74. El amor del que estamos hechos
El amor del que estamos hechos
OLIVIA
El vuelo de hoy ha sido horrible. Hemos tenido que aterrizar de emergencia en Shannon porque era imposible llegar a Dunrae o a Dublín por las malas condiciones atmosféricas.
Es la primera vez que me pasa. Cuando el comandante ha dicho que teníamos que desviarnos, he pensado en la siesta que no me echaría esta tarde.
¿Que si tengo miedo? Jamás. Llega un punto en que el avión forma parte de mi día a día.
No tememos al coche que utilizamos a diario para ir al trabajo, ¿no?
Siempre llaman mi atención los pasajeros que se alteran, y esa ha sido la peor parte del vuelo de hoy: unos se ponen histéricos y otros, los más miedosos, creen que vamos a morir.
Es normal que lo piensen, pero no, nadie va a morir cuando pasa algo así.
De hecho, se hace por seguridad. Hemos aterrizado en Shannon y hemos vuelto a despegar cuando nos han indicado que las condiciones para llegar a nuestro destino eran seguras.
Por supuesto, algunos pasajeros no han vuelto al avión.
El vuelo de Shannon a Dunrae ha sido el más movido de mi vida. Incluso me he mareado.
La tarde pasa rápido. He ido a merendar con Serena y Carter, y luego he subido a la habitación para prepararme las cosas de mañana, pues tengo guardia desde las tres y media de la mañana. Estos días me están matando los madrugones, y llega un punto en que no sé qué día de la semana es.
Son las doce de la noche. Como no puedo dormir, salgo a dar una vuelta con un cigarro en la mano. Lo sé, no debería fumar, pero lo mal que he estado últimamente me ha hecho recuperar el vicio.
Observo la residencia de lejos mientras me acerco hacia allí después de mi paseo y pienso en lo mucho que la echaré de menos.
Andrew no volverá. Suspiro y miro hacia el cielo para no romper a llorar de nuevo.
Desde el día en que lo conocí, supe que me haría daño, pero supongo que damos demasiadas oportunidades cuando la ilusión nos acompaña, y no pensamos en el final.
Mientras estuve en el cielo con él, ni siquiera me planteé este final, el de hoy, el de ahora.
En el cielo con él viví momentos que poco a poco hicieron que me fuese enamorando.
Otra vez cuando menos me lo esperaba, cuando menos amor pensé que me quedaba por dar.
Renuncio porque me duele estar aquí, cada día que pasa es peor que el anterior. Renuncio a este trabajo porque no puedo pensar en el cielo y estar en él cada día sin Andrew.
Sin que me bese antes de volar.
Sé que me quiere, pero han pasado dos meses, y todo se ha torcido de tal manera que sé que en poco tiempo terminará rompiéndose del todo.
Y no quiero verlo, me niego a pasar otra vez por algo así.
Por eso le escribí anoche diciéndole que lo nuestro debía terminar.
Ojalá no me doliera, pero aún siento sus manos cálidas cogiéndome las mejillas, su olor, mis labios en cualquier parte de su piel, el roce de nuestras piernas mientras estamos en la cama, su manera de mirarme.
Quizá no estoy hecha para ser amada, quizá él no está hecho para amarme.
Hay personas a las que la distancia las ayuda a fortalecer su relación, pero hay otras, como nosotros, que necesitan sentirse cerca.
Porque me muero por tocarle. Y por escuchar su voz pegada a mi cuello.
Porque tengo miedo de olvidar todo eso. Y de que el amor mude de aire y se aleje de nosotros.
Hay lugares en mi corazón que son suyos, solo suyos. Y sentirlo cada vez más hueco me está matando.
Él decidió marcharse. Y lo intentamos. Lo intenté.
Lo intenté.
—Te elijo a ti.
Me vuelvo al oír una voz grave en mi nuca. Y lo veo. Lo veo delante de mí con dos maletas, una en cada mano, y una mirada triste pero esperanzada al mismo tiempo.
—¿Andrew?
«¿Eres real?», quiero preguntarle. Es como si se hubiera presentado su fantasma. ¿O es una ilusión?
Me seco las mejillas.
—¿Qué…, qué haces aquí? —pregunto con la voz temblorosa.
Desde el día en que se fue, estuve imaginando el reencuentro de muchas maneras, pero esta no entraba entre ninguna de las opciones.
—Estoy en casa.
Deja las maletas en el suelo y se acerca a mí.
Le brillan los ojos. Lleva el pelo y la barba más largos que la última vez.
Ha cambiado de colonia, pero aún siento su olor corporal.
Me llevo una mano a la boca porque nunca, jamás, en mi puta vida, podré mirarle y no sentir nada.
Da igual el tiempo que pase. Hay amores que dejan huella, pero él ha dejado algo más: ha dejado oxígeno, aire, el que envuelve el cielo y las nubes.
Andrew se acerca hasta que posa la nariz en la mía y me acaricia la mejilla. Aún no puedo creer que nos estemos tocando.
