Bésame por logística 2 QUINCE MINUTOS
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2 QUINCE MINUTOS

—¿Qué dices? —pregunta el repartidor con un tono agudo que delata su confusión, su sorpresa… Todo lo raro que se le esté pasando por la cabeza.

Da otro paso hacia atrás y deja caer el brazo con el paquete en la mano. Controlo la necesidad de agarrarlo para que no se escape. Lo veo tan claro… Pero si lo hago, puede causar mal rollo, además de una denuncia.

—En serio, te lo pido por favor. —La rapidez con la que hablo es directamente proporcional a la claridad con la que lo hago—.

Te presento a mi familia, dices que eres enfermero en el Hospital de San Luis y que has venido a conocerlos, pero que te tienes que ir —susurro y luego miro hacia atrás; mi abuela va despacio, pero no se para—.

¿Entiendes? Tienes que irte. —Mi forma de comunicar pasa a ser un telegrama—.

Estás de guardia. Quince minutos solo. —Llevo mis manos unidas a la boca y continúo—: Te juro que no te voy a pedir ni una demostración de cariño.

Igual un abrazo antes de irte, o ni eso porque te acompaño a la calle y les digo que nos despedimos fuera.

—Lo último se me ocurre sobre la marcha y la idea se vuelve nítida en cuanto nos visualizo.

—Muchacha, eres muy maleducada. —Mi abuela habla y de reojo veo que está apoyada en la mesa grande—. Si no me faltara media pierna, te iba a dar con la muleta en el lomo.

—Abuela, danos intimidad, por favor, que acaba de llegar —le pido, para que me dé tiempo y espacio.

Ostras… Acabo de liarla. O este chico accede o tendré que declarar mi mentira a un día de Nochebuena, porque mi yaya no me va a dar tregua, lo sé.

—Como quieras, como quieras, pero voy a avisarlos. —Da media vuelta y encamina sus pasos torpes hacia la cocina—. Se van a poner tan contentos… Aunque no sé si habrá churros para él… Eso ya… es otra cosa —sigue hablando por lo bajo.

Calculo su paso, el tiempo que va a tardar en entrar en la cocina —donde el villancico ha adquirido esos tintes de góspel que hacen que se te ponga la piel de gallina—, y con ello la debacle que se va a desatar entre los Morel Collado en cuanto dé la noticia.

—Tenemos poco más de tres minutos, solo te pido que finjas durante quince, igual menos —repito la petición. ¿Le estaré pareciendo tan desesperada como estoy?

—Hostia… —Agacha la cabeza y niega, pero he visto una sonrisa. No me cabe duda, es una sonrisa. Hasta se le ha marcado un hoyuelo en la mejilla, cubierta por una barba de pocos días y cuidada.

—¿Cómo te llamas? —Busco su nombre y de nuevo algún distintivo de la empresa de transportes, que no encuentro.

Si es que esto puede ser redondo.

—Guido —dice y aprieta los labios, se muerde el inferior; creo que está a punto de reírse. Me mira un segundo y acto seguido dirige la vista al techo, a un lado y a otro, mientras carraspea—. ¿Dónde está la cámara oculta?

Se me escapa una risilla que en realidad es la ansiedad intentando fugarse. Por un segundo me replanteo lo que estoy haciendo.

—Verás. —Miro hacia los lados. En el fondo, estoy buscando la manera de no llevar a cabo esta locura.

Sus dudas le restan efectividad a mi plan, y esto me está empezando a resultar surrealista.

Quizá haya llegado el momento de confesar, pero decido agotar las posibilidades, porque sigue pareciéndome el plan más sencillo—.

Mi familia está obsesionada con el amor y lo considera un mandato divino.

Creen que ser soltera es saltarse una ley universal.

Si me echas una mano, haciéndoles creer que eres mi novio, en menos de quince minutos les devuelvo la paz y el equilibrio cósmico.

—Ostras, parezco Ileana con el cosmos, solo me falta hacerle una carta astral a este chico—.

Y te prometo que te pago al instante. Te hago un Bizum…

¡Ya mismo! —Esto no es hablar, aquí las palabras vuelan cual misiles, y no sé si me ha entendido—.

Por favor… —Junto mis manos de nuevo frente a la boca, aprieto unos dedos contra otros.

Esto es una locura, pero puede salir bien, ¿no?

Por si acaso, no lo toco, no invado su espacio personal. No quiero que piense que estoy fuera de control… Aunque, sinceramente, creo que mi control ahora mismo tiene el apellido Schrödinger.

—Estás muy desesperada —murmura mirando hacia el interior, seguro que buscando algo que le indique que, o bien es una broma, o bien corre peligro de morir.

—No te haces una idea de cuánto. —¿Lo parezco? Lo estoy—. Te juro que no somos asesinos.

—¿Crees que eso me asegura algo? —Ladea la cabeza y la echa hacia atrás, entre el rechazo y la desconfianza, pero creo que de nuevo hay una especie de sonrisa soterrada.

No lo conozco de nada, no debería juzgar sus gestos en función de lo que yo necesito.

Y necesito que se implique, pero para ello tiene que quedar claro que no somos una familia de asesinos o secuestradores.

—Mido metro sesenta y cinco y me acompaña una anciana con una pierna y media como cómplice. ¿En serio? —Lo miro de arriba abajo. Lo que he dicho no garantiza nada, pero no se me ocurre otra cosa.

