70. Primeros días
Primeros días
OLIVIA
Andrew se fue hace cuatro días. Hacía mucho que no me sentía tan sola.
Mientras él está cambiando de vida, de ciudad y de todo, para mí sigue todo igual.
Los días pasan más lentos, y pensar que Andrew ya no trabaja en Dunrae hace que volar se sienta más vacío y menos divertido.
Intentamos hablar todo el tiempo, pero él está muy liado adaptándose a su nueva base, a sus nuevos compañeros y, cómo no, a su puesto de comandante.
Ahora tiene más responsabilidades y, aunque no me lo ha dicho, sé que le agobia.
Me dedico a darle ánimos, pero me siento más hundida y triste que nunca. Irónico, ¿no?
—Vamos, ¡la vida sigue! —me repite Serena cada día desde que se marchó.
Sé que piensa que ella tenía razón, que Andrew acabaría haciéndome daño, pero no ha dicho nada sobre el tema. Intenta animarme y no deja de proponerme planes con los chicos, pero lo cierto es que no me apetece salir.
—¿Y qué harás?
—Solo quiero leer y dormir —digo enterrando la cabeza en la almohada.
—¿Leer? ¿Qué vas a leer?
—Por tu culpa, sigo enganchada a Bésame antes de volar .
—El otro día Carter me dijo que pensaba que era Sarah Jenkins.
Frunzo la nariz. Un día volé con ella y no me pareció que fuese muy amante de las letras… Aunque quizá sea para ocultar que es la escritora fantasma más famosa de la base.
—Ojalá hubiese escrito yo ese blog.
—¿Ah, sí?
—Sí; al principio no le encontraba el punto, pero ahora me encanta.
—Te gustan los dramas románticos.
—¿A quién no? Siempre y cuando se vea desde fuera.
—Entonces ¿no te apetece tomar nada esta noche?
Niego con la cabeza.
—Además, seguramente haga videollamada con Andrew.
Mi amiga intenta ocultar su cara de desaprobación, pero se le nota.
—Si cambias de opinión, Carter y yo estaremos en el Pint Corner.
Asiento agradecida.
—Quizá a principios de febrero me vaya a Alicante unos días, por el cumpleaños de mi madre.
—Genial, aunque podríamos hacer un viaje de chicas, tú y yo solas, sin hombres.
Se tumba a mi lado y fantaseamos un rato con un viaje a Grecia las dos juntas.
—Lo haremos.
—Ey, ¿cómo estás? —digo con entusiasmo cuando veo a Andrew en la pantalla.
—Reventado, cansado, me duermo… —dice de carrerilla, y me río.
Parece estar agotado, tiene los ojos medio abiertos y el pelo despeinado.
—Gracias por haber sacado un hueco, te echaba de menos. ¿Cómo ha ido el día?
—Intenso, la verdad. Estaba acostumbrado a Dunrae, el aeropuerto, la residencia apartada de todo… Y ahora vivo en el centro de una de las ciudades más visitadas del mundo. Es un poco agobiante.
—Al fin y al cabo, Dunrae es un pueblo.
—Lo echo de menos… —dice arrastrando las palabras.
Se me hace raro tenerlo tan lejos. Cada vez que le veo, deseo tocarle el pelo, la cara, el pecho…, todo. ¿Y si se me olvida su olor?
—Oye.
—¿Sí?
—¿Te arrepientes? Ya sabes, de haberte ido.
Él tarda en responder.
—No lo sé.
Un sentimiento de decepción me inunda, ya que en el fondo esperaba que dijera que sí. Soy estúpida.
—¿Cómo estás tú?
—Bien, bien —le miento—. Aunque al no estar tú conmigo siento que todo esto ha perdido algo de sentido.
—¡No digas eso! Te encanta volar.
—Sí, me encanta, pero falta algo, faltas tú —digo, y él se queda en silencio—. Supongo que me acostumbraré —añado.
No paro de repetirme esta frase.
—Te quiero mucho, Olivia —susurra con los ojos medio cerrados.
—Yo también —respondo mientras sonrío al móvil como una tonta—. Anda, vete a dormir, que te caes de sueño.
No había visto en el róster que hoy volaba con Camila.
Si lo hubiera sabido, le habría pedido a alguien que me cambiase el día, porque lo último que quiero es trabajar con ella.
Es mandona, arrogante, soberbia y seria.
No me siento a gusto a su lado, aunque eso no es un secreto para nadie.
Cuando nos encontramos con la tripulación, ambas nos ignoramos, y solo saludo a los pilotos.
El comandante se da cuenta de que el ambiente es tenso, así que, después del briefing , nos pregunta si todo va bien y las dos respondemos que sí.
