50. Días lentos
Días lentos
OLIVIA
Serena está más estresada de lo normal porque en una semana tiene el examen para ser sobrecargo, y eso hace que el ambiente de la habitación esté tenso. Me sorprende que se lo tome tan en serio.
—¿Por qué no le pides ayuda a Ben?
—Podría, pero no quiero.
—¿Cómo estáis?
—Como siempre, estancados. Estamos, pero no estamos.
No lo tiene nada claro. Ayer por la tarde los vi hablando en la cafetería. Entonces su tono de voz cambia y me dice, muy seria:
—Tengo que contarte algo.
—¿En serio? ¿Y a qué esperabas?
—No te lo vas a creer, pero hay un chico.
—¡¿Cómo?! —Pego un salto de la cama.
—Sí, a ver, fue hace un par de días.
—¿Quién es?
—Trabaja en el aeropuerto.
—¿Dónde?
—En tierra. Anteayer aterrizamos y, cuando abrí la puerta del avión, lo vi. Y me sonrió de una forma… Me hizo un cumplido, y hacía tiempo que no recibía ninguno.
—¿Cómo se llama?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
Ella niega con la cabeza.
—¡Serena!
—¡No se lo pregunté, me dio vergüenza!
—A saber cuándo vuelves a coincidir con él…
—Lo encontraré, te lo prometo.
Me alegra verla sonreír de esa forma. Al menos esto hará que se olvide un poco de Ben…
Paso una semana horrible: vuelos pesados, pasajeros más tiquismiquis de lo normal, un grupo de despedida de soltero que vuela hacia París nos la lía a bordo porque se pasa bebiendo, una mujer muy mayor nos da un susto que casi nos hace aterrizar de emergencia…
Este trabajo tiene imprevistos tan surrealistas como que te quedes tirada en un aeropuerto durante horas por un problema técnico o porque han cerrado la pista por algún motivo…
En definitiva, muchas veces no sé si volveré a casa.
Un día incluso tuvimos que hacer noche en Bristol por una huelga de controladores en el sur de Inglaterra.
Aunque me gusta que cada día sea diferente y conocer tantos rincones de Europa, ya he dejado de romantizar este trabajo.
En especial cuando tengo una semana de mierda como esta.
—Hola. —Alzo la cabeza y un chico muy alto y bastante atractivo me tiende un papelito justo al acabar de embarcar.
—Hola —le respondo de forma automática, pero me quedo pillada con la nota entre las manos.
La desdoblo cuando se va y abro los ojos sorprendida al ver un nombre, Yannick, y un número de teléfono.
Intento disimular una sonrisa tonta. Cierro la puerta de atrás del avión e intento buscar al chico con la mirada.
Más de una vez, algún pasajero le ha pedido el número de teléfono a alguna de mis compañeras o la cuenta de Instagram, pero nunca me había pasado a mí, y menos de una forma tan directa.
Mientras chequeo la cabina antes de despegar, me encuentro con Yannick y le sonrío.
Se pasa casi todo el vuelo en el galley , el nombre con el que se conoce la cocina del avión, hablando conmigo y con mi compañera, aunque es obvio que no me quita el ojo de encima.
Le gusto. No puedo dejar de mirarlo, es muy atractivo. Los suecos tienen un físico envidiable.
—¿Te quedarás en Suecia?
—No, volvemos a Dublín.
—Me gustaría volver a verte. En los próximos meses tengo que volar a Dublín por trabajo.
—Esto… bueno, claro. Ya vamos viendo.
Niego con la cabeza. Lo más probable es que nunca vuelva a ver a este chico.
Por fin es viernes. Al levantarme, veo en la aplicación de vuelos, el sistema que utilizamos en la compañía para organizar los turnos de trabajo de cada uno, que han desaparecido la mitad de los míos, y me he preocupado.
—Ah, no pasa nada, será un fallo de la app —me dice Serena.
Pero tengo un mal presentimiento.
—Voy a pasar por la oficina a preguntarle a Libby.
Bajo casi en pijama y sin peinar, con el corazón retumbándome en el pecho. Algo no va bien. Lo sé.
—Hola, ¿está Libby? —le pregunto a Stephanie cuando me la cruzo.
—Ha salido, pero volverá enseguida.
Entro en su despacho y espero algo nerviosa frente al escritorio. A los pocos segundos oigo que se cierra la puerta detrás de mí.
—Quería preguntarte sobre…
—¿Sobre qué, querida? —responde una voz que no es la de Libby. Me vuelvo y me encuentro con Camila. Genial.
—¿Qué has hecho? —me encaro con ella, levantándome.
Ella se ríe.
—Te lo advertí, te lo advertí… —De repente, da un golpe seco sobre la mesa—. Y, por supuesto, no me has hecho caso.
—¿De qué estás hablando?
—De Andrew, por supuesto. Te dije que te alejaras de él.
—No lo veo desde…
—No me interesa. Pero cuéntame acerca de la overnight en Lisboa. —Me sonríe de una manera tan falsa que me provoca escalofríos—. Dime, ¿qué narices pasó? Porque, desde que volvió, no es el mismo.
—No ocurrió nada. No sé qué esperas que te diga.
—Te avisé de que tus actos tendrían consecuencias. ¿Qué pasa, te han quitado vuelos? Qué pena.
—Camila, esto es demasiado, es enfermizo.
—No juegues conmigo.
—¡No juego contigo! Entre Andrew y yo no hay nada.
—Me encargaré de que no vuelvas a volar con él. Ten mucho cuidado, porque estás a un paso de que te echen de la compañía.
¿Hasta dónde está dispuesta a llegar? ¿Cuánto poder tiene? No puedo creer que esté jugando con mi trabajo.
—¡Aléjate de él! —dice a voz en grito.
Niego con la cabeza.
—Tienes a Andrew…, ¿qué más quieres?
Por primera vez, veo que da un paso atrás y no dice nada. Sé lo que puede estar pensando, pero no quiero atacarla y complicar esto aún más. Porque, en realidad, ninguna de las dos estamos seguras de tener a Andrew.
—Quiero que desaparezcas de su vida.
—No pretendo acercarme a él. Solo somos compañeros de trabajo.
Camila se vuelve a acercar a mí y me clava sus ojos oscuros. Intenta imponerse y empequeñecerme, pero no dejo que lo consiga. Porque la chica que tengo delante de mí es un saco de miedos e inseguridades disfrazado de furia e ira. No me asusta.
—Este es el aviso final, guapa. ¡Apártate!
Me empuja a un lado y se esfuma.