Bésame antes de volar 55. Capas
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55. Capas

Capas

OLIVIA

—Bueno, supongo que es hora de irme.

—¿Cómo que te vas? —pregunta Harry, que sale a la terraza y se une a nuestra conversación—. No, no, no, tú te quedas a dormir.

¿A dormir? Esto sí que no me lo esperaba.

—Pero yo…

De pronto aparece Andrew. Al oír el comentario de su padre, alarga el brazo y me coge de la muñeca.

Es una invitación. Quiere que me quede, quiere dormir conmigo.

¿Con cuántas chicas habrá dormido? ¿Con cuántas lo habrá hecho tras una noche de sexo?

¿Y si solo quiere acostarse conmigo? Tengo que dejar de pensar estas cosas o me volveré loca.

Me estoy autosaboteando… Olivia, ¿no lo ves?

Quizá ya no sea así, al menos contigo. ¿Tanto te cuesta creer que quizá para él seas especial? ¿Por qué no puedes admitirlo?

—Esto… Sí, claro, me quedo a dormir —disimulo mi momento de duda, y Harry sonríe feliz.

—¿Estás cansada? —me pregunta Andrew en cuanto nos quedamos solos.

—Un poco.

—Vamos arriba.

—¿Cuánto tiempo llevas deseando este momento, Jones? —bromeo.

Soy experta en burlarme de la situación cuando me pongo nerviosa.

—Bueno, es la primera vez que una chica duerme en mi habitación de la infancia.

—Perdona, pero no me lo creo —digo mientras me río.

En cuanto llegamos arriba y abre la puerta del dormitorio, me quedo con la boca abierta. Siempre he querido tener una habitación así de grande, con una ventana enorme que refleje el cielo y las estrellas de noche, y la luz durante el día.

—En realidad, ninguna chica ha superado ninguna de las barreras que has pasado tú.

—¿Yo? ¿Cuántas he pasado?

—Más de las que hubiese querido.

—Soy un grano en el culo.

—Definitivamente lo eres —afirma con una sonrisa en los labios.

Me apoyo en el alféizar de la ventana. Aún no me creo que haya pasado la Nochebuena con una familia que no es la mía, pero, de todo lo que ha ocurrido hoy, lo que más me ha alterado ha sido el beso. Y las miradas. Y todo lo que han querido decir. Tanto por su parte como por la mía.

—De pequeño soñaba con estar siempre en el cielo —comienza a contarme Andrew, situándose a mi lado—. Ser piloto era lo que más quería en el mundo.

—Y lo conseguiste.

—Sin embargo, no sé qué me pasa ahora. Es como si sintiera que es algo que siempre quise porque era lo que se esperaba de mí y nunca me he atrevido a soñar con otra cosa —añade—. Supongo que es la crisis de los veinticinco.

—Andrew. Puedes tener la edad que sea y seguir soñando con ser lo que quieras. ¿Sabes qué? Creo que estás bloqueado. Estás agobiado con los exámenes y necesitas volver a enamorarte de las alturas.

—Me gusta enseñar… —dice de repente.

Esto no me lo esperaba. Me acerco a él, y, por impulso, hundo la cabeza en su cuello.

Inspirar su aroma me trae todos los buenos momentos que he vivido con él.

Son escasos, pues llevamos un recorrido algo agridulce, pero me gusta.

Quiero decirle lo mucho que me gusta. Quiero que él también me lo diga, para no volver a sentirme una tonta que se ilusiona una vez más con un amor que no le corresponde.

Poco se habla del miedo que sentimos cuando nos han hecho daño y volvemos a notar que alguien enciende el brillo en nuestros ojos.

Quieres tirarte al vacío, como la primera vez, pero en el fondo sabes que no será como en esa ocasión. Ni quieres que sea así.

Dicen que negarse al amor por miedo a sufrir es como negarse a vivir por miedo a morir. Y tienen toda la razón.

—Olivia, quiero saber lo que piensas.

—¿Sobre qué?

—Dices que soy introvertido y misterioso, pero tú… —me pasa una mano por la mejilla—. No te das cuenta porque eres extrovertida… Aunque no soy experto en psicología, sé que hay mucho que guardas solo para ti.

Hace una pausa.

—Déjame conocer todas tus capas, déjame conocerte de verdad.

—¿Por qué?

—Porque tienes algo que me enganchó desde el principio y deseo conocer más.

