66. Incapaz de marcharme
Incapaz de marcharme
ANDREW
He decidido hacerles una visita a mis padres porque estoy seguro de que estarán deseando verme para celebrar mi ascenso a piloto todos juntos.
Cuando llego a casa, veo globos, guirnaldas de aviones y un enorme cartel de colores en el que pone ENHORABUENA , COMANDANTE .
Me gustaría decir que me sorprende, pero no sería cierto; en el momento en el que les di la noticia, esperaba por su parte una reacción como esta. A lo grande.
—¡Quería que fuese una sorpresa! —exclamo con fastidio cuando los veo a los tres.
Están a punto de pegar saltos de emoción, y, aunque intento que se me pegue su energía, no puedo pensar en otra cosa que no sea Olivia y París. Ayer me dieron la noticia, y, aunque anoche dormimos juntos, yo no pegué ojo. Solo podía preguntarme: «¿Por qué ahora? ¿Por qué esto?».
Se me ha quedado grabada la mirada triste que tenía antes de acostarnos. Esta mañana, al despertar, me he preguntado si quizá me he equivocado desde el principio, si no debí empezar esto o lanzarme al vacío de su mano… No merece que vuelvan a romperle el corazón.
En casa todos me felicitan, y yo asiento, orgulloso, porque, aunque todo se haya torcido, al final lo he conseguido.
—¡Ese es mi hijo! —exclama mi padre mientras me abraza con fuerza, y yo sonrío al verlo tan orgulloso de mí—. Sabía que no defraudarías a la familia.
Y ahí está. La frase. El motivo por el que he hecho todo esto.
La sonrisa de Harry Jones me recuerda que todo lo que he hecho, lo que he conseguido, ha valido la pena.
Porque no se merece menos. Él me lo ha dado todo, le estoy devolviendo el favor.
Quiero que siempre se sienta orgulloso de mí, que nunca piense que adoptarme fue un error.
Podría haber sido nadador olímpico o director de un estudio de arquitectura, pero Harry Jones quería un hijo, aunque no fuese de su misma sangre, del que sentirse orgulloso porque pensaba seguir sus pasos.
«Hijo, el cielo es lo más puro y bonito que hay en la vida —me decía de pequeño—. Muchas personas lo ven, pero pocas lo conocen de verdad, pocas lo saben sentir».
Supongo que me enamoré de sus palabras y de la forma que tenía de hablar de las alturas, como si él fuese un pájaro más. Sus brazos, como los de mi hermana, estaban hechos de plumas invisibles.
—Andrew, ¿pasa algo?
Vuelvo a la realidad.
—Sí, sí. ¿Qué decías?
—¡Y te vas a París! —exclama ilusionado—. Estuve allí en el setenta y nueve. Piloté varios años en la capital francesa, y fue una época preciosa. Te encantará.
—Oh, mi amor, te echaremos mucho de menos… —dice mi madre.
Me vuelven abrazar, pero veo que Eloise me mira seria y triste al mismo tiempo. Me conoce a la perfección, sabe que no estoy bien, que no quiero irme.
—Bueno, basta de abrazos, que lo vais a gastar. ¿Podemos hablar un momento, hermanito?
Salgo a la terraza exterior con ella.
—¿Qué vas a hacer?
—No tengo otra opción.
—Sí que la tienes.
—Eloise —digo mientras echo la cabeza hacia atrás, señalando a mis padres, que se han quedado en el salón—, ¿tú los ves?
—¿Y qué pasa con Olivia?
Me mata pensar en la distancia que nos separará.
—Aún no lo sé, tengo que pensar en algo.
—¿Algo? Joder, Andrew, baja del cielo. En dos días te mandan a París. ¿Crees que hay tiempo para pensar? Allí no admiten a tripulantes de cabina, ya tienen suficientes.
Lo ha buscado, lo ha preguntado, incluso me la imagino llamando por teléfono a la base parisina. Por este tipo de cosas, mi hermana siempre irá por delante de mí.
—No quiero irme. —Empiezo a quedarme sin tiempo, y eso me agobia—. No puedo dejarla aquí y marcharme, Eloise, eso jamás funcionará.
—Lo sé. Ven.
Da un paso hacia mí y me abraza. Apoyo la barbilla en su hombro, pues somos casi de la misma altura.
No me imagino mi día a día sin Olivia. Si las relaciones nunca se me han dado bien, ¿sobrevivirá esta a distancia? ¿Cómo lo gestionaremos? ¿Seremos capaces?
Miriam y Harry tuvieron muchas temporadas de relación a distancia antes de formar nuestra familia. Para ellos es fácil, normal y, por supuesto, posible. Por eso no se plantean que pueda suponer una gran brecha entre Olivia y yo.
En cuanto entramos, me notan preocupado, y mi padre intenta tranquilizarme.
—Hijo, todo saldrá bien. Es lo que siempre quisiste, ¿no?
Asiento varias veces.
Durante la cena solo se habla sobre mi futuro como comandante.
Es curioso: hemos charlado tantas veces de esto que ahora es real…
Soy comandante. Aún no me lo creo. Imagino que tengo demasiadas cosas que procesar.
Mi padre vuelve a hablar de sus primeros vuelos, de que lo enviaron unos meses a España, después a Francia…
Harry Jones ha vivido en casi toda Europa, no hay persona más culta y experimentada que él.
Mi madre, por el contrario, nos explica lo difícil que fue al principio, pero nos asegura que pronto se acostumbró a sus idas y venidas por trabajo.
Miro a mi hermana, ella me mira a mí. No soy capaz de mirar a mis padres. El móvil me vibra en el bolsillo y veo que es Olivia. Me pregunta cómo va la cena y si nos veremos después.
—Hijo, has trabajado muy duro para conseguir esto —dice mi padre mientras deja los cubiertos a los lados del plato—. Sé que te preocupa Olivia, pero te quiere, y estoy seguro de que entenderá que al principio será complicado.
—Si quieres hablo con ella… —añade Miriam.
—No, no hace falta.
Se supone que es mi sueño de toda la vida.
Estos meses han sido duros por la presión que me he impuesto para conseguir mi objetivo.
Pero, ahora que lo he logrado, no me siento como debería.
No veo en mi rostro lo que había en los ojos de Eloise cuando consiguió ser la mejor piloto de su promoción.
Ni tampoco siento el orgullo que siente mi padre.
Yo, al contrario que ellos, no tengo plumas en los brazos.
¿Ahora qué? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Qué debería hacer? Por primera vez, mi futuro se me ha ido de las manos.