69. La última noche
La última noche
ANDREW
Es quince de enero, mi última noche en Dunrae. He terminado de hacer las maletas, ya lo tengo todo preparado para mañana, pero cada minuto que pasa… Cuanto más lo pienso, más me arrepiento de mi decisión.
Pienso en el libro La biblioteca de la medianoche y cómo una persona puede tener distintas vidas según las decisiones que tome. Me da vértigo y miedo equivocarme, aunque, ¿hay alguna decisión correcta? Creo que son decisiones sin más, caminos, y no hay ninguno bueno o malo, sino diferente.
En cualquier caso, quiero escoger una vida en la que esté con Olivia. Si no, me equivocaré seguro.
—Aún estás a tiempo de cambiar de opinión —me ha dicho mi hermana esta mañana mientras me ayudaba a empaquetar las cosas.
Y sí, lo sé; estoy a tiempo, pero se me está agotando.
No dejo de pensar en el lado de la balanza de Olivia. No puedo olvidar lo bien que lo pasamos cuando volamos juntos en la avioneta, cenamos en el bar del pueblo, corremos juntos, hacemos el amor, nos contamos cosas que nadie sabe, nos besamos, nos emborrachamos… En definitiva, aprendiendo a amar.
Ella es mi primer amor.
¿Y si es eso lo que pasa? Es mi primer amor. El que enseña, con el que aprendes, el que te hace descubrir tanto que te marca de por vida. Dicen que el primer amor siempre se queda ahí. Y nada más. Que lo recuerdas en el tiempo. Y nada más.
—¿Has hablado con Olivia?
—Esta mañana volaba, pero Serena me ha dicho que no quiere hablar conmigo.
—¿Cómo no va a querer hablar contigo? Te vas mañana, os tendréis que despedir, ¿no?
Después de la manera en que terminamos anoche, no sé cómo narices lo haré.
Mamá y papá han comido con nosotros en el pueblo y ya se han despedido de mí.
Lo cierto es que se ha extendido la noticia por toda la base y llevo más despedidas en estas últimas horas que en toda mi vida.
Todo el mundo me dice que me echará de menos, pero lo único que extrañaré yo es el pueblo, a mi hermana y a Olivia.
—Pues ya puedes pensar algo.
—Lo sé, lo sé, no me presiones. Por cierto, ¿llevas todo el día pegada a mí porque me vas a echar más de menos que nadie? —intento picarla al darme cuenta de que no se ha separado de mí ni un segundo.
—Oh, venga ya, no seas tan creído… —dice dándome un empujón en el brazo—. Pero vale. —Sonríe con timidez. La he pillado—. Eres mi hermano pequeño y se me hace raro que te vayas, aunque sea para cumplir tu sueño. Ojalá te quedaras aquí —desea, con lágrimas en los ojos.
—Eloise, ¿pasa algo?
Entonces rompe a llorar y me pilla por sorpresa cuando se abalanza encima de mí y se queda un rato en mi hombro.
—Es que puede que te necesite más que nunca.
—¿Por qué?
—Oh, ¿crees que no sé que sabes que pasa algo con Miles?
—Te vi con alguien —le confieso, y parece no sorprenderse.
—¿Y sabes quién es?
Niego con la cabeza.
—Carter.
Abro la boca, sorprendido. ¿Carter? De todos los chicos de aquí, Carter no era mi mayor apuesta. Carter. Guau. Eloise me coge de la mano y, hundida en un mar de lágrimas, me lo cuenta todo.
Me he bebido casi media botella de vino, y eso no es habitual en mí. Como es martes, el Pint Corner no está muy concurrido, pero es la primera vez que viene mi hermana, y supongo que es una ocasión especial. También es la primera vez que bebemos juntos para ahogar las penas.
—¡Quién nos lo iba a decir de niños, cuando tuvimos esa fase de querer matarnos!
—Odiaba que fueses una sabelotodo perfecta.
—¡Siempre me ha gustado estudiar, ¿vale?! —se disculpa entre risas.
Son las once de la noche y llevamos un rato en la barra del pub. ¿Es posible que sea la vez que mejor me lo he pasado aquí? Nos reímos y nos contamos anécdotas de cuando éramos pequeños hasta que la puerta se abre y mi hermana se queda paralizada mirando a la persona que acaba de entrar.
—Eloise —dice Carter con la boca entreabierta.
He intentado hacerme a la idea de ver a mi hermana con un chico como él, tan alocado y caótico, pero me cuesta. Es justo lo contrario a ella. Hasta que veo la forma en que se miran. Sus ojos dicen algo que no expresan con las palabras.
—Ve con él.
—No —dice mirándome. Nerviosa, le da otro trago al vino. Jamás la he visto ponerse así con un chico—. Voy a casarme con Miles, estamos bien.
—Eloise, ¿podemos hablar? —pregunta Carter mientras se acerca a nosotros.
—Os dejo solos —digo a modo de despedida al tiempo que me levanto.
—Andrew —me llama Carter, y me doy la vuelta.
—¿Sí?
—Está en su habitación —me asegura, y noto que un cosquilleo me sube por el estómago—. Deberías ir a por ella.
Cojo aire.
—Lo haré. —Miro a mi hermana, ella asiente con la cabeza.
Corro hacia la residencia. No puedo dejarla escapar, esta noche no. La quiero, quiero a Olivia con todas mis fuerzas, y esto no puede quedar así, no puede quedar aquí.
Corro pensando en la noche en que nos chocamos, en nuestro primer vuelo, tan agridulce como gracioso por la tensión acumulada en la cabina.
En el viaje a Lisboa, el puto maldito viaje que lo cambió todo.
