Bésame antes de volar 64. Bésame antes de volar
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64. Bésame antes de volar

Bésame antes de volar

ANDREW

Siempre he visto cursi eso de comprar un ramo de flores e ir a esperar al aeropuerto a tu pareja o a la persona a la que estás conociendo.

En el pasado, cuando veía a chicos en esa situación, pensaba: «Pobres, están perdiendo el tiempo».

Quizá pasaron por la misma fase que yo…, pero ahora debo reconocer que me he convertido en uno de ellos.

Se me ha ocurrido la idea de sorprender a Olivia en el aeropuerto cuando vuelva de Edimburgo, de pasar el finde con sus amigos.

La verdad es que me hace ilusión. Imagino su cara al verme entre la gente, al ver las flores que he comprado esta mañana, su reacción en cuanto le diga el plan que tengo pensado para los dos.

Y no voy a negar que faltan cinco minutos para que llegue y estoy… ¿nervioso? Por Dios, Andrew.

Voy hacia las llegadas. Algunas personas se me quedan mirando…

Bueno, en realidad miran el ramo. Eso hace que me ponga aún más nervioso y me plantee si es una buena idea o estoy haciendo el ridículo solo para ser un poco más romántico.

El panel anuncia que los pasajeros del vuelo de Edimburgo acaban de aterrizar, y, aunque no estoy en primera fila, me pongo de puntillas desde la parte de atrás.

Comienza a salir gente y más gente, pero ni rastro de Olivia y sus amigos.

Por mi cabeza pasan muchas ideas. Me distraigo leyendo un par de mensajes de Eloise, a la que le he contado mi plan.

En cuanto alzo la barbilla, la veo. Doy un par de pasos apresurados, y Serena es la primera en distinguirme entre la gente.

Enseguida me señala mientras le dice algo a su amiga.

—¿Andrew? —exclama Olivia, que se queda con la boca abierta. Está guapísima… La he extrañado tanto, y eso es tan impropio de mí, que confirmo que lo que me está pasando con ella no es normal. Me tiene completamente loco—. ¡Pero bueno!

Le tiendo el ramo de flores, pero ella se abalanza sobre mí y se le cae la maleta al suelo. Pego mis labios a los suyos y siento como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que la besé.

—Solo han sido unos días, pero…

—Me da igual, ha sido tan bonito… ¡Nunca me habían sorprendido así! —exclama emocionada.

Esto era lo que quería: me muero por verla sonreír con los ojos todos los días, deseo que sea feliz porque yo la haga feliz.

—Chicos —digo mientras me vuelvo hacia sus amigos—, ¿os la puedo robar lo que queda de tarde?

—¡Claro! —responden al unísono.

Cargo con todas las cosas de Olivia, la cojo de la mano y tiro de ella.

—Vamos, vamos.

—¿Tenemos prisa?

Olivia se ríe, y entramos en el coche. Es un modelo clásico de Mercedes que me regaló mi padre cuando cumplí los diecisiete y pude conducir legalmente.

Raramente lo utilizo, pero hoy he preferido la intimidad de un coche propio y un trayecto sin conductor.

Solo ella y yo. Arranco y pongo rumbo hacia nuestro destino.

Conozco el camino de memoria. Mientras conduzco, noto su mirada posada en mí.

—¿Qué pasa?

—Nada, es que…, nunca pensé que volvería a ser feliz desde que pasó lo de Alejandro.

Sonrío. Yo nunca pensé que podría querer a alguien de esta forma.

—Te he comprado un detalle.

—¿En serio?

—Es una tontería. Abre la guantera.

Olivia lo hace y saca un llavero rosa en el que pone BÉSAME ANTES DE VOLAR .

—¡Me encanta! ¡Es precioso!

—Lo puedes poner en la maleta del trabajo, y así siempre te acordarás de mí.

—Siempre que piso el cielo me acuerdo de ti, tú eres esto —dice mientras señala hacia arriba a través de la ventana.

