11 ¿ERES LEO?
—¿Te quieres dar una ducha antes de cenar?
Estamos de nuevo en su habitación, el reducto seguro de esta casa y donde puedo ser yo, o ese yo que no es novio de Deva. ¿Por qué me siento tan cómodo en esta situación?
Es de locos.
—Sí, creo que… lo necesito —hablo con el mismo tono bajo que ha empleado ella—. Está resultando un día… complicado.
Tomo asiento en la cama y me froto la cara.
Estoy agarrotado. En la cocina les ha faltado ponernos un flexo en la cara.
Vaya, cómo engañan esas mujeres, entre croqueta y receta te sacan la información que quieren.
He agradecido que Deva dejara de estar tan fuera de sí y tomara las riendas, aunque se notaba que lo que querían era hablar conmigo.
Pero no es el teatro lo que me tiene al borde de un precipicio, aunque tenga sus puntos complicados. Será por eso que relativizo bastante la situación.
—Menos mal que lo ves así, porque tanta naturalidad me estaba preocupando.
La voz de Deva me hace levantar la cabeza.
—Bueno, trato de no agobiarme. —Y si lo pienso bien, lo que estoy viviendo me resulta bastante cómico.
La nieve no va a durar para siempre y, tarde o temprano, saldré de aquí con algo tan trascendental, véase la ironía, a mis espaldas como que a esta mujer no la pillen en su mentira—.
Pero tampoco voy a quitarle importancia a dormir en casa de unos completos desconocidos con los que he hecho croquetas, o a tener una novia a la que tampoco conozco y a la que voy a tener que besar tarde o temprano. Otra vez.
No se me olvida el intento de trampa al salir de la cocina.
Deva y yo hemos debido de pensar lo mismo, porque se ha esperado a que pasara solo por debajo del muérdago y, cuando me ha llamado su madre, me he parado, claro, no soy un maleducado, pero lo he hecho fuera del radio de acción de esa ramita comprometedora.
—Por pura logística y lo menos posible —asegura.
—Por supuesto. —Parpadeo despacio y pongo en orden mi mente, o lo intento. Estoy agotado de sobrepensar y estas últimas horas han sido la guinda—. Por cierto…, tengo ropa en una mochila, en la furgoneta.
Si cuando le he planteado a Ismael hacer el último reparto que le quedaba, para huir de mi vida, me llegan a contar que varias horas después iba a tener «otra vida», me habría partido de la risa.
Bueno, reír igual no, porque estaba bastante fuera de mí, pero no me lo habría creído. Parece ciencia ficción.
Mi mente parece tener línea directa con el destino, porque mi móvil empieza a vibrar en el bolsillo. Mi madre, otra vez. Le quito la vibración, justo cuando empieza a sonar el Tokyo Drift, y me centro en Deva, que se ha incorporado.
—La furgo… Es verdad. —Sus ojos se mueven rápidos por la estancia—. Pero no pueden verte entrando en una furgoneta de reparto —dice asustada—. Y va a ser imposible moverla con la nevada.
—Me puedes acompañar, damos un paseo por el pueblo y me haces la vigilancia —se me ocurre. También me apetece salir de esta casa, que me dé el aire, aunque se me congele la cara.
—Venga —concuerda—. Y, si nos preguntan por tu coche, di que lo has dejado en el parquin detrás del frontón, siempre hay muchísimos coches allí y está a la entrada del pueblo.
—Sabes que cualquiera que hubiera accedido al pueblo con semejante temporal… —Esta parte del plan no la veo nada clara—. Es que ni siquiera habría llegado hasta aquí, se habría dado la vuelta antes. —Si su familia rasca un poco, no va a ver ninguna lógica.
—Pues tú has llegado —responde lacónica.
No me cuesta imaginarla en un quirófano.
—Porque tenía que entregar un paquete. —Y porque no he sido consciente de la carretera, tampoco de la nieve ni de la posibilidad de tener un accidente o de quedarme atrapado.
—O porque tenías tantas ganas de verme que te ha dado igual que las inclemencias del tiempo te dejaran aquí. —La altivez en su respuesta es palpable, supongo que está buscando la parte creíble de esta historia.
Y lo compro.
—Vale, porque no soy un tío tan obsesionado con el trabajo —añado.
Un vistazo me basta para saber que la he cagado. Joder…, ella no está interpretando ningún papel y yo, al parecer, tengo el cerebro hecho trizas, además de otros órganos.
—Y estoy muy enamorado de ti —rectifico con tono de disculpa y, de paso, sumo una capa a mi personaje.
Se queda en silencio, y yo también.
—Eso me cuadra con lo que estamos haciendo. —Asiente despacio y se pone en marcha.
Salimos de la habitación y bajamos las escaleras sin encontrarnos a nadie, algo que agradezco. La mesa está puesta de una forma impecable, festiva, podría decirse que ya es el mismo día de Navidad.
—¿Os vais? —La voz de la chica rubia nos llega desde el sofá frente a la chimenea, está sola.
Es la hermana, no me acuerdo del nombre y esto es un problema.
—Hemos hecho las croquetas, tenemos derecho. Ahora, vosotras… —Deva la señala con un dedo y un gesto que indica que no hay absolución para ellas.
