57. Mañana de Navidad
Mañana de Navidad
ANDREW
Como siempre, soy el primero en despertarse, aunque Eloise intente ganarme cada año.
Bajo las mismas escaleras por las que corría de niño para ir a por los regalos, pero antes paso por la cocina para beber un vaso de agua.
También es la misma en la que cada Navidad he tomado chocolate caliente para desayunar.
Los Jones me lo han dado todo, soy feliz aquí.
De repente pienso en mi madre biológica, Lyla, y me pregunto dónde estará ahora. Y cómo habrían sido mis Navidades si no me hubiese abandonado.
¿Merece algo así una segunda oportunidad?
Me apoyo en la encimera y pienso en mi vida y en lo mucho que ha cambiado en pocos meses. ¿Estaba predestinado todo esto?
Que me enamoraría. Porque, sí, joder, estoy enamorado de la chica que duerme ahora mismo en mi habitación de toda la vida, llena de peluches y pósteres de Disney.
Que mi madre biológica me encontraría. La gente cree que los pensamientos que nos asaltan de noche son, en ocasiones, como balas, pero no se habla de lo que uno piensa al día siguiente, cuando despierta y reina el silencio, únicamente roto por el canto de los pájaros.
—¿Qué tal anoche? ¿Te declaraste de una vez por todas?
Me vuelvo de repente y mi corazón se detiene un milisegundo al ver a mi madre entrando a la cocina. ¿Cómo…? Espera, ¿qué?
—¿Te lo ha contado Eloise?
Ella niega con la cabeza y se ríe en voz baja.
—No hace falta que me lo diga tu hermana.
Te conozco de sobra, y las madres somos muy listas.
Al principio lo sospechaba. No os besabais, parecíais tímidos el uno con el otro.
Además, no se mira de ese modo a alguien que ya es tu pareja; hay amor, sí, pero en tu mirada vi añoranza, vi que la deseabas, pero también la angustia de quien no consigue llamar suya a la mujer a la que ama.
Se acerca a mí y me da un beso en la sien. Nunca he sido cariñoso, pero sus besos me encantan.
—¿Papá lo sabe?
—No.
—¿Eso significa que, cuando sea padre, mi mujer guardará secretos que yo jamás sabré sobre mis hijos?
Miriam sonríe con dulzura. Es la primera vez que hablamos sobre esto, aunque siempre he dicho que no quiero ser padre porque sería pésimo cuidando de alguien que no fuese yo.
—Puede —responde ladeando la cabeza. Está guapísima por las mañanas, con la claridad en los ojos y la naturalidad de la vida—. Oye, ¿acabas de confesar que te gustaría ser padre?
Frunzo la nariz.
—Yo no he dicho eso —aseguro sonriendo.
Miriam me abraza y cierro los ojos.
«Soy feliz —pienso—. Me siento feliz». Me muero de ganas de que Olivia se despierte para besarla de nuevo.
—¿Guardarás mi secreto?
—Tu secreto es de lo más bonito que le ha pasado a esta familia.
—¿Y si no sé hacerlo?
—Lo harás bien, Andrew. Te conozco y sé lo bien que se te da proteger y cuidar a los tuyos.
—Con ella siento que es distinto.
—Con ella debería ser más fácil.
—¿Por qué?
—Porque la amas —responde—. Y aunque la mayoría de las veces el amor es retorcido, si es recíproco, es real, es sencillo.