«Di que sí».

Una música que me resulta conocida empieza a sonar y él saca su teléfono del bolsillo de su abrigo, lo mira y lo silencia. Un destello de oscuridad se apodera de su semblante y, cuando alza la cabeza, está demasiado serio. «No, no me abandones, Guido». O creo que es el nombre que ha dicho.

—Por favor —murmuro mientras escucho el silencio en la cocina seguido de un alboroto general—. Ya ha avisado —lloriqueo.

—Quince minutos —advierte tajante, decidido. Y yo me muero de alegría. Doy un paso hacia atrás, casi me desequilibro del alivio—. Déjame que mande un mensaje a un amigo con mi ubicación exacta.

—Perfecto. Si quieres, te doy mi teléfono para que se lo pases a él. El DNI ya lo tienes. —Acompaña el recelo de sus ojos con una negación—. Por si te secuestro —puntualizo. Mira qué graciosos son mis nervios.

—Claro… —murmura y niega con una sonrisa incrédula; creo que no es consciente de a qué ha accedido—.

No es necesario porque no sois asesinos, ¿verdad?

—Teclea con rapidez en el móvil, pero cuando hace la pregunta me mira y sube las cejas con un gesto de guasa—.

Veamos… Ponme en situación, que no sé ni cómo te llamas.

—Deva. Soy cirujana obstetra en el hospital de San Luis. —Soy una ametralladora lanzando datos—. ¿Lo conoces? —Asiente y sigo—. Nos conocimos hace un año, cuando empezaste a trabajar allí, y desde marzo salimos juntos.

—Marzo, ¿eh? —Frunce el ceño.

Asiento deprisa.

—Al principio fue solo sexo, ya sabes. —Gesticulo con las manos a la vez que hablo tan deprisa como puedo; él ni parpadea—.

Y no puedes quedarte porque tienes guardia mañana por la mañana y eres enfermero de…

urgencias. —Se me ocurre—. Sí, es imposible que te saltes la guardia de Nochebuena, que ha sido un cambio de última hora.

—Frunce el ceño. ¿Demasiada información?

—. Pero al final has venido, y eso es… —Tomo aire y echo otro vistazo a la puerta de la cocina—. Es… Es bonito. Eres un novio estupendo.

Sonrío y estoy segura de que parece que tengo tétanos. Mi estado de agitación tiene que descender, pero he sido tan eficaz y esclarecedora con la coartada que el orgullo me posee.

Espero su reacción, su respuesta, algo…

—Soy un novio estupendo. —Asiente.

Lo imito.

Puede que esa definición sea tibia para definir una relación, pero no se me puede pedir más, estoy a punto de que me dé una apoplejía. Cualquiera que me escuche hablar en estos términos sabría que no, no estoy bien.

—Prometo sacarte cuanto antes de la cocina y hacer una despedida ultrarrápida.

Cruzo los dedos índice y corazón de ambas manos delante de su cara y él frunce el ceño. Bueno, él no tiene por qué saber que hago esto cada vez que prometo cosas… que a veces no cumplo. No, no necesita esa información.

—De acuerdo —murmura.

—Va a salir bien —me arengo en un susurro.

—¿Eres siempre así de rápida mintiendo?

Su móvil emite un zumbido y lo mira.

No voy a contestar a su pregunta. No es el momento y con él nunca lo será. Jamás nos volveremos a ver porque este tipo nunca va a parir, así que es difícil que se convierta en paciente en un futuro. A menos que sea padre… Es igual, son quince minutos.

—Deja el paquete ahí. —Señalo el aparador que hay en el porche cubierto de la entrada.

Le ofrezco la mano.

—Vaya historia —susurra y se muerde la sonrisa mientras niega.

Se piensa si darme la mano, lo veo en su mirada, pero al final lo hace. Ostras, se me va a salir el corazón por la garganta.

Decidida, tiro de él.

—Espera, espera, estoy llenando todo de nieve. —Se vuelve al felpudo y sacude las botas—. Está cayendo la del millón.

«La del millón». Frunzo el ceño.

—No hables mucho, ¿vale? Somos una familia… amplia. —‹‹E intensa››—. No te agobies.

Se quita el abrigo y me mira con él en la mano, sin saber qué hacer.

—Cuélgalo en ese perchero. —Señalo.

Cuando vuelve a mi lado, nos cogemos de la mano. Es raro agarrar así a alguien que no conoces de nada, pero en cirugías más gordas me he visto.

—De todas formas, con quince minutos no va a dar tiempo a mucha conversación —responde en un volumen bajo, como si fuera para él.

Atravesamos el salón y entramos en la cocina. Hay un silencio cargado de tanta expectación que casi se puede masticar. El anuncio de mi abuela los ha dejado con ganas. Ostras, mi madre parece que está a punto de llorar.

Entrelazo los dedos con Guido con más fuerza de la necesaria.

Parezco una madre arrastrando a un niño de cuatro años, así que me yergo y aflojo el agarre, tengo que dar el pego.

Su mano está calentita; y no sé si es porque él está nervioso, algo que sería razonable, pero aprieta la mía y la sonrisa de mi cara aumenta por la sorpresa contenida.

—Familia… Él es Guido.