Bésame por logística
© inepub.com
1 CHOCOLATE CON CHURROS
Soy la encargada de remover el chocolate.
Es una tarea fácil si me centro, pero la cocina me interesa muy poco, tan poco como tener novio.
De todos modos, no quiero que se queme y provoque la burla de toda mi familia; aunque yo no les reprocho que no sepan suturar un útero, así que no entiendo a qué viene tanta chanza con mi cero destreza en la cocina.
Sin querer, los ojos se me ponen en blanco.
—¿Dónde vas con tantos churros? —Martina, la mujer de mi hermana, se escandaliza en cuanto Luisa entra por la puerta de la cocina con una bolsa que casi la tapa entera. Ha debido de dejar la churrería de la plaza sin existencias.
—Somos muchos. —Luisa deja la bolsa encima de la mesa—. Y, además, viene el novio de Devita.
—¡Meec! ¡Error! —grita Ileana, mi hermana pequeña.
‹‹Ya estamos otra vez››.
—Al final…, ¿no? —Luisa lo pregunta con cariño, lo sé, pero eso desata un intercambio de miradas en el que me veo obligada a dar un parpadeo lento y desear que una fuerza evolutiva silencie a mi familia unos minutos.
—Me parece que ni al principio. —Ana, la mujer de mi hermano, me sorprende con su respuesta.
El gesto de disculpa que me lanza, mientras coge su labor de punto y se sienta a la mesa, en la que mi madre está distribuyendo las tazas, no atenúa mi ligera molestia.
—Su novio de mentira resulta que no viene a merendar —dice Ileana—. Una guardia de último momento. —Su tono cuestiona la excusa perfecta.
Mis ojos la fulminan con odio velado mientras a Luisa se le pone una mirada de lástima que contagia al resto. Ignoro el espectáculo lastimero y vuelvo la vista al chocolate, en el que noto cierta resistencia en la base de la cazuela.
‹‹No, por favor… No te quemes››.
—Que alguien avise a la abuela, como se los tenga que comer fríos, nos va a dar la tarde —dice mi madre.
Con su intervención doy por finalizada la conmiseración por mi estatus de soltera y aparto el chocolate del fuego antes de estropearlo más.
—Con su diabetes no debería ni olerlos, y no digamos el chocolate —suelto enfocadísima en reconducir la conversación.
Rasco con la cuchara de madera el fondo de la cacerola. Mi madre se pone a mi lado y, sin que resulte nada brusco, toma mi posición y me retira el título de chocolatera frustrada.
—¿Cómo vas a privarle de comerse la ración de tu novio? —pregunta papá con tonito.
Lo miro con la boca medio abierta. No doy crédito a que precisamente él se desvíe del protocolo de la vida adulta para tomarme el pelo.
—¿Tú también? —cuestiono.
—Yo ya supe desde el principio que había muchas posibilidades de que no viniera —dice. Y en el fondo de esa frase hay mucha compasión y muy poquito o nada de lástima, así es mi padre.
Aguanto la respiración, el calor me sube a las orejas, que tengo a la vista de todo el mundo porque llevo una coleta mal hecha, y en segundos el flujo de las mentiras se cuaja; lo dice tan convencido…
—Especifica, papá, no íbamos a conocer a nadie —interviene Ileana otra vez, lo que despierta mis ganas de zurrarle con cualquier utensilio de cocina.
Aunque no lo parezca, la quiero mucho y, normalmente, somos confidentes la una de la otra; de hecho, soy la única que sabe su secreto.
Precisamente por este detalle estoy pensando que debería haberle contado el mío para que me apoyara, pero ya es tarde.
En lugar de una cómplice tengo a una detractora agresiva que me mira con lástima.
Y ya no sé si esta perspectiva vertical es porque ese novio del que hablo, y que no existe, no va a venir o porque no me cree.
Me quito el delantal y lo cuelgo en el gancho con los otros, sin mirar a nadie.
—No te enfades, Deva. Y no pasa nada si no existe. —Gaspar, con ese tono reposado y tranquilo de conocimiento superior, me habla mientras atraviesa la cocina con el cubo de la fregona ya vacío.
