Bésame antes de volar 67. Dos corazones rotos
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67. Dos corazones rotos

Dos corazones rotos

ANDREW

Después de cenar, vuelvo a la residencia.

Le mando un mensaje a Olivia y le propongo dar un paseo por el pueblo.

He pensado cada maldito segundo en ella.

Eloise ha venido en el coche conmigo porque tenía que hacer unas gestiones, lo que me ha parecido un poco extraño, porque casi es medianoche.

Cuando le pregunto, me dice que ha estado hablando con Libby para pedirle un par de días antes de la boda y prepararlo todo.

—La boda —digo en voz alta.

—Sí, ¿qué pasa?

Desearía preguntarle si en serio va a casarse, decirle que la vi besando a un chico que no era Miles y averiguar si está bien o si está haciendo esto porque es lo que se supone que tiene que hacer.

—Andrew, ¿qué pasa con la boda?

Ella lo tiene todo bajo control, como siempre, y sabrá qué hacer.

—Nada —niego con la cabeza—. Ya falta menos.

—Sí. —Mira por la ventana, poco ilusionada. Entonces se inclina hacia mí y se apoya en mi hombro—. Todo es una mierda, Andrew.

Me lo ha dicho sin querer. Aunque a lo mejor sabe que sé que algo no va bien.

—Lo sé.

Dejo escapar todo el aire que retengo en los pulmones y me pregunto cómo sobreviviré lejos de ella en París, si es que termino yéndome.

Cuando llegamos a la residencia, veo que Olivia ya me espera en la puerta, envuelta en un abrigo acolchado y con una bufanda que le esconde las orejas.

Se me forma un nudo en la garganta. Ella sonríe al verme.

No puedo dejarla. No, no puedo. Estoy enamorado de esta chica y no quiero averiguar lo que se siente al dar y recibir las buenas noches a distancia.

En cuanto salgo del coche, corremos el uno hacia el otro y nos besamos fundidos en un abrazo.

—¿Cómo ha ido? —me pregunta, entrelazando su mano con la mía.

A pesar del frío, empezamos a caminar.

—No sé qué decirte —respondo incómodo—. Nunca he visto a mis padres tan ilusionados. Harry…

—Por supuesto, Andrew —dice mientras me envuelve el torso con las manos—. Te has esforzado mucho.

Es cierto.

—¿Sabes? De pequeño, estaba obsesionado con ser como él. Luego Eloise siguió sus pasos y yo empecé a pensar que quería ser como ella, y ahora me cuesta creer que lo haya conseguido —comento—. ¿Qué querías ser tú de pequeña?

—Quería explorar el mundo entero y tener el dinero suficiente para que mi madre no tuviera que trabajar.

Quién sabe a lo que me habría dedicado si Lyla no me hubiese dado en adopción.

—La cosa es que en el fondo me daba miedo dejar Alicante y a mi madre.

—¿Te sientes mal por estar lejos?

Ella niega con la cabeza. Pocas veces me habla de su madre.

—No, para nada. Venir aquí ha sido lo mejor que me ha pasado. Necesitaba salir de allí. Mi madre se ha acostumbrado y cada vez lo lleva mejor.

Se ha acostumbrado. Entonces ¿podría funcionar una relación a distancia? ¿Nos acostumbraríamos?

—¿Qué pasará si algún día dejas Dunrae? ¿O te ves aquí para siempre? Nunca hemos hablado de tus planes para el futuro.

—Eso es porque me he dedicado a arreglar mi presente… Si tengo que ser sincera, no lo sé. Supongo que me gustaría volver a casa. La vida en España es increíble.

Lo sé, es un país que he visitado muchas veces y no me canso de ir.

—Aunque no te mentiré, Andrew. Estaría dispuesta a trasladarme a cualquier parte siempre que estés tú.

—¿En serio?

—¡Claro! A la vida hay que echarle narices.

Siempre he sido muy atrevida y echada para adelante, hasta que me metí en un cascarón que me hizo pequeñita.

Pero ahora siento que vuelvo a ser la de antes.

—Hace una pausa—. Mejor dicho, una versión mejorada de lo que era antes de que me rompieran el corazón.

Sonrío al verla tan animada. Incluso en este momento tan agridulce se muestra radiante.

Aprovecho para ponerla al día de todo lo que ha pasado mientras ella no estaba: la conversación con Chad sobre Camila y, sobre todo, mi encuentro con Lyla.

Le cuento lo extraño que fue todo, lo distante que al principio me sentía de ella y cómo terminé ofreciéndole mi ayuda para que se desintoxicase y pudiera tener una vida de verdad.

Después de todo lo que ha pasado, no se merece menos. Aunque el amor siga doliendo.

—Esta mañana, antes de ir a casa de mis padres, hemos hablado por teléfono y le he contado la noticia del trabajo, lo de París y, bueno, le he asegurado que, desde donde esté y pase lo que pase, la seguiré ayudando.

