71. El aire de París
El aire de París
ANDREW
Hoy parece que será el primer día divertido desde que llegué a París. Tengo un vuelo a Sevilla, una ida y vuelta sencilla, y esta noche hay una pequeña reunión de comandantes en un pub famoso en la capital francesa por las fiestas de aviación.
—No te prometo que no se vayan a colar algunas azafatas… —dice Antoine, un compañero que acaba de ascender como yo, aunque, a diferencia de mí, él viene de una base pequeña del sur de Francia.
—Tengo novia, ¿lo recuerdas?
—Ya pero está lejos, ya sabes.
—Muy gracioso, pero no. De hecho, pienso volver pronto a la base.
—¡No seas mojigato!
Antoine me recuerda a Chad, aunque, si he de ser sincero, todos los comandantes jóvenes a los que han ascendido podrían ser él.
La mayoría están solteros, pero algunos tienen una novia en cada ciudad; solo un pequeño porcentaje nos mantenemos fieles a nuestra pareja, esté donde esté.
Creo que en Dunrae no era tan loco. O quizá estos chicos están demasiado emocionados por haberse convertido en comandante.
De los nuevos, ninguno supera los treinta y cinco, y eso se nota en el ambiente.
—Lo siento, tío, no me va ese juego de la infidelidad y eso. Estoy enamorado de mi novia.
—Eso lo dices ahora, date un par de meses.
La mañana se pasa rápido. Gracias a Dios, tenemos un vuelo tranquilo, sin imprevistos.
Hoy me siento más animado de lo que he estado en los últimos días.
Tal vez olvidarme de todo y conocer más a mis compañeros me haga conectar con la ciudad.
Desde que llegué, estoy más cansado de lo normal.
Supongo que se debe al cambio de vida y a que estoy triste por tener lejos a mi familia y a Olivia.
Cuando entro en el pub, me presento a por lo menos veinte comandantes y me reúno con Antoine y su grupo.
Me tomo una Coca-Cola, pero cada dos por tres miro la hora, como si tuviera algo importante que hacer.
Como iba a salir, le he dicho a Olivia que hoy no haríamos videollamada, pero me muero por verla y hablar con ella, así que decido volver al apartamento antes de que se den cuenta de que me he ido.
—¿Andrew? ¿Todo bien? —Olivia coge el teléfono en cuanto la llamo, y le noto la voz preocupada.
—Sí, sí, es que me moría de ganas de oírte.
Noto un suspiro al otro lado de la línea.
—¡Qué susto! ¿Cómo ha ido?
—No ha estado mal, aunque echo de menos salir contigo.
—Yo también.
—Bueno, te dejo dormir, solo quería escucharte. Buenas noches, te quiero.
—Te quiero mucho.
Llevo dos semanas en París y ya puedo decir que han sido las más lentas de mi vida.
Recuerdo que, de pequeño, los veranos se me hacían eternos porque, una vez que los vuelos en avioneta con mi padre y mi abuelo se volvieron rutinarios, sentía como si no hubiera mucho que hacer, y ahora, a pesar de que no paro, tengo la misma sensación.
¿Cómo es posible que solo lleve medio mes en la ciudad?
Olivia me pregunta a diario cuándo volveré…
En una semana iré a casa, pues libro tres días, y no dejo de tachar las horas que faltan.
No sé por qué, pero no termino de estar a gusto, no me acostumbro a la ciudad.
Me siento un extraño y echo de menos Irlanda todo el maldito tiempo.
Me da miedo que mi vida se convierta en una cuenta atrás cada mes.
Sé que me he equivocado. Lo pienso al levantarme cada mañana.
Lo pienso mientras vuelo. Lo pienso desde que tomé la decisión.
Cada dos por tres llamo a mi padre y le consulto dudas respecto al trabajo.
La forma en que me mira cuando hablamos me recuerda a cuando empecé a volar de niño y me di cuenta de que me gustaba.
En ese instante, se me olvida la decisión que tomé.
—Me siento tan orgulloso de ti, hijo —me dice siempre, sin sospechar que me arrepiento de haber aceptado.
Eloise, por su parte, me pide que cambie de chip.
—Andrew, tienes que salir a explorar la ciudad, abrirte con tus compañeros…
—Esta noche se celebra el cumpleaños de uno.
—¡Pues ve!
—No sé, Eloise.
—Andrew, vale que tu vida ha cambiado, pero tú no tienes que hacerlo. Siempre te ha gustado salir y divertirte, ¿por qué ahora no quieres?
La miro a través de la pantalla, en silencio.
—Estás triste.
Asiento.
—Y lo entiendo, pero ¿cuánto tiempo seguirás así? Seguro que a Olivia no le gusta verte en este estado. ¿Crees que se lo pones más fácil? Pues no, para nada. Sal a divertirte sin mirar la hora. Piensa en ti, joder. Estás en París y vendrás a vernos en menos de una semana.
—Tienes razón —digo tras meditarlo unos segundos.
Mañana no tengo nada que hacer. Además, Olivia vuela esta noche, por lo que salir no me parece mala idea.
Antes no me costaba salir de fiesta, pero ahora se me hace un mundo.
Eloise me ha animado, quizá era lo que necesitaba.
No puedo seguir así, es verdad. Si no, acabaré hundiéndome y odiando la ciudad y el trabajo, y no me gustaría llegar a ese punto.
Así que aviso a mis compañeros y a Olivia de que saldré.
Me miro al espejo.
—Muy bien, de vuelta a las andadas. Diviértete, tómate una copa, deja de pensar en dónde estás —le digo a mi reflejo. Cojo aire y lo suelto.
