7 CHOCOLATE, ODÍN Y SESENTA Y NUEVE
Cuando cuelga, no puedo dejar de sonreír, pero entonces me doy cuenta de dónde estoy y de que me queda por delante una historia elegante que defender.
Soplo y niego mirando la pantalla del teléfono.
No voy a llamar a mi madre ahora. Tengo que pensar y quizá, aunque consiga salir de este lugar a tiempo, podría alargar la mentira; estar atrapado por la nieve con este temporal es muy creíble, porque es la verdad.
Ahora, tranquilo y con un poco más de perspectiva, me doy cuenta de que haber salido en estampida después de hablar con Nil no me deja en buen lugar, pero ¿qué iba a hacer?
Seguro que ya se lo ha contado a mis padres.
Lo que sí es definitivo es que no pienso ir a la cena de Nochebuena de este año, haya posibilidades o no de que se despejen las carreteras; ni a la comida de Navidad.
Ya veré cómo me libro de ir a las reuniones de Fin de Año.
Envío un mensaje a mi madre para decirle que estoy bien y que la llamaré mañana. Justo recibo otro de Nil y en el emergente leo su disculpa seguida de un «pero». No voy a leerlo, es cuestión de estabilidad mental.
Bloqueo el móvil y lo meto en el bolsillo trasero de mi pantalón. Ser otra persona, eso es en lo que tengo que centrarme. No soy Guido Lanau. Soy Guido, un enfermero de urgencias que sale desde hace unos meses con Deva, una cirujana obstetra.
Puede que esta brecha espaciotemporal sea un regalo.
Echo un vistazo a su habitación. Tiene una cama grande; compartirla no va a ser un drama, y no estoy en disposición de poner pegas después de mi aventura en Lisboa.
Es un cuarto de estudiante de instituto, con escritorio en la ventana, un corcho lleno de fotos en la pared y estanterías abarrotadas de libros en un rincón en el que, además, hay un sofá de dos plazas.
El cabecero de madera tiene enredadas lucecitas pequeñas.
No sé si será por la Navidad, no me extrañaría a juzgar por el edredón y los cojines con motivos navideños, o por los gnomos con barbas que tiene encima del escritorio.
La abundancia de decoración en esta casa casi asfixia.
Mi madre sabría apreciarla, porque la de mis padres luce similar, pero en otros colores.
Miro la puerta con dudas, no sé si debería salir. La situación impone; además, si alguien me pilla por banda y me hace alguna pregunta, con los datos escuetos y rápidos que hemos manejado, estoy seguro de que voy a cagarla. Y no quiero joder el plan; estoy implicado en esto, sea lo que sea.
Me tapo la boca porque casi se me escapa una carcajada.
Puede que sean los nervios o mi cerebro intentando avisarme de la estupidez que estoy a punto de cometer, pero no pienso echarme atrás.
No por ella, por mí. Romper mi palabra no va con mi brillante historial; para bien o para mal soy de los que, si la doy, hago lo que se espera de mí.
Además, esto promete ser todo un reto y, últimamente, parece que es lo mío, supongo que es una forma de salir de mi zona de confort.
Quizá debería habérselo contado a Isma, para tener un punto de realidad y también para que me diga ese «estás pirado» cada vez que la lío.
Dos toques en la puerta me sacan de mis divagaciones. Es Deva.
—¿Has terminado? —pregunta—. No quiero molestarte, pero… antes de bajar…
—Deberíamos hablar y no liarnos… —digo y me quedo algo colgado de sus brillantes labios, con los que hace movimientos como si estuviera extendiendo cacao. Al inspirar noto un olor a piruleta de fresa.
—Liarnos… Bueno, así a lo loco no va a ser necesario —habla deprisa, mucho más que antes, y sus gestos son demasiado rápidos.
—No —la corto.
Ella abre mucho los ojos y sus labios forman una línea tensa.
—No, claro…, no… —duda, niega. Creo que no tiene ni idea de lo que estamos hablando.
—Quiero decir, meter la pata. Necesitamos una historia creíble —aclaro.
Ya estoy en modo resolutivo, y es una realidad que, si vamos a pasar aunque sea esta noche fingiendo ser pareja, necesitamos información.
Toma aire y su gesto se relaja, hasta se le escapa una risita.
—Perdona, estoy entrando en pánico. He pasado un rato en el baño sin hacer nada más que comerme la cabeza y me he dado cuenta de la magnitud de todo esto. —Sus enormes ojos azules parpadean dos veces en un segundo—. No tenerlo controlado me pone al límite. Tenemos que inventarnos una relación.
—Quizá esto de la nieve no sea tanto y mañana esté resuelto —digo, pero no me lo creo.
