Bésame por logística 3 LA DEL MILLÓN
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3 LA DEL MILLÓN

Ahora me felicito por no haber dado el nombre de mi chico. Soy una estratega maravillosa y prefiero esta cualidad a la de mentirosa, que suena más… peyorativa.

Tengo los mofletes doloridos de mantener una sonrisa, de nervios, de lo forzada que es… Porque si me pillan…, como me pillen voy a reventar las navidades, y eso es de lo más sagrado que hay en esta casa.

«Quince minutos», me repito.

—Hola —saluda él y carraspea.

Mientras echa un vistazo va apretando los labios cada vez más y decido empezar a hablar antes de que noten su incomodidad.

—Mi abuela: Carmen, mi padre: Julián, mi madre: Guadalupe… —Voy señalándolos uno por uno.

Gaspar lanza una mirada a las botas de Guido, es imposible que no deje algo de agua a su paso.

—Llámame Lupe, por favor. Qué alegría que esto no sea una mentirijilla suya —susurra en un tono de agradecimiento puro que escuchamos todos, aunque haya tratado de disimular.

—¡Mamá! —protesto, porque es posible que le haya dado respuesta a la pregunta que ha quedado en el aire respecto a mi rapidez mintiendo.

—Mi hermana Ileana y su mujer Martina —prosigo. La primera se acerca y le da dos besos; entonces se forma una fila que hasta me impresiona.

—Yo soy Gaspar, qué sorpresa.

—No, si… —empiezo a hablar, pero no se me escucha con el alboroto.

—Yo soy Luisa.

—¡Luisa! —dice Guido, y parece que le sonara de verdad y su reacción le hace parecer más… integrado, supongo.

«El paquete…». Miro a mi novio falso y trato de pasarle por telepatía que controle. Asiente con un gesto agradable y me da la sensación de que se ha destensado; lo que consigue que me entre un miedo atroz a que hable demasiado.

—¿Le has hablado de mí, Devita? Oh… —Luisa se vuelve hacia todos—. A mí ya me conoce —anuncia con orgullo tras recibir sus besos.

Pongo los ojos en blanco y luego los cierro para controlarme.

—Soy Ana, la mujer de Roque, el hermano, ya sabes.

—Sí, claro —responde él con soltura.

‹‹Bieen…››.

Se distribuyen todos por la cocina y nos van dejando en el centro del huracán. No sé en qué momento nos hemos soltado las manos, pero me doy cuenta cuando mi abuela entra en escena y se pone entre los dos.

—Bueno, hijo, siéntate y te tomas un chocolate caliente, acabamos de traer churros —dice con cara de golosa. No deja de mirar hacia la mesa donde esperan la montaña de dulces fritos sobre un plato y las tazas llenas de chocolate.

—No, yaya, si se tiene que ir —anuncio para que quede claro.

El silencio momentáneo es sustituido por una algarabía tremenda.

—¿Cómo se va a ir, muchacha? ¿Cómo se va a ir si no ha llegado? —La abuela lo mira y frunce el ceño, pero la vista se le va a la merienda.

—¿Os preparo la habitación de invitados, Deva? —Mi madre, desoyendo lo que acabo de decir, da un paso al frente y alzo la mano para detenerla—. ¿O en la tuya estaréis bien?

—Siéntate, Guido. —Mi padre lo invita, o más bien le ordena, no estoy segura, pasando por encima de mi advertencia.

Guido me mira con una sonrisa extraña. Bueno, no es una sonrisa, hay algo de pánico ahí.

—Que no, que no, que se va —insisto, pero creo que no me escuchan—. Que solo ha venido a saludaros. —Me pongo a su lado y él asiente, a la vez que parpadea muy deprisa y mira de vez en cuando al suelo.

Esto no es creíble, soy consciente de que este plan hace aguas a cada segundo que pasa.

—¿Desde la ciudad? —Luisa levanta un poco la voz, su gesto acompaña al asombro.

—Tengo que trabajar, tengo… —Guido me mira, aprieta los labios; yo asiento. Mi falso novio vuelve a mirarlos a todos, ahora el pánico es todo mío, mira que no contemplar lo invasivos que son…—. Tengo guardia mañana…

—Por la mañana —añado.

—No puedo quedarme. Solo que… —Carraspea—. Me parecía mal no venir a saludarlos y darle una sorpresa a Deva. —De una forma un tanto torpe busca mi mano y la eleva.

Bueno. Ha quedado extrañamente… posible.

Lo miro con cara de…, no sé qué cara tengo, creo que estoy sonriendo, pero el terror me está inundando. Asiento con fuerza y, dispuesta a forzar la despedida y salir de allí, aunque suene maleducado, hablo:

—Tiene que irse.

Entonces la puerta de la cocina se abre detrás de nosotros.

Es Roque lleno de nieve.