—Teníamos cosas mejores que hacer. —Sube las cejas.
—Mucho mejores —dice su pareja, que baja las escaleras con la cara roja como un tomate, pero creo que no es porque le dé corte.
Me doy la vuelta hacia la puerta de salida, porque va a darme la risa; lo de las alusiones sexuales de esta familia es bastante… peculiar.
—Iros un poco… por ahí. —Deva pasa por delante de mí, airada.
—Casi dice mierda… —murmura la morena.
—Yo también lo he notado —responde la rubia—.
Después de la cena recogeremos nosotras la mesa para que Guido y tú os peguéis una maratón en tu cuarto, prometo contener a la familia.
—Su tono conciliador y real me da ganas de mirarla para ver si es verdad o le están tomando el pelo, pero no lo hago; voy detrás de mi «novia», que es lo que tengo que hacer ahora mismo.
—¡Cállate! —Deva sí se vuelve y pone los ojos en blanco.
—Guido, ¿eres leo? —pregunta la rubia y no estoy preparado para responder porque se me escapa una carcajada.
—Vámonos. —Deva se pone un abrigo blanco y un gorro de lana rosa con una enorme bola de pelo en lo alto.
Las ignora y yo me limito a decir adiós con la mano. Salimos al porche cerrado y ella se calza unas botas de apresquí.
—¿Tu abrigo?
Me vuelvo, estoy tan aturullado y tan pendiente de los demás que se me olvida que soy alguien en esta situación, alguien que si no se abriga pillará anginas con estas temperaturas. Descuelgo la prenda del perchero; la pareja ya no está pendiente de nosotros, su labor es hacerse arrumacos en el sofá.
Salgo abrochándome la cremallera; ella, parada frente a mí, posa su mano sobre mi pecho, aplastando el acolchado. Sus dedos son largos y delgados.
—Lo he usado para esquiar —aclaro, porque entiendo que está comprobando si es apto para el temporal, es alucinante cómo cae sin parar.
—También esquías.
—Sí, alguna vez.
—Apunto.
—Lástima que no lleves la libreta encima.
—Demasiado grande, demasiado sospechoso —murmura.
Tardamos muy poco en llegar a la furgoneta.
No hacemos vuelta de reconocimiento a la manzana ni nada.
La nieve está poniendo todo intransitable y no hay nadie en las calles.
Salir de aquí mañana no va a ser viable, la amenaza de Filomena dos está cobrando forma y realidad.
No hablamos ni en el camino de ida ni en el de vuelta; el sonido de nuestros pasos sobre la nieve virgen, mirar dónde pisamos y protegernos de los copos, que caen sin parar, nos mantienen ocupados.
—No me apetece entrar. —Ya ante su casa, se detiene.
Observo la estructura y no solo tiene un porche, sino que la rodea el jardín cubierto de nieve que se ve desde la ventana de Deva, un pequeño merendero techado en el centro, la caseta del perro y una especie de casa de invitados, más pequeña, adosada a la derecha.
—Ven, que te voy a presentar a Odín. —Me hace un gesto para que la siga.
Sigo sus pasos y entramos en un garaje a la izquierda de la casa grande. Está ocupado por un Mazda CX 30 blanco, un Toyota Land Cruiser granate —gran elección para este lugar—, un monstruoso Land Rover Defender verde y un Toyota Yaris blanco.
—¿Este es tu coche? —Señalo el Mazda, si tuviera que elegir uno para ella, sería sin duda este.
—¿Eh? —Se vuelve y observa el coche—. Sí.
—¿Lo elegiste tú?
—¿¡Claro!? —Se encoge de hombros y se aleja de mí.
Me quedo mirando el SUV, compacto y blanco, y me doy cuenta de que, sin querer, complementa la información que tengo sobre ella.
Es un coche que eligió, con lo que parece que le gusta tener las situaciones bajo control, seguro que después de comparar gráficas de consumo, estabilidad y fiabilidad.
Tiene alma japonesa; motor suave, dirección precisa y buen agarre en curva.
Es minimalista, exacto, sin concesiones.
Y lo que he visto de ella, excepto esa salida histriónica en la cocina con el muérdago y el beso de su hermana —hasta su madre y su abuela la han mirado de un modo extraño—, me dice que la practicidad y la eficacia forman parte de su vida.
—¡¡Hey, Odín!! ¡Ven!
Desvío la vista del CX y un perro grande y peludo, cual oso negro, se acerca tranquilo a Deva; esta le mete los dedos entre el pelo de las orejas y se agacha.
—Este es Guido —me presenta y me pongo en cuclillas a su lado; el perro me mira como si lo entendiera.
—Hola, tío —saludo y Deva se ríe.
—No se lo digas a nadie, pero somos novios de mentira —susurra cerca de su cara antes de dirigirse a mí—. Por allí se entra al salón. —Señala una puerta normal con una trampilla.
En silencio me doy cuenta de que se escuchan voces al otro lado.
—Ahora somos tres los que sabemos el secreto —sigue susurrando—. Odín lo va a guardar, ¿verdad? —Lo abraza.