54. Instantes
Instantes
OLIVIA
—Iba a decirle que no quería seguir quedando con él, pero entonces me llama y me dice que su gato acaba de morir y que necesita ayuda para enterrarlo.
—¿Qué?
Intento respirar con normalidad, pero me coge un ataque de risa.
En nada me quedaré sin aire. Me ha subido el maldito vino, y supongo que una se suelta un poco más así.
Andrew y yo llevamos un rato compartiendo anécdotas graciosas.
Bueno, más bien yo las cuento y él se dedica a mirarme y descojonarse al mismo tiempo.
—¿Y qué hiciste? No me digas que…
Asiento con lágrimas en los ojos.
—Tuve que ir. ¡No me juzgues! ¡Acababa de morir su gato!
—¿También lo enterrasteis?
—Sí —respondo, y sigo riéndome sin parar—. Dios mío, fue surrealista… Como una comedia mala. ¡Ay, me duele la barriga de reírme!
—Creo que jamás he conocido a nadie como tú… —Se ríe y se ríe, y me encanta verlo así—. ¿Qué pasó después?
—Después de enterrar al gato, pensé que no tendría agallas para dejarlo, pero lo hice.
—Nooo.
—Lo sentí mucho, pero ese chico no era para mí, y todo lo que ocurrió ese día fue la gota que colmó el vaso, ¿no crees?
—Bueno, yo habría huido en la segunda cita si me hubiese dicho que no le gustaban, por ejemplo, los Guns N’ Roses.
—Conque Guns N’ Roses… No sabía que te iba el rock.
—Hombre, no me pega escuchar a Sinatra… Soy más de un grupo cuyo vocalista era una mala influencia y un rompecorazones convertido en estrella del rock.
—Ahora que lo dices, tienes un aire…
—No digas tonterías.
—Tu perfil encaja con cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa?
Asiento.
—Por eso podrías ser lo que tú quisieras, Andrew —le aseguro.
—Entonces escojo ser una estrella del rock.
—Venga, cántame.
—¡Ni de coña!
—Vamos, no seas aguafiestas. —Le doy en el hombro—. Seguro que para ligar eres más valiente.
—Yo escojo con quién. Si me pusiera a cantar ahora, me escucharía toda la familia.
—Pues escoge a una persona con la que ligarías, solo a una, aunque no esté aquí.
Andrew mira a su alrededor. Sabe que estoy provocándolo, jugando sucio.
Por eso no responde. Toma un trozo de pavo y, cuando se da cuenta de que sigo esperando una respuesta, me mira de nuevo.
Siento que, en ocasiones, sus ojos azules cambian de color; a veces son tan brillantes como un cielo despejado y otras se pintan de una oscuridad nocturna que me hipnotiza, como ahora.
—No me mires así, respóndeme —le pido.
—¿Así cómo?
—Llevas todo el día poniéndome nerviosa.
—¿Otra vez? ¿Tendré que volver a besarte? —se insinúa.
—Qué más quisieras.
—¿Y si te digo que sí?
Se me enciende el pecho.
—¿Y si no me niego?
Me lanzo al vacío.
Nos sostenemos la mirada unos segundos. Solo nosotros sabemos lo que significa este instante. Nos estamos matando y queriendo al mismo tiempo. Nos declaramos la guerra, pero también el amor. Somos algo inexistente que existe por momentos.
Él lo sabe. Yo lo sé.
—¿Qué? —Se encoge de hombros—. ¿Qué esperas que te diga? —repite. Entonces se acerca a mi oído y me susurra—: ¿Esperas que te confiese las ganas que te tengo, Olivia? ¿Que muero por tocarte y oír cómo gimes mientras te cojo del pelo y follamos?
Se separa de mí y trago saliva. Mi cuerpo se ha paralizado. No esperaba esa respuesta. Niego con la cabeza, pero sigue mirándome fijamente.
Y lo siento. Y lo pienso.
A este chico no podré olvidarlo en toda la vida.
Esta cena es una de las mejores a las que he asistido en mucho tiempo.
El menú, tan impresionante que no sé si podré permitírmelo alguna vez.
La gente, las mejores personas que podría haber conocido.
El ambiente, tan festivo, divertido… Envidio la familia perfecta que tiene Andrew.
Siento que formo parte de ella, porque me han acogido tan rápido, como a un miembro más, que me siento mal por saberme una impostora.
Pienso en lo afortunada que será la chica que comparta su vida con Andrew.
Porque esto es lujo; y no me refiero al dinero, sino al amor.
Es a lo que todo el mundo debería aspirar, a la unión, al cariño.
Algo se me remueve por dentro cuando pienso en que esa chica no seré yo.
Después del postre, cuando cada uno se ha vuelto a diluir entre el salón y la terraza para los fumadores, Miriam pone música y comienza a bailar con su cuñada, recordando sus años de juventud, y me invitan a unirme a ellas.
