9 TRES TONELADAS DE CROQUETAS
Después de levantarme del sofá, rescato el cuaderno que se ha colado detrás.
El reloj de encima de mi escritorio marca las siete.
La intervención final de mi madre, sobre los genitales de mi supuesto novio, me pone en la tesitura de contarle a Guido sobre los beneficios de dormir sin ropa interior.
He de decir que en mi casa todos, menos mi abuela, se unieron a la práctica.
—Oye…, lo de que tu madre y tu tío se hayan besado bajo el muérdago… —dice sin venir a cuento.
Cojo aire y lo retengo unos segundos. En mi documento Excel mental relleno de color rojo la casilla sobre la relación de mis padres con los vecinos.
—Gaspar no es mi tío. No es familia.
Su gesto es de no entender nada. Tengo que explicárselo, no tiene sentido que esté invitado a conocer a mi familia y no sepa de qué va. Pero tres toques rápidos en la puerta frenan mi intención, y puedo adivinar quién es antes de que mi hermana haga acto de presencia.
—Necesitan manos en la cocina, hay unas tres toneladas de croquetas por hacer. Nosotras vamos a poner la mesa. —Ileana sonríe y nos mira a ambos con cara de listilla—. Pensaba que os pillaría desnudos.
—Por eso no has esperado respuesta.
—Por supuesto. —Sus ojos desprenden mil kilovatios de picardía.
—¿Tiene que ser ya? ¿Y vosotras tenéis que poner la mesa tan pronto? Suena a escaqueo, Ile.
—No estáis haciendo nada… mejor. —Se ríe—. Así que me temo que sí. A Martina y a mí nos han exigido llamaros sin perder el tiempo.
Ostras, esto es una encerrona. Está clarísimo que lo que quieren es estar con Guido y conmigo. Nos van a someter a un tercer grado y no tengo nada claro que lo que hemos hablado nos permita salir airosos.
Guido se levanta decidido y a mí me descoloca. Ileana lo debe de interpretar como que vamos a ejecutar la orden y sale de la habitación, no sin antes lanzarme una de sus muecas sugerentes.
—Gaspar es un vecino, un amigo. Y Luisa es su mujer —susurro acercándome a Guido. Ya iré afinando más, de momento es importante que sepa que no es incesto ni nada grotesco.
—¿También besa a tu abuela? ¿A tu hermana?
—¡No! —Se me pone cara de estar bebiendo vinagre.
—Vale. —Suelta una bocanada de aire, liberándose de algo que… no entiendo.
Nos quedamos parados en mitad del pasillo, me gustaría preguntarle por qué parece menos tenso, pero es mejor que le aclare que…
—Pensé que Ileana había ignorado las órdenes. —Luisa aparece en el pasillo del piso de arriba.
—¿Yo? —La aludida sale de su habitación poniéndose un forro polar, es muy friolera—. Soy una mandada, Lui.
Pasa a su lado y baja trotando.
—Vamos, a vosotros os quiero abajo ya. Está la yaya con las croquetas y se ha empeñado en dejarlas liadas antes de la cena.
Nuestra charla informativa se ha terminado; Luisa nos custodia hasta la misma cocina.
—¡Venga, chicos! Que esta vida necesita de alegría, no os quedéis parados —arenga mi madre en cuanto entramos y nos señala los delantales colgados.
La cabeza de Martina asoma por la puerta.
—¿Platos para esta noche? —Se lo pregunta a mi madre, lo sé, pero mira a Guido.
Esto va a ser un desastre.
—La vajilla blanca con copos rojos —responde mi madre.
La mujer de mi hermana desaparece; la sensación de que me pica un miembro fantasma de mi cuerpo no.
—¿Dónde están los chicos? —pregunto extrañada.
—Se han reunido en el salón del ayuntamiento para ver qué hacen con el alud —responde Luisa—. Y con el partido de mañana.
Quiero gritar que, según el triaje del sentido común, el código de urgencia que lleva cada situación es diferente, pero no voy a solucionar nada. Además, sé, sin un ápice de duda, qué es lo que va a salir adelante y qué no.
—Vamos, vamos, lavaos esas manos y poneos a trabajar. —Mi abuela choca las cucharas entre sí y suelta una bolita de masa sobre un plato de harina donde ya hay más de una docena de ellas.
—Dicen que es otra Filomena, así que la única opción es esperar —deja caer mi madre.
—¿Eh? —Me tiembla la voz—. ¿Dónde lo has escuchado?
Una borrasca de esas dimensiones son palabras mayores, son palabras gigantes. Tienen que estar exagerando.
—Han mandado un mensaje al grupo, ¿no lo has visto? —Luisa me acaricia la mejilla; le doy pena. No entiende que una nevada así altera mi vida de una forma que no voy a poder controlar y que mi familia va a vivir ese descontrol.