Los encaro, y quizá mi movimiento haya sido brusco.
—¿Que no existe? —No contemplo callarme y no defenderme.
No puedo dejar que las palabras adquieran ese tono gris que está empezando a campar a nuestro alrededor.
Prefiero un enfado que contrarreste—. ¿Qué necesidad tengo de hablaros de él si no existiera?
¡Tiene guardia! —Me aferro a mi plan cual koala a su rama.
—¿De repente? —duda Ileana.
—Estas cosas pasan, Ile. —La vuelvo a fulminar con la mirada—. Voy a avisar a la abuela. —Salgo de la cocina, creo que es la mejor manera de afrontar la situación con dignidad, o de evitarla, y darle un golpe de efecto a todo el teatro que he montado.
Podría seguir discutiendo, porque me sobra energía, pero es que es tan mentira lo que estoy defendiendo… Ya no sé cómo mantenerla a flote. Debería decir que hemos roto, pero estarían tan preocupados por mí que las navidades se fastidiarían.
Detengo mis pasos en cuanto la puerta se cierra detrás de mí.
Y una vez sola, en el salón, uno mis manos por las palmas de la misma manera que si terminara de lavarme antes de entrar en el quirófano.
Me tranquiliza esta posición, me coloca en una situación de control que ahora mismo necesito mucho.
Cierro los ojos y… Puede que en internet encuentre la manera de contratar un escort urgente.
Si le pago el doble, quizá llegue a tiempo para la cena de Nochebuena.
Abro los ojos y asiento. Sería ‹‹el›› planazo.
En mi mente abro un Excel y decido emplear el tiempo de la merienda para buscarlo.
Muevo mis hombros para desentumecerlos a la vez que despego mis manos.
Quiero mucho a mi familia, pero… son imposibles.
Fuera del alcance de sus sospechas, me dan ganas de lloriquear y todo.
Su exaltación del amor es la causa directa de que sea una mentirosa, pero es que odio ver la conmiseración con la que me mira la gente de mi sangre; tengo la sensación de que mi soltería, consentida y consensuada conmigo misma, les entristece porque creen que a mí me entristece.
Y nada más lejos de la realidad. Nunca he sufrido por no tener pareja.
Es posible que mi mentira haya llegado demasiado lejos, pero no es el momento de destaparla, son navidades y no hay lugar para la tristeza, así que…
toca seguir mintiendo. A por todas con ese plan de contratar a alguien.
Quizá a algún actor… Chasco la lengua cuando me doy cuenta de que mi novio debería tener un nombre; quizá no ha sido muy inteligente por mi parte lo de llamarlo ‹‹novio››, ‹‹mi chico››…
Pero a ellos les encanta decir novio como concepto entre un insulto que no puedo soportar y un estatus al que he accedido de milagro.
Creo que les daría igual que tuviera nombre, no dejarían de hacerlo.
En fin… Voy a buscar a mi abuela, que debe estar en el piso de arriba buscando un edredón para estos días de frío. No sé por qué se empeña en subir las escaleras si cualquiera podría haberlo bajado.
Suena el timbre y acelero la subida. La veo salir de su habitación.
—Yaya, están los churros —aviso desde el último escalón.
—Uy… Uy… ¡Voy! —Quiere llegar rápido, pero, con la reciente amputación transfemoral por su diabetes, todavía no se maneja. Y avisarla de que hay churros me hace ser una mala médica, pero una buena nieta…
El timbre vuelve a sonar y nadie sale de la cocina. Bajo al trote.
—¡Voy yo! —grito, pero da igual.
Escucho a mi padre cantar el Tamborilero de Raphael.
Se me escapa una risilla por la nariz, y no es porque lo haga mal; tiene una voz de barítono flipante —de hecho, mis padres, junto a Luisa y a Gaspar, están en la coral del pueblo—, me hace gracia porque sé que faltan segundos para que los otros tres se unan al villancico.
Lo que me lleva de nuevo a no querer fastidiar este ambiente.
Tengo que conseguir un novio real y que venga a comer el día de Navidad, por ejemplo.
