62. La historia de Lyla
La historia de Lyla
ANDREW
Entro en la cafetería con el corazón retumbándome en el pecho.
Me siento raro. Es como si estuviera engañando a alguien, como cuando le pones los cuernos a tu pareja y te sientes culpable por verte con una persona; sabes que le molestará.
No sé, no dejo de pensar en Harry y Miriam.
A pesar de todo, ellos son mis padres. Me da miedo que esto pueda cambiar algo en mí, pero al mismo tiempo sé que lucharé para que eso no pase.
Quiero que mi vida siga siendo la misma, aunque, sabiendo que voy a conocer a mi madre biológica, creo que no será así.
Localizo a una mujer rubia que va despeinada sentada a una mesa, al fondo del local.
Saludo con la cabeza a Mark, el camarero de la cafetería, y sé que, cuando me vea hablando con ella, se preguntará qué narices hago con una mujer mayor que yo.
Intento centrarme en lo que está a punto de pasar y trato de aparentar que estoy tranquilo cuando me acerco y pronuncio su nombre.
—¿Lyla?
Ella se vuelve de golpe. Mis ojos se agrandan tanto que mi corazón se detiene durante unos segundos. Dios mío.
—¿Andrew? —pregunta con los ojos llorosos y enrojecidos.
No sé qué decir… Me he quedado helado; en mi vida había conocido a alguien que se pareciese a mí.
De pequeño, veía que Eloise y Miriam eran cada vez más como dos gotas de agua.
Soñaba con parecerme más a ellos o con encontrar una fotografía de mis padres biológicos para detectar esas pequeñas similitudes.
Y ahora la tengo frente a mí. Lyla tiene la misma forma de ojos que yo, la mandíbula, la nariz, incluso los labios.
No sé cómo explicarlo, pero podría decir que la mayoría de mis rasgos se parecen a los de ella, aunque al mismo tiempo estamos… Estamos a años luz el uno del otro.
—¡Has venido! Ven, siéntate.
No es la persona que el Andrew de siete años esperaba ver.
Mis padres me dijeron que mi madre biológica me tuvo a los dieciséis años, por lo que la mujer que tengo delante debe de tener unos cuarenta y uno.
No lo diría en la vida. Un fuerte olor a alcohol me envuelve cuando me siento delante de ella, me coge de la mano y me la aprieta con fuerza.
Observo las arrugas que se le marcan alrededor de los ojos enrojecidos, los dientes amarillos y lo extremadamente delgada que está.
No puedo creer que esta mujer sea la que me dio la vida.
—Andrew, ¿estás bien?
Parpadeo un par de veces e intento alejar el pensamiento de que quiero irme de aquí, que ha sido un error. No necesitaba conocer a la mujer que me abandonó cuando era un bebé.
—Sí, sí.
Lyla sonríe. Cuando lo hace, su cara se arruga y me da un poco de miedo.
—Gracias por venir. Yo… estoy un poco nerviosa.
—Yo también.
No deja de mirarme sonriendo, y sé que yo estoy serio porque me siento incapaz de sonreír sin que parezca forzado.
—¿Cómo me has encontrado?
—Es una larga historia, pero digamos que tienes una familia muy bonita.
—Lo sé, tuve mucha suerte.
—Ellos… Siempre me sentiré agradecida con ellos por haberte acogido. Yo no… Yo no hubiese podido darte una buena vida.
—¿Por qué? —Quiero escucharlo todo de ella.
—¿Por qué? —Suelta una sonrisa nerviosa.
Mark se nos acerca y le pido un café. Cuando los dos miramos a Lyla, ella traga saliva y pide una cerveza. En cuanto Mark se marcha, me doy cuenta de que le cuesta mirarme a los ojos.
—Estoy enferma.
Se ve a la legua, se huele en cuanto pasas por su lado.
—Lo sé —respondo con incomodidad—. Pero si no dejas de…
—He pedido ayuda, estoy en trámites para recuperarme —dice de repente, como si tuviera la respuesta preparada.
Lo dudo. Vuelvo a mirarla a los ojos. Joder, está como ida. Intento encontrar alguna emoción, algo que me haga conectar con la mujer que tengo delante de mí, pero no lo consigo. Para mí es una desconocida. Pensé que me sentiría de otro modo, que habría algo, una conexión. Pero no siento nada.
—Bueno, cuéntame cómo estás. ¿Eres feliz?
Asiento con la cabeza. Mark vuelve con mi café y la cerveza de Lyla.
—¿Quieres algo para comer?
—No es necesario.
—¿Dónde vives?
—En una habitación de un piso compartido a las afueras de Dublín.
Tengo muchas preguntas. Quiero saber de dónde saca el dinero para pagar la habitación y la comida, si tiene cuarenta años en vez de los sesenta que aparenta, cómo ha venido hasta aquí desde Dublín…
—En la carta decías que te marchas. ¿Adónde vas?
—He encontrado trabajo como limpiadora en Portlaoise.
—Ah. ¿Por qué te vas ahora?
—Porque perdí mi trabajo.
Joder.
—La verdad es que los trabajos no me duran mucho… —dice pensativa mientras le da un trago a la cerveza, y puedo imaginarme por qué.
—¿Estás segura de que has pedido ayuda? Quizá… No quiero sonar grosero, pero un centro de rehabilitación…
—¿Tan mal me ves, hijo?
Hijo.
—Me he peinado y he intentado estar presentable para ti —dice rompiendo a llorar—. Mi compañera de piso me ha prestado este abrigo, que es mejor que el que yo tengo…
Me impacta verla llorar. No quiero que lo haga… Si no… No sé lidiar con esta situación. Se me da mal la gente, pero alguien tan inestable me cuesta aún más.
—Lo siento —digo, con el corazón compungido.
