49. Lyla
Lyla
OLIVIA
Salgo a correr temprano con miedo a encontrármelo. Tengo que olvidarme de él. He perdido la cuenta de las veces que me he dicho esto…
Porque me gusta, y no me puede gustar nadie si tengo el corazón roto, ¿no? Aunque él haya sido la excepción en todo momento.
Aún recuerdo sus ojos cristalinos cuando aquella noche le dije que olvidara todo lo que había pasado entre nosotros. Quizá me asusté. Tal vez él también.
Últimamente la música es todo lo que necesito para evadirme de la molesta voz de mi conciencia, y correr con música es uno de mis indispensables.
No hay ni un alma deambulando por el pueblo.
Mejor. Con suerte, no me cruzaré con Andrew.
Subo el volumen de los auriculares y me limito a seguir la ruta de siempre.
Diviso una figura a lo lejos, detenida al final de la calle.
Sé que no es él porque conozco su silueta a la perfección.
No, a medida que me acerco veo que parece una mujer.
Cambio de ruta, aunque no haya indicios de peligro.
Supongo que es por instinto. Subo el volumen a tope, tratando de concentrarme más en la música y menos en fantasear con la primera vez que me crucé con Andrew mientras corría por estas mismas calles.
De pronto, unas manos se posan en mis hombros por detrás, y casi me da un infarto. Me detengo de inmediato. Ahogo un grito y me arranco los cascos de los oídos. Al darme la vuelta descubro que es una mujer de mediana edad.
—Perdóname —me dice—, no quería asustarte, Olivia.
—¿Disculpe? ¿Cómo sabe mi nombre? —pregunto aún con el miedo metido en el cuerpo.
¿Cómo se le ocurre asaltarme de esta forma?
—Necesito hablar contigo. Tú… eres amiga de Andrew, ¿verdad?
Es una mujer rara: bajita, muy delgada, como si sufriera desnutrición o algo así… Estoy segura de que sería capaz de tirarla si la empujase con un dedo. Tiene los ojos de color azul intenso y la mirada perdida. Y triste, muy triste.
—Te he visto con él —dice.
Me detengo en las facciones de su cara. La forma de la nariz, los labios, incluso el color del pelo. La identifico en seguida y no…, no puede ser.
—Tú eres…
—Me llamo Lyla y soy la madre biológica de Andrew.
Solo puedo abrir la boca, pasmada, como si no fuera real. Me vienen demasiadas preguntas a la cabeza. ¿Cómo? ¿Por qué?
Pero, sobre todo, ¿sabe Andrew algo de todo esto? Recuerdo esa primera carta que recibió, la que ella le escribió atreviéndose a romper ese contacto cero con su hijo biológico tras veinticinco años.
—Andrew estará en la residencia —le indico sin saber qué más decir.
—Es contigo con quien quiero hablar.
—¿Conmigo? Yo no sé nada.
—Te he visto con él. Te he estado siguiendo y sé que tenéis algo.
Se equivoca. Espera, ¿me ha estado siguiendo?
—No, esto… Él y yo ya no tenemos nada.
Es una situación incómoda. ¿Cómo se tomará Andrew que hable con ella? Siento que es un tema tan delicado y personal que no debo ser yo la que esté aquí. Por no mencionar que acaba de reconocer que me ha estado acosando.
—Necesito tu ayuda, pero él no debe saber nada, de momento —dice cogiéndome de las manos con desesperación. Estoy nerviosa, no sé qué pensar—. Entiendo que esta situación te parezca surrealista, así que únicamente te pediré que me contestes a una cosa: ¿Leyó mi carta?
Suspiro. Quizá no debería hablar con ella, al menos sin el permiso de Andrew. Pero entonces me fijo en los ojos de esa mujer… Están tan cargados de esperanza que el corazón me da un vuelco en el pecho. Tiene que ser muy difícil estar en su posición…
—Sí.
—¿Y qué dijo? —insiste mientras me aprieta las manos con más fuerza.
Niego varias veces con la cabeza, intentando ser objetiva.
—Señora, no debería estar hablando conmigo. Además, no la conozco de nada. No puede acercarse a mí así como así. Está cometiendo un delito, ¿sabe? Seguro. ¿Cómo que ha estado espiándonos? No entiendo nada…
—Estoy en proceso de curarme.
Es el primer paso, supongo que tengo que reconocérselo. Pero no la creo: tiene muy mal aspecto y apesta a alcohol, como si hubiese estado toda la noche bebiendo.
—Lyla —recuerdo su nombre e intento razonar con ella mirándola a los ojos, unos que cada vez me recuerdan más a Andrew—, déjalo en paz. No le hagas daño.
Entonces frunce el ceño y da un paso atrás. Es obvio que no le ha gustado mi tono, pero aún no sé qué quiere de mí.
—Sé que lo voy a recuperar —añade con firmeza.
—Ninguna madre merece perder a su hijo.
Y digo «perder» porque la culpa de que perdiera a Andrew fue suya. Me parece muy triste, pero es la realidad.
—Sé que lo voy a recuperar —repite.
—Esa decisión es de Andrew.
—Necesito que hables con él y se lo digas.
—¿Qué?
—Que le digas que me estoy curando y que estoy dispuesta a conocerlo.
—¿Por qué yo?
—Porque eres la única persona con la que tiene confianza, lo sé. No le había visto con ninguna chica tantas veces como contigo.
Trago saliva intentando no mostrar que ese último comentario me ha descolocado. Me pregunto cuánto tiempo llevará observándolo desde lo lejos.
—Lyla, ojalá pudiera ayudarte, pero no soy nadie para meterme. En serio, yo…
—Olivia, por favor. —Me aprieta las manos, que no me ha soltado en ningún momento, con más fuerza. Tose un par de veces, huele a tabaco. No sé si es bueno que Andrew la vea así, porque es obvio que no está bien—. Eres mi única opción.
¿Y si está pidiendo ayuda a gritos? ¿Y si solo él puede hacer que se cure?
Soy consciente de la enorme responsabilidad que acaba de recaer sobre mis hombros; no sé qué es lo correcto.
¿Debería contárselo a Andrew, aun conociendo todos los altibajos que atraviesa ahora mismo, o me guardo este encuentro para mí, a riesgo de que él enfurezca si se entera?
—Haré lo que pueda.
—Muchas gracias —dice con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas.
Me siento mal por ella, por todo lo que habrá tenido que vivir.
Nunca he estado tan cerca de alguien que haya sido destruido por las drogas y el alcohol, y me estremece que sea justo ella, la madre del chico que me hace sentir demasiado.
Pero las adicciones son como son, y te meten en el pozo más hondo.
—Tengo que irme.
Vuelvo a la residencia intentando no pensar que a partir de ahora notaré la mirada de Lyla desde alguna esquina cada vez que pise la calle. Joder, en qué lío me he metido.
¿Qué hago yo ahora?