En mi cabeza resuena la palabra temporal; ignorar que la nieve no deja de caer y que se prevén temperaturas por debajo de los quince bajo cero es un poco difícil.
Pero no le doy voz porque espero que no sea tan grave como lo pintan; en estos pueblos de montaña están más preparados que en la ciudad, y lo único que hay que solucionar es el tema del alud.
Con la ayuda vecinal, protección civil y algo de los tractores que he escuchado, no será tan complicado, o eso espero.
—Sí, sí…, claro. ‹‹Tiene›› que estar resuelto. Tú debes ir al hospital como sea —afirma con la contundencia de quien tiene el poder de activar la dotación que lo solucione.
—Por cierto…, enfermero… Es un papel difícil de defender —admito y pido socorro con el gesto.
—Bueno, por partes. Primero trazamos nuestra vida en pareja; después, afinamos más tu papel individual en el ámbito profesional.
Para mi familia esa parte pasa a un ultimísimo plano, conmigo es así —rezonga y detecto algo de resignación, incluso de resentimiento, mientras se acerca al escritorio.
Abre un cajón, coge un cuaderno y, con un bolígrafo y dos subrayadores en la mano, se sienta en el sofá—.
Eres enfermero de urgencias en el San Luis.
—Me apunta con el boli, cual micrófono. Es el hospital al que acudimos cuando tenemos problemas de salud—.
Yo no conozco a tus padres ni a tu familia, nuestra relación no es así.
—Hasta ahora, que yo he venido a conocer a la tuya.
—Claro, claro. —Su gesto de obviedad me dice que la exaspera el apunte—. ¿Tienes hermanos?
Escribe mi nombre en grande en medio de una hoja y lo rodea con un círculo.
—Uno.
—Bien, no necesito saber más. Bueno, el nombre —valora en alto y ladea la cabeza sondeando mis ojos.
—Nil. —Cómo me escuece decirlo en voz alta.
Apunta con una flecha.
—¿Tus padres no están muertos ni nada? —habla dibujando dos flechas.
Me río porque me parece tan bestia la pregunta que no me creo que sea médica.
—Eso es que no. Padre y madre… —apunta.
—¿Así les hablas a tus pacientes?
—¿Qué? —Sale de su esquema, en el que parece estar haciendo una yincana entre las palabras—. No… No, claro. Estamos delimitando nuestra vida y no hay tiempo para la empatía. —Hace un movimiento circular rapidísimo con la mano sobrevolando el papel.
—Ya, pero si alguno de mis padres estuviera… muerto, habría sido muy fuerte —digo, y no sé por qué, podría dejarlo estar, pero me llama la atención.
Coge aire y su gesto cambia.
—Es verdad, perdona. A veces soy demasiado…
—¿Práctica?
—Sí. —Se disculpa con la mirada—. Y, por lo visto, un poco cruel en el proceso.
—Está bien saberlo. —Sonrío para que no se maltrate más—. Continúa.
—Bien… —Se recompone en segundos y vuelve el papel—. Nuestra relación es un lío con eso de los turnos, guardias y demás. Y no es familiar. —Escribe «familia» y lo tacha—. Tú y yo. Ya está. Ni siquiera quedamos con los amigos del otro.
—Lo de ser enfermero me preocupa, en serio. Mi vida no puede ser más opuesta —admito completamente perdido, porque ella no le da importancia, pero está mencionando conceptos relacionados con nuestras profesiones que yo no tengo.
—Da igual, no van a examinarte. Van a estar más interesados en cuánto nos mimamos.
Dibuja un corazón y al lado una S y una X en grande.
—¿Pero cuántas horas trabajamos?
—Un montón. —Hace un gesto quitándole importancia al dato—. Llevamos alrededor de un año saliendo…
—Diez meses.
Levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Desde marzo.
—Sí, bueno, más o menos. Los límites son difusos; no hay fecha concreta. —Escribe un uno enorme al lado del corazón—. Nos vemos en el trabajo porque hacemos lo posible por coincidir, aunque a veces no es fácil. Y algo muy importante: no practicamos el coito en el hospital.
Se me abre la boca. Las cejas trepan por mi frente.
«¿Ha dicho coito?».
Traza un cuadrado al lado de la S y la X con una H enorme dentro y lo rellena con el marcador rosa; con un movimiento rápido lo tacha con saña. Mis ojos van de sus dibujos a sus ojos.
—Ah, ¿no? —Me deja muy loco que hable de ello con tanta naturalidad y sin sonrojarse—. Pues hay series de médicos que le dan, pero bien, en los almacenes de medicamentos.
—Es un mito. Quizá algún beso robado, algún restregón, una masturbación que a veces ni siquiera culmina… Pero créeme: un hospital no tiene nada de morbo y un rapidito es demasiado largo. —Niega con vehemencia y sus ojos se quedan fijos en los míos.