Busco su mano y se la aprieto con fuerza. Creo que enamorarse te transporta a cuando eras niño y vivías en una felicidad constante: tus padres te llevaban al cine, a jugar a los bolos o hacíais un viaje chulo. Es una felicidad inocente.

—Ya hemos llegado.

Olivia se da cuenta de dónde estamos.

—No me digas que…

—Dijiste que te apetecía explorar el cielo.

Abro la puerta y salgo del coche.

—Y eso es lo que vamos a hacer.

Doy un redoble en el capó del coche y veo que Olivia me sonríe.

—Me encanta venir al aeródromo.

—Y vamos a ver un atardecer precioso desde ahí arriba.

—Si hubiese sabido que estar con un piloto implicaba hacer este tipo de cosas tan chulas, habría venido antes a Dunrae y me habría ahorrado muchas cosas.

—Todo pasa por algo.

Entramos al aeródromo de mi familia y veo a lo lejos mi avioneta. Cada vez que la veo pienso en lo preciosa que es. Volar con Olivia no es lo mismo que hacerlo sin ella, y no voy a negar que me encanta cómo me mira mientras piloto. Rezuma admiración.

—Deberías ponerle nombre.

—¿A mi avioneta?

—Claro.

—Lo pensaré. ¿Estás lista?

Subimos y hago los chequeos mientras ella toma asiento y se pone los cascos de radiofrecuencia. Me encantaría que sintiera lo mismo que vivía yo de niño cuando iba con mi padre, por eso intento que su experiencia sea lo más divertida y especial posible.

—¿Lista?

—¡Lista! —confirma con ilusión, y la beso rápidamente en los labios.

—Estás adorable con los cascos y esa cara de emoción.

—¿Adorable yo? Pensaba que esa palabra no entraba en tu vocabulario… —dice, y se ríe mientras nos movemos y nos acercamos a la pista para despegar.

En cuanto le doy la máxima potencia a la avioneta, noto que hay más viento del que pensaba, por lo que nos balanceamos más de lo normal, pero consigo dominarla.

—Mira.

Estiro el brazo en dirección a su ventana.

El cielo anaranjado se despide de nosotros poco a poco, aunque calculo que nos queda media hora antes de que el sol desaparezca por completo.

Las nubes trazan dibujos en el cielo, como si alguien le hubiese dejado un pincel blanco a un pájaro, y no sé si es porque estoy con ella, pero los atardeceres han cobrado otro sentido.

—Es tan bonito…

—A veces es necesario algo más que tumbarse en el suelo y mirar hacia arriba para entender el cielo.

—Tenemos la suerte de poder pasar mucho tiempo aquí arriba.

—La tenemos, sí.

Hablamos un rato sobre el viaje a Edimburgo, y Olivia me cuenta algunos de los momentos más divertidos. Cuando me dice que le encantaría volver allí conmigo, se me calienta el corazón.

—¿En serio quieres ir conmigo a todos esos lugares?

—Claro que sí —responde, como si fuera obvio—. ¿Y tú? ¿Quieres venir conmigo?

Asiento. Es la primera vez que quiero explorar el mundo con alguien. Atrás quedó el lobo solitario. Cuando conoces a alguien que te obsesiona, ya solo piensas en compartir todas tus experiencias con esa persona.

La miro mientras se queda embelesada con el paisaje. Es perfecta. Ella. Toda en sí. Es divertida, es inteligente. Nunca me aburriré. Jamás podría elegir a una persona mejor que ella. Y la quiero, sí. Con todo mi corazón, y ese amor se me expande por las venas.

—Olivia.

—¿Mmm?

Me pongo un poco nervioso cuando me mira con esos ojos marrones tan bonitos. Trago saliva.

—Te quiero.

—¿Qué? —Parece atragantarse con la saliva.

—Digo que te quiero —le confirmo mientras me acerco a ella—. Joder, me he enamorado de ti.

Pongo el piloto automático. Mis movimientos me parecen torpes y lentos, no puedo esperar. La cojo por las mejillas y siento que, si hablo, me temblará la voz.

