52. Lo agridulce del amor
Lo agridulce del amor
OLIVIA
Serena no me dirige la palabra después de contarle que voy a pasar Nochebuena y Navidad con los Jones.
Y tiene razón al decir que estoy loca… Lo estoy.
¿Por qué he aceptado? Tal vez haya sido la idea de volver a esa gran casa, rencontrarme con Miriam y Harry, sentir la calidez que desprenden, pasar un rato con Andrew…
Aunque finjamos. Aunque lo odie y sienta mil cosas a la vez.
Me quedo un rato pensando, medio tumbada en la cama, mientras abro el blog de Bésame antes de volar , ya que su misterioso autor o autora ha subido un nuevo capítulo.
De pronto, la puerta se abre y aparece Carter, que se abalanza sobre mí y casi me mata del susto.
—¡Ey! —chillo—. ¿Cómo has entrado?
—Necesito tu ayuda. —Tiene la respiración entrecortada, como si volviera de correr una carrera de veinte kilómetros—. Eres la única que puede ayudarme… Serena me mataría.
—¿Cómo sabes que yo no?
—No juzgas.
Bueno, un poco, a medias.
—Está bien, ¿qué ocurre? —pregunto mientras me levanto de la cama y me siento en el borde.
No entiendo su expresión preocupada.
—Creo que he roto una relación y me he cargado una boda.
Pienso enseguida en ella, en Eloise. No-me-jodas. Lo sabía, sabía que algo estaba pasando.
—¿Qué? ¿Estás hablando de…?
—Eloise Jones.
Abro los ojos sorprendida, pero no del todo. Serena no se lo habría creído, habría tomado a Carter por loco. Quizá le hubiera cantado las cuarenta por haberse metido en un follón de narices.
—Al principio era un juego… Bueno, ya sabes cómo soy. Para mí, ella era una diosa inalcanzable, pero han pasado cosas y ahora… —Está nervioso, mira a todas partes—. Ahora hemos llegado demasiado lejos, y no sé qué cojones hacer.
Carter se deja caer en la cama y toma aire.
—Vale, a ver. ¿Qué clase de relación tenéis ahora mismo?
—Anoche discutimos… La verdad es que nos cabreamos todo el tiempo, porque me encanta hacerla rabiar, y ella se pica tan rápido que me provoca aún más —dice con una media sonrisa en la cara.
Este es el Carter que conozco. Pero Eloise y él son de mundos muy distintos…
Ella es la máxima perfección, y Carter es un chico caótico que al final ha conseguido…
conquistarla. Joder. Encima esta semana es Navidad, e imagino que Eloise irá de la mano de Miles, y todo será incómodo, y encima ahora lo sé, y…
mierda, entre Andrew y yo y el drama de Eloise, nos cargaremos las fiestas…
—Nos hemos liado un par de veces —me confiesa—, pero anoche, al hablar de las Navidades, ella se agobió, yo me agobié y me di cuenta de algo.
Se calla.
—¿De qué?
—De que estoy enamorado de ella.
Silencio.
—Estoy enamorado de una chica que está a punto de casarse, y ella… No sé si dejará a su novio.
—¿Se lo ha contado a Miles?
Carter niega con la cabeza.
—Me ha dicho que irás a su casa a celebrar la Navidad con su familia y… con Andrew —Genial, cada vez lo sabe más gente—. Necesito que hables con ella.
—¿Yo?
¿Por qué todo el mundo me usa como paloma mensajera? Primero Lyla, ahora Carter… No quiero meterme en líos, ya tengo suficiente con mis dramas.
—Olivia —pronuncia mi nombre con su acento inglés—, la quiero —añade con un tono de voz que nunca le había oído—.
La quiero, y me mata que vaya a casarse, que todo haya pasado en estas circunstancias.
Necesito saber qué piensa, cómo está con Miles, si seguirá adelante con la boda…
A veces, ella es un maldito libro cerrado y le cuesta horrores mostrar sus sentimientos.
Va de chica fría, pero la he tenido fundida entre mis labios, en su punto más vulnerable.
Sé que no es feliz con ese chico porque, si no, no habría pasado nada de esto, y me mataría si eligiese la opción incorrecta…
, quiero decir la opción correcta que la hará infeliz.
Sé que no soy gran cosa para ella; de hecho, está muy por encima de mí, pero la quiero y quiero lo mejor para ella.
