45. Cerrar el círculo
Cerrar el círculo
OLIVIA
En el instante en que sus labios están a punto de rozar los míos, tengo un déjà vu y lo aparto de un empujón.
Todo me lleva a aquella noche en Lisboa.
Me lleva a Andrew. Lo recuerdo delante de mí, observándome con sus ojos azules, atento a cada movimiento, a cualquier estímulo.
Lo veo sosteniendo mi rostro entre las manos y besándome en los labios.
Me gusta que sea callado y observador; hay todo un universo dentro de él por explorar.
Ojalá pudiera meterme en su cabeza, en él.
Joder, lo echo de menos. Quiero volver a reírme con él, hacer algún plan juntos, perdernos donde sea.
No me gusta estar aquí, no sé lo que hago.
Me noto algo mareada y, tras pestañear varias veces, distingo la figura de Alejandro delante de mí. Santo Dios, ¿qué estoy haciendo? ¿Dónde estoy? La música se cuela por mis oídos de una forma molesta y me aparto de él al tiempo que unas manos intentan alcanzarme.
—¿Oli? ¿Qué te pasa? —me pregunta sin parar.
No, no estoy bien. No sé qué hago aquí con él, con la persona que más daño me ha hecho. Todo esto es un error.
Estoy débil, y él lo sabe. Por eso se ha aprovechado de mí.
Y me he dejado. Tengo una opresión en el pecho que no sé cómo explicar.
Es como una mezcla entre lo que quería y lo que no.
Deseaba saber hasta dónde era capaz de llegar, pero tenerlo tan cerca, a punto de besarme, es demasiado.
No puedo dejarlo ganar. No puedo perdonar lo que me hizo.
Y no es él… No es él con quien quiero estar.
—Necesito un poco de aire.
—Voy contigo.
—No —le pido—. Quiero estar sola.
Salgo y me siento mucho mejor. Miro la hora en el móvil.
Son las tres y media de la madrugada. A estas horas, a veces me despierto para ir a volar, y mira dónde estoy.
Voy algo borracha, porque no enfoco las letras del móvil.
Me recojo el pelo en una coleta e intento poner mi cabeza en orden, aunque solo sea un poco.
Esto se me ha ido de las manos. Menos mal que no le he dejado que me besara, porque jamás me lo perdonaría a mí misma.
De repente veo a Nacho y Pedro, que salen riéndose con un cigarro colgando del labio.
—¿Todo bien, morena? —me pregunta Nacho. No tengo ni idea de lo que han visto en la discoteca—. ¿Ya le has perdonado?
—No —niego mientras me cruzo de brazos.
—Lo harás. El cabrón siempre lo consigue, ¿verdad?
—se ríe y mira a Pedro. Verle me hace pensar en la infidelidad.
Fue en su cumpleaños, en su maldita fiesta.
No puedo dejar de darle vueltas a todo, en especial a una cuestión que me come por dentro y que no he llegado a resolver: no sé con quién me fue infiel.
Y no sé si quiero saberlo—. Si yo cometo una cagada mínima, las chicas huyen de mí y cavan una tumba.
—Porque eres un puto pringado, Pedro. Y porque siempre escoges a las que están más locas.
Sueltan una carcajada, y yo empiezo a sentirme incómoda por la mierda de conversación que están teniendo.
—Qué graciosos… —digo en voz baja. Empiezo a tener frío, pero no dejo de pensar en ese día—. ¿Con quién fue?
—¿El qué? —Pedro se hace el loco.
Nacho aprieta los labios con fuerza y me acerco a él amenazándolo con la mirada. Necesito quitarme esa espina y terminar con esto.
—He dicho que con quién fue.
Él suspira, y yo necesito recordar cómo respirar.
—Con Laura.
Mi corazón se salta un latido. Solo uno.
El mundo parece detenerse a mi alrededor, pero, en cuanto mi corazón comienza a bombear sangre de nuevo, intento pensar con claridad.
Fue con ella, con una de sus mejores amigas.
Imagino una escena en la que entro corriendo en la discoteca, la llamo zorra y le tiro del pelo.
Pero no lo haré. No, porque ella no tiene la culpa.
Voy dentro, a pesar de que Nacho y Pedro intentan detenerme. Quiero irme a casa, pero entro. Quiero escribirle a Andrew y decirle que lo echo de menos, pero entro.
—Alejandro —digo mientras tomo aire cuando me lo encuentro hablando con Laura, cómo no. Intento tranquilizarme y me hago a la idea de que ya todo me da igual, me da igual, me da igual—. Me marcho.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Ha sido porque he intentado besarte? —Estira el brazo y me coge del codo—. Perdóname, Oli, no lo volveré a hacer.
—Se acabó —le espeto, y me deshago de él—. Esto… nunca tendría que haber pasado.
Porque me he dado cuenta de que ya no le quiero. Porque estoy pensando en otra persona.
—Por favor —dice, y me persigue.
—Alejandro —añado al tiempo que me detengo. Lo miro y sé que me genera repugnancia. Casi caigo tan bajo…—. No debiste engañarme.
—Perdóname, joder, fue un error.
—Claro, con tu mejor amiga.
Veo culpabilidad en su mirada. A ella ni la miro.
Alcanzo una de las copas que hay en la barra y se la vierto encima. No es necesario, pero me hace sentir mejor.
—Nunca tendrás a una chica como yo a tu lado.
Todo el mundo deja de bailar y se queda mirando la escenita.
Me doy la vuelta para marcharme, esta vez para siempre.
Oigo que Alejandro me llama desesperado, intenta que no me vaya, una vez más.
Pero lo tengo decidido, y algo me dice que nada volverá a ser como antes.
Consigo llamar a un taxi antes de que él me alcance y subo en la parte de atrás mientras me seco las mejillas.
De camino a casa, me prometo que esta ha sido la última vez.
Porque sí. Ya no existe una espina, ya no existe nada por lo que llorar.
Quizá el destino puso este encuentro en mi vida para lo que yo quería: cerrar el puto círculo.
Me marcho.