4 DEBAJO DEL MUÉRDAGO
—Soy Roque, tío. —Mi hermano le da una palmada en la espalda y Guido le tiende la mano.
Escucho su «encantado», que no es más que un murmullo. Y no lo conozco, pero estoy segura de que la preocupación ha secuestrado su voz porque ya no suena igual que antes. Trago saliva, me doy la vuelta hacia él y, oteando la cocina en el proceso, me doy cuenta de que nadie nos presta atención.
No debería haberme lanzado a esta locura. Si alguien me hubiera avisado de que el alud iba a opacar cualquier circunstancia, yo no habría mentido… O no tanto.
La sonrisa de Guido es tensa y tiene cierto filo, incluso punta; me recuerda a un bisturí del once.
—Voy a la… —empiezo a hablar con nadie, en realidad, pero no quiero desaparecer sin más, aunque las ganas de sacarlo de aquí sean tan grandes como las de querer viajar en el tiempo a treinta minutos antes—. Vamos a mi… —Señalo la puerta de la cocina.
—El chocolate se va a quedar frío y los churros para estamparlos. —La voz de mi abuela se filtra entre todas las conversaciones sobre la nieve.
—¿Entonces mejor en tu habitación? —Mi madre resurge cual ave fénix de entre el alud familiar y reformula la pregunta para solucionar su problema de logística.
Afirmo con la cabeza, luego niego.
—No pasa nada, Devita, cielo. Seguro que puede hablar con el hospital, es un incidente. —Luisa mete baza.
Están reaccionando a mi mueca de descomposición.
—Está la capri haciendo un cuadrante mental. —Ileana se ríe por lo bajo y, cuando la miro, para y hace el gesto de la cremallera.
No estoy de broma, tampoco tengo las neuronas al servicio de mi mente. Estoy bloqueada.
—Sí, claro…, mi habitación —contesto a mi madre en un susurro y señalo con mi pulgar hacia mi espalda.
«Eso es, Devita: primero llévatelo».
Cojo la mano de Guido, con la sensación de haber robado algo y tener que huir, y doy dos pasos hacia la puerta.
—¡Stop, parejita! —Luisa alza la voz.
Estática, miro la manilla y solo quiero gritar.
¿Qué pasa ahora?
¿Parejita?
¿A quién se le ocurre llevar la mentira al teatro? A mí, que vivo desesperada con esta gente. Si me dejaran en paz cuando les hablo de mi soltería por decisión propia, no estaría desde finales de marzo inventándome una relación con un enfermero anónimo que ahora tiene nombre.
Antes de darme la vuelta, miro a Guido con una empatía arrolladora y la disculpa en los ojos.
No tengo ni idea de qué pasa, pero seguro que es por nosotros.
Echo un vistazo a mi familia, ninguno dice nada, pero se escuchan carraspeos y hay sonrisas a medias.
Ya no hay alud ni nieve. ¿Qué puede ser tan importante para que no sigan hablando?
—Mira arriba, cariño —dice Luisa con esa voz cantarina que ahora mismo me pone los pelos de punta.
Se me escucha respirar y mi hermana se tapa la boca para reírse, la muy maldita.
Poso mi vista en todos los sitios menos donde me indica, porque tampoco le veo sentido.
Estoy segura de que mi cara muestra que las cosas no van bien dentro de mí.
No van, no… Ostras… ¿Por qué estoy dándole la mano a un completo desconocido?
—¿Qué pasa ahora? —digo entre dientes con, probablemente, la sonrisa más sardónica que el mundo haya podido contemplar.
—No te des mal rato, no es tan grave. Mañana se solucionará, y si no, pasado, pero estamos en fiestas —dice mi hermana mientras sube las cejas. Que ya no bromee me indica que lo que siento dentro de mí se está filtrando hacia fuera.
Martina se asemeja a un suricato que no aparta su vista de mí, y me inquieta.
—Guido está de guardia. Tiene la obligación de salvar vidas y no puede porque hay un alud del que el pueblo no se quiere hacer cargo, ya que es preferible quitar la nieve del campo de fútbol.
—Tiro de drama y sarcasmo, y que me perdonen por hacerles esto, porque soy testigo de cómo cambia la cara de todos y la culpabilidad me pincha en el pecho.
—En realidad está a días de esa guardia, Logi. —Roque sonríe con esa ternura que tiene y que me suele desarmar, pero no ahora, ahora solo tengo ganas de meterle mi mote en la boca y ahogarlo.