—Chequéalo todo y avísame cuando acabes —me ordena al subir al avión, y me voy al galley de atrás para hacer mi trabajo.
Ser azafata es hacer lo mismo a diario, pero a la vez no.
Cambian el destino, los pasajeros, la tripulación, el tiempo…
, y eso marca muchísimo la diferencia entre un buen día y un día de mierda.
Quisiera escribir a Andrew y contarle que hoy me toca volar con Camila, pero decido que es mejor no hacerlo.
Lo peor es que tenemos que soportarnos en un día largo, aunque he traído un libro para entretenerme.
—Lista —le digo al comandante por el interfono, y empezamos a embarcar.
Hoy vamos a Oslo, y no voy a negar que es uno de mis vuelos favoritos.
Los noruegos son superamables, se portan bien en el avión y, no sé, me gustan.
En cuanto embarcamos, cerramos puertas, armamos, hacemos la demostración de seguridad y despegamos.
Suspiro al pensar lo incómodo que es todo esto.
Aunque tengo mucha curiosidad por lo que me contó Andrew de Camila y Chad.
Pasamos el servicio juntas, intercambiamos un par de frases y me voy a la parte de atrás para tomarme un té y comer algo. Como es un vuelo largo, tenemos tiempo para descansar y pasar por la cabina. Abro el libro, pero alguien me interrumpe.
—¿Puedo tomarme un café aquí contigo?
Me doy la vuelta y veo a Camila con un termo en las manos. Frunzo la nariz, extrañada. ¿La he oído bien?
—Sí, claro.
Al principio se crea un silencio incómodo, aunque me da la sensación de que quiere hablar conmigo.
—¿Pasa algo? —le pregunto con educación.
Estamos trabajando, así que no pienso seguirle el juego y acabar tirándonos de los pelos.
—Mira, Olivia, no me caes bien, pero quería disculparme.
Menuda sorpresa.
—¿Cómo?
—Por lo que pasó con Andrew… Creo que fui una estúpida.
No digo nada. ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?
—¿Qué ha cambiado?
Hace una pausa. Por su lenguaje corporal, me doy cuenta de que le cuesta decírmelo.
—He abierto los ojos —sentencia mientras se cruza de brazos.
—Ah.
—No sé si sabrás que Chad y yo estamos juntos, y…
Así que era verdad. Vaya. Nunca he entendido eso de salir con el mejor amigo de tu ex. ¿Cómo surge algo así?
—Estaba obsesionada con Andrew —confiesa. No me digas—. Y creí que él estaba hecho para mí.
—A lo mejor no estamos hechos para nadie.
—Puede que tengas razón.
Le doy un sorbo a mi té. Vaya, agradezco que por fin se haya dado cuenta.
—Sé que a veces soy un poco territorial, pero tú te interpusiste y…
Quiero decirle que no provoqué nada entre Andrew y yo.
—Lo torciste todo.
Me vuelve a asesinar con la mirada, y reconozco el rencor que aún queda en ella. Me levanto y paseo por el galley .
—¿Sabes? El otro día pensé en algo de lo que me dijiste que se me quedó grabado. —Me mira para confirmar si lo recuerdo—. Aquello de que no merecía estar con alguien al que le tengo que pedir que se quede. Y, bueno, supongo que tenías razón.
—Iba en serio, Camila, en ningún momento quise hacerte daño. Solo quería que te dieras cuenta de que nadie merece estar con una persona que no le presta atención. Créeme, he pasado por eso.
—¿Ah, sí? —pregunta, como si le interesase mi vida.
—Mi ex acabó engañándome —le confieso, y se ríe. No sé por qué le estoy contando esto—. Lo más gracioso es que lo sabemos, pero no queremos admitirlo.
Me mira de arriba abajo, analizándome de nuevo. Sé que jamás le caeré bien.
—Sí, puede que tengas razón. Supongo que pensaba que acabaría enamorándose de mí. Cualquier chico querría estar conmigo… ¿Por qué él no? —Pongo los ojos en blanco cuando la oigo.
—Andrew es diferente.
—Sí, es diferente, y no es para cualquiera —lanza la indirecta—. Se ha ido a París, ¿no?
Asiento mirando al suelo.
—Suerte —dice. Y añade—: A lo mejor te das cuenta de que tampoco es para ti.
Niego con la cabeza. Quiero salir de aquí.
—En cualquier caso, lo siento.
—¿Por qué?
Se queda callada y adopta una expresión extraña.
—Por… nada.
Se levanta y cruza el pasillo del avión decidida. No sé si creerme todo lo que acaba de pasar.
No me fío de ella.