Terminamos bailando la «Macarena» y haciendo una conga por toda la casa.
No sé cuándo se me ha subido el vino a la cabeza, pero no me importa, porque todo el mundo ha bebido, excepto Andrew, aunque lo parezca.
En un momento en que estamos todos de pie dando vueltas y saltando sin parar, le tiro del brazo para que baile conmigo y me transporto a aquella noche en Lisboa.
—¡Un beso! ¡Un beso! —nos gritan todos.
—¡Es verdad, no os he visto besaros! —chilla la tía Saoirse.
Me río sin parar. Sé que esto le da vergüenza a Andrew, que niega con la cabeza mientras sus mejillas se tintan de rojo.
—¡Bésala como Dios manda, primo! —grita uno de sus primos, creo que Cormac.
Andrew y yo intercambiamos miradas y, mientras él da un paso atrás, yo lo doy hacia delante al tiempo que le miro a los labios y le beso. Toda su familia grita a la vez. Aunque solo han sido unos segundos, no puedo parar de reír, animada por el ambiente.
—Sois lo peor —dramatiza Andrew más rojo que nunca.
Le sigo a la terraza y lo abrazo por detrás, como si lo hiciera todos los días, pero no sé qué me pasa hoy. Apoyo la barbilla en su espalda hasta que se vuelve y nuestras narices quedan pegadas.
—Perdona si te ha incomodado el beso.
—No te preocupes. Ya puedo decir que me has besado.
—¡Por presión social! —digo mientras le empujo, pero Andrew me coge del codo y me vuelve a acercar a él.
Miro sus labios. Estamos tan cerca que parece mentira que acabe de besarlos.
Doy un largo suspiro y deseo que me bese de nuevo.
Como ayer. Bueno, no, como en Lisboa. Es como si lo hubiese olvidado y necesitase revivirlo.
Andrew posa los ojos en mí, pero no quiero ilusionarme con lo que me quiere decir.
Porque yo tampoco le he visto mirar a nadie de la misma forma que me mira a mí.
Me pongo de puntillas y rozo la superficie de sus labios sin presionarlos. Un cosquilleo me recorre el cuerpo. Quiero más, quiero más o esta tensión me matará.
—Andrew, ¿qué estamos haciendo?
—No lo sé.
—¿En qué piensas?
Se queda en silencio.
—Si te fijas en la forma en que te miro, deberías saberlo, Olivia.
—¿Y por qué estás con ella? —No puedo perderme en el momento por culpa de las dudas que me asaltan.
—¿Por qué has vuelto con tu ex? —me pregunta él.
—¿Cómo?
—Lo vi en la fotografía que publicaste cuando fuiste a Alicante. Yo… te escribí esa noche.
Niego con la cabeza.
—¡No estoy con Alejandro! Se acabó todo lo que tenía que ver con él. Es verdad que nos vimos allí, pero se quedó en una noche. Pensaba que seguía enamorada de él, que aún había algo, pero solo quedaba una despedida y un cierre de ciclo —le explico—. Me enteré de que me engañó con una de sus amigas.
—¿En serio?
—Sí, le tiré una copa en la cara y le dije que jamás sería capaz de amar y que se arrepentiría de haber perdido a una chica como yo —termino diciendo con la cabeza levantada.
Suelta una carcajada.
—¡Qué tonta fui! —sigo riéndome—. ¡Con su amiga! ¿Puedes creerlo?
La expresión de Andrew muestra que está confundido, pero es que soy la típica chica que se ríe de sus desgracias, y más cuando no siento nada al respecto. Ya lo he olvidado, no me importa.
—Siento si lo pasaste mal.
Se crea un pequeño silencio.
—Me moría por verte, Andrew. No dejé de pensar en ti en todo el tiempo que estuve en casa.
—¿Por qué?
Me encojo de hombros, tratando de ser clara y ordenar mis ideas, pero es muy complicado.
—Porque me he dado cuenta de que el amor que ha estado creciendo en mi pecho no es el rastro de lo que sentía por Alejandro, sino lo que empezó a florecer por ti.
Andrew abre mucho los ojos y da un paso atrás. No sé qué piensa, tal vez que soy gilipollas por haberlo enredado todo tanto o que es tarde porque está con Camila.
—¿Sigues con ella?
No responde. Lo sabía, es tarde. Tengo un nudo en la garganta. En poco tiempo, es la segunda vez que lo siento, y me angustia y me tortura y me hace sentir vulnerable y tonta. Es la última vez que hago o digo algo así.
—En el fondo estaba esperando…
Me cuesta entender su respuesta.
—¿Esperando a qué?
—A que ordenases tu cabeza y te dieras cuenta de que todo lo que sucedió entre nosotros merece la pena.