En la base de París también vivimos en una residencia, aunque no está a las afueras, sino en el centro. Es raro, diferente, y tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Poco a poco, empiezo a acostumbrarme.
—¡Te has animado! —exclama el cumpleañero, Michael, que se aleja de su grupito cuando me ve en la entrada de Le Drop, la discoteca donde se celebra—. Gracias por venir.
Es de los comandantes que mejor me caen, popular por su carisma, y creo recordar que es de los pocos con pareja.
—¿Todo bien?
—Sí, sí, todo genial.
—Bien. —Me pasa un brazo por los hombros y me da una palmadita en la espalda—. Te vendrá bien salir, ya lo verás.
Muchos se sorprenden al verme, pues casi nunca salgo, y parecen contentos de que esté allí.
—¡Ha venido Jones!
—¡Jones está aquí! —Se tiran diez minutos bromeando sobre mi asistencia.
Me acerco a la barra para pedir una copa.
—¿Qué te debo? —le pregunto a la camarera.
—Los pilotos tenéis barra libre —responde guiñándome un ojo.
Poco a poco, el cosquilleo del alcohol se me sube a la cabeza. Al principio pacto conmigo mismo que beberé como mucho dos copas, pero el ambiente está muy animado y mis compañeros son unos locos que no paran de retarse entre ellos.
—Venga, Andrew: si mi moneda cae en tu vaso, bebes —me reta Drew.
Me niego a participar en su estúpido juego, pero al final acaban convenciéndome. Con lo poco que me gusta ser el centro de atención…
Termino bebiéndome cinco chupitos de tequila.
Y no negaré que casi vomito. La euforia se apodera de mí: mi cuerpo solo sabe saltar, gritar, cantar y reír, sobre todo reír.
Me siento como si hiciera mucho tiempo que no me reía…
No pienso en nada más que en la música de la discoteca; veo borrosas a personas que beben, que ríen, que bailan.
Por primera vez desde que llegué, me siento feliz.
Son las cinco y media de la madrugada y me sorprendo al darme cuenta de que no he estado pendiente de la hora en ningún momento. Compruebo si tengo algún mensaje de Olivia. Sí, me ha enviado un par de wasaps a las dos:
Ya de vuelta en Dunrae, me voy a dormir
Espero que te lo estés pasando bien
Genial. Me lo he pasado genial.
Cuando llego a la habitación, me doy una ducha, me tumbo en la cama y me quedo dormido con una sonrisa en la cara.
Poco a poco, creo que encajaré.
Cuando despierto por la mañana y enciendo el móvil, me encuentro un mensaje de Antoine:
Salimos esta noche?
Sonrío y compruebo el horario del día siguiente. Tengo un vuelo por la tarde. De puta madre. Anoche me lo pasé genial, no me sentí triste ni por un segundo. Me tumbo en la cama y le respondo:
Cuenta conmigo
Volvemos a Le Drop, pero hoy también han venido tripulantes de cabina.
¿Será el nuevo Pint Corner? Aunque creo que esta discoteca es más sofisticada y grande que el pub de Dunrae.
Antoine invita a copas, y aunque empiezo la noche sin beber, al final llego a mi habitación casi a gatas en medio de un ataque de risa.
—¡Parece que vayas encocado, Andrew!
—Solo he «pepito», digo «bebido»…
Me río tanto que se me corta la respiración. Doy varios traspiés hasta encontrar la llave y me caigo al suelo en cuanto se abre la puerta de mi habitación.
—Buenas noches —digo en voz alta sin apenas saber quién estaba conmigo hace unos segundos.
Veo borroso. Me tumbo en la cama y maldigo el mundo porque mañana vuelo, aunque menos mal que salgo por la tarde. El móvil vibra un par de veces, y me parece ver el nombre de Olivia. Mierda, hoy teníamos videollamada.
Me quedo dormido.
Al día siguiente me levanto con una resaca de mil demonios y me prometo no volver a beber tanto.
Esa noche, en cuanto aterrizo en París, veo que algunos comandantes han escrito en nuestro chat para ir a tomar algo.
Me uno, no me apetece quedarme solo otra noche.
Escribo a Olivia pasadas las tres o cuatro de la madrugada, cuando me acuerdo de que he vuelto a faltar a nuestra videollamada, pero no responde.
—¿Estás bien? —me pregunta Cécile, una azafata con la que he hecho buenas migas.
En otro momento me habría quedado fascinado por sus piernas; su pelo rubio y ondulado, que le cae hasta el pecho; el pronunciado escote que lleva, ese que intento no mirar, y su bonita sonrisa, pero ahora, en cuanto se me acerca cualquier chica, solo puedo pensar en Olivia.
—Estoy cansado de pedir perdón.
—¿Y eso?
Me encojo de hombros y pienso en lo bien que me lo estoy pasando últimamente, en que ya no estoy triste, en que voy encajando poco a poco, aunque me agobian las responsabilidades que tenemos los comandantes. París no está tan mal. Quizá no me equivoqué.
Le mando un mensaje a Olivia y le pido perdón por divertirme más de lo normal, pero lo necesitaba. ¿Por qué tengo que pedir perdón por algo así? Todos quieren que esté bien y que vuelva a ser el de antes. ¡Pues he vuelto! ¡Soy el chico de siempre!
—¿Quieres otra? —me dice Cécile.
La miro a los labios y asiento.
Llego a la residencia a las seis de la madrugada, cuando el sol ya está saliendo. Me tumbo en la cama con la ropa puesta.
La resaca me dura tanto que pierdo el avión que me iba a llevar a Dublín.