—Tiene que quererla mucho, venirse hasta aquí solo para verla quince minutos… —escucho a mi madre decirle a mi padre.
Me arrepiento tanto de haber mentido… Le prometo a la parte más eficaz de mi cerebro que, si me saca de este embrollo sin herir a nadie, buscaré novio en cuanto pasen las navidades.
«Deseo un viaje al pasado». Cierro los ojos y me visualizo frotando la lámpara de Aladino.
—¿No puedes cambiarla, muchacho? —Mi abuela ha dejado por imposible la cruzada de su merienda.
—Además… Vidas vidas… —Gaspar me hace abrir los ojos y su ceja inquisidora se eleva al máximo. Con este hombre tengo que tener cuidado, es demasiado perspicaz. Ladea la cabeza y asumo que me he puesto dramática.
Justo cuando voy a responder, lo hace Guido.
—Seguro que no hay problema con el cambio. Aviso y… —Tuerce una sonrisa y le queda natural. Sacude mi mano y llama mi atención—. No te preocupes, saldrá bien. —Se encoge de hombros—. ¿No?
Niego, pero es de estas negaciones que más bien parece que te está a punto de dar un shock epiléptico.
—En otro orden de cosas, cielo. —Luisa no ha perdido la sonrisa—. Estáis debajo del muérdago.
«¿Qué?».
—¿Muérdago? —pregunto y abro los ojos tanto que hasta se me secan.
Roque empieza a reírse… No, eso no es reírse, es un exorcismo. Va a hiperventilar el muy idiota.
—Devita, esto ya formó parte de las navidades del año pasado. —Mi hermano coge aire para seguir hablando—. ¿No te acuerdas del rollo de quemarlo? —Si fuera violenta le daría un bofetón.
—Sí, que a Luisa le pasó como a Sonia, que tampoco consiguió que ardiera —apunta su mujer, que me está sorprendiendo, con lo discreta que ha sido siempre.
Inspiro, quiero templarme; ellos no son los culpables de mis desgracias. Lo soy yo. Se me hunden los hombros, sé de qué va esto; el muérdago está por toda la casa. Pero hasta ahora no le he dado importancia porque no tenía a nadie a quien besar en los labios.
—¿Y vamos a inaugurarlo ahora? ¿Es necesario? —pregunto sin mirar arriba—. ¿Con la que tenemos encima? —protesto con vehemencia.
—Encima lo tenéis, Devita. —Luisa sonríe con picardía y guasa; le gusta su chiste y, por las risitas que se escuchan, al resto también—. Y ya sabes que el amor lo suaviza todo.
Si supiera lo que el amor me ha «suavizado» la vida a mí en estos momentos… Me la ha llenado de aristas insalvables.
—Venga, Deva, que no hay mucho que se pueda hacer y Guido no parece preocupado. —Mi padre me sonríe con cariño.
—Igual si metemos los churros un rato al horno… Es una pena que se echen a perder, con tantos que hay. —Mi abuela vuelve a lo suyo.
—Además, ya lo estrenaron Lupe y Gaspar esta mañana —dice Ana.
Se echan a reír.
—Y vaya estreno… —suelta Luisa con una sonrisilla.
—Hasta la campanilla se han metido la lengua —añade Roque cerrando los ojos mientras niega como si quisiera olvidarlo.
Pongo los míos en blanco.
Me vuelvo hacia Guido. Esto hay que atajarlo cuanto antes.
Está confundido, lo sé, aunque su cara no demuestre nada, no hace más que escanearlos a todos; es complicado de entender que mi madre y Gaspar se hayan morreado bajo el muérdago.
Pero no puedo explicarle ahora los conceptos anárquicos del amor en esta casa.
Quiero irme de aquí, tengo que hablar con este tío, trazar un plan, algo…
Y hay una forma muy rápida de terminar cuanto antes con la función.
Miro a Guido fijamente y quiero que la telepatía exista: «Va a ser rápido, te lo prometo. Y perdona por la intrusión».
Agarro su sudadera y lo obligo a agacharse a la vez que yo me pongo de puntillas; pillarlo desprevenido es lo que propicia que el proceso sea más rápido que una taquicardia fetal. Le planto un beso sonoro en los labios.
—Andando. Nos quedamos en mi habitación, mamá —digo al aire a la vez que abro la puerta.