—Soy una chica sencilla.

—Eres mucho más que eso —dice al tiempo que niega con la cabeza—. Una chica sencilla no hubiese conseguido obsesionar a un tipo distante y solitario como yo.

Mentiría si dijera que sus palabras no me hacen muy feliz. Y lo he conseguido sin esforzarme.

—Pienso muchas cosas al mismo tiempo —respondo—. Pienso que me da un miedo tremendo y, al mismo tiempo, que soy muy afortunada por volver a sentir esto. Aunque te aseguro que es diferente a la otra vez.

—¿De qué tienes miedo?

—De lo mismo que todos, de que me hagan daño, de pasarlo mal.

—Olivia, jamás podría hacerte daño.

Entrelaza la mano con la mía y la aprieta con fuerza.

—Eso no lo sabes. —Niego con la cabeza—. El amor es imprevisible, y la vida, muy larga y repentina.

—¿No entiendes que jamás he sentido algo así?

—¿Y qué quieres?

—Quiero conocerte, pasar tiempo contigo.

Se hace un silencio. Solo nos miramos.

—No me hagas daño —digo con la voz entrecortada.

Y aquí estoy yo, mostrando mi vulnerabilidad una vez más. ¿Cómo he vuelto a meterme en esto? Llegué con el propósito de superar una ruptura, me juré que ningún chico sería capaz de rozar y mucho menos conquistar mi corazón de nuevo, pero conocí a Andrew y... ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Junta su boca con la mía. Siento sus labios en los míos, su lengua acariciando la mía, jugando con ella.

Mi cuerpo vibra, un gemido nace en mi pecho.

Mi aliento se detiene cuando pasea la mano por mi culo y me va subiendo el vestido muy despacio.

Suspiro contra su boca, contra su cuello, como si nada de lo que está ocurriendo fuera real.

Subo los brazos, acaba de quitarme toda la ropa y la tira a un lado de la cama.

Me quedo completamente desnuda frente a él.

Me hace dar una vuelta sobre mí misma, atento a cada detalle de mi cuerpo, y se muerde el labio como si nunca hubiese visto a una chica sin ropa.

Consigo rodearlo con los brazos para atraerlo hacia mí y sentir su calor.

Empiezo a desabrocharle la camisa y poso las manos en su pecho definido.

Le beso en el centro y me vuelvo a hundir en su aroma corporal.

Fuera hace frío, pero ahora mi cuerpo arde en una habitación cargada de una tensión cálida y sexual.

Andrew acaba de desnudarse y admiro su cuerpo.

Me estremezco. Joder. Nunca he conocido a alguien que me atrajese de este modo, ni siquiera Alejandro.

Trago saliva y lo beso en los labios una vez más.

El corazón me late desbocado, la adrenalina me corre por el cuerpo.

Lo deseo más que a nadie en este mundo. Le quiero, le quiero tanto que no soy consciente de la medida exacta, ni deseo saberlo.

El sexo es amor cuando uno quiere.

El amor es sexo cuando los dos lo deciden.

Andrew me coge por las caderas y me levanta del suelo. Deslizo las manos por su espalda y su piel caliente me da la bienvenida una vez más.

Nos dejamos caer en la cama. Me mira unos segundos, como si me estuviera pidiendo permiso, pero me inclino hacia él y alcanzo su cuello a modo de respuesta.

Esto lo enciende, porque siento los latidos que intenta controlar mientras deja un rastro de besos por mis muslos hasta que llega al pubis.

Termino de abrir las piernas y veo que su cabeza desaparece.

Arqueo la espalda y echo la cabeza hacia atrás mientras le tiro del pelo.

No pienso en nada y pienso en todo al mismo tiempo.

—Eres perfecta —gime cuando vuelvo a tenerlo encima de mí.

Lo envuelvo con las piernas y hago que rodemos hasta que soy yo la que queda encima.

Sus pupilas se dilatan al verme los pechos.

Me besa el cuello una y otra vez hasta que atrapa uno de mis pezones y se lo lleva a la boca mientras me froto con su pene.

Su piel vibra con la mía, juntas, fundidas, fusionadas.

Le cojo las manos y se las pongo en mis pechos mientras sigo moviéndome encima de él.

Necesito dar un paso más, necesito sentirlo dentro de mí.

—Andrew… —gimo un segundo antes de notarlo dentro.