10 TERCER GRADO
La intervención de Guido consigue que mi cuello haga el movimiento de un látigo en su dirección; podría habérmelo roto.
«¿Qué?».
—¿La besaste tú primero o fue ella?
«¡Venga ya!». ¿Por qué Luisa se mete en medio? No sé cómo ha escuchado nada si el ruido de los platos es ensordecedor.
Lo miro alertada y acto seguido bajo la vista otra vez. Nos van a pillar. ¿Qué va a contar?
—Igual las chicas necesitan ayuda en el comedor —digo y el tono que le doy a la frase es un poco cínico, pero es que tener a Luisa cerca de una historia de amor, y más si es falsa, no es bueno.
—Nah… No tengo nada que hacer hasta que Gaspar me traiga los adornos para la mesa.
—Hay tres kilos de croquetas —la informo, con la intención de desviar esa pregunta o de que el resto la olvide. Además, cuanta más gente seamos, antes salimos de aquí, y si Luisa ocupa sus manos, quizá deje de insistir.
Teníamos que haber afinado más la historia y menos el tema de los videojuegos. Creo que se me han roto dos millones de conexiones neuronales, no estoy procesando bien y mi comportamiento va a empezar a dejar mucho que desear.
«Si entra Roque anunciando el apocalipsis prometo buscarme un novio zombi y presentarlo en el próximo encuentro familiar». Creo que ahora llaman a esto manifestar, pues bien: lo manifiesto con fuerza.
—Ven, hija —invita la abuela a Luisa—. Que también podemos hablar a la vez que liamos. —No la miro, pero sé que ella a mí sí—. Deva, muchacha, que a ti parece que se te desconectan las manos cada vez que abres la boca.
Bufo.
—¿Y bien? —Luisa, sentada al lado de la abuela, en la posición de la harina, mira a Guido; yo niego con la cabeza, y sé que el pobre chaval está recibiendo señales contradictorias.
—Fui yo. —Se arranca y a mí me tiemblan las piernas. Si finjo un desmayo va a ser demasiado obvio, ¿no?—. No aguantaba más. Habíamos intentado quedar tres veces, pero las guardias y cambios de…
—Turnos —añado.
«Roque, por favor, aparece».
—Sí, los turnos nos lo impidieron. —Mira a mi madre, que ha apartado la cazuela del fuego—.
El hospital no favorece las relaciones, lleva razón.
—Le pongo tres croquetas en el plato del pan y le doy un codazo; quiero transmitirle un: «trabaja y calla», aunque las aves de rapiña que tengo como familia no van a dejarlo estar—.
Una noche, en una de esas guardias en la que nos encontramos por un pasillo, la metí en el cuarto de limpieza y la besé.
«¡No!».
Mi hermana y Martina entran a la vez en la cocina, riendo. Visualizo la puerta abierta y sujeto la necesidad de salir corriendo arrastrando en el proceso a este chico antes de que meta la pata. Elevo la vista y…
—¡Parad! —grito a Ileana; quien me mira asustada y se detiene junto a su mujer—. ¡Estáis bajo el muérdago! —grito otra vez, con las manos llenas de huevo, y decido perder la cabeza del todo y seguir con ese tono histriónico que no va conmigo—: ¡Beeeeso!
Mi pantomima tiene ese efecto entre la sorpresa y la alucinación en la cara de Guido. Por un momento creo que va a empezar a reírse, pero no, y tampoco grita conmigo. Menos mal que Luisa sí y así parezco menos payasa.
—¡Claro! —Ileana se alza sobre sus puntillas y alcanza la boca de su mujer, que sonríe mientras se presta a este ósculo urgente en el que deposito toda mi fe para despistar.
Aplaudo. Si me viera desde fuera, diría que me falta un hervor. Mi madre me mira extrañada. Creo que voy a delatarme sin ayuda de nadie más. Solo quiero irme de aquí, me están entrando ganas de vomitar.
—Muchacha, estás llenándonos a todos de huevo —dice mi abuela mientras se pasa el paño de cocina por las gafas, y mi madre se acerca para limpiárselas en condiciones.
—Perdón —deslizo, avergonzada, por mi lengua.
