58. Atando cabos
Atando cabos
ANDREW
Hoy volvemos a la residencia. Han sido dos días mágicos, unas Navidades que recordaré toda la vida.
Olivia duerme sobre mi hombro y Eloise me lanza miradas que gritan «Te lo dije» mientras vamos en el coche de camino a Dunrae.
De nuevo, me da miedo llegar y que todo cambie, como pasó en Lisboa, aunque esta vez intentaré que sea distinto. Tiene que serlo.
Me paso el trayecto pensando en la conversación que tendré con Camila en cuanto lleguemos.
Odio hacer esto, pero hemos ido demasiado lejos.
Ya lo pensé la noche que dejé que se quedase a dormir en mi habitación.
Sin quererlo, le he permitido mucho, me he dejado llevar por ella.
Es la primera vez que me manipula una mujer, aunque no lo suficiente como para caer en su red.
Sé que en el fondo Camila no es mala, pero está tan ciega que me da miedo pensar que el amor puede ser tan retorcido.
Aprieto la mano de Olivia.
Ya está. Ahora sí que sí, se terminó.
Y asumiré las consecuencias que conlleve.
—Voy a ir a hablar con ella —le susurro a Olivia al oído en cuanto llegamos a la residencia.
Sabe a quién me refiero. Asiente con la cabeza, y me inclino para alcanzar sus labios. Hemos quedado en que nos dejaremos llevar. Sin presión, sin etiquetas.
Toco a la puerta de la habitación de Camila y, desde dentro, su voz me deja pasar. En cuanto aparezco, viene hacia mí, me abraza y me besa en las mejillas mientras trato de alejar el cuello lo máximo posible. Sé que esto no terminará bien.
—¿Qué tal las Navidades? —pregunta con tono acaramelado, empalagoso.
—Bien.
—Tengo un regalo para ti.
Joder. Me llevo las manos a la nuca para estirarme, nervioso. Suspiro.
—Tenemos que hablar.
Su sonrisa se apaga enseguida.
—¿Qué pasa ahora?
Un silencio. Dos.
—Esto tiene que terminar —afirmo, directo al grano.
—¿El qué exactamente?
—Lo nuestro, lo que sea que sea… esto.
—¿Esto? —exclama, alzando la voz de pronto—. Llevas meses diciendo que no somos nada. ¡NADA! —me espeta con agresividad.
—Camila, tranquilízate.
—¡Te advertí que no me rompieras el corazón!
De un golpe, tira todo lo que hay en su escritorio. No puedo más, no siento nada. Estoy como anestesiado.
—Camila, ya está. Estamos alargando la agonía sin necesidad —acabo de decir mientras me dirijo a la puerta.
—Andrew, no… —Me sigue y me tira del brazo, relajando la expresión.
Parece como si estuviera a punto de llorar, y no quiero que lo haga, porque me sentiré el peor tío del mundo, aunque a la vez sé que esto es totalmente necesario—.
Por favor, no me dejes, no te alejes de mí…
Te quiero y sé que tú sientes algo por mí.
—Camila —vuelvo a pronunciar su nombre—, me gusta otra persona. Y tú no te mereces esto, te mereces a un chico que te quiera tanto como tú a él. Debí terminar con esto hace tiempo, pero…
—Pero ¿qué? ¿No había otras a las que te pudieras follar?
—No hablo de eso.
—Entonces ¿de qué?
—Para mí has sido más que una chica con la que me acostaba, me has apoyado siempre.
De nuevo, se le empañan los ojos.
—Y siempre lo haré. Soy la única que siempre ha estado contigo, y podemos conseguir tantas cosas juntos… Podrías llegar a ser uno de los mejores comandantes de la base.
—¡Pero yo no quiero eso, joder!
Da un paso atrás.
—¿Cómo? Pensé…
—No sé qué quiero, Camila, pero no necesito tu ayuda para ser alguien importante aquí. No necesito que tu padre se meta en mi carrera de aviación para llegar a ser comandante, no necesito que te aproveches de eso para que sigamos juntos.
Ella se queda callada, y esa es la respuesta que necesitaba.
—Nos hemos estado utilizando el uno al otro —sigo—, y por eso esto tiene que terminar.
Intento marcharme de nuevo.
—Por favor, no te vayas —sigue intentando detenerme.
—Lo siento, Camila.
—¿Estás con ella?
Me quedo quieto, con el pomo en la mano.
—Nada hará que la echen de aquí. Mi familia se encargará de eso.
—Entonces le haré la vida imposible para que vuelva a su país.