¿Un compañero de trabajo?
Frunzo el ceño.
Pienso en Guillermo. Es un compañero del hospi y me dijo que sus padres se iban de crucero estos días, por lo que no tenía planes de celebrar las fiestas. No me parece una mala opción.
Alcanzo la entrada y echo un vistazo a mi alrededor. Si pones en el buscador de Pinterest: «decoración navideña excesiva en cabaña de madera», sale este lugar.
Abro la puerta.
—Hola —saludo.
—Buenas tardes. Traigo un paquete para Luisa… —La voz de un chico en la penumbra amerita que encienda la luz del porche cerrado, no le veo ni la cara.
Los arreglos vocales, que acompañan la voz templada de mi padre, no se hacen esperar y el chico mira más allá de mí. Sonrío y me encojo de hombros.
—Sí, yo se lo entrego. —Aunque esta no es la casa de Luisa exactamente, pasa aquí mucho tiempo.
—Dime un DNI.
Se queda a la espera de que lo recite. Y lo hago, número a número, enfocada en sus ojos ultraazules. Termino con la letra y trago saliva. Ostras, es… guapísimo. Su carraspeo me hace agitar la cabeza un poquito y bajar la vista, creo que mi análisis visual le ha incomodado.
—¡Ayyy! —El grito de mi abuela se escucha por encima de las voces de los Pentatonix cocineros—. ¿Ha venido? ¡Ha venido!
—¿Quién? —Me vuelvo de golpe. Está en lo alto de las escaleras y su sonrisa es tan grande que casi le veo las muelas desde aquí.
—¡Tu novio, muchacha! ¿Quién va a ser? —Avanza despacio.
La ayudaría a bajar si no supiera con certeza que me iba a golpear con la muleta. El día menos pensado baja rodando y se fractura la pelvis.
«¡Tu novio!», ha dicho… Mi hoja de Excel aparece y las palabras ‹‹Buscar novio en internet›› y ‹‹Hablar con Guille›› son bombillas a punto de fundirse.
En un segundo se apelotonan las mentiras en mi cerebro.
No tendrían por qué, no deberían hacerlo, pero mi capacidad de reacción a veces es magnífica, o un desastre, pero no es el momento de juzgarlo.
Y no tardo en hilar una con el origen en su pregunta.
¡Ostras! Tengo delante la posibilidad de zanjar tanto con tan poco…
Me vuelvo hacia el chico que está esperando. Sube las cejas con el paquete en la mano y me lo tiende, ajeno a todo lo que puede pasar.
Porque puede pasar.
No es una locura… y me van a dejar en paz.
Hago un análisis rápido en el que todo cuadra: no va vestido con un mono que indique que es un repartidor.
Tomo un poco de distancia y lo miro de arriba abajo.
Él extiende el brazo con el paquete; yo lo ignoro como argucia para evitar que se vaya.
No, nada de ropa que delate su trabajo: vaqueros negros, botas estilo Panamá Jack, un abrigo de plumas que no parece corporativo…
—Un favor, solo un favor y te juro que te pago quinientos euros —hablo en susurros precipitados; es mi subconsciente brillante el que ha tomado la delantera.
Sus cejas salen disparadas y da un paso hacia atrás.
¡Ostras! Puede que haya sonado a favor sexual…
—¡Pero dile que pase, Devita, que esas no son formas! —Vuelvo la cabeza hacia mi yaya, a quien cada vez le queda menos para alcanzar el final de la escalera, pero se para a coger aire y me da ventaja.
—Hazte pasar por mi novio delante de mi familia —pido en un murmullo urgente.
Parezco una loca, seguro, pero es que, si aceptara, sería tan sencillo, me facilitaría tanto la vida…
—. Solo quince minutos, lo juro, solo te pido quince minutos.
No tienes ni que abrir la boca, yo me ocupo.
Puedo pagarte más —susurro las últimas palabras con mucha más claridad.
Trato de ser concisa, imagino que estoy explicando un tratamiento paso a paso o un cuidado posoperatorio.
Si dice que sí será un cierre limpio.
‹‹Por favor, di que sí››.