La expresión de Olivia se relaja por completo y se le humedecen los ojos. «Di algo», pienso. Es la primera vez que me declaro a una chica, es la primera vez que me enamoro de alguien, y es… lo más bonito que he sentido en mi vida.

—Te quiero —dice suave y despacio, pegando sus labios a los míos.

Todo mi cuerpo se enciende al tener su respiración tan cerca a la mía.

—¿Quieres…, quieres salir conmigo?

Ella dibuja una sonrisa al instante. Se ríe.

—¿De qué te ríes? Es la primera vez que hago esto, ¿vale?

Ella sigue riéndose, pero me coge por la nuca y me besa en los labios una vez más.

—Claro que sí, Jones.

Siempre he pensado que me sentiría extraño si llegaba a formalizar algo así, algo que me ha dado tanto miedo, pero para nada me siento diferente. Es… normal. Nada ha cambiado, todo sigue igual. Y eso me gusta.

—¡Coge el timón! —exclamo al tiempo que suelto el yugo y dejo el control de la avioneta en manos de Olivia.

—¿Qué? ¡Andrew, no! ¡Nos vamos a estrellar!

—Vamos, confía en mí.

Paso los brazos alrededor de ella hasta que envuelvo sus manos con las mías con fuerza. A través de ellas, muevo la avioneta y cambio de dirección. Aunque al principio está muy tensa, poco a poco siento cómo se relaja su cuerpo.

—¿Ves?

—Andrew esto es… ¡Dios mío, estoy volando!

—Lo estás haciendo genial.

—¡Me cago en la leche, estoy volando una avioneta!

Suelto una carcajada al oírla, porque le tiembla la voz. Nos quedamos un rato planeando hasta que vuelvo a poner rumbo al aeródromo y aterrizamos sin dificultad.

—¡Te voy a matar, casi morimos allí arriba! —exclama mientras me da un golpe fuerte en el brazo cuando salimos del avión.

—Nunca te dejaría morir.

—Ja, muy romántico, pero eso ha sido… —Observo cómo intenta encontrar las palabras adecuadas—. Alucinante.

Se tira encima de mí y la cojo por las rodillas, sosteniéndola en el aire.

—Pero no vuelvas a hacerlo.

—¿No te ha gustado?

—Bueno, pero me avisas la próxima vez —responde, y estallo en una carcajada.

—Soy feliz contigo —le susurro al tiempo que hundo la nariz en su cuello.

—Yo también. ¿Qué me has dicho allí arriba?

—¿El qué? ¿Que te quiero?

—Sí. Quería escucharlo otra vez.

Se ríe, y echo la cabeza hacia atrás. Olivia baja, intenta huir de mí, pero la persigo, la cojo de la mano para darle la vuelta y nos damos un beso largo y lento.

Supongo que ahora entiendo todos esos libros y esas canciones que hablan sobre el amor y el romanticismo.

—¿Podemos dormir juntos esta noche?

—Me encantaría.

De repente noto que me vibra el móvil en el bolsillo. Lo cojo enseguida porque veo que es el número de la oficina de NimbusAirways.

—¿Diga?

Asiento con la cabeza y me llevo la mano a la frente.

—Muchas gracias.

Cuelgo. Miro a Olivia muy serio.

—¿Qué pasa? —pregunta asustada.

—He aprobado —digo aún sin creérmelo—. ¡He aprobado!

—¡Andrew, eso es genial! —grita al tiempo que pega un salto encima de mí.

—Soy comandante.

Pienso en mi padre, y en Eloise, y en el orgullo que sentirá toda la familia cuando se entere. Lo he conseguido.

—¡Eres comandante! ¡Cuánto me alegro, lo has conseguido!

Me besa toda la cara. Al instante, la dejo en el suelo porque el corazón sigue repiqueteándome en el pecho. Me paso la mano por el pelo.

—Andrew, ¿qué ocurre?

No sé cómo decírselo. Me han dado una noticia que llevaba meses esperando, pero ahora…

—Me trasladan, me llevan a París.

Su expresión cambia por completo, y veo en sus ojos que se le rompe el corazón.