8 ZOMBIS CONTRA COCHES
No sé cómo ha sido, pero he pasado de visualizarla en Nueva York a tumbada, desnuda y encajada entre mis piernas mientras yo me encajo entre las suyas.
Da igual. Ella apunta el número sesenta y nueve en el cuaderno con diligencia.
—¿Esto es importante? —pregunto, y debe serlo porque lo rodea con amarillo fosforito.
—Claro. —No levanta la vista y pone la punta del boli en mi nombre—. Tus aficiones —exige.
—Eh… —Quiero pensar con agilidad, pero me cuesta porque estoy tratando de no pensar en sexo. No es momento, joder…—. Me gustan las carreras, los videojuegos…, nado un par de veces por semana…
—¿Los videojuegos? —cuestiona con cautela—. Dime que juegas a The Last of Us —murmura a la vez que se le pone cara de… ¿vicio?
Vaya…
—Bueno, no es que sea mi favorito, soy más de GT7. Pero con Ismael, a quien le flipa, a veces acabo claudicando con los zombis.
—A mí me encanta. ¿Cómo no lo he puesto?
—Lo escribe en otra flecha—. Me gusta por tantas cosas que ahora mismo no tengo tiempo de enumerar.
¿Y el GT7? —Hace un gesto de aprobación y lo acompaña de un ruidito muy gracioso—.
Creo que deberíamos echar unas partidas.
Voy a pedirle la consola a mi hermano, total, con Ana en casa ni la va a oler, aunque al GT seguro que lo picas.
—¿Nos va a dar tiempo? —Me he quedado un poco colgado del ansia que le ha entrado de ponerse a jugar, descubrir que esta tía es una salvaje de los videojuegos me deja impactado.
—Puede. —Se encoge de hombros—. ¿Te gustaría?
—Claro —¿Por qué no? Además, entiendo que así podríamos ocultarnos en esta habitación.
—Me han entrado unas ganas locas de probarte. —Sube las cejas varias veces y a mí me viene una imagen de nuestros cuerpos formando un sesenta y nueve que me hace cerrar los ojos—. Vamos con la comida, me van a preguntar y tengo que saber algo. ¿Postre o dulce favorito?
Derrapo y el sonido de mis neumáticos en el asfalto me deja sordo. Reseteo y me enfoco en lo que acaba de preguntar: comida.
—Soy goloso en general, no le hago ascos a nada, pero no soy muy fan del helado.
Lo escribe y se golpea la barbilla.
—¿Y qué hacemos juntos?
Me da la sensación de que me lo pregunta a mí.
—¿Jugar a la consola? ¿Nadar? ¿Tener sexo? —enumero—. ¿Mimos después de todas las horas que echamos en el hospital? —Es lo único que ha dicho y que podemos tener en común, y no es poco. Está claro que compartir helado no.
—No, nadar no, me gusta ir sola. ¿Y ver pelis y series de zombis? —pregunta y sonríe, enigmática.
—¿Zombis? —Arrugo el gesto—. ¿No puede ser otro género? El Z no es mucho de mi agrado.
—¿Cuál lo es?
—De acción, velocidad…
—Mmm, vale, aunque yo me duerma o terminemos… —Mueve el boli dando por hecho que lo he entendido. Claro que lo he hecho, y no es que sea un depravado, pero al final voy a salir de aquí empalmado.
—Entonces esta relación es un poco… —carraspeo—, por conveniencia sexual.
—Claro, si es que a mí lo de enamorarme, con todo lo que tengo encima, me sobrepasa —resuelve.
—¿Y no podrías contárselo así? —se me ocurre, me parece de lo más lógico.
—Lo he intentado, pero me miran con una compasión que me mata.
Llevo inmersa en una falsa relación amorosa durante todo este año y les hace felices, aunque a veces la pongan en duda, como hoy —resopla—.
Pero lo tengo bajo control. Además, estoy pensando que vamos a cortar en Semana Santa y, de esa forma, van a evitar el tema para que me recupere del corazón roto.
—La sonrisa satisfecha que se le forma me advierte que está deseando que llegue ese momento.
—Si conseguimos dar el pego —me sale solo.
—Eso es verdad… Se ha complicado un poco mi mentira. —Se golpea el labio inferior con el boli.
Dos toques en la puerta nos hacen mirar en esa dirección y Deva tira el cuaderno detrás del sofá.
—¿Se puede? —La puerta se entreabre y la cabeza de su madre aparece, Deva pone su pierna encima de la mía y tengo que apretar los labios porque me dan ganas de reír—.
Traigo un pijama —habla a la vez que entra—, es de Roque.
Que puedes dormir desnudo, no seré yo quien…
—Me mira directamente, sonríe con complicidad y deja la ropa en la cama.
¿En serio? Aprieto las manos en puños y, con bastante torpeza, extiendo una sobre la pierna de Deva.
—Mamá… —se queja su hija.
—Es bueno airear los genitales durante la noche, se oxigena toda la zona, bien lo sabes tú, que eres la primera que empezó a dormir sin nada en esta casa.
«¿Qué?».