Bésame antes de volar 47. Malentendidos
62%

47. Malentendidos

Malentendidos

ANDREW

Alguien toca a la puerta de mi habitación.

—¿Puedo pasar?

—Sí. —Abro la puerta y me encuentro con Camila.

—Andrew, ¿estás bien? ¿Qué te ocurre?

—Nada.

Me lanza una mirada insegura, entra en el cuarto y se sienta en mi cama.

—Ven.

Le hago caso y me pongo a su lado, en el borde del colchón.

Camila me envuelve entre los brazos, pero ya no siento lo mismo que antes.

Nos quedamos un rato en silencio. Ella se echa hacia atrás, apoya la espalda en el cabezal y, por inercia, recuesto la cabeza en su pecho mientras escucho su corazón y cierro los ojos.

No debería estar así con ella, esto solo hará que empeoren las cosas.

Porque no son sus brazos los que quiero que me rodeen.

No es su pecho el lugar en el que quiero apoyar la cabeza.

—Pase lo que pase, todo irá bien —me asegura, y me besa en la mejilla.

Alzo la barbilla hacia ella y fija los ojos en mis labios. Se acerca poco a poco, mirándome como solo ella lo hace. Sé lo que significa, pero me aparto.

—Lo siento, no puedo —digo al tiempo que me incorporo.

Primero veo que se sonroja. Después detecto enfado en su mirada.

—¿Qué ocurre?

—No puedo…

—¿Por qué? ¿Es ella? Pasó algo en ese viaje, ¿a que sí? Oh, joder, lo sabía, ¡lo sabía! —Está histérica—. Andrew, maldita sea, ¿no te das cuenta de que yo siempre estaré para ti? Te quiero, lo sabes.

—Lo sé —digo, con la cabeza agachada.

Ojalá no hubiese abierto la puerta, pero no sé cómo impedir esto.

De alguna forma, necesito a Camila, pero no de la misma que ella me necesita a mí.

Es una buena amiga y tiene razón, siempre está para mí.

Pero confunde las cosas. Enamorarnos nos vuelve locos.

Como ella. Como yo. Estamos fatal de la puta cabeza.

Se convierte en algo insano que nos hace cometer locuras.

—Andrew, basta ya, estoy aquí.

Lo sé, pero no tengo cojones de decirle que se marche. Ni siquiera que estoy enamorado de otra chica.

Camila intenta besarme una vez más. Se levanta, me acaricia el pelo, la nuca, sin darse por vencida, pero yo solo pienso en cambiarme para irme a dar una vuelta y dejar de pensar en Olivia.

—Me voy a dar una ducha —le digo, en un intento de evasión.

—Te espero.

—No hace falta.

—Deja que me quede un rato…

Vuelve a sentarse y se echa hacia atrás en la cama. Me quito la camiseta para ir a la ducha, y no caigo en que pueda malinterpretar mi comentario. Es un acto mecánico… Con Camila hay rutina, confianza, y no me paro a pensarlo dos veces.

—Camila, por favor.

Intenta seducirme, pasándose las manos por todo el cuerpo, deteniéndose entre las piernas y los pechos. No siento nada. No me despierta nada. Y menos aún sabiendo que es un intento a la desesperada de una persona que no está bien. Por mi culpa. Tomo aire. Joder.

—No es el momento —digo, cortándole el rollo.

Me lanza una mirada asesina y me dirijo a la puerta para invitarla a salir. En cuanto la abro, me choco con alguien.

—¡Mierda! —exclama en voz baja, y reconozco enseguida esa voz.

Alza la cabeza, me mira y se me encoge el pecho. Sus ojos brillan. Como el día que pasamos juntos en Lisboa.

—Olivia. —Ha vuelto.

—¿Andrew? —oigo decir a Camila desde el interior de la habitación.

Olivia también lo ha oído. Mierda, ahora pensará que me he acostado con ella o algo parecido. Y encima estoy sin camiseta porque me iba a la ducha. Joder, joder.

—Eh, yo… —Agacha la cabeza—. Lo siento —se disculpa, y se va por el pasillo.

—¡Espera! —grito, pero ella no se da la vuelta.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta Camila, aún tumbada en mi cama.

—Deberías marcharte.