Guau. Ahora sí que me quedo con la boca abierta. No conocía esta faceta de Carter… Supongo que el amor nos hace tener como una doble personalidad, nos hace mostrarnos más frágiles. Por otro lado, todo lo que me está contando me suena. Supongo que es normal… Después de todo, son hermanos.
—Está bien, no te preocupes.
—No le digas que lo sabes, por favor. Solo… habla con ella.
—Lo haré —le aseguro.
No creo que sea tan difícil. Supongo que ella me preguntará por su hermano, así que todos estamos enredados en una espiral similar.
—Gracias —asiente más tranquilo—. Necesitaba contárselo a alguien. Siento si te he puesto en un compromiso, Olivia.
—Qué va, no te preocupes.
—Supongo que es la primera vez que me pasa esto.
—¿El qué?
—Enamorarme de verdad —responde—. Estaba seguro de que me había enamorado antes, pero lo que siento ahora… No sé, es raro.
—Te entiendo —digo intentando no pensar en el desastre que tengo en la cabeza—. Todo irá bien —añado antes de que se vaya.
Me vuelvo a recostar en la cama, y esta vez me quedo dormida leyendo las últimas páginas de la historia más famosa de la base.
Me levanto a las tres y media de la madrugada para operar un vuelo hacia Bélgica. En cuanto bajo a la recepción, descubro que Andrew también viene.
Solo espero que Camila no se entere.
Es raro volar con Andrew. Aunque me encanta saber que es él el que pilota el avión y que está en su cabina y yo en la mía; es como compartir espacio.
Noto su presencia, me pregunto si está pensando en todo lo que ha pasado entre nosotros y en cómo ha terminado la cosa.
Yo también lo hago y por eso estoy más dispersa de lo normal.
Odio recordar que está con otra persona, que quizá me equivoqué al volver de Lisboa y pedirle que pusiéramos punto final a lo que había pasado.
Aún siento demasiado por él, y no se parece en nada a lo que sentía por Alejandro.
Lucho por no dormirme en el asiento en cuanto despegamos.
Tras despertarme a las tres de la madrugada y embarcar, siempre me da el bajón, y noto lo mucho que me pesan los párpados.
A todos nos pasa. El momento favorito de los pasajeros es en el que pueden producirse las peores emergencias y en el que a la tripulación nos entra el bajón de la adrenalina que en ocasiones nos provoca este trabajo.
Cuando vuelo, llega un momento en que dejo de pensar que estoy a treinta y cuatro mil pies del suelo, pero cuando soy una pasajera más no puedo dejar de mirar por la ventana y me digo que tengo uno de los mejores trabajos del mundo.
Paso el servicio con mi compañera, nos tomamos un café y charlamos en la parte de atrás del avión sobre los últimos cotilleos de la base.
—Olivia, ¿te importaría subir a la cabina de los pilotos? Quieren ir al baño, Andrew acaba de llamar.
Mierda.
—No, claro que no —digo con una sonrisa falsa.
El procedimiento es fácil: ningún piloto puede estar solo en la cabina mientras el otro va al baño, por lo que un miembro de la tripulación debe quedarse con él. Llamo con la clave de seguridad y sale el comandante. Mierda, eso significa que me quedaré encerrada con Andrew.
Eduard, el comandante, me saluda con la cabeza, y entro en la cabina.
Unas vistas preciosas captan mi atención de inmediato.
Me gustaría saber qué sobrevolamos, pero veo a Andrew con los cascos puestos mientras da un par de coordenadas por radio y toquetea botones que no tengo ni idea de para qué sirven.
De repente, noto que el avión vira a la derecha.
A los pocos segundos, se quita los cascos y se vuelve hacia mí.
—¿Qué tal?
—Bien, es un vuelo tranquilo —digo encogiéndome de hombros. Me acuerdo de que mañana es Nochebuena y, por tanto, la cena con su familia—. ¿Y tú?
—Estudiando un poco.
Me enseña los apuntes que tiene en el regazo. Recuerdo la conversación que mantuvimos aquella tarde; estuvimos en el mismo lugar que ahora: en el cielo. Se abrió conmigo y me confesó que no sabía si quería ser piloto.
—¿Cómo lo llevas?
—Falta poco para el examen —dice—. Sé que mañana mi padre se pondrá un poco pesado con que será fácil y que controlaré los nervios. —Toma aire—. Eso me pone aún más nervioso, la verdad.
—Lo harás bien.
Hay un silencio. No estoy acostumbrada a estar así después de lo que ha pasado entre nosotros. A veces sueño que es tarde para volver a sentir algo así.
—He cambiado el vuelo de hoy.