—No, no, hijo mío. La única que lo siente soy yo. —Se seca las lágrimas de las mejillas y me vuelve a coger de las manos—. Soy un desastre de persona, recaigo a la mínima. Lo perdí todo cuando me enamoré de tu padre…
—¿Mi padre?
—¿Quieres que te cuente nuestra historia?
Asiento interesado. No puedo creer que por fin vaya a conocerla.
—Tu padre y yo éramos vecinos —comienza—.
Cuando lo conocí, yo tenía catorce y él diecinueve.
Nos enamoramos ese verano, pero digamos que sus compañías no eran las mejores.
Yo era una niña buena, inocente, sacaba buenas notas y quería ser bióloga, pero me enamoré de ese cabrón y no hubo vuelta atrás.
¿Puedes imaginar lo que puede hacerte el amor?
¡Esto! —exclama mientras nos señala a los dos—.
Esto es fruto del amor, de la pérdida, de la ruina, todo.
—Hace una pausa—. A los quince me quedé embarazada.
Mis padres no lo aprobaron, pero, cuando se lo dije a él…
Pensé que seríamos felices, que podría marcharme de casa y que viviríamos juntos… Qué equivocada estaba.
—¿Y después?
—Desapareció de mi vida.
—¿No llegó a conocerme?
Lyla niega con la cabeza. Tal vez me imaginaba otra historia. Saber esto me decepciona bastante. Tengo un nudo en la garganta.
—Por entonces ya era adicta. Mis padres decidieron vender la casa y se mudaron a Galway para empezar de cero, para alejarse de la vergüenza que les daba tener una hija como yo.
—¿Te echaron de casa? ¿Te fuiste con ellos?
—Me dijeron que me buscase la vida, y supongo que eso hice.
—¿En serio?
¿Cómo unos padres pueden permitir algo así? Quizá mis abuelos no la quisieron lo suficiente. Joder, cuánta falta de amor. Sé que no todas las familias son como la de los Jones, pero que tus padres te abandonen de esa forma…
—La vida es muy jodida, y la familia no siempre es lo más importante —dice—. Me abandonaron. Me vi tan sola, tan joven y con un bebé tan pequeño del que cuidar…, que no pude cuidar de mí misma.
En mi vida había oído una historia tan triste.
Lyla rompe a llorar sin consuelo, y yo aprieto los puños con fuerza.
He crecido en una familia que me lo ha dado todo, en la que nunca se ha respirado ni un ápice de violencia o falta de amor.
Y pensar que yo vengo de eso, de esa falta de cariño, de esa ausencia de amor, me rompe por dentro.
Estaba destinado a eso, pero hubo una enorme bifurcación en la línea de mi vida.
Podría haber sido otro niño, pero no, fui yo.
—Te juro que lo intenté, lo intenté con todas mis fuerzas, pero era superior a mí. Sabía que, si seguía por ese camino, acabaría perdiéndote, pero en el peor de los sentidos, y no podía… Por eso te di en adopción, y no me arrepiento de haberlo hecho. Porque…, mírate, Andrew.
Lyla me dedica una sonrisa mientras se seca las mejillas. No puedo ni imaginar lo duro que habrá sido para ella pasar por todo eso.
—Lyla, debes cambiar de vida, curarte… Aún eres joven, puedes recuperarte y vivir una vida de verdad.
—Suena fácil, ¿no?
Intento imaginármela como una mujer de su edad, con una sonrisa limpia en la cara y unos ojos que no se hunden en el sufrimiento de los años.
Los Jones me salvaron la vida, pero ¿y si yo nací para salvársela a mi madre?
Suele ser al revés, y nuestra existencia siempre tiene un cometido, pero ¿y si… ?
¿Y si yo soy su salvación?
¿Y si nací para ayudarla en este momento?
La miro a los ojos y la pena se apodera de mi corazón. Me repito que no es una mujer cualquiera, que es mi madre, la mujer que me dio la vida.
—Deja que te pague un centro de rehabilitación —digo por impulso.
—¿Para mí?
Asiento.
—No, no puedo aceptarlo.
—Necesitas ayuda.
—Ya, pero lo conseguiré sola.
—¿Y cómo lo pagarás?
No confío en ella, sé que no lo logrará, que recaerá si no va a un buen centro.
—Conseguiré otro trabajo.
—Lyla —digo mientras la cojo por el antebrazo—. Deja que te ayude.
—Me avergüenza que tú… Que mi hijo tenga que hacer esto. —Niega con la cabeza, llorando—. No puedo permitirlo.
Apunto en la servilleta mi número de teléfono.
—Este es mi número —digo mientras le tiendo la servilleta—. Al salir te compraré un móvil para que estemos en contacto.
Ella asiente, con la barbilla temblando.
—Lyla, una cosa.
—Dime.
—Quiero ayudarte a que te recuperes, pero no quiero… Es decir, los Jones son mi familia, ellos son mis padres.
Clava sus ojos tristes en los míos. Mierda, debería haber pensado dos veces si decir eso o no.
—Lo entiendo, tienes toda la razón.
Asiento y levanto el brazo para pedirle la cuenta a Mark.
—Gracias por salvarme.
—Quiero que vivas la vida de verdad, como la mía, una llena de oportunidades, en la que existe el amor.
—Me cuesta creer en el amor a estas alturas.
—Pues existe, Lyla —respondo al instante—. Solo hay que encontrarlo.
Se le ponen los ojos llorosos.
—Andrew, una cosa más.
—Dime.
—No te habría dado en adopción si no…, ya sabes. Para mí fuiste un bebé querido desde que supe que estaba embarazada. El mundo se volvió gris cuando tuve que dejarte —me asegura—. Lo que quiero decir es que nunca he dejado de pensar en ti, siempre te he querido.