Bésame antes de volar 53. Nochebuena
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53. Nochebuena

Nochebuena

ANDREW

Los Jones son los mejores organizando cenas de Navidad.

Miriam prepara el menú, se ocupa de los regalos y decora la casa con al menos tres semanas de antelación.

¿Puede haber algo que le guste más? Nunca repite, utiliza una combinación de colores diferente cada año, y te da la sensación de que es la primera vez que lo vives en esa casa.

Me encanta la Navidad por ellos: son la unión y la familia que siempre he querido, aunque no se lo diga, pero lo pienso constantemente.

Esta mañana me ha tocado guardia. Olivia ha volado a Londres y ha vuelto, también mi hermana ha tenido que trabajar, y ahora las estoy esperando para irnos a Dublín, a casa de mis padres.

Un coche nos recogerá. He discutido con Camila por enésima vez sobre pasar las Navidades juntos, con las familias respectivas; me he negado.

Se lo he dicho tantas veces que nuestras peleas se han convertido en un bucle que me cansa cada vez más: ella propone algo, le digo que no, se enfada y me echa en cara razones sin sentido hasta que termino insistiendo en que no estamos juntos, vuelve a enfadarse y le contesto que ya debería saberlo.

Hoy la residencia está medio desierta. Por estas fechas, la gente suele irse a celebrar la Navidad con los suyos, pero otros tantos, menos afortunados, se quedan para operar algún que otro vuelo. En la aviación, los días libres son raros.

Me he puesto un traje gris a juego con una corbata azul oscuro, me he cortado el pelo en la peluquería del pueblo y ese perfume que Olivia elogió una vez, aunque, por supuesto, muy a regañadientes.

Soy consciente de que no está bien besar a una chica que tiene novio, pero ayer no pude contenerme.

Nunca había besado a ninguna chica en la cabina de pilotos, jamás.

Considero un tema muy serio tanto mi profesión como mi personalidad y sería incapaz de poner en riesgo mi trabajo, pero a estas alturas ya sé que ella no es una más.

Está tan guapa vestida de azafata, con sus piernas largas, el uniforme que resalta sus curvas.

Por si fuera poco, ayer llevaba el pelo en un semirrecogido, y me encanta cuando se peina así, incluyendo el lazo blanco.

No iba con intención, pero, al verla, nos imaginé en un espacio pequeño, volando…

Supongo que bajé todas las barreras. Es mi perdición.

¡Joder si lo es! Maldita sea, no puedo quitármela de la cabeza.

No volvimos a hablar en todo el día. Pero me quedé con un detalle: me siguió el beso.

Eloise es la primera en aparecer. Lleva un vestido verde oscuro, largo y precioso, cubierto por un abrigo blanco de pelo. Le digo lo guapa que está, y ella hace lo mismo conmigo.

Al minuto llega Olivia. Trago saliva cuando sale del ascensor con un vestido rojo. Brillante. Espectacular.

—Siento el retraso. Le he tenido que robar unos zapatos a Serena porque no tengo más tacones que los del trabajo.

—Habérmelo dicho y te hubiese dejado un par, ¡tengo un montón! —se apresura a decir mi hermana.

Un montón es poco. De tacones de fiesta tiene al menos cien pares. Su vestidor en casa de nuestros padres lo dice todo.

Eloise escoge la música de camino a casa, pero tiene un gusto musical aburrido.

—¡No te metas conmigo! —exclama cuando se lo digo.

La verdad es que, siempre que puedo, lo hago. ¿Quién sigue escuchando a Hilary Duff?

No voy a negar que estoy nervioso, quiero que esta noche salga a la perfección.

Miriam y Harry nos están esperando en la puerta para recibirnos a los tres.

Mientras bajo del coche, veo que mi padre lleva una diadema con cuernos de reno, y mi madre, un sombrero navideño con trenzas.

Todas las Navidades solemos ponernos algo, y solo espero que no me toque el sombrero de elfo de hace dos años.

—¡Ya estáis aquí!

Nos acogen con tanta ilusión como cualquier otro día, porque ellos son así. Mi madre es la primera en abrazarme, besuquearme y decirme lo guapo que estoy. Nos quedamos unos minutos en la entrada del jardín, saludándonos todos.

—¿Ha llegado Miles? —pregunta Eloise.

—Sí, al final ha podido venir a tiempo.

Noto una ligera decepción en el rostro de mi hermana. Aún no me he hecho a la idea de que está engañando a su prometido. Necesito averiguar qué está pasando y con quién narices está.

—Olivia, cielo, hoy conocerás a M. J., la matriarca de los Jones, mi madre y la abuela de Andrew y Eloise.

Mi abuela. M. J. es la única de nuestros abuelos que sigue viva.

En realidad, su nombre es Mary Jane, aunque todo el mundo se dirige a ella por sus iniciales: la hace sentir más joven.

Tiene noventa y dos años, y está mejor de salud que todos nosotros.

Seguramente yo tenga más dolores de cadera que ella.

Todos la queremos, incluida la familia de mi padre.

Es la abuela que siempre está ahí, así que, por supuesto, no podía faltar hoy.

Mi madre se lleva a Olivia para presentársela a la familia: la tía Issy y el tío Luke, hermano de mi madre; la tía Samantha, hermana de Harry, y su hija de diecisiete años, mi prima Sylvie; el otro hermano de mi padre, Niamh, y su mujer, Saoirse, con sus hijos, Cormac y Sean…

Somos una familia grande. Pasar de no tener a nadie cuando nací a contar con toda esta gente que me considera su sobrino, nieto, primo… lo valoro mucho.