Mi gesto afirmativo con la cabeza es para que entienda que la sigo, aunque esto está superando con creces cualquier episodio de mi vida.
—Y es importante que me quede claro —corroboro monótono.
—Muy importante. Podemos hacerlo en el parking, en el coche —aclara—, si este está bien posicionado y si salimos de currar o de una guardia medio enajenados, ¿vale?
He tenido preliminares por mensajes que me han puesto menos cachondo que esta conversación.
Dibuja una especie de coche debajo de la cruz tachada. Bueno… No sé si es un coche.
—Tú lo haces de forma habitual. —Miro sus apuntes.
—¿Liarme con mis compañeros en el coche? —No levanta la vista del cuaderno—. Claro que lo he hecho, a veces más, a veces menos. Pero solo tienes que saber que tú y yo nos vemos de forma más íntima en casa, en la tuya o en la mía, ¿vale?
—Hablaba de los apuntes. —Me encojo de hombros.
—Ah. —Levanta la vista y ¿se sonroja?—. Sí. —Se encoge de hombros, un mechón de su pelo rubio se sale de la coleta—. Necesito visualizarlo. —Golpea el cuaderno con su dedo índice.
Hago un gesto para que siga mientras yo asimilo los puntos.
Es una chica que practica «coitos», pero no quiere pareja, y se la está inventando con el objetivo de hacer feliz a su gente.
Me parece que la convivencia con la familia del amor y de los besos bajo el muérdago va a ser interesante.
No tengo problemas para hablar de sexo y, según cuenta Deva, a esta gente no le incomoda.
A ella parece que tampoco siempre y cuando no diga la palabra «follar».
Escribe su nombre a la misma altura que el mío y del mismo tamaño. Allá vamos.
—A mi familia ya la conoces —empieza a hablar y no digo que me haría falta un esquema, aunque fuera con los nombres, porque no me da tiempo; continúa escribiendo con una rapidez sobrecogedora—.
Mis aficiones son nadar y ver series de zombis.
Y me encanta el helado de nueces de macadamia.
Soy ciega con esto, ¿vale? Y con el chocolate en cualquier versión.
—Las flechas salen de su nombre y señalan cada palabra.
Toma aire y lo retiene, se golpea los labios despacio mirando a la nada—.
Si no tengo piscina donde nadar, salgo a correr, pero no es lo que más me gusta.
Necesito desfogarme después del tiempo en el hospital y las comidas de mierda que hago.
Que hacemos —advierte—. Apunta, porque comemos fatal.
—Me señala con el rotulador, advirtiéndome de que es una especie de regla universal de los trabajadores de un hospital—.
Tendría un perro en casa si mi trabajo no fuera tan absorbente; en realidad lo tengo, pero está aquí: Odín.
—Le cambia el gesto, se le dulcifica y su rictus se vuelve tierno—.
Es un terranova negro que… Uff, esta historia tendrías que saberla, es algo muy mío.
A veces solo llamo a casa para saber cómo está y…
, bueno, se me olvida preguntar por los humanos.
El nombre del perro queda escrito en mayúsculas con un corazón muy grande que pinta de rosa fosforito.
—¿Está fuera o…?
—Sí, en la parte lateral de casa, tiene su espacio en el garaje.
A veces está por casa; es buenísimo —dice con los ojos chispeantes—.
Me lo encontré después de un día horrible en el hospital.
Estaba abandonado. Imagina un perro de setenta kilos empapado por la lluvia, que no dejaba de caer, y atado con una correa a una farola y con un cartón casi deshecho en el que ponía: «cuídalo tú».
Me miraba y parecía tan cansado… ¿Sabes?
Ni siquiera ladraba, Odín aceptaba su destino fuera cual fuera —relata con una pasión tranquila que me conmueve—.
Sé que llevarse a casa a semejante animal es complicado, pero hay que ser un desalmado para dejarlo allí.
—Su mirada juzga con una superioridad tranquila a quien lo hizo.
Me parece increíble, pero queda clarísimo, según Deva no hay redención para esa persona—.
Sigo con otras cosas, que me lío y no tenemos tiempo: no me gusta viajar, me estresa muchísimo y lo paso fatal.
Pensar que al llegar a destino puedo encontrarme en la calle, porque la reserva no es real, me enferma.
He viajado a dos lugares, y siempre por agencia porque no me fío nada de internet en estos casos.
Londres y New York. Hace tres años de este último.
Y en el sexo: me flipa el sesenta y nueve.
O el oral si no podemos explayarnos con la postura; ya sabes, dar y recibir.
—¿Eh? —¿En qué momento ha cambiado de tema?