Observo, a mi alrededor, cómo estas mujeres son ajenas a la historia que he montado; Luisa está extendiendo las masas para hacer diferentes quiches en la encimera; la yaya con las croquetas parece una malabarista;
mi madre se acerca a la cazuela que hay en un hornillo y da vueltas a lo que creo que son natillas, por el olor dulce y avainillado que flota en el aire entre otros aromas; mi hermana y su mujer entran en la cocina canturreando un villancico;
Ileana se acerca a mi madre y mete una cuchara en la crema amarilla…
—¡Te vas a quemar, ansiosa!
—Me da igual… Mmmm.
Martina abre la alacena de los vasos, no sin antes mirar a Guido, que espera órdenes con el delantal puesto.
¿Por qué no deja de mirarlo?
—Me parece que vais a tener que cancelar todas vuestras guardias de estas navidades, de aquí no salimos en una semana.
—Luisa se dirige a nosotros, a mi pareja y a mí, en bloque.
Ni me acordaba de qué estábamos hablando—.
No te preocupes, Devita, no seréis ni los primeros ni los últimos en una situación similar.
—Además —habla Marti—, las vacaciones por obligación son las mejores. A mí no me va a impedir trabajar, así que disfrutad quienes podáis.
Martina va a teletrabajar. Es coordinadora de intimidad de películas y series y, por lo que ha dicho este mediodía, está en la primera etapa de un proyecto.
—Madre mía, qué desastre… —susurro y miro de reojo a Guido, que no abre la boca.
—A nuestra capri no le viene bien, y eso que no es ella la que tiene guardia.
—Ile, déjate de horóscopos, por favor. —Cuando se pone en este plan a veces me crispa—. No soy así por ser capricornio, soy así porque soy una persona responsable y profesional a la que su trabajo le encanta.
Resoplo y ella hace el gesto de la cremallera.
—¡Las croquetas no se hacen solas! —Mi abuela, que se obsesiona bastante con la comida, no está ni para Filomenas ni para apuntes astrales.
—Puede que no sea tan feo como lo están pintando. En este país las exageraciones están a la orden del día —murmura Guido con un tono que intuyo que es esperanza.
—Ojalá lleves razón. —Deseo con intensidad que esta borrasca descargue en otro lugar del planeta, a la vez que le hago un repaso sin darme cuenta de que no estamos solos.
La verdad es que mi novio de mentira es guapo, pero guapo de verdad, y cachas.
Y no parece un mal tío, aunque compartir una hora con él no sé si arroja datos suficientes de fiabilidad.
Tras un gesto por mi parte, él se acerca conmigo al fregadero para lavarse las manos y, mientras nos enjabonamos, suelto algo que me ronda la cabeza.
—No pareces nervioso. ¿Debería confiar en ti? Tu seguridad me genera dudas —susurro.
Sonríe y mira a los lados sin mover la cabeza; se cerciora de que es seguro salirse del papel, algo que agradezco.
—Es fachada —admite con una claridad aplastante—. Soy tu novio, ¿no? No tendría por qué estar nervioso. Pero no te preocupes, no voy a comerte, y vosotros a mí tampoco, porque hay croquetas. —Sube las cejas con un «obvio» implícito.
Su gesto es entre adorable y travieso…, ¿esa combinación es posible?
Termino de enjuagarme y cojo un trapo de cocina del que le cedo un extremo.
No deja de mirarme y su sonrisa es algo tensa, pero parece que le hace gracia la situación.
Este tío no tiene pinta de ser el buen amigo, tiene más de ser el ligón sin compromiso, y encima se desenvuelve con demasiada soltura.
Admito que es un aliado de mentiras muy completo y también que es uno de esos tíos con los que no me importaría tener sexo.
¡Ostras!
«Céntrate, Devita».
—¿Tú has hecho esto antes? —pregunto en voz baja, antes de darnos la vuelta.
—¿Croquetas? Claro. —Se encoge de hombros con la inocencia fingida transformando su cara.
Mi carcajada espontánea me sorprende.
—Si la hace reír y todo. —Luisa no se molesta en susurrar.
Todas nos están mirando cuando doy media vuelta; Martina eleva las cejas y sale de la cocina con una bandeja llena de menaje.
—Como eres nuevo y no me fío de que te manejes bien con las bolitas, porque aquí hacemos bolitas —interviene la yaya—, prefiero que te ocupes del pan rallado.
Nos asigna los puestos y yo me siento frente al huevo.
—De la harina nos ocupamos las dos, yo te superviso, no te preocupes —me dice mi abuela, confidente—.
Mi nieta no va a tener problemas —se dirige a Guido—, en frío se maneja bien.
Supongo que ya habrás notado que lo de encender un fogón y hacer algo de provecho para comer no es lo que mejor se le da.