—Merece la pena… ¿qué?
—Volver a vivirlo.
Noto un escozor en los ojos y se me ponen llorosos en cuestión de segundos. Andrew alarga el brazo y roza los dedos de mi mano derecha con los suyos.
—No estoy con Camila, nunca he estado con ella.
El otro día, cuando viniste a mi cuarto, ella vino a hablar conmigo, pero yo estaba a punto de ducharme y la iba a echar de mi habitación, pero apareciste y lo malinterpretaste, claro que lo malinterpretaste…
—explica—. Olivia, yo… Lo que te dije el otro día es verdad: no he olvidado lo que pasó entre nosotros y me he dado cuenta de que no quiero olvidarlo.
—¿Estás seguro?
Esta vez es él el que apoya una mano en mi mejilla antes de que juntemos nuestros labios. Al principio es un beso lento, bonito, pero después coge fuerza y pienso en que quiero que esta noche dure para siempre.
No tengo ni idea de qué narices va a pasar ahora, pero es la Nochebuena más bonita que he vivido en mucho tiempo.
—¿Chicos? —Eloise nos encuentra y, cuando se da cuenta de lo que estamos haciendo, cambia de expresión—. ¿Qué acaba de pasar? —Dirige la mirada a nuestras manos—. Sabía que, tarde o temprano, pasaría —sonríe—. Andrew, mamá te llama.
—Voy.
Él me mira y me besa en la mejilla antes de irse. Las dos nos quedamos solas en la terraza.
—Vaya…
—Vaya —suspiro mientras trato de digerir lo que acaba de ocurrir y reclino la cabeza en su hombro.
Apoyadas en una valla del porche, nos quedamos las dos mirando el cielo.
—Entonces ¿ha surgido el amor verdadero?
Me río. ¿Qué es el amor verdadero? ¿Se llama así porque existe otro que es falso? ¿Hay algo de mentira en el amor? ¿Y de verdad?
Dicen que aún queda mucho por descubrir en el universo, los mares, la tecnología…
, pero ¿qué hay del amor? No tenemos ni idea de lo que es, a pesar de que lo sintamos constantemente.
Eso nos hace quedar peor, ¿no? Quizá es eso, quizá el amor es tan profundo como el océano Atlántico o duradero como la infinidad del universo.
Supongo que cada uno deberá averiguarlo por sí mismo.
Sentirlo, sentirlo como la incógnita que es hasta que deje de serlo y cobre sentido.
Eloise me mira esperando una respuesta, pero me encojo de hombros y frunzo los labios.
—Pase lo que pase, me alegro de veros así. Eres diferente.
—No, no lo soy.
—A los ojos de él no eres como las demás, eso está claro.
Se me forma un nudo en la garganta.
—Gracias.
Tal vez no seamos especiales. Nadie lo es según su criterio, pero sí a través de otros ojos.
—¿Cómo estás tú con Miles? ¿Va todo viento en popa con los preparativos de la boda?
Noto que su expresión cambia.
—Sí, todo va bien.
—Eloise —digo más seria.
En todo este tiempo hemos ganado algo de confianza entre nosotras. Para mí ella es… radiante, un ejemplo.
—Es muy estresante todo y…
—¿Y qué?
—No sé qué narices me pasa en la cabeza, porque estoy hecha un lío.
—Lleváis mucho juntos, quizá es normal que te lo plantees.
—En todo este tiempo, jamás me he planteado nuestra relación, pero ahora es como si…, como si sintiera que me estoy precipitando. ¿Tiene sentido?
Asiento.
—Tienes miedo.
—Tengo muchas cosas en la cabeza.
—¿Qué es lo que más temes?
—No lo sé… —Se pasa la mano por la cara con cuidado de no desmaquillarse—. ¿Decepcionar? ¿Hacer daño?
Sé que está pensando en Carter. Quizá lo de mi amigo sea algo pasajero, una prueba del destino para ver si de verdad está eligiendo bien a su compañero de vida.
O, por el contrario, quizá sea el amor de su vida.
¿Quién sabe? Los polos opuestos se atraen, y no podemos juzgar a nadie por que elija a una persona que le arranque sonrisas en vez de darle momentos aburridos.
Porque, sí, tengo que decir que Miles es el tipo más aburrido y perfecto del mundo.
—Eloise.
—¿Sí?
—Pase lo que pase, ve allí donde te indique el corazón.
Sé que suena típico, pero pocas veces lo ponemos en práctica.
Tenemos miedo de lo que opinen los demás o nosotros mismos.
Mírame a mí: he estado todo el tiempo intentando evitar la ruta que me indicaba hasta que no he tenido más remedio que dar marcha atrás y redirigir.
Solo entonces he visto que cada paso que daba me llevaba de manera inevitable hacia allí.
Porque sí: donde despegue el corazón, ahí es.