¿Ah sí?
—¿Y eso?
—Quería volar contigo.
Suspiro. Joder, no me digas eso, Andrew.
—¿Puedo decirte algo? —me pregunta de pronto. Asiento—. Aún no he olvidado lo de Lisboa, Olivia.
Algo se me clava dentro. Es como cuando vuelven a decirte «Te quiero» por primera vez.
Es como si un poquito de esperanza se abrazase a tu pecho.
Es como si todo lo que ocurrió allí hubiese sido verdad, no un producto de mi imaginación.
A veces pienso que estamos en sintonía, a pesar de ser tan distintos, porque hemos pensado justo lo mismo.
¿Será que, cuando te reencuentras con alguien con quien has consumido tantas risas, tu mente lo recuerda de forma inconsciente?
—Yo tampoco —musito.
Andrew parece sorprendido por mi respuesta. Devuelve la mirada al frente, hacia las nubes, y me mira de nuevo. Me pierdo en sus malditos ojos azules y trago saliva.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Se ríe, y yo me río incómoda, pero con un manojo de nervios en el estómago. Son sus ojos. No, es cómo me mira. Me pone nerviosa, me desarma, me descoloca. Parezco una adolescente.
Entonces echa el asiento hacia atrás y se acerca más a mí, hasta el punto de dejar su cara a escasos centímetros de la mía. Mi respiración aumenta en milisegundos. ¿Qué hace? No me aparto, no puedo.
—Deja de mirarme así.
—¿Cómo?
—Pues… como lo estás haciendo.
—¿Te estás poniendo nerviosa?
—Para nada. —Miro mi pierna cuando noto el calor de su mano en la rodilla.
—¿Segura? —pregunta mientras comienza a trazar círculos en mi muslo, cada vez abarcando más superficie de piel.
Joder. No voy a negar que estar aquí, en el avión, en su cabina los dos solos, él vestido de piloto, con esa camisa que le marca los brazos y el pecho… es una fantasía. Lo sería para cualquiera, vaya. Porque es tan jodidamente guapo que entiendo que todas las chicas se fijen en él.
Sigue mirándome sin pestañear. ¿En qué piensas, Andrew Jones? ¿Por qué me elegiste a mí y no a otra chica? ¿Por qué sigues con Camila? ¿Adónde quieres llegar conmigo si el amor te aterra? Te asusta tanto como a mí.
Andrew nota mis nervios, la tensión cálida que flota en el ambiente.
Pero no se detiene. Al contrario. Se acerca aún más y roza la nariz con la mía.
Intento mantener la calma, cierro los ojos.
Su perfume se adueña de mi olfato, su cercanía me provoca un cosquilleo y las ganas de cogerlo por las mejillas y besarlo. Lo miro.
—Te brillan los ojos —me susurra sobre los labios, sin tocarlos. Me escuece el pecho—. Son preciosos.
Sé que no deberíamos estar haciendo esto, estamos de servicio, pero no está pasando nada.
O sí. Para mí, esto lo es todo ahora mismo, porque siento y escucho cómo se mueve mi corazón.
Y eso hace que me dé cuenta de que sigo viva, de que no estoy tan rota por dentro, aunque él sea la única persona que pueda enseñármelo.
Jamás le confesaré el gran poder que tiene sobre mí.
Y no sé si intentar que se desvanezca, olvidarlo o enfrascarlo.
—Olivia —escurre mi nombre por sus cuerdas vocales.
—¿Mmm? —Dejo caer la frente en la suya.
Andrew me acaricia el brazo, el pelo. Estoy tan nerviosa que lo normalizo.
Se separa de mí. Me mira en silencio, como si estuviera pensando en algo, y entonces me besa.
Me besa y le devuelvo el beso. Me besa y se paraliza todo.
Me besa y las nubes siguen a nuestro alrededor.
Me besa y recuerdo todo lo que siento por él.
El miedo que tenía ya no existe. Ya no es el chico al que conocí, es como si algo lo hubiera cambiado.
Espero no haber sido yo, es demasiada responsabilidad.
Enredo las manos en su pelo. Nos estamos besando a más de treinta mil pies de altura y eso… Es especial, supongo.
De pronto, un estruendo hace que nos separemos de inmediato. El corazón casi se me sale por la garganta. Se acabó el momento, apenas ha durado unos segundos. El comandante está llamando a la puerta, y tengo que salir de aquí.
—Adiós —digo apresuradamente.
—Mañana nos vemos —se despide, y siento mariposas en el estómago.