—Bien, entonces me iré con ella.
—No serás capaz de dejarme por ella.
—No te estoy dejando por ella, tú nunca fuiste una opción, Camila.
—¡No te atrevas a hablarme así!
Intento calmarme, pero no me lo está poniendo fácil. Me doy cuenta de que es imposible que todo termine bien entre nosotros.
—Lo siento, de verdad, no quería llegar a este punto.
—Olvidémoslo todo, Andrew. Vayámonos por ahí, a donde sea, los dos solos.
No puedo creer que siga intentándolo. Niego con la cabeza.
—Adiós.
Me suplicó que no le rompiera el corazón y al final he acabado haciéndolo. ¿Y si soy así? ¿Y si solo sirvo para dañar el corazón de la gente? Pienso en Olivia, y un miedo inmenso me invade. Antes me marcharía de aquí que hacerle daño otra vez.
Ojalá nunca tenga que recurrir a eso.
De vuelta en mi habitación, los labios de Olivia me reciben como si hubiéramos estado una eternidad sin besarnos.
Su saliva es cálida, sabe a ella, dulce, me encanta.
Mis manos se pierden en su espalda, y la acaricio tan suave que noto cómo se le pone la piel de gallina. Nos sonreímos a mitad del beso.
—¿Y tú de qué te ríes? —le digo, jugando.
—¿No puedo hacerlo? —responde con otra pregunta, y vuelve a reír—. Es solo que… no sé, me gusta esto.
—A mí también —digo antes de atraparla de nuevo.
Caemos juntos sobre mi cama.
—Olivia, ¿cómo sería tu lista de cosas que hacer antes de morir?
—¿Y esa pregunta?
—Contesta.
—Veamos… —dice mirando al techo mientras pasa una pierna por encima de mí—. Me encantaría ir a Australia, no puedo morirme sin ver eso. ¡Y Nueva York! —añade con una felicidad inocente—. También me encantaría saltar en paracaídas.
—¿En serio?
—No —responde enseguida, y suelta una carcajada—. Ya tengo suficiente con subirme a tu avioneta.
—¿Qué más?
—Vivir una historia de amor de esas que duran toda la vida.
No digo nada. Me limito a besarla. Una y otra vez, por todo su rostro.
En uno de esos besos, le atrapo el labio con fuerza y ella gime.
Olivia gime y eso se convierte en mi sonido favorito.
Nuestros cuerpos se enredan aún más, paseo los dedos por la pierna que me rodea y pienso que es real, porque nunca lo he sentido de este modo.
—Así que es esto.
—¿El qué?
—De lo que hablan en las películas, los libros románticos, las canciones y los poemas —respondo mientras huelo su cabello—. Siempre he querido sentirlo, aunque me daba miedo, pero por fin sé lo que se siente.
Olivia no dice nada.
—Enamorarse es como aprender a volar. Produce un vértigo de cojones, pero poco a poco dejas de tener miedo porque lo sientes fluir, como un corazón que se enamora por primera vez.
Se le dibuja una sonrisa en el rostro y me deja sin aliento. Entonces, susurra:
—Dicho así, suena tan aterrador como emocionante…
—¿Y tú qué piensas? —pregunto—. ¿Cuál te parece la parte más difícil de todo esto?
Ella se lo piensa durante unos segundos:
—Aunque parezca mentira, encontrarlo no es tan difícil —contesta, meditando cada palabra que dice.
—Entonces ¿qué es? —insisto.
—Conservarlo. Cuidarlo para que no se rompa.
Estudio en el avión, en un vuelo hacia Grecia, donde nos quedaremos un par de días.
Dos días lejos de Olivia, de Dunrae. La echo de menos cuando no puedo contactar con ella; creo que me estoy volviendo loco.
Por primera vez sé lo que se siente al estar obsesionado con alguien y que no haya ningún impedimento para estarlo.
Porque, si no, ¿con qué nos obsesionamos?
Mi mente no para de recrear nuestros besos, nuestras caricias…
Quiero volver a hacer el amor con ella, tocarla y sentirla cerca de mí otra vez.
—¿Cómo vas?
La voz de mi compañero me devuelve a la tierra. O al cielo, en este caso.
—Faltan cuatro días para el examen escrito —digo casi más para mí que para él.
—¿Y las prácticas?
—Tengo mi primer vuelo como comandante justo el día de después.
—Irá bien, lo llevas en la sangre.
Todos dicen lo mismo.
—Gracias.
Yo no estoy tan seguro.