—Por favor, no me hagas más daño —le pido mientras cierro los ojos y me cae una lágrima que él limpia con el pulgar.
—No lo haré.
—Eso dijiste la otra vez.
—He dejado París, Olivia.
—¿Cómo? ¿Por qué? Tus padres…
—Lo entenderán —responde. ¿Y este cambio?—. Entenderán que el amor mueve personas, mueve corazones, mueve razones y las hace más grandes. El amor por ti me ha hecho abrir los ojos y encontrar la historia que quiero vivir.
—¿Y qué es lo que quieres vivir?
—Quiero seguir enamorándome de ti, Olivia. Quiero estar contigo, quiero estar cerca de mi familia y he encontrado algo que puede que me guste mucho más.
—¿El qué?
—Esta mañana he solicitado el puesto de instructor de pilotos noveles y jóvenes en Dublín.
Abro la boca y los ojos sorprendida.
—¿Te han cogido?
—Aún no lo sé, pero tengo bastantes posibilidades.
Veo ilusión en sus ojos, una que no le vi jamás durante los meses de estudio para ser comandante. Sabía que habría algo que lo moviese, que encontraría su puesto ideal.
—Lo siento mucho —me dice acercándose de nuevo.
Lo miro como si no me pareciera real. Desde que se fue, he soñado cada día con volver a tenerlo aquí, cerca, conmigo, que me mirase así, sentirme como si el tiempo no hubiese pasado.
Niego con la cabeza y le pido con los ojos que me bese como solo él sabe.
Y lo hace. Andrew me besa con profundidad, con anhelo, con emoción.
No solo se centra en mis labios, sino que es capaz de besar mi alma.
No tengo ni idea de cómo lo hace, cuál es el truco, pero es capaz de meterse en mi interior y rebuscar entre mis huecos para llenarnos de él, de su amor.
Y es verdad lo que dicen por ahí.
El amor es la emoción más especial de todas, la única que provoca que, cuando nos reencontramos con alguien y nos mira, sintamos que existimos, la única que hace que cuando esa persona nos besa, sintamos que vivimos para siempre.
—No puedo perderte —me susurra al oído.
—Quédate —le pido—. Quédate para siempre o vete y no vuelvas más.
Me rodea el torso.
—Ya he elegido —me asegura al tiempo que me vuelve a besar.
Una y otra vez. ¿Y si estoy soñando? ¿Y si mañana nada de esto ha pasado y sigue en París?
—Andrew, ¿esto es cierto, está pasando?
—Tan cierto como esto —responde.
De pronto, me coge por debajo de las rodillas. Chillo cuando me alza del suelo y no deja de besarme hasta que llegamos a la puerta de la residencia.
—Aún tengo la llave de mi habitación y, según me dijo Eloise, sigue vacía. ¿Quieres dormir conmigo esta noche?
Sonrío, feliz. ¿Cómo es posible que el amor lo cambie todo en minutos?
Andrew coge las maletas y subimos a su habitación, como hicimos tantas veces antes de que se fuera. Hace dos días, mientras caminaba por su pasillo, me entró un sentimiento de tristeza que no podía soportar.
Las manos de Andrew me acarician, me abrazan, me agarran con fuerza. Le beso en la mejilla y en el pelo, aspiro su olor una vez más. Nos abrazamos como si no hacerlo nos fuese a provocar una caída.
—Te quiero, Olivia.
—Yo también.
Qué bonito es sentir el amor recíproco. Ni todo el dinero del mundo puede pagar algo así.
Andrew me quita la ropa muy despacio. Al principio me siento cohibida, pero se me pasa cuando me susurra lo mucho que le gusto.
Mientras me desabrocha el sujetador, mientras me desliza las bragas por las piernas.
Hunde la cabeza en mi pubis y noto su cálida lengua en cuanto entra.
Después lo hace con los dedos. Le tiro del pelo y arqueo la espalda.
Estoy al borde del orgasmo solo con eso.
—Andrew —gimo—, fóllame, por favor.
Necesito sentirlo dentro. Busco su pene con la mano y, mientras le miro a los ojos y lo veo jadear con la boca abierta, muevo la mano una y otra vez.
Es curioso… Cuando acabó todo con Alejandro, pensé en el siguiente chico con el que estaría, pero durante este tiempo jamás he pensado en el que vendría después de Andrew.
Supongo que en mi cabeza nunca existió ese después.
Andrew entra en mí, y mis sentidos se expanden en un campo de placer que no había sentido antes. Llegamos al clímax los dos a la vez. Mirarnos, besarnos, tocarnos de esta manera… es de otra galaxia, de una que hemos creado solo nosotros.
—Te amo con todo mi corazón, Olivia. Perdóname por haber fallado.
—No te preocupes. La vida son bifurcaciones, son…
—Turbulencias —decimos los dos a la vez, y nos miramos sin creerlo.
—Hay que aprender a eludir la tormenta.