio enfermero de una cirujana obstetra.
En el porche, Deva se sacude las botas y se descalza.
—Toma. —Me tiende unas zapatillas de casa—.
Que no te den asco, están limpias. —Señala una estantería tras una cortina con muchísimo calzado y una parte destinada a zapatillas similares a las mías—.
En invierno, entre quien entre debe hacerlo con el calzado adecuado y siempre están preparados.
Deja las botas en esa rejilla para que escurran.
—Me he estado paseando por toda la casa con mis botas llenas de nieve. —Doy voz a mis pensamientos, menos mal que me sacudí un poco al entrar.
Me calzo y me quito el abrigo, lo cuelgo al lado del de Deva.
—Estabas demasiado abrumado para darte cuenta de las miradas de mi familia hacia tus pies. De todas formas, era más importante tu presencia que tus botas. No sé si no sería mejor que se hubieran centrado en ellas… —Toma aire y lo retiene, luego lo suelta despacio.
—Bueno, creo que no lo hemos hecho del todo mal, ¿no? —Soy optimista por naturaleza. Últimamente un poco kamikaze según Ismael, y lo confirmaría si supiera de mi situación.
—Nos queda la cena —resopla.
—¿Algún apunte antes de entrar? Dejo de hablar de mi profesión, ¿verdad? —No tengo que ser un lince para entender que ha sido un punto débil en la cocina. No porque le hayan dado importancia, sino porque no tenía apenas idea de cómo ilustrar lo que rodea mi supuesta profesión.
—Por favor y gracias. Si no dices nada, solo se interesarán por nuestra relación, y suficientes lagunas tenemos.
—Sois muchos. ¿Crees que se van a centrar en nosotros? —Me gustaría confiar en que no va a ser así, pero veo a todos demasiado emocionados con la novedad que represento en esta casa.
—Por supuesto. —Resopla.
—Podemos lograrlo —digo y quiero sonar convencido.
—Evita el muérdago, por favor, mira al techo —dice de repente.
—Mientras no nos pille juntos…
—Ya. Sobre eso… Perdona lo del beso de la cocina. —Cierra los ojos como si se acabara de acordar—. Necesitaba que fuera un beso rápido para salir de allí. —Se disculpa también con la mirada.
Desestimo su preocupación con un gesto de mi cara.
La puerta del porche que da a la calle se abre, y la conversación del hermano, de su padre y del otro hombre, que no es su tío, nos alcanza.
—Vamos, no te pares —sisea Deva, abre la puerta de casa y enfila hacia las escaleras agarrándome la mano y llevándome con ella.
—¡Eh! ¿Qué clase de educación te han dado tus padres? —Una voz masculina a nuestras espaldas nos grita, creo que es su hermano.
—Si te espero se escapa el gato —le suelta Deva con retintín.
—Por cierto, Guido. —Roque me está hablando a mí y tengo que pararme, lo de la mala educación en las primeras impresiones falsas no es mi estilo, tampoco en las impresiones reales.
Obligo a Deva a parar porque no suelto su mano—.
No cuentes con que mañana se despeje la carretera, no va a ser posible.
Aunque consigamos quitar la nieve del alud después del partido, que tampoco lo tengo claro, las carreteras no van a estar transitables, y este tramo será de los últimos, al igual que siempre.
Nuestras quitanieves están en el pueblo más grande y serán requeridas en la zona baja.
Tendremos suerte si el veintiséis está viable.
«¿El veintiséis?». Trago saliva y espero que se lleve la palabrota que quiere salir. Que estar aislado me viene bien, pero ser un novio de mentira tantos días… igual ya no tanto.
—De acuerdo… —contesto.
La mano de Deva aprieta la mía y me arrastra hacia las escaleras. Una vez en lo alto, la chica que creo que es la otra cuñada viene hacia nosotros.
—¿Está todo bien, Ana? —le pregunta Deva.
—Sí, he estado hablando con mi jefe, está un poco nervioso con el cierre del año y al principio no ha entendido bien esto de quedar atrapados por un alud, pero no le ha quedado más remedio. Mientras no falle la red, podré trabajar desde aquí.