Guido aprieta los labios, es un hecho, está riéndose. Planto en mi cara una sonrisa estúpida y forzada porque mi madre no deja de mirarme, pero aparento que todo es normal.
—Qué romántico, Lupe, ayyyy. Cuánto beso hoy…
—Luisa no puede aguantar su emoción. Desde luego que el de las chicas se les ha ido de las manos, tanto es así que salen de la cocina y atisbo el movimiento medio brusco que hace mi hermana para pegar a Martina contra la pared y abalanzarse sobre ella—. Pero el de Devita me interesa más.
Me desinflo al ver cómo Luisa retoma la conversación. Esta mujer está sudando almíbar ahora mismo; y yo soy imbécil.
—¿Estás bien, hija? —Mi madre se acerca.
—Esto del temporal me tiene un poco al límite —me excuso y pongo mi mejor cara de circunstancias.
—No es tan grave. Guido, ¿has llamado al hospital?
—Sí, no hay ningún problema, pero Deva tiene un sentido de la responsabilidad tan fuerte que se siente mal —me excusa.
«¡Toma ya!». Tengo que confiar en este chico, sus mentiras están muy bien lanzadas, excepto por el beso en el cuarto de limpieza.
—Ha venido a verte porque quiere, Devita —interviene Luisa—, tú no le has obligado, ¿no?
—¿Qué? ¿Yo? —Obligar obligar…, le he ofrecido dinero, que no es lo mismo—. Nooo… Pero, ya sabes… Sus responsabilidades tienen que estar por encima de…
—¿Del amor? —Ante la pregunta de mi madre, tengo tres pares de ojos femeninos observándome, y ahora también me mira Guido—. El trabajo es importante, hija, pero, cuando en una relación pasas a ser la prioridad de tu pareja, todo cobra sentido.
—Hay unas pequeñas cláusulas ahí… —muevo la cabeza con dudas—, que son revisables, mamá. —Me resulta tan difícil callarme cuando me exponen sus teorías sobre el amor…
—Claro, si la relación es tóxica, no podemos hablar de amor. No estamos en esa página, hija. Hablamos de que os respetáis, os gustáis, os queréis…
Resoplo y casi casi se me olvida que ahora mismo no tengo que defender mi soltería. Me encojo de hombros, ella asiente toda sonriente, al final le concedo la victoria y le devuelvo el gesto.
—Y después de ese beso en el cuarto de la ropa sucia… —Luisa retoma con alegría nuestro falso momento en el cuarto de limpieza, y yo cierro los ojos para evitar ponerlos en blanco.
—Y desde entonces… —El chico carraspea.
—Pues empezamos a acostarnos, pero fuera del hospital —corto, porque si les cuenta que también nos lo montamos en ese cuarto o en los quirófanos, me voy a morir aquí mismo, y no porque mi familia se vaya escandalizar.
—¿Y no habéis pensado en vivir juntos? —pregunta mi madre.
—No tengo croquetas en el huevo, Luisa. —Quiero que dejen de hablar de esto. Pero ¿qué ha preguntado mi madre?—. ¿Qué? ¡Mamá! Llevamos muy… poco. Solo…
—Quieres controlar todo demasiado —me reprende.
¿Yo? Mi vida la controlo, claro que sí, a ver si no quién lo va a hacer—.
Piénsalo, ¿queréis estar juntos? —¿Qué pregunta es esta?
—. Hija: día que pasa no vuelve. —Su lema sobre disfrutar la vida hace acto de aparición, y no me parece mal; es precioso, perfecto, pero ahora, aquí haciendo croquetas, no me viene bien—.
Además, eso de tener dos pisos, no poder veros por los turnos, las guardias…
Si vivierais juntos, ya no tendríais que hacer por quedar.
Guido no habla, y yo creo que no voy a decir nada, porque da igual.
—Que te lo diga mi hija. Verás —la yaya se dirige a él—, ellos —señala a mi madre y a Luisa con una cuchara—, que no trabajan en un hospital y viven en un pueblo en el que te ves en un tropezón,
han decidido juntarse para no tener que hacer por quedar —repite un poco las palabras de mi madre con cierto tonito de guasa— y así poder hacer el amor cuando quieran —remata.
Guido tose a mi lado.