73. Decisiones
Decisiones
ANDREW
Lyla me llama una mañana.
—¡Hola, hijo! ¿Cómo estás?
Cada vez que oigo su «hijo», algo se me clava en el pecho. Creo que no me gusta, no lo sé.
—Te noto la voz animada, imagino que te encuentras mejor.
—Sí, sí. ¡No te imaginas cuánto! Me siento… Es como si alguien me hubiera operado de los ojos y hubiera coloreado mi vida.
Me río. Me alegro mucho de verla más feliz, más humana. Creo que es la primera vez que hago algo así por alguien, y que sea la mujer que me dio la vida… Nunca lo habría imaginado.
—Me alegro de que estés bien.
—Los médicos dicen que estoy casi a la mitad del tratamiento. Llevo sobria tanto tiempo que ya no recuerdo lo que es ponerse como una cuba a primera hora de la mañana. Bueno, cuéntame tú.
Me muerdo la lengua.
—Bueno.
—¿Bueno? ¿Qué respuesta es esa?
—La verdad es que estoy en la mierda.
—¿Y eso por qué?
—Se me está yendo todo de las manos, Lyla.
He pasado de poner a los demás por encima de mí a importarme yo. Me he obsesionado con buscar un rayo de luz cada día para no arrepentirme de la decisión que tomé.
Y luego está ella.
—Estoy perdiendo a Olivia.
—¿Por qué?
—Porque me he dedicado a arreglar mi tristeza y he terminado dejando de lado a la persona que más quiero.
No sabía que todo esto podía arrasar con lo que teníamos.
—¿Cuánto hace que no os veis?
—Dos meses.
Y en dos meses ha cambiado tanto todo que me da miedo preguntarle si sigue queriéndome por lo que pueda responder.
Estuvimos hablando hasta que dejó de responder a mis llamadas.
Cuando le pido a Eloise que me cuente cómo está Olivia, siempre me dice que está, pero no.
¿Qué significa eso? ¿Tan malo es que intente recomponerme?
De vez en cuando nos mensajeamos. Hay días en que le escribo de madrugada y le digo lo mucho que la echo de menos.
En ocasiones le mando fotos del cielo y le aseguro que el horizonte me recuerda a ella.
La extraño tanto que a veces, por arrebato, me entran ganas de faltar al trabajo e ir a Dunrae, mandarlo todo a la mierda y pillarme un avión, aunque solo sea para verla cinco minutos.
—Ve con ella —me dice Lyla—. Deja de tener miedo, Andrew.
—Esto significa mucho para mí—. ¿Sabes? Yo ya no lo tengo, y tú tampoco deberías.
Si cuando ella está se te revolucionan los latidos, allí es a donde tienes que ir.
¿Quieres perder toda una vida y luego arrepentirte, como yo?
Eres joven, pero me da rabia que estés perdiendo el tiempo.
Medito sus palabras. ¿Estoy perdiendo el tiempo?
¿Tiene razón? Ahora que ya me he acostumbrado a París, no está tan mal, pero me falta algo, algo importante.
Y sé que es ella. Olivia y yo no funcionamos en la distancia.
Sé que es por mi culpa, que no sirvo para esto y que le estoy haciendo daño.
Y sí, Lyla está en lo cierto: tengo miedo.
Estoy hasta las narices de tener miedo por las decisiones que tomo… ¡Nunca estarán todos contentos!
—Piensa en ti, Andrew, pregúntate qué quieres tú.
En cuanto aterrizo esa noche en París, busco el contacto de Olivia para enviarle unas fotos de Madrid desde el cielo. Sin embargo, me encuentro con un mensaje suyo:
Esto tiene que acabar, Andrew, ya no puedo más
Y me destroza.
Recuerdo el momento en que, tumbados en la cama, le confesé que acababa de darme cuenta de lo que se sentía al estar enamorado.
«Enamorarse es como aprender a volar», dije.
También le pregunté algo como «¿Qué crees que es lo más difícil del amor?
». Y ella me respondió: «Aunque parezca mentira, encontrarlo no es tan difícil».
«Entonces ¿qué es?», quise saber. «Conservarlo», dijo sin dudar.
Y tenía razón. Los aviones vuelan en automático cuando alcanzan cierta altura, van solos, pero hay un factor con el que siempre hay que contar: las turbulencias.
Puedes tener una ruta tranquila y, de repente, cambiar el tiempo, que se formen nubes y que el viento se vuelva en tu contra.
Y eso provoca que el avión se mueva. Las turbulencias no son malas, son habituales.
Los baches en la vida, en las relaciones, también.
Nos hacen aprender. Aprendo mucho de las turbulencias, pero no siempre aparecen cuando te las esperas.
Mantener un avión en línea recta, como el amor, no siempre es fácil.
Llamo a Olivia en cuanto llego a la residencia, aunque tengo en la cabeza un embrollo de palabras y frases caóticas.
—Olivia.
—Lo siento, Andrew. —Está llorando—. Esto me está haciendo daño. Yo no quería esto.
—Por favor.
—No —sentencia.
Parece que lleva un tiempo pensando en ello, porque la noto muy segura de su decisión.
—Olivia, te quiero, de verdad, te quiero más que a nada.
—Has cambiado, todo ha cambiado desde que te fuiste.
—Volveré pronto.
—Ya me da igual, Andrew. Ya no tengo una cuenta atrás, porque es invisible.
—Yo no quería que esto pasara.
—Desde el momento en que tomaste la decisión y te fuiste, ya sabías cómo terminaría.
—No es verdad.
—¿Sabes? Al final Serena tenía razón, me ibas a hacer daño.
—Olivia…
—Estoy empezando a odiar este lugar, este trabajo. Esta mañana he presentado mi renuncia. Vuelvo a casa con mi madre.
—¿Qué? No, no puede ser. Olivia, te encanta volar, te encanta Dunrae.
—Supongo que necesito volver a huir. Este lugar solo me recuerda a ti y a todo lo que pudimos haber sido.
—Para, por favor, piensa.
—¿Que piense qué, Andrew? ¿Acaso pensaste en mí cuando te fuiste?
¿Pensaste en nosotros? La diferencia entre tú y yo es que a mí me mueve el amor.
Sé que suena estúpido, y yo soy más estúpida por dejar que eso me condicione tanto, pero es la verdad.
Me habría mudado a otro puto continente para estar contigo.
No deja de llorar, y me tapo la boca con el brazo para no hacerlo yo también.
—Tus padres… Ellos ya están orgullosos de ti. No les debes ningún favor. Eres un chico increíble, inteligente, guapo… ¿Crees que necesitan más? No te acogieron para modelarte, jamás te habrían echado en cara que no quisieras ser comandante. Ellos quieren que seas feliz, Andrew.
El nudo que tengo en la garganta me impide responder. Oigo su respiración al otro lado.
—Elige de una vez por todas qué historia quieres vivir.
Y cuelga el teléfono.