—Si no ponemos todos de nuestra parte, me voy a pasar el día con la fregona. —Gaspar lo atraviesa con la mirada. Es un maniático del orden y de la limpieza, y no, esta no es su casa, pero como si lo fuera.

Y claro que su comentario lleva a varios pares de ojos a mirar las botas de Guido, pero lo disimulan bien. Ana se tapa con la mano la risita que le da. Van a concederle al nuevo el perdón mudo por no haber entrado en casa como es debido.

—Perdón, joder, perdón, es que… —Roque se mira los pies, y detecto su voz de alarma—. Se ha bloqueado la carretera. —Nos mira con cara de circunstancias—. Ha caído un pequeño alud y están las máquinas quitanieves en los pueblos de abajo. Además… hay alerta roja por temporal.

«Está cayendo la del millón». La frase de Guido es una pelota saltarina en mi mente que rebota sin parar.

La cocina entera vuelve a revolucionarse, y a mí… A mí se me paraliza algo; no sé si el corazón, los pulmones, los intestinos… Aguanto el aire, la sonrisa estoy convencida de que ha desaparecido. Miro a Guido y encuentro el desconcierto grabado en sus iris azules semejantes al agua del Caribe.

Vaya ojos, ¿no? Y eso que los míos también son claros, no deberían sorprenderme, pero es que… ¿Serán sus pestañas oscuras las que los hacen ser… así?

«Enfócate, Devita». Probablemente acabo de experimentar una disfunción sináptica transitoria.

—¿Qué quiere decir con un alud cortando la carretera? —Guido me lanza la pregunta por lo bajo con voz de película de catástrofes. Se ha acercado en plan confidencial y su siguiente pregunta es igual de dramática—. ¿Alerta roja? —Entonces eleva la voz y mira a su alrededor—. ¿No hay quitanieves?

No hago más gesto que mantener los ojos demasiado abiertos. Me doy cuenta de que me ha soltado la mano y la mía me suda al nivel de una hiperhidrosis apocalíptica.

—No puede salir ni Dios del pueblo —dice Roque, que mira a mi supuesto novio y frunce el ceño.

Agarro a mi hermano por el brazo y me pongo frente a él. Está colorado, sofocado, porque es un tío entregado a todo lo que presencia, y a veces demasiado intenso, por eso vamos a hacer un recuento de daños real.

—Roque… —No quiero que sea un lloriqueo, pero es lo que sale sin permiso de mi garganta—. Guido tiene que irse, tiene guardia en el San Luis mañana por la mañana. Dime que estás exagerando.

Niega, toma aire, mira a todos y niega otra vez con una actitud que no me gusta, porque se le escapa una risita que no pega con la situación y el Roque graciosito no es mi favorito.

—Me parece, Logi… —se dirige a mí por ese mote que me suele tocar las narices—, que hay tres planes.

—Saca tres dedos con cara de loco—. Está el A, el B y el C —enumera; yo espero a que desarrolle—.

Los tres son iguales: hasta dentro de un par de días, si es que tenemos máquinas que nos ayuden a despejar la carretera, no podemos salir del pueblo.

—Retira los dedos con rapidez y, con la mirada desubicada, se vuelve hacia Gaspar, que es técnico de mantenimiento en el ayuntamiento y controla hasta de lo que no debería, porque le piden opinión para casi todo—.

Dime por qué no podemos usar los tractores. —Hay un sarcasmo templado en su tono.

Solo puedo pensar que este tío es imbécil. ¿Por qué me habla de planes? Lo miro mal, pero mal en plan: voy a asfixiarte con los churros fríos.

—Pero… —La queja se desvanece en mi boca en cuanto la histeria posee mi voz—. ¿Por qué bromeas con esto?

Gaspar está hablando con él y no me hace ni caso.

—Es mejor esperar a que amaine y, cuando lo haga, que Protección Civil coordine —dice mi padre.

—¿Y qué va a pasar con el partido de fútbol? —pregunta mi madre.

—¿¡Qué!? —La miro con el ceño más fruncido que un aldeano de Minecraft enfadado.

—Con el campo no hay problema —dice Gaspar.

—Por supuesto —salta mi hermano—. El campo lo primero.

—Y las calles, Roque, protocolo del ayuntamiento.

—¿¡Qué!? —No consigo salir del bucle—. Guido tiene que… —balbuceo.

—¿Guido? —Mi hermano se vuelve hacia mí y frunce el ceño—. ¿Tú eres Guido? —Lo señala.

Una sensación conocida se instala en mi cuerpo. La misma que cuando sales del hospital después de una guardia malísima de veinticuatro horas, sin saber si el frío te viene del invierno o de lo destemplada que estás por dentro.

—Sí… —Trago una saliva que no encuentro—. Mi… —Inspiro tanto aire que me mareo un poco—. Novio… —exhalo.

Lo señalo con el pulgar porque lo tengo detrás y no sé si quiero mirarlo a la cara.