61. A prueba de vientos
A prueba de vientos
ANDREW
Ya ha llegado el día. A primera hora de la mañana tengo el examen teórico para ser comandante, y mañana el práctico.
He dormido fatal, y es que, cuando estoy nervioso o tengo un día importante, soy incapaz de tranquilizarme.
Me he despertado a las seis y media para repasar antes de salir a correr y despejarme, y, aunque esté nervioso, me siento preparado.
Harry y Miriam me llaman en cuanto regreso a la residencia y me desean toda la suerte del mundo, y yo les aseguro que se sentirán orgullosos de mí.
Sí, haré que lo estén. No se merecen menos.
Al encender el móvil, he recibido varios mensajes de Olivia, que está en Edimburgo de fiesta. Envidio que no tenga que pasar por estos nervios.
Pero en uno de sus audios ha dicho algo que he tenido que reproducir varias veces. Me quiere. Olivia me quiere. Lo ha dicho. Pienso en cómo empezó nuestra historia, algo retorcida al principio, y en el punto en que estamos ahora.
—Andrew, espera, tienes correo —me detiene Libby cuando paso por recepción.
No caigo en lo que puede ser hasta que tengo la carta en las manos y reconozco la letra que escribe mi nombre en el sobre. Es ella. Lyla. He leído tantas veces la primera que me mandó que he memorizado su forma de escribir, algo caótica y sucia.
—Gracias.
—Eres el mayor coleccionista de admiradoras, Jones.
Me río de una forma falsa e incómoda.
Vuelvo a mi habitación lo más rápido que puedo, con la carta en el bolsillo y los nervios por saber qué contendrá. Otra vez. Sigue por aquí, me tiene en el punto de mira. Suspiro y me pregunto si es buena idea abrirla ahora, pero me muero de curiosidad.
Querido Andrew:
Soy yo otra vez. Tu madre.
No me quedaré mucho tiempo aquí, ya que he conseguido trabajo como limpiadora en Portlaoise, y supongo que es un comienzo en esta nueva etapa de mi vida.
Solo quería decirte que, antes de marcharme, me gustaría conocerte en persona. Te espero en la cafetería del pueblo mañana a las siete de la tarde. Ojalá vengas, porque quizá sea la última oportunidad que tengamos para conocernos.
Por si no vienes, solo quiero decirte que, a pesar de todo, siempre te querré.
L YLA
Me siento al borde de la cama. He abierto la carta para pensar en algo que no fuera el examen.
He abierto la carta porque sabía que era suya, de mi madre biológica, y no…
, no puedo dejarlo pasar porque siento que me arrepentiré toda la vida.
Ahora que sé que Lyla se marcha, un sentimiento agridulce se despierta en mí.
¿Qué pasará si la conozco en persona? ¿Y si no lo hago?
Desde que sé que existe, estoy convencido de que, si no aprovecho esta oportunidad, esto me perseguirá toda la vida.
Antes de recibir su carta, era como un fantasma para mí, pero ahora la siento más humana que nunca.
Aunque, como es tan personal, me dan miedo las consecuencias emocionales que pueda conllevar todo esto.
De repente me suena una alarma que me hace saltar de la cama. Mierda, es la hora. Reviso los apuntes una vez más y salgo de la residencia. Un coche nos espera a mí y a los pilotos que nos examinaremos para llevarnos a Dublín.
Recibo más mensajes de familiares y amigos que me desean suerte.
No negaré que uno de los que más me sorprende es el de Camila, en el que me asegura que lo haré genial.
Mientras lo leo, recibo otro de Olivia. Bueno, más bien es un texto largo que me emociona y me hace sonreír como un tonto.
Dios, qué ganas tengo de que vuelva… Estoy deseando pasar tiempo con ella.
—¿Andrew Jones?
—Aquí —respondo alzando el brazo cuando dicen mi nombre.
Estamos sentados en la sala. Por un momento, me quedo embobado observando la lluvia del exterior, que choca con la ventana. Es el mismo edificio en el que me examiné para ser primer oficial.
—Disponéis de noventa minutos para completar el examen —anuncia el examinador.
Tomo aire con fuerza y miro el examen, que está boca abajo sobre la mesa. El corazón se me va a salir por la puta garganta, pero a todo el mundo le diré que estaba más tranquilo que nunca.
—¡Ya está, ya está! —grita Olivia al otro lado de la línea. Mis padres me matarán por no haberlos llamado primero a ellos—. ¿Cómo ha ido?
Creo que bien, aunque mejor no hacerme ilusiones.
Los nervios se disiparon durante la primera hora, y en este instante me siento tan tranquilo que me bebería un chupito de un trago.
Quitando un par de preguntas en las que he dudado, todas las demás me las sabía.
He estado concentrado, pensando en todos los conceptos y repasando ochenta veces las respuestas… Órdenes de Eloise.