Me tomo el primer vino blanco mientras charlo con mi tío Niamh, comandante de jets privados en Cork, y me pregunta por mis exámenes.

Menos mal que Olivia y la novedad de nuestra relación son el centro de atención, porque no me apetece seguir hablando de mí.

No sé yo qué es más fácil, si fingir que somos novios o hablar del trabajo.

Supongo que es lo que tiene el hecho de que casi todos nos dediquemos a la aviación.

Mis primos Cormac y Sean también están en este mundillo.

Voy un segundo a la cocina y, de lejos, oigo que Eloise está discutiendo con Miles.

No entiendo lo que dicen porque están hablando en voz baja.

De repente, escucho un leve lloriqueo y veo que mi hermana besa a Miles en la mejilla y el cuello.

Después, este dice algo y terminan dándose un beso largo.

Suspiro y dejo de espiarlos. Puede que lo hayan arreglado.

—¡Qué novia más guapa tienes, hijo! —me dice la tía Issy, y la corean la tía Saoirse y el tío Luke.

Todos están encantados con ella. Olivia hace el papelón de su vida, porque se la ve cómoda y feliz.

De vez en cuando nos miramos y nos hacemos gestos a lo lejos.

Y yo siento tantas cosas cada vez que me dedica un segundo de atención, cada vez que la veo hablando con mi madre como si la conociera desde siempre, cuando me doy cuenta de lo bien que se lleva con mi hermana…

Los Jones han estado toda la vida esperando a una chica como Olivia.

Quizá yo también. Pero no es real. En algún momento tendré que decirles la verdad.

Aunque prometo que lucharé por que no sea así.

Al final me ha tocado el dichoso sombrero de elfo, y no solo he tenido que soportar las burlas de mi hermana, sino también las de Olivia.

—Estás adorable, rompecorazones —dice antes de soltar una carcajada—. Era así, ¿verdad? El chico que anda enamorando a todas las chicas con las que se cruza…, con ese sombrero verde y rojo. —Vuelve a estallar de risa.

—No me hace gracia, lo hago por mi madre.

—Mi sombrero rojo es mejor.

No dudo que va más guapa que nadie, es imposible apartar los ojos de ella. ¿En qué momento me he enamorado? ¿Cuándo he pasado de no estarlo a estarlo? ¿Es un instante? ¿Un segundo? Puede que sea el antes y el después que más te cambia por dentro.

Olivia me ha desordenado.

Porque, aunque siga siendo un chico de veinticinco años que no tiene las cosas muy claras, hay algo de lo que estoy seguro: quiero a esta chica. Por eso no me molesto en ocultar que me he ruborizado cuando mi madre me ha dicho lo feliz que se siente por mí.

—Nunca te había visto mirar a alguien así.

Se me pone la piel de gallina. Supongo que ya me he hecho a la idea de que no soy el chico de antes.

No me da vergüenza admitir que Olivia se ha colado dentro de mí y que se me nota.

¿Cómo he podido ser tan tonto y querer huir de esto durante tanto tiempo?

Aunque sea retorcido y complicado. La miro de lejos; no deja de charlar con Eloise.

Quiero besarla otra vez, acariciarla, esconder mi nariz en su cuello, verla desnuda, tocarla, hablar como antes…

—Estás muy callado —me dice Olivia cuando nos sentamos todos a la mesa.

—Soy un tipo callado.

—Tu familia es encantadora. Ahora entiendo… Bueno, nada.

—¿El qué?

Parece que se plantea si debería continuar la frase o no.

—Pues que entiendo que no les hayas dicho que lo nuestro es una farsa.

—Shhh —intento silenciarla mientras miro a mi padre, que está justo a mi lado, por si nos ha oído—. Tranquila, en algún momento lo haré. Sé que no debería haberte arrastrado hasta aquí para pasar un día tan importante como el de hoy.

—No me importa —me dice, sonriendo—. Total, me iba a quedar sola en la residencia, así que me pareció el mejor plan.

—Y tampoco es tan complicado fingir que te gusto, ¿no?

Olivia pone los ojos en blanco y le da un sorbito a su copa de vino.

—Es odiosamente complicado —dramatiza, y me río.

—Pues que sepas que para mí está siendo superfácil seguirte con la mirada todo el tiempo. —Le guiño un ojo, tonteando—. Si no te hubieras puesto este vestido, habría sido otra cosa.

—Conque es por mi vestido.

—Lo has pillado, no te creas que es por nada más.

—Muy bien. —Se hace la digna mirando al frente—. Porque tú estás mejor con el uniforme de piloto. Vestido de paisano me cuesta seguirte el rollo.

—¿Por eso me besaste el otro día?

—¿Te besé? ¡Me besaste tú! —replica ofendida, intentando que nadie la oiga.

Me encanta hacerla rabiar.

—No recuerdo que yo me acercase a ti.

—Yo lo recuerdo a la perfección —responde.

—¿De veras? —pregunto haciéndole ojitos.

—Eres un idiota, Andrew.

Alzo la copa en alto y espero a que brinde conmigo.

—¿Por qué quieres brindar?

Pienso un segundo.

—Por los besos que no olvidamos.

Ella se queda callada, como si le hubieran sorprendido mis formas. Medito unos segundos mis palabras. Tiene razón, yo también me habría bloqueado. Bebemos de las copas. Yo ya no bebo vino, sino agua, pero acostumbro a beber en copa.

—Feliz Nochebuena, Olivia.

—Feliz Nochebuena, Andrew.