Él levanta las cejas, luego me guiña un ojo cómplice con todo el descaro, y mi abuela se ríe por lo bajini. A mí me da tal subidón de calor por todas las mentiras que se están cociendo en esta cocina… El sudor brota en mi espalda.
—Muchacha, ¿a qué andas? Se te amontonan las croquetas y no veo movimiento.
Observo cómo mueve las cucharas, he visto a cirujanos con menos destreza.
—Ay, mamá, que la chica está enamorada y por primera vez tiene al mozo aquí, no seas muy dura. —Mi madre se mete en la conversación y agradezco que Luisa esté con la batidora.
—Si yo dejo que se besen de vez en cuando, pero que trabajen, que hay tres kilos de masa.
—¿Todas para hoy? —Vamos a estar aquí hasta la misa del gallo.
—Sí.
Resoplo y mi mirada hacia Guido se vuelve compasiva, la suya chispea con diversión.
—Lo siento —susurro.
—Bueno, es un poco estilo a… —echa un vistazo extraño— ¿sacar sangre? —vacila; no puedo evitar el latigazo de pánico que me sacude.
«¡¡NO!!». Mi familia no pregunta sobre estas cosas si no les das pie, por lo tanto, no hay que dárselo.
Le paso las croquetas a su plato de pan rallado y niego con los ojos muy abiertos, en un ruego mudo para que me entienda.
Si sigue por ahí nos caeremos con todo el equipo.
Aprieta los labios y niega deprisa. Creo que el mensaje silencioso ha llegado a su mente, igual sí que tenemos telepatía.
Asiento y esta vez le hago un guiño para hacerle saber que estoy de acuerdo.
Sus cejas suben… No, no me ha entendido.
Miro alrededor, nadie está pendiente de nosotros, me llevo el dedo índice a los labios sin llegar del todo y le hago el gesto universal del silencio.
Entonces asiente. Bien, no hay telepatía, pero hay entendimiento.
—¡Las croquetas, muchachaaa!
Me centro con precisión quirúrgica en las bolitas de masa. Podemos superar esto, hay un poco de complicidad, hay interés por no liarla; demás, puede que la nevada…
—Deva se queda… ¿todas las navidades? —La pregunta de Guido me obliga a levantar la cabeza.
¿Por qué está preguntando eso? Además, si fuera mi novio debería saberlo.
«No lo es, Devita; y este plan hace aguas a cada paso». Necesito un control logístico exhaustivo de esta situación y no lo tengo. Creo que me están dando fasciculaciones en el ojo derecho.
—¡No! —También necesito no gritar la próxima vez.
—Devita, cariño, estaba preguntándote si te quedabas hasta el día de Reyes. Y estás tan concentrada que no te enteras. —Luisa está doblando el delantal que se ha quitado.
—Es mejor que se concentre —murmura la abuela.
—No, no… —Sonrío a mi supuesto novio. Acabo de entender que lo ha hecho lo mejor posible—. Trabajo el día treinta desde las nueve de la noche, tengo una guardia de veinticuatro horas.
—Eso me parecía —añade el chico, dándole credibilidad a nuestra actuación.
«Bien, bien… Bien». Se me está recalentando el lóbulo frontal.
—Los médicos estáis esclavizados. Esas guardias tan largas, que no tengas descanso para recuperar… Y ni qué decir tiene que, siendo pareja, os dejan poco tiempo para estar juntos. Menos mal que ha habido un alud y ha bloqueado la carretera. —Mi madre habla sin perder de vista su cazuela.
—El temporal va a ser una excusa perfecta, ojalá nos deje incomunicados todas las fiestas —añade Luisa, que se acerca al lavavajillas industrial y empieza a vaciarlo.
—Ay, no, Lui, no fastidies —lloriqueo.
—A mí no me parece nada mal. Todos juntos, en amor y compañía, y esta vez con invitados nuevos y superbienvenidos. —La emoción de mi madre traspasa el ambiente y nos baña de tal forma que hasta me lo creo, si no hubiera mentiras sería genial, o no una mentira de tanta envergadura, claro.
Creo que Guido se está aguantando la risa, y no lo entiendo, porque el marrón es para los dos. No me imagino estar de ese humor después de prestarme a una locura similar, claro que yo no habría dicho que sí.
Jamás habría dicho que sí.
Lo que no entiendo es por qué soy la parte que lo ha propuesto. Me encuentro mal, quizá estoy incubando algo…
—¿Y cómo os conocisteis, decías? —Mi abuela habla y sube el pan. Si es que la lianta ha sido ella. Si no hubiera aparecido haciendo suposiciones cuando ha llegado el chico…
—Yaya, no estábamos diciendo nada —respondo y no levanto la vista.
—Pero es que nunca nos hablas de él.
—Nunca nunca…
—Si solo sabíamos que es enfermero —apoya mi madre.
—Nos conocimos en el hospital —dice Guido.