Y en ese primer beso. Y en todos los que le siguieron.
Nunca nadie me ha mirado como ella, nadie sonríe de una forma tan auténtica.
Corro como un desquiciado que está a punto de perder al amor de su vida si no hace algo al respecto. «Tengo que verla», pienso. Subo las escaleras y aporreo la puerta de su habitación.
—¡Olivia! ¡Olivia!
Los que vuelen mañana temprano me matarán por el follón que estoy montando a estas horas. La puerta se abre al cabo de unos segundos… Serena trata de embozarse en la bata y abrir los ojos.
—¿Estás loco? ¿Qué te pasa?
—Necesito hablar con Olivia —respondo tratando de recuperar el aliento.
—No está, se acaba de marchar.
—¿De marchar? ¿Adónde?
—Al aeropuerto. Se va a Alicante.
Mi corazón se salta un latido. No me lo puedo creer.
—¿Cómo? —Hago el amago de salir corriendo hacia allí, pero Serena me coge de la muñeca.
—Andrew, no le hagas más daño —me dice, y el mundo se detiene como si no fuese capaz de girar más—. Ha pasado por mucho, y los dos sabemos que a distancia no funcionará. —Miro al suelo—. Quiero lo mejor para ella y creo…, creo que deberías dejarlo estar.
Dejarlo estar. Eso sería rendirme, ¿no? Aunque también dejaría de hacerle daño.
Olivia me dijo que era buena persona, aunque creo que no es del todo cierto.
Jamás me han importado las chicas con las que he estado.
Sabía cómo acabaría esas aventuras, pero nunca les dije que nuestra relación se consumiría tan rápido como una cerilla.
Ahora entiendo la importancia y la fragilidad, la maldita fragilidad, de los humanos, y del corazón.
Nada me importa más que ella, y no paro de cagarla y hacerle daño.
Quizá Serena tenga razón y deba marcharme antes de empeorar la situación.
Salgo de la residencia secándome las mejillas.
Por primera vez en mi vida, estoy llorando por una chica.
¿En quién me ha convertido Olivia? ¿Todos los hombres encuentran a una chica que les hace cambiar tanto?
Me gusta este nuevo yo, aunque sea imperfecto y me haya transformado en todo lo que nunca quise ser. Ya no hay vuelta atrás.
—¿A quién buscas? —dice alguien.
Me vuelvo y la veo en mitad de la noche, cargada con una maleta y una mochila. Corro hacia ella sin pensar y hundo mis labios en los suyos como si fuese la primera vez… o la última. A la mierda.
—¿Te ibas a marchar?
—Voy unos días a casa.
—¿Por qué?
—Porque tú te vas mañana y no quiero despedirme de ti.
Aprieto los labios con fuerza para disimular el temblor de mi mandíbula. Me da vergüenza que me vea llorar.
—¿Puedo besarte de nuevo?
Ella asiente con los ojos vidriosos. Jamás había besado tan lento y bonito, siendo consciente de cada segundo que atrapo sus labios. No quiero besar a nadie más que a ella.
—Pasa la noche conmigo —le pido egoístamente.
Sé que no estoy en posición de pedir nada.
—Andrew… —Arrastra mi nombre sin apartarme la mirada.
La descifro, y algo me dice que no quiere irse, que quiere aceptar mi propuesta, pero que sabe que no debe. Es más o menos lo mismo que pienso yo.
Parece pensárselo, pero de pronto deja caer todas sus cosas al suelo mientras se encoge de hombros.
Lo recojo todo enseguida. En menos de cinco minutos entramos a trompicones en mi cuarto mientras nos comemos el uno al otro.
Le quito el jersey y los vaqueros, y se queda en ropa interior.
La tumbo boca abajo sobre la cama y le doy palmaditas en el trasero, se lo estrujo…
Me vuelve loco. Me muerdo el labio y dejo que me quite la ropa.
Sus manos se mueven rápidas, envueltas en un caos del que estoy prendado.
Ella está suave. Cualquier parte que toque, hasta su vagina.
Y me hace perder la cordura. Hundo la boca entre sus pechos; luego muerdo un pezón, a lo que ella responde arqueando la espalda.
Olivia me acaricia el pene antes de comenzar a moverlo cada vez más rápido.
—Joder —gimo.
No sé qué ocurre… Cada vez que me toca, siento que voy a correrme. Intento detenerla, pero ella niega con la cabeza, me tumba y se desliza por mi cuerpo hasta encajar su boca en mi pene. Santo Dios.
—Te voy a matar.
Me retuerzo de placer durante un rato hasta que por fin entro en ella a cuatro patas.
Desde ahí, puedo ver su espalda preciosa y cogerla por el pelo.
Su cuerpo retumba cada vez que choca con el mío, sus pechos se mueven al compás y los dos gemimos al mismo tiempo.
Primero dejo que se corra ella y, cuando lo hace, llego al clímax y ahogo un grito. Joder, nunca me había corrido así.
—Volveré, Olivia —le prometo cuando caemos rendidos en la cama.
—Quédate.
—Sabes que no puedo.
Ella suspira. Nuestras manos se unen con fuerza bajo las sábanas.
—¿Cuándo volveremos a vernos?
—Pronto.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—Andrew.
—¿Mmm?
—Tengo miedo.
Suspiro.
—Yo también.
—Dijiste que no me romperías el corazón.
—Lo sé —respondo mientras una lágrima silenciosa rueda por mi mejilla—. Todo saldrá bien.
—Ojalá.
Silencio.
—Olivia.
—Dime.
—Jamás podré enamorarme de alguien como lo estoy de ti.
La oigo llorar.
—Yo tampoco, Andrew.