El día que me despedí de ella en la cafetería, me puse a buscar centros en Dublín. La llamé y le dije que dejase el trabajo porque había sido aceptada en uno de los mejores centros de rehabilitación. Lyla se pasó toda la llamada llorando.

«¡No sé cómo te lo voy a compensar!», decía sin parar.

Le aseguré que no tenía que compensarme nada. El favor me lo hizo ella dejándome nacer y, dadas las circunstancias, dándome en adopción. Ella me salvó la vida. Ahora me toca a mí.

—¿Se lo dirás a Harry y a Miriam? —me pregunta Olivia.

—Tal vez algún día… —Trato de imaginarme su reacción—. Pero ellos siempre serán mis padres. Lyla se merece que la vida le dé una segunda oportunidad —digo, y se me acaba formando un nudo en la garganta.

Olivia se acerca a mí y me abraza. De pronto, suena un trueno.

—Creo que va a llover.

—Me encanta que llueva, no me importa —digo pensando que, desde aquel beso bajo la lluvia en Lisboa, veo la lluvia como algo especial.

—A mí tampoco.

Nos sentamos en un banco de la calle y nos abrazamos. Busco su boca y primero le beso la comisura del labio, hasta que los atrapo los dos por completo. El silencio es armónico, siento nuestros corazones en sintonía.

—Andrew, no te vayas.

Miro su rostro y le aparto varios mechones que tiene por la frente.

—No quiero irme.

—Entonces ¿vas a rechazar la propuesta de París?

Carraspeo al tiempo que me cae una gota en la frente. Levanto la barbilla, tomo aire y la miro a los ojos, expectantes, esperanzadores.

—No puedo.

Su expresión cambia por completo. Casi puedo escuchar cómo se rompe su corazón una vez más. Me duele tanto… Me prometí que esto no pasaría. Sin embargo, he oído muchas veces este sonido, pero es la primera vez que algo marca la diferencia.

Porque no solo es el suyo. También el mío. Y duele mucho.

—Por favor, no lo hagas.

—Olivia… —arrastro su nombre.

Me cuesta hablar y formar frases en la mente.

—Andrew, no quieres irte, no quieres ser comandante. Dilo y quédate.

Pienso en mi familia, en cómo se lo tomarán, en que los defraudaré y ellos me lo han dado todo. No puedo hacerle esto a Harry.

—No puedo —digo finalmente.

Me tiembla la mandíbula.

En las últimas horas me he planteado muchas veces lo que siempre he pensado: si he llegado hasta aquí es por algo. Nací para esto, era mi destino.

—Pero yo…, tú… —dice, con los ojos llorosos.

Intento cogerla de la mano, pero me la aparta. Olivia se levanta del banco; apoyo los codos en las rodillas y me paso las manos por el pelo, nervioso.

—Por favor, entiéndeme, es por mi familia. No es fácil romper con todo lo que se espera de mí.

—Andrew, sé todo lo que te han dado, pero eso no significa que tengas que ser lo que ellos son, y menos si es algo que no deseas. ¿Has probado a decírselo?

Niego, con la cabeza agachada. No puedo imaginar la expresión de decepción en la cara de mi padre.

—Olivia, tengo que intentarlo.

—¿Y nosotros? ¿Qué pasa con nosotros?

—Seguiremos juntos.

—Tú en París y yo aquí… Como si fuera fácil, como si no nos costase estando en la misma base.

Quiero decirle que no me lo ponga más difícil, pero no puedo pedirle algo así. No cuando estoy rompiendo la promesa que le hice hace un tiempo. Me pongo de pie y me acerco a ella. Poco a poco, la llovizna se está convirtiendo en lluvia de verdad.

—Olivia, te quiero y haré que esto funcione.

—¿Que esto funcione? Dudas de que salga bien, lo veo en tus ojos. Los dos sabemos lo complicada que es una relación a distancia.

—Entonces ¿qué narices quieres hacer? ¿Rendirte?

—¿Rendirme? Eres tú el que se está rindiendo, Andrew. No lo ves porque estás ciego, pero estás echando a perder toda tu vida al aceptar un trabajo que no quieres, un destino que no quieres. ¡Ten cojones y di que no por primera vez en tu vida!

—Olivia, para, por favor.

Ella da varios pasos atrás. En su rostro ya no se distinguen las lágrimas de las gotas de lluvia. Asiente con la cabeza.

—Sabes que tengo razón y que te da miedo admitirlo.

Lo sé, claro que lo sé.

—Déjame intentarlo —le suplico.

La miro en silencio. Se le mueve la mandíbula al tragarse palabras que no dice.

—No puedo vivir una historia así, Andrew; otra no.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que tengo que protegerme, que no puedo esperar a que pisoteen los restos de un corazón roto.