77. Cigüeñas
Cigüeñas
ANDREW
Una semana más tarde, por fin me dan la noticia. Nadie sabe que llevo días durmiendo fatal por lo nervioso que estoy. Y, sí, lo he logrado. Lo primero que hago es llamar a Olivia y, acto seguido, cojo el coche y conduzco hasta casa de mis padres porque necesito decírselo en persona. Estoy eufórico.
Todo ha cambiado en unas semanas: mi vida, mi relación con Olivia…
Llego en tiempo récord y toco a la puerta hasta que mi madre abre y la abrazo con fuerza.
Al principio se asusta, pero, en cuanto aparece mi padre, les digo que me han cogido para el puesto de instructor.
Los dos gritan emocionados y me abrazan.
Les hablo del programa de iniciación y les cuento cómo será mi trabajo allí.
Me repiten una y otra vez lo orgullosos que están de mí.
En un momento dado, papá se me acerca despacio y me felicita por haber elegido mi camino.
Me aconseja que confíe en mí, porque lo haré genial.
Le digo entre lágrimas que he encontrado mi lugar. No me creo que esto esté pasando.
Brindamos y me sonrojo por ser el centro de atención. Es real, voy a ser profesor, voy a enseñar lo que más me gusta en el mundo.
Comemos los tres juntos, y no recuerdo haberme sentido tan feliz en toda mi vida.
De pronto me suena el móvil y recibo un mensaje de Lyla, que me felicita.
No sé por qué lo hice, pero en cuanto me anunciaron que había sido seleccionado para la vacante de profesor le mandé un mensaje y se lo conté.
Fue algo impulsivo, pero me salió del corazón.
De forma inconsciente, sonrío mucho. Me remuevo en la silla y suspiro.
—Mamá, papá, ¿puedo hablar un momento con vosotros?
—Sí, claro, cariño.
No sé cómo empezar a contarles la historia de Lyla, pero no puedo retrasarlo más.
—Es algo que creo que debéis saber.
Se lo cuento todo desde el principio: las cartas, el encuentro en persona, lo que he decidido hacer por ella…
—Espero que no os moleste. Para mí, siempre seréis mis padres.
—Oh, cielo, ven aquí. ¿Cómo vamos a enfadarnos?
—Sabíamos que llegaría este día, hijo.
Es tan fácil hablar con ellos… Les explico que está terminando su rehabilitación en un buen centro y que pronto saldrá.
Se me forma un nudo en la garganta y se me ponen los ojos llorosos.
No sé por qué me emociona tanto. Tal vez porque ellos me salvaron la vida y ahora le abren las puertas a la mujer que me la dio, pero que, por las circunstancias, no pudo seguir adelante. Nos abrazamos los tres.
—Bueno, ¿te quedas a cenar?
—He quedado.
—¿Has quedado?
—Tengo una cita.
Justo en ese momento llaman al timbre. Eloise sale corriendo al mismo tiempo que yo, pero me gana porque está más cerca… Siempre hacíamos carreras de niños.
—¡Olivia ha llegado! —anuncia mi hermana.
—¿Qué plan tenéis? —me pregunta mi madre.
Olivia y yo nos miramos.
—Sentir el cielo.
Nos pasamos toda la tarde volando en la avioneta. Olivia ha perdido el miedo, incluso se anima a coger el yugo.
—¿Me confiesas un secreto? —Ella, como siempre, con sus preguntas curiosas.
—¿Un secreto?
—¿Recuerdas la primera vez que me trajiste a volar? Te dije que aquí arriba nadie nos escucha, que no existen los miedos.
Me acuerdo, claro que me acuerdo. Cómo ha cambiado todo desde aquel día…
—Mmm, Olivia, me muero por casarme contigo.
—¿Casarte conmigo? ¿Estás loco? ¡Somos muy jóvenes!
—¿Por qué no?
—Faltan dos días para la boda de tu hermana y tienes envidia, ¿eh?
—Lo cierto es que me muero por pasar la vida contigo, tonta.
Suelta una carcajada y me besa en los labios.
—¡Mira allí! —digo mientras señalo hacia delante, al horizonte. Hay un montón de pájaros que están pasando muy cerca de nosotros, pues hemos reducido un poco la altitud—. ¡Son cigüeñas!
—¡Cigüeñas! —repite ilusionada, y la miro embobado.
Es especial.
Y la quiero tanto… Por encima de cualquier nube, de cualquier montaña. Porque nuestro amor se encuentra aquí, en el cielo, en el aire. Y eso nunca deja de existir. Se quedará para siempre, hasta que nuestras almas vuelvan a encontrarse aquí arriba.