—Tengo muchas ganas de verte —me limito a contestar—. ¿Sabes qué? Prepararé una escapada para finales de mes. Iremos de viaje a donde más te apetezca. ¿Dónde te gustaría ir?
Se produce un pequeño silencio al otro lado.
—¿En serio? —dice al fin. Suena emocionada—. Me apetece explorar el cielo contigo, Andrew.
Sonrío, el pecho se me enciende.
—Eso está hecho.
—Si la vida a tu lado es siempre así, quiero quedarme contigo —añade, riéndose para que no suene tan en serio, pero es algo que jamás me ha dicho nadie.
Le sale solo, no lo piensa. Lo siente, no lo prevé, lo suelta por impulso porque, como yo, ha decidido quitar el freno de mano.
—Una cosa.
—Dime.
—Te…
Quiero decírselo. «Te quiero; vamos, dilo, tonto».
—Te… echo de menos —digo al fin, y me arrepiento enseguida.
—Yo también, Andrew, nos vemos pronto.
Amanece el día más tormentoso del año. Genial, justo el día en que me examino de la parte práctica.
Me tiemblan un poco las manos, aunque ayer me quité un gran peso de encima.
Hoy vuelo en la parte izquierda de la cabina y se me hace un mundo pensar que yo vaya a ser el comandante, aunque me esté examinando.
¿Por qué me tuve que meter en esto, por qué no le dije a mi familia que soy feliz como primer oficial?
Ser comandante es más que volar en la parte izquierda, es tener la mayor responsabilidad en cualquier vuelo.
Y no es que no confíe en mí, sino que no nací para asumir esta gran responsabilidad.
Prefiero que me manden que ser yo el que manda al resto.
Veo en la aplicación de la compañía que tengo un vuelo a Múnich, y lo primero que hago es consultar el tiempo. Quiero asegurarme de que no haya impedimentos, que sea un vuelo tranquilo, pero en cuanto veo una masa de tormentas en Europa, sobre todo en Francia, trago saliva.
—¡Todo a mi favor! —digo en voz alta con sarcasmo.
No sé quién será mi examinador hasta que vea a la tripulación, y eso acrecienta mi nerviosismo.
Alguien toca a la puerta.
—Ey, tío —me saluda Chad vestido de piloto.
De un tiempo a esta parte nos hemos distanciado un poco.
—¿Qué tal?
—Vengo a desearte suerte.
—Gracias —respondo dándole un agradecido toque en la espalda—. ¿Va todo bien? —pregunto al verle con la cabeza un tanto gacha.
Está un poco raro…
—Sí, bueno, quería decirte algo, pero mejor me espero a después del examen.
—¿Qué pasa? —Frunzo las cejas.
Empieza a asustarme… Me mira dubitativo y con cara de haber hecho algo que no tenía que haber hecho.
—Chad…
—Me dijo que ya no estabais juntos.
Oh.
—¿Hablas de Camila?
Él asiente.
—Nunca estuvimos juntos.
Se la ha tirado.
—Bueno, el otro día, ella…
—No quiero saber más —lo detengo—. Me lo imagino.
—Quería decírtelo antes de que te enterases por otras personas. La gente de la base habla mucho.
—Gracias, no me molesta, Camila no significa nada para mí.
—Pero significó.
Puede. No. Sí.
—Andrew, no solo fue sexo, estuvimos hablando hasta las tantas, y por primera vez sentí algo.
—¿Algo como qué?
—Tal vez sea como lo que sientes por Olivia.
Me río, pero me tapo la boca. No puedo creerme lo que me está contando.
—Me he dado cuenta de que Camila me gusta, quizá desde hace tiempo —añade, y pienso en el tiempo en que estuvimos juntos.
No me puedo creer que, después de dejarla, haya ido a por mi mejor amigo. Es tan manipuladora que me temo que está jugando con él, aunque es complicado llegar a la vena profunda de un tío como Chad.
—En ese caso, os deseo lo mejor.
—¿Estás molesto?
Niego con la cabeza. Camila se merece a alguien que esté con ella sin dudas, aunque no sé si Chad es la mejor opción… Quién sabe.
—Algún día, ella y yo volveremos a ser amigos, pero de momento lo dudo.
—Lo entiendo —responde—. ¿Te apetece tomar algo esta noche después del examen?
Sonrío.
—Sí.
En cuanto me reúno con la tripulación y veo de espaldas al comandante que me va a examinar, algo se me encoge dentro.
—¡Andrew Jones! —se vuelve para saludarme de la forma más falsa y forzada posible.
Mierda.
—Comandante Kelce, no sabía que usted…
—Oh, ¿pensabas que te ibas a librar de mí? —pregunta con un tono malvado.
Mientras vamos hacia el aeropuerto, escribo a Eloise.
Míster K me examina
Estoy acabado. Me va a suspender.