—Claro.
Y en esos segundos de conversación, mi vista se desvía hacia la planta de abajo, donde veo todo el salón y el comedor.
El trasiego que empieza a sucederse me hace pensar en la película El camarote de los hermanos Marx.
La madre de Deva está sustituyendo las copas de champán y Luisa se dedica a decorar el centro con ramas de pino.
Alguien pone villancicos, y todos, hasta la abuela, que acaba de salir de la cocina apoyada en sus muletas, bailan al son de la música sin dejar de lado la actividad.
—Me bajo a la fiesta —dice Ana y desciende hasta encontrarse con el hermano de Deva, a quien besa con tranquilidad y abandono.
—¿Cómo se llama tu hermana? No me voy a acordar de los nombres, solo recuerdo a Luisa, Roque…
—Ostras, el paquete. Tenemos que esconderlo. —Lo había olvidado—. Ileana. —La señala, está bailando con su pareja frente a la chimenea—. Su mujer, Martina.
Trato de quedarme con sus nombres y los repito mentalmente.
—Vale, y Julián, tu padre, Lupe, tu madre, Ana…
—Estamos muy sonados en esta familia —murmura Deva observando el espectáculo—. Nunca había sido tan consciente de esto… Claro que es la primera vez que traigo a alguien ajeno a la familia.
—¿Tú también te sumas? ¿Estás sonada? —Me cuesta creerlo, pero apenas la conozco.
—Es imposible que no te absorba el tifón navideño de esta casa. Cuando se te menee el cuerpo con la cadencia sutil de El tamborilero de Raphael, me darás la razón. —Suelta una pequeña risa cansada y resopla.
—Puedo darme la ducha ahora o…
—Ve, te vendrá bien perdernos un poco de vista, supongo. —Se encoge de hombros resignada; verla agotada y compartir situación me da ganas de acercarme y darle un abrazo.
No entiendo de dónde vienen esas ganas, será que compartir mentiras une. Además, no quedaría mal, al fin y al cabo, ahora mismo y a ojos de esta gente somos pareja.
—¿Qué? —pregunta; creo que me he quedado demasiado tiempo mirándola.
Entonces me surge una duda:
—Tendríamos que tener gestos de complicidad entre nosotros para ser más creíbles. ¿Eres cariñosa con tus parejas? ¿Con ellos? —Señalo con la cabeza hacia su familia.
—Lo soy, lo soy —dice atribulada y baja la vista—. Pero creo que no estoy preparada para que tú y yo lo seamos —murmura mirando de reojo hacia el piso inferior.
—¿Crees que va a colar? —dudo—. Si la previsión es que vaya a pasar aquí mínimo dos noches, por lo que ha dicho tu hermano…. —Dejo que ella decida; yo no estoy decepcionando a nadie.
—No, llevas razón… —Se encoge de hombros—. No va a colar. —Parpadea despacio, mira a su alrededor, buscando algo en lo que sostenerse.
Entonces las ganas, algo absurdas, de abrazarla vuelven.
«Esto es de locos».
Las voces de Julián y Gaspar cantando me dan las coordenadas de mi situación, una en la que me siento un espectador.
—Hablamos luego de esto, ¿vale? —susurro bajando la cabeza para ponerme a su altura—. Me voy a dar una ducha.
Asiente y una pequeña sonrisa cansada emerge en sus labios.
Me mira sopesando algo que no logro descifrar.
Entonces, sin pensarlo mucho, alargo el brazo que no sujeta la mochila y la atraigo hacia mí.
Deva deja escapar el aire por su nariz, despacio; y su olor, amaderado, nada dulce, pero sí tibio y un poco a perro, me inunda a la vez que ella se deja caer sobre mi pecho.
Cuando levanto la vista, veo a su madre sonreírme con ternura desde el pie de las escaleras. Miro hacia otro lado y carraspeo. Ella se despega, creo que no era consciente hasta este momento de que estábamos abrazados, y habla:
—El baño es la puerta del final del pasillo, no tiene pérdida, lo pone en un cartel.
Se aparta del todo.
—No tardo —prometo.
—Tómate tu tiempo.