5 EL JURAMENTO HIPOCRÁTICO
Salgo de la cocina sin perder el tiempo y espero que quien me siga sea el repartidor, porque atravieso el salón a velocidad supersónica y subo las escaleras de dos en dos, con la intención de que no nos intercepte nadie por el camino.
Ya en mi habitación, cierro la puerta.
—No se dan ni un mal rato, ¿eh? —dice y no soy capaz de analizar su tono.
Cierro los ojos, inspiro lentamente y me obligo a ordenar el caos.
No conozco nada de este tío.
«Piensa, Devita, piensa».
Paseo despacio y termino apoyada en mi escritorio.
—Se ha complicado. —Junto las palmas de mis manos, me reagrupo, trato de agarrarme a un control que no sé dónde está.
—Ni que lo digas. —Se ríe y, aunque parece nervioso, consigue que lo mire mal por primera vez.
—¿En serio te hace gracia? —grazno, espástica.
—Es que… ¿te vas a poner a rezar? No sé, llámame escéptico, pero no creo que nos ayuden mucho ahí arriba. Tampoco es que sea muy creyente.
No está enfadado, o no lo parece, pero sí está manejando el sarcasmo con soltura, supongo que es porque tampoco tiene idea de qué hacer. Podría optar por enfadarse y largarse, lo que me obligaría a confesar que soy una idiota que miente más de lo que mi familia piensa.
—No sé cómo vamos a hacer esto. —Tiro de sinceridad, que la tengo; en mi día a día la honestidad orienta mi rumbo—.
Voy a tener que dormir contigo —digo con obviedad.
Me llevo las manos unidas a la boca y lo miro aterrada sopesando la situación—.
Y no sé si eres un asesino en serie —lloriqueo contra mis dedos.
Abre los ojos en shock. Levanta las dos manos y se las lleva al pelo, rizado y algo largo, que se aplasta y lo echa hacia atrás. Ancla las manos en su nuca con los codos levantados y mira alrededor, negando y sin parpadear ni una sola vez.
Es guapo, sea o no el tío más buscado por la Interpol.
—No, perdona —habla conteniendo algo que sus ojos no controlan, porque parecen querer partirme en dos.
Puedo imaginar, sin problema, que tiene rayos láser en las pupilas—, en todo caso sería yo quien tendría que dormir contigo y no sé si tu familia me va a cocinar en plan caníbal mientras duermo.
A saber si esto no es algo que hacéis por Navidad y me la estáis colando.
Es de locos —susurra lo último y mira a todos lados—.
Si es una cámara oculta, es el momento de decir la verdad.
Ladeo la cabeza y estrecho los ojos. Separo las manos y le concedo la posición vulnerable en esta situación; no puedo ser yo quien dude de él, estoy rodeada de mi familia y él no. Él está atrapado aquí conmigo.
—Está bien —claudico—. El punto es tuyo. Perdona. —Me froto la cara, me paso los dedos por el pelo y me rehago la coleta por puro nervio.
—Perdonada estás. —Levanta las manos y las apoya en la viga transversal de madera que cruza la habitación.
«Qué grande es».
—¿Cómo vamos a hacerlo? —pregunto perdida—.
Porque no te puedes ir. —Suena a orden y a petición—.
Y no contemplo que mi familia sepa la verdad.
No, no… —Dudo un segundo y me tapo la cara con las manos.
Veo la lástima en los ojos de mi familia recibiendo la noticia, la decepción por mi mentira. No, no puedo.
—¿No? —pregunta; él sí lo está valorando, lo veo en cuanto lo miro.
—No…, no… —niego desesperada.
Apoyada en el borde del escritorio, llevo mis manos a los lados y me agarro con una fuerza absurda.
«Vamos, Devita».
—Es que no lo veo nada claro —duda. ¡Duda!
—Me dejas con un marrón enorme. —Parece que estoy suplicando porque… lo estoy. Me están dando ganas de llorar.
—Ya supongo, pero… —Me mira con sus ojazos azules cargados de pánico mientras baja los brazos de la viga de madera.
—No vamos ni a secuestrarte ni a comerte. —Enarbolo mi anuncio cual garantía a la que aferrarse para no abandonarme—. Juro por Apolo médico, por Asclepio, por Higea y Panacea y toda la plantilla divina, poniéndolos por testigos, que no somos caníbales.
Sí, soy esa friki que se aprendió parte del juramento hipocrático clásico; y no pasa nada, convivo con ello. Él me mira entre alucinado y algo asustado.
—Joder… ¿Qué ha sido eso? ¿Sois de una secta? —Vuelve a pasarse las manos por el pelo.
—No… Soy médica y… Es el juramento… —balbuceo.
—Ah…, ya… Y eso quiere decir que no me vas a hacer daño.
Asiento. Resoplo.
Vamos a objetivar lo positivo, el primer cometido es convencerlo de que no se quiera ir. Luego solventaremos el resto.
—Estás en el pueblo atrapado —expongo en voz baja.
—¿Y quedarme en un hostal? —plantea y yo niego despacio, no quiero hablarle de la pensión de Marga. ¿Me hace ser una mala persona? Creo que se me va a caer una lágrima sin querer.
Dos toques en la puerta hacen que se aparte sobresaltado mientras el pánico perfila su gesto. Le está dejando de hacer gracia; a mí no me la ha hecho en ningún momento, si le sirve de consuelo. Soy culpable circunstancial.
Mi madre asoma la cabeza.
—Te traigo toallas y un chándal de Roque, es un poco viejo, pero… —Lo deja encima de mi cama, cubierta por un edredón a cuadros rojos y coronada por dos cojines con motivos navideños—. Por cierto, la yaya insiste en que bajéis a comer chocolate o se lo comerá ella.
—Solo por evitar la hiperglucemia; alguien debería comerse todo ese azúcar disfrazado de merienda navideña —intervengo.
—Nunca te has negado a ayudar —dice mi madre mientras se acerca con una sonrisa; a mí no me sale devolvérsela, no quiero ni churros ni chocolate, quiero un DeLorean—. Venga, que no es tan grave, seguro que hay compañeros que pueden sustituirlo, hija. Tu deber y tú sois demasiado estrictos.
«Si tú supieras…».
—Luego buscamos más ropa para ti, para dormir y esas cosas, porque supongo que no has traído nada para un viaje tan relámpago. —Lo mira con ternura—. Qué sorpresa tan bonita que hayas venido solo para consentir un poco a mi niña. —Me acaricia la cara y vuelve a mirarlo.
A mí esta gente me ablanda tanto… Tanto que necesito que esto se cumpla, aunque sea mentira, que se cumpla para ellos.
—No, claro. —Niega el chico, pero no sé a qué está contestando—. Sí, digo no. Y gracias… —Bien, él tampoco lo sabe, por lo menos estamos los dos del mismo humor confundido. Mi madre no debería sospechar lo que estamos debatiendo, ¿no? Aun así, arruga un lado de la nariz y sonríe extrañada.
—No tenemos que darte miedo, somos muy normales, ya verás. —Sonríe mucho, a él, a mí… y se va.
Al sonido de la puerta cerrada le siguen varios segundos que cuento en Mississippi, hasta que lo escucho soplar.
—Hostia, no me puedo creer lo que está pasando. —Viene hacia la ventana, que está encima de mi escritorio, y mira a través del cristal. Está nevando mucho. Sus manos repiten ese movimiento en su pelo, en su nuca, en su cuello; una y otra vez.
—Con suerte mañana abrirán camino. Seguro.
‹‹Claro que sí, Devita, tú sigue inventándote cosas››.
—No lo dices muy convencida.
—No lo estoy —claudico, él no se merece que mienta si está a punto de ayudarme.
Me siento en la cama, aprieto con dos dedos mi entrecejo y dejo caer las manos sobre mis piernas.
—¿Y si decimos que hemos roto? —propone y levanto la cabeza.
—Es una opción —pienso en voz alta—, pero… no sé si va a colar después de venir hasta aquí para saludarlos. ¿Hacer un viaje en Navidad para cortar?
—Es que el viaje en sí, para verte quince minutos, es una locura. No sé quién se daría el paseo de un par de horas con ese objetivo —suelta con obviedad aplastante, una que me toca la fibra; esa que no es bueno tocarme, porque soy llorona, pero antes soy peleona.
—Pues mi novio, uno que no existe; ese es quien lo ha hecho. —Un puchero amenaza con llevarme al absurdo de soltar lágrimas frente a un desconocido.
—Ufff… Vale… Vale. —Se sienta a mi lado—. Esto es… increíble.
—Lo es… Yo no debería haberte propuesto esta locura, y tú… —Lo miro—. Te estás preguntando por qué has aceptado, ¿verdad? —Sus motivos son una incógnita que me interesa despejar, algo que surge de la necesidad de pensar en otra cosa.
—Sí. No… Yo qué sé —dice con hastío. Niega y se queda mirando al suelo—. No tengo ni idea. —Aprieta la boca y asiente con movimientos muy pequeños. No sé si se guarda algo—. Y a ti… ¿qué te ha llevado a hacerlo? Has hablado de todo el tema de la familia, pero llegar a este punto tan peliculero…
—La desesperación, y no te quites mérito, que has aceptado.
—Llámalo desesperación, también. —Resopla.
—¿Por la pasta? —pregunto dudosa y me llevo el pulgar y el índice a los labios para sellarlos—. Perdona, qué maleducada, lo retiro, de verdad, no contestes.
Me levanto y doy varias vueltas por la habitación.
Uno Mississippi.
Dos Mississippi.
«Ostras, Devita, eso no es pensar, eso es dejar pasar el tiempo…».
—Tendremos que hacer algo con la furgoneta de reparto que está aparcada en la cuesta que sube a esta calle. Van a sospechar, supongo; es un pueblo —habla en tono monocorde.
No, no solo habla, también piensa en una coartada.
Está dentro de esta farsa.
Guido va a hacerlo.
Inspiro y retengo el aire, contengo la sonrisa, la aprieto y dejo salir el aliento despacio.
—La furgoneta… Tu trabajo. —Parpadeo y asiento.
«Está dentro», me repito para enfocarme y dejar de lado los segundos contados.
—Este es el último pueblo. No tengo más repartos, aunque… Bueno, debería llevarla cuanto antes a… su… Debería dar parte.
Se levanta y saca el teléfono de su bolsillo. Me lo enseña, fuerza una sonrisa que desaparece enseguida y mira alrededor.
—¿Dónde puedo hacer una llamada? Privada —aclara.
—Sí. Claro. —Me muevo hacia delante y hacia atrás, sin saber qué hacer—. Me… —Voy